martes, 11 de agosto de 2026

Respuesta abierta al señor Julián de Zubiría

Hace algunos días un conocido me envió por WhatsApp un link que llevaba a un artículo que, según sus propias palabras, me iba a “gustar” mucho, conociéndolo comprendí que la expresión era fina ironía.

El artículo en cuestión era uno escrito por el señor Zubiría Samper, titulado: “¿Por qué la educación debe ser laica?”, que venía acompañado del sugestivo (¡y blasfemo!) subtítulo “Ni Marx, ni Hitler, ni Pinochet, ni Jesús, ni Buda, ni Mahoma deben salir de las aulas”. Vamos a ver.

El articulista en cuestión no necesita presentación alguna de mi parte, educador y pedagogo de renombre nacional e internacional, tiene todos los pergaminos y condecoraciones imaginables, ha sido consultor en temas educativos no solo del gobierno colombiano, sino también de otros países y asimismo de organismos internacionales; sería de no acabar si quisiéramos enumerar aquí todos sus logros y merecimientos. En suma: no es un opinador cualquiera, sino, diríamos, un “peso pesado” de la moderna pedagogía.

¿Cómo entonces nos atrevemos a responder a uno de sus artículos? Tal vez sea porque somos muy atrevidos, o también porque creemos que conviene hacerlo para no dejar pasar la oportunidad que nos ofrece el señor Zubiría de llamar la atención sobre algunos temas que parecen hoy olvidados y sobre algunas tesis que, ciertamente olvidadas, habría quizá que recuperar de su olvido, o por lo menos defender quijotescamente.

Para que nuestra no tan humilde respuesta no se nos convierta en un texto interminable, bastante enemigos somos y hemos sido siempre de ello, la dividiremos en numerales, buscando orden en los conceptos y velocidad en la lectura. Y, en nombre de la honestidad, debo avisar que nos ubicamos intelectualmente tras los pasos de Santo Tomás de Aquino y, por tanto, en el marco conceptual de una antropología coherente con la fe católica.

1.      El artículo comienza mal. Dice: “la función de la educación es enseñar a dudar, pensar, comunicarse y convivir. Por eso los dogmas no son bienvenidos en la escuela: ni los científicos, ni los políticos, ni los religiosos”. Comienza mal porque esa no es la función de la educación, por lo menos no la principal, ciertamente. La educación, en cuanto prolongación natural y complemento necesario del acto procreador, es la conducción de la prole al estado de hombre pleno, que no es otro que el estado de virtud; esto de acuerdo con el viejo Aristóteles. Educar es tomar al niño y conducirlo hacia el pleno desarrollo de su ser propio y específico como persona humana, lo cual implica todo el cortejo de virtudes intelectuales y morales: ciencia, sabiduría, prudencia…pero también justicia, fortaleza, templanza, con todo el ramillete de virtudes anejas a ellas. Eso que llaman los psicólogos personalidad madura, no es otra cosa que una personalidad en la que, de forma armónica y plena, se ha ido desarrollando todo el edificio de virtudes humanas, hasta su mayor plenitud posible. El modelo o ideal será siempre Jesucristo, el hombre Dios, en quien las virtudes se dan en su máximo grado.

 

El señor Zubiría, como buen hijo de la tradición ilustrada, o desconoce o afecta desconocer todo esto, y se queda con una concepción naturalista de la educación, que la desfigura y la trunca desde el vamos.

 

2.      El señor Zubiría a lo largo y ancho de su artículo despotrica contra los dogmas, pero al parecer tiene del concepto de dogma una idea algo “iluminista”, es decir, propia de las logias masónicas del siglo XVIII. En aquellas centurias los masones y autoproclamados “librepensadores” difundieron la mentira de que el “dogma” religioso era padre del oscurantismo y del atraso social, confundiendo así, con oscuros propósitos de mera propaganda anticlerical, órdenes epistemológicos diversos: el de la fe revelada y el campo investigable por la razón humana, que tan fina y rotundamente había sabido distinguir y definir una mente tan lúcida como la de Santo Tomás de Aquino. Y para probar que el dogma no es, ni de lejos ni de suyo, enemigo del progreso social y científico, bastaría traer a cuento la pléyade de hombres de ciencia que, en todas las épocas, han destacado en los distintos campos científicos, alcanzando los más altos estándares académicos, sin tener por ello que renunciar a sus creencias religiosa y a su convicción teológica sobre la realidad toda. Si quisiéramos hacer aquí la lista de hombres de ciencia y de fe, se nos iría todo el texto en ello. El lector puede excusarnos haciendo por propia cuenta una búsqueda rápida en la Internet.

