Hace algunos días un conocido me envió por WhatsApp un link que llevaba a un artículo que, según sus propias palabras, me iba a “gustar” mucho, conociéndolo comprendí que la expresión era fina ironía.
El artículo en cuestión era uno escrito
por el señor Zubiría Samper, titulado: “¿Por qué la educación debe ser laica?”,
que venía acompañado del sugestivo (¡y blasfemo!) subtítulo “Ni Marx, ni
Hitler, ni Pinochet, ni Jesús, ni Buda, ni Mahoma deben salir de las aulas”. Vamos
a ver.
El articulista en cuestión no
necesita presentación alguna de mi parte, educador y pedagogo de renombre
nacional e internacional, tiene todos los pergaminos y condecoraciones imaginables,
ha sido consultor en temas educativos no solo del gobierno colombiano, sino
también de otros países y asimismo de organismos internacionales; sería de no
acabar si quisiéramos enumerar aquí todos sus logros y merecimientos. En suma:
no es un opinador cualquiera, sino, diríamos, un “peso pesado” de la moderna
pedagogía.
¿Cómo entonces nos atrevemos a
responder a uno de sus artículos? Tal vez sea porque somos muy atrevidos, o
también porque creemos que conviene hacerlo para no dejar pasar la oportunidad
que nos ofrece el señor Zubiría de llamar la atención sobre algunos temas que
parecen hoy olvidados y sobre algunas tesis que, ciertamente olvidadas, habría quizá
que recuperar de su olvido, o por lo menos defender quijotescamente.
Para que nuestra no tan humilde
respuesta no se nos convierta en un texto interminable, bastante enemigos somos
y hemos sido siempre de ello, la dividiremos en numerales, buscando orden en
los conceptos y velocidad en la lectura. Y, en nombre de la honestidad, debo
avisar que nos ubicamos intelectualmente tras los pasos de Santo Tomás de Aquino
y, por tanto, en el marco conceptual de una antropología coherente con la fe
católica.
1.
El artículo comienza mal. Dice: “la función de
la educación es enseñar a dudar, pensar, comunicarse y convivir. Por eso los
dogmas no son bienvenidos en la escuela: ni los científicos, ni los políticos,
ni los religiosos”. Comienza mal porque esa no es la función de la educación,
por lo menos no la principal, ciertamente. La educación, en cuanto prolongación
natural y complemento necesario del acto procreador, es la conducción de la
prole al estado de hombre pleno, que no es otro que el estado de virtud; esto
de acuerdo con el viejo Aristóteles. Educar es tomar al niño y conducirlo hacia
el pleno desarrollo de su ser propio y específico como persona humana, lo cual
implica todo el cortejo de virtudes intelectuales y morales: ciencia,
sabiduría, prudencia…pero también justicia, fortaleza, templanza, con todo el
ramillete de virtudes anejas a ellas. Eso que llaman los psicólogos personalidad
madura, no es otra cosa que una personalidad en la que, de forma armónica y
plena, se ha ido desarrollando todo el edificio de virtudes humanas, hasta su mayor
plenitud posible. El modelo o ideal será siempre Jesucristo, el hombre Dios, en
quien las virtudes se dan en su máximo grado.
El señor Zubiría, como buen hijo de la tradición ilustrada,
o desconoce o afecta desconocer todo esto, y se queda con una concepción
naturalista de la educación, que la desfigura y la trunca desde el vamos.
2.
El señor Zubiría a lo largo y ancho de su
artículo despotrica contra los dogmas, pero al parecer tiene del concepto de
dogma una idea algo “iluminista”, es decir, propia de las logias masónicas del
siglo XVIII. En aquellas centurias los masones y autoproclamados “librepensadores”
difundieron la mentira de que el “dogma” religioso era padre del oscurantismo y
del atraso social, confundiendo así, con oscuros propósitos de mera propaganda
anticlerical, órdenes epistemológicos diversos: el de la fe revelada y el campo
investigable por la razón humana, que tan fina y rotundamente había sabido
distinguir y definir una mente tan lúcida como la de Santo Tomás de Aquino. Y para probar que el dogma no es, ni de lejos ni de suyo, enemigo del progreso social y científico, bastaría traer a cuento la pléyade de hombres de ciencia que, en todas las
épocas, han destacado en los distintos campos científicos, alcanzando los más
altos estándares académicos, sin tener por ello que renunciar a sus creencias
religiosa y a su convicción teológica sobre la realidad toda. Si quisiéramos
hacer aquí la lista de hombres de ciencia y de fe, se nos iría todo el texto en
ello. El lector puede excusarnos haciendo por propia cuenta una búsqueda
rápida en la Internet.
De manera que la inquina del señor Zubiría en contra de los
“dogmas”, lejos de reflejar su preocupación por el “purismo” de una educación “laica”,
refleja sus propias ataduras mentales, que vienen desde la época de la mal
llamada ilustración y atraviesa la historia de las tres últimas centurias,
hasta hoy.
Como anécdota personal sobre este punto, recuerdo que en mis
años mozos fui muy aficionado a comprar libros usados, o como dicen hoy para
efectos de marketing, libros leídos, que es lo mismo, pero autoriza a los
libreros a cobrar un poco más. Y gustaba yo de ir a un cierto lugar donde, de
cuando en cuando, encontraba verdaderos tesoros a buen precio (¡el amante de
los libros me entenderá!). Pues resulta que, para disgusto del señor Zubiría, adquirí
en esa época una colección absolutamente genial de textos escolares, de los
años cincuenta y sesenta del siglo pasado, escritos por los hermanos
lasallistas, regentes históricos de muchos colegios en Colombia y en el mundo,
de todas las materias: literatura, historia, filosofía, matemáticas, ciencias
sociales, latín, griego, etc. ¿Y saben qué era lo más asombroso de esos
manuales? Que con leerlos un poco quedaba uno maravillado, y aún me sucede, con
el nivel de sus contenidos. Les aseguro, sin temor a equivocarme, que, tomando
un manual de aquellos, de grado décimo, por ejemplo, de filosofía, tendríamos
hoy que irnos a una facultad de filosofía de una universidad, si quisiéramos
encontrar estudiantes capaces de manejar ese nivel conceptual y esa exigencia
de razonamiento. Es decir, el nivel no es que haya mejorado gracias a expulsar
los “dogmas” de los colegios, sino que más bien ha descendido. En cierta
ocasión le mostré uno de esos manuales, uno de geometría para ser exactos, a un
docente de matemáticas de un colegio público, y su sorpresa con el nivel de los
contenidos fue mayúscula, y me confirmó que esos temas habría que buscarlos hoy
en el nivel universitario.
3.
Dice el señor Zubiría: "en la escuela moderna,
todo debe ser analizado, interrogado, discutido, validado y argumentado". Y entonces
yo pregunto, ¿también debe ser analizado, interrogado, discutido, validado y
argumentado, el concepto que el señor Zubiría tiene de la educación, la
laicidad y el sentido último de la labor educativa? Asumo que sí, de lo
contrario estaría el señor Zubiría imponiéndonos “su” dogma. Tendríamos entonces
que cuestionar los fundamentos desde los cuales él se va lanza en ristre contra
la presencia de la religión en las aulas; y, ¿cuáles son esos fundamentos?
Filosóficamente hablando él mismo los aclara, sin sonrojarse, no son otros que el
iluminismo kantiano, el liberalismo del XVIII, el espíritu de la enciclopedia,
el hombre que ha llegado a la edad de la razón y gnósticamente glorifica su
sacrosanta autonomía, valor absoluto de la época moderna. Ese es, en últimas,
el piso desde el que se para el señor Zubiría. De ahí que la educación le
parezca debe ser un supremo esfuerzo liberador y generador de autonomía a
toda costa.
Pero he ahí el problema. El hombre, como todo ente natural,
posee una orientación teleológica que le viene de su ser propio, es decir,
tiene un modo específico de alcanzar su plenitud, que se desprende de su
naturaleza propia. O, en palabras aún más sencillas si se quiere, cada ser
alcanza su plenitud específica en la medida en que llega a ser lo que debe ser.