 

De manera que la inquina del señor Zubiría en contra de los “dogmas”, lejos de reflejar su preocupación por el “purismo” de una educación “laica”, refleja sus propias ataduras mentales, que vienen desde la época de la mal llamada ilustración y atraviesa la historia de las tres últimas centurias, hasta hoy.

 

Como anécdota personal sobre este punto, recuerdo que en mis años mozos fui muy aficionado a comprar libros usados, o como dicen hoy para efectos de marketing, libros leídos, que es lo mismo, pero autoriza a los libreros a cobrar un poco más. Y gustaba yo de ir a un cierto lugar donde, de cuando en cuando, encontraba verdaderos tesoros a buen precio (¡el amante de los libros me entenderá!). Pues resulta que, para disgusto del señor Zubiría, adquirí en esa época una colección absolutamente genial de textos escolares, de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, escritos por los hermanos lasallistas, regentes históricos de muchos colegios en Colombia y en el mundo, de todas las materias: literatura, historia, filosofía, matemáticas, ciencias sociales, latín, griego, etc. ¿Y saben qué era lo más asombroso de esos manuales? Que con leerlos un poco quedaba uno maravillado, y aún me sucede, con el nivel de sus contenidos. Les aseguro, sin temor a equivocarme, que, tomando un manual de aquellos, de grado décimo, por ejemplo, de filosofía, tendríamos hoy que irnos a una facultad de filosofía de una universidad, si quisiéramos encontrar estudiantes capaces de manejar ese nivel conceptual y esa exigencia de razonamiento. Es decir, el nivel no es que haya mejorado gracias a expulsar los “dogmas” de los colegios, sino que más bien ha descendido. En cierta ocasión le mostré uno de esos manuales, uno de geometría para ser exactos, a un docente de matemáticas de un colegio público, y su sorpresa con el nivel de los contenidos fue mayúscula, y me confirmó que esos temas habría que buscarlos hoy en el nivel universitario.

 

3.      Dice el señor Zubiría: "en la escuela moderna, todo debe ser analizado, interrogado, discutido, validado y argumentado". Y entonces yo pregunto, ¿también debe ser analizado, interrogado, discutido, validado y argumentado, el concepto que el señor Zubiría tiene de la educación, la laicidad y el sentido último de la labor educativa? Asumo que sí, de lo contrario estaría el señor Zubiría imponiéndonos “su” dogma. Tendríamos entonces que cuestionar los fundamentos desde los cuales él se va lanza en ristre contra la presencia de la religión en las aulas; y, ¿cuáles son esos fundamentos? Filosóficamente hablando él mismo los aclara, sin sonrojarse, no son otros que el iluminismo kantiano, el liberalismo del XVIII, el espíritu de la enciclopedia, el hombre que ha llegado a la edad de la razón y gnósticamente glorifica su sacrosanta autonomía, valor absoluto de la época moderna. Ese es, en últimas, el piso desde el que se para el señor Zubiría. De ahí que la educación le parezca debe ser un supremo esfuerzo liberador y generador de autonomía a toda costa.

 

Pero he ahí el problema. El hombre, como todo ente natural, posee una orientación teleológica que le viene de su ser propio, es decir, tiene un modo específico de alcanzar su plenitud, que se desprende de su naturaleza propia. O, en palabras aún más sencillas si se quiere, cada ser alcanza su plenitud específica en la medida en que llega a ser lo que debe ser. Y lo propio del hombre es su racionalidad, que se traduce en la búsqueda de la verdad y del bien, en tensión permanente durante toda su vida. De ahí la necesidad insoslayable de las virtudes, intelectuales y morales, que orientan sus facultades operativas superiores y específicas, inteligencia y voluntad, hacia la consecución de sus objetos propios.

 

De lo anterior se desprende que el supremo bien del hombre no es, ni puede ser, una autonomía cuasi divinizada, un estado fantasioso de libertad, pues la autonomía absoluta, según la raíz etimológica de la propia palabra, es el acto del sujeto que se da a sí mismo su propia ley. Pero en tratándose del hombre, ser creatural, eso se revela absurdo pues es un ente cuyo ser mismo es participado, como enseña el buen tomismo (¡que seguramente el señor Zubiría desprecia a fuer de desconocerlo!), y si participado su ser, dependiente su actuar y extrínseca, en su origen, la finalidad propia de su esencia específica, pues le es dada, tanto como su ser. ¿Cómo, entonces, concebir el proceso educativo de una tal creatura como la búsqueda de una imposible autonomía? Concepción semejante solo es factible en una mente colonizada enteramente por los ideales de la falsa ilustración iluminista, inmanentista, naturalista, racionalista, positivista y otros “istas” que le ahorro al lector para no cansarlo en demasía.