Y lo propio del hombre es su racionalidad, que se traduce en la búsqueda de la
verdad y del bien, en tensión permanente durante toda su vida. De ahí la
necesidad insoslayable de las virtudes, intelectuales y morales, que orientan
sus facultades operativas superiores y específicas, inteligencia y voluntad,
hacia la consecución de sus objetos propios.
De lo anterior se desprende que el supremo bien del hombre
no es, ni puede ser, una autonomía cuasi divinizada, un estado fantasioso de
libertad, pues la autonomía absoluta, según la raíz etimológica de la propia
palabra, es el acto del sujeto que se da a sí mismo su propia ley. Pero en
tratándose del hombre, ser creatural, eso se revela absurdo pues es un ente
cuyo ser mismo es participado, como enseña el buen tomismo (¡que seguramente el
señor Zubiría desprecia a fuer de desconocerlo!), y si participado su ser,
dependiente su actuar y extrínseca, en su origen, la finalidad propia de su
esencia específica, pues le es dada, tanto como su ser. ¿Cómo, entonces,
concebir el proceso educativo de una tal creatura como la búsqueda de una imposible
autonomía? Concepción semejante solo es factible en una mente colonizada
enteramente por los ideales de la falsa ilustración iluminista, inmanentista,
naturalista, racionalista, positivista y otros “istas” que le ahorro al lector
para no cansarlo en demasía.
Cuestionables los fundamentos de la postura “pedagógica” de
que el señor Zubiría hace gala en su artículo.
4.
Como muestras de lo dicho pasemos una rápida
ojeada por lo que el señor Zubiría llama “argumentos” para expulsar el odiado
(¡temido más bien!) dogma religioso de las aulas.
(1)
Primero apela a la autoridad de Kant. El filósofo
de la ilustración, de mucho mérito, ciertamente, pero gran enemigo de una concepción
realista y sana de la razón humana y del hombre en general. Su idea de la
autonomía, que ya criticamos, ilumina el camino del señor Zubiría. Solo le
faltó gritar, ¡sapere aude!
(2)
Protección de la libertad religiosa. ¡Claro!
Como diría mi abuelo, ¡muerto el perro se acaba la rabia! Si no se habla de
Dios en el aula, se está con ello protegiendo que cada quien crea lo que
quiera. ¡Error! Es un insulto a la inteligencia exigirle precisión y seriedad
en todos los asuntos, menos precisamente en el que, a todas luces, es el más decisivo
y trascendente de todos: el de las relaciones del hombre con Dios. Es como
decirle a alguien que se vista de gala para salir a tirar la basura, pero que
se vaya en bermudas a su entrevista de trabajo. Estudié en un colegio
lasallista, y recuerdo que tenía compañeros de otras religiones, no muchos,
pero había. Jamás fue ello un problema. Se graduaron y realizaron sus proyectos
de vida con total normalidad. Ese malvado dogma religioso que tantas pesadillas
causa al señor Zubiría, tal parece que existe solo en su kantiana cabeza.
(3)
¡Libertad de conciencia!, ¡faltaba más! Para el
señor Zubiría la religión en los colegios violaría el sacrosanto derecho a la
libertad de conciencia. Aquí, de nuevo, se ubica el señor Zubiría en pleno
iluminismo masónico. La libertad de conciencia puede ser entendida de forma
recta, y de forma torcida, si se me permite la expresión. De forma recta no
significa otra cosa que la libertad de todo hijo de Dios, que se sabe creatura,
de seguir la voz de su conciencia en la realización del bien, de forma libre y
voluntaria. De forma torcida, que parece ser, esperamos estar equivocados, la
forma en que la entiende el señor Zubiría, la libertad de conciencia sería la
posibilidad de que el individuo decida dar a su Creador el culto y el
reconocimiento que en estricta justicia le corresponde, o negárselo, o elegir a
voluntad la forma en que considere que debe rendir ese tributo a Dios. Una vez
más se asoma en los planteamientos del señor Zubiría ese liberalismo masónico
dieciochesco trasnochado que impregna y permea todo su escrito. Voltaire estaría
orgulloso de su hijo colombiano.
(4)
El pluralismo democrático, claro está. Se dice
que para que una democracia funcione, el Estado, y la escuela con él, deben dar
plena y total libertad para la práctica religiosa o la ausencia de ella. Volvemos
a lo mismo, la divinización gnóstica de la voluntad humana, como bien lo vio el
ilustre Nicolás Gómez Dávila, cuyos escritos haría bien en visitar de vez en
cuando el señor Zubiría. Es como decir que el hombre es creatura de Dios, pero
si se reúnen varios entonces ya no, en gran número pasan a ser “autónomos kantianos”.
Por el contrario, la doctrina católica siempre ha afirmado a través de sus mejores
doctores que el hombre es tan creatura de Dios considerado individualmente, como
en sociedad. El carácter social del hombre le pertenece por don de Dios
inscrito en su propia naturaleza creada, por lo que con toda justicia le debe
adoración al Creador, no solo el individuo, sino también la sociedad como tal. ¿Que
no es posible una democracia fundada en esos supuestos? ¡Para nada! Al
contrario, la democracia es, quizá, de todas las formas políticas, la que más
necesita ciudadanos virtuosos y conscientes de su responsabilidad frente al
bien común, y ello solo es posible desde la conciencia de responsabilidad
frente a Dios. La experiencia de fundar la estabilidad y la prosperidad social
en la carta de derechos humanos se ha mostrado tan catastrófica, que ya
deberíamos estar bien convencidos de su inanidad. La paz y la prosperidad
social que no tiene como fundamento los compromisos trascendentes del hombre
con Dios, es un edificio que se construye en el vacío, o…una casa edificada
sobre arena.
(5)
Y, ¡no podía faltar! La igualdad ciudadana. Si
en la escuela se introduce el odiado y peligroso dogma religioso, eso sería en
detrimento de la igualdad de todos los ciudadanos, pues los que no pertenezcan
al credo oficial de la institución, la pasarían mal allí. Esto no resiste el
más mínimo análisis. Todos los que fuimos educados en colegios religiosos
conocemos directa y personalmente casos de estudiantes de distintos credos que
desarrollaron su proyecto de vida sin dificultad alguna. Pues lo único que se
les pedía era…respeto, cosa que no veo cómo le pudiera llegar a molestar al
señor Zubiría.
Al final de su artículo el señor
Zubiría acaba peor de lo que comenzó. Blasfema poniendo a Nuestro Señor
Jesucristo en pie de igualdad con Marx, Hitler, Pinochet, Buda, Mahoma; lo cual
ya no es un simple desliz ideológico fruto de su afiliación a ideales típicos
de logia masónica del siglo XVIII, sino un traspié preocupante de su alma. Menciona
a Bill Gates, a Pinker y a otros, en un intento final por dar cierre a su
diatriba contra el dogma y su defensa de los santos valores de la “laicidad”.
Y vamos concluyendo nosotros
también.
Respetamos mucho al señor
Zubiría. Lo hemos citado en algunas ocasiones. Ciertas intuiciones de su pensamiento
pedagógico tienen valor en sí mismas. Pero no podemos más que condenar estas
posturas suyas, que traslucen una pésima formación filosófica y un ideario
lamentable, cuyas raíces se hunden en el más rancio filosofismo del muy mal
llamado siglo de las luces. No esperamos convencer al señor Zubiría, ni a
otros. Pero no podíamos dejar pasar la oportunidad de señalar que el rey camina
desnudo y que muchos gurús de la moderna pedagogía, aunque cargados de méritos que no
pretendemos discutir, adolecen de unas distorsiones de fondo que atraviesan su pensamiento y, de vez en vez, afloran a la superficie con este tipo de
posturas, adornadas eso sí, con todo el peso de una autoridad bien ganada.
Quisiéramos terminar diciendo que
Dios no es enemigo de la educación del hombre. La iglesia no es enemiga de la
ciencia. El dogma religioso no anula la “autonomía” del hombre y el artículo
del señor Zubiría se equivoca de principio a fin.
Leonardo
Rodríguez V.
Agosto 11, fiesta
de los santos Tiburcio y Susana