 

Cuestionables los fundamentos de la postura “pedagógica” de que el señor Zubiría hace gala en su artículo.

 

4.      Como muestras de lo dicho pasemos una rápida ojeada por lo que el señor Zubiría llama “argumentos” para expulsar el odiado (¡temido más bien!) dogma religioso de las aulas.

 

(1)   Primero apela a la autoridad de Kant. El filósofo de la ilustración, de mucho mérito, ciertamente, pero gran enemigo de una concepción realista y sana de la razón humana y del hombre en general. Su idea de la autonomía, que ya criticamos, ilumina el camino del señor Zubiría. Solo le faltó gritar, ¡sapere aude!

 

(2)   Protección de la libertad religiosa. ¡Claro! Como diría mi abuelo, ¡muerto el perro se acaba la rabia! Si no se habla de Dios en el aula, se está con ello protegiendo que cada quien crea lo que quiera. ¡Error! Es un insulto a la inteligencia exigirle precisión y seriedad en todos los asuntos, menos precisamente en el que, a todas luces, es el más decisivo y trascendente de todos: el de las relaciones del hombre con Dios. Es como decirle a alguien que se vista de gala para salir a tirar la basura, pero que se vaya en bermudas a su entrevista de trabajo. Estudié en un colegio lasallista, y recuerdo que tenía compañeros de otras religiones, no muchos, pero había. Jamás fue ello un problema. Se graduaron y realizaron sus proyectos de vida con total normalidad. Ese malvado dogma religioso que tantas pesadillas causa al señor Zubiría, tal parece que existe solo en su kantiana cabeza.

 

(3)   ¡Libertad de conciencia!, ¡faltaba más! Para el señor Zubiría la religión en los colegios violaría el sacrosanto derecho a la libertad de conciencia. Aquí, de nuevo, se ubica el señor Zubiría en pleno iluminismo masónico. La libertad de conciencia puede ser entendida de forma recta, y de forma torcida, si se me permite la expresión. De forma recta no significa otra cosa que la libertad de todo hijo de Dios, que se sabe creatura, de seguir la voz de su conciencia en la realización del bien, de forma libre y voluntaria. De forma torcida, que parece ser, esperamos estar equivocados, la forma en que la entiende el señor Zubiría, la libertad de conciencia sería la posibilidad de que el individuo decida dar a su Creador el culto y el reconocimiento que en estricta justicia le corresponde, o negárselo, o elegir a voluntad la forma en que considere que debe rendir ese tributo a Dios. Una vez más se asoma en los planteamientos del señor Zubiría ese liberalismo masónico dieciochesco trasnochado que impregna y permea todo su escrito. Voltaire estaría orgulloso de su hijo colombiano.

(4)   El pluralismo democrático, claro está. Se dice que para que una democracia funcione, el Estado, y la escuela con él, deben dar plena y total libertad para la práctica religiosa o la ausencia de ella. Volvemos a lo mismo, la divinización gnóstica de la voluntad humana, como bien lo vio el ilustre Nicolás Gómez Dávila, cuyos escritos haría bien en visitar de vez en cuando el señor Zubiría. Es como decir que el hombre es creatura de Dios, pero si se reúnen varios entonces ya no, en gran número pasan a ser “autónomos kantianos”. Por el contrario, la doctrina católica siempre ha afirmado a través de sus mejores doctores que el hombre es tan creatura de Dios considerado individualmente, como en sociedad. El carácter social del hombre le pertenece por don de Dios inscrito en su propia naturaleza creada, por lo que con toda justicia le debe adoración al Creador, no solo el individuo, sino también la sociedad como tal. ¿Que no es posible una democracia fundada en esos supuestos? ¡Para nada! Al contrario, la democracia es, quizá, de todas las formas políticas, la que más necesita ciudadanos virtuosos y conscientes de su responsabilidad frente al bien común, y ello solo es posible desde la conciencia de responsabilidad frente a Dios. La experiencia de fundar la estabilidad y la prosperidad social en la carta de derechos humanos se ha mostrado tan catastrófica, que ya deberíamos estar bien convencidos de su inanidad. La paz y la prosperidad social que no tiene como fundamento los compromisos trascendentes del hombre con Dios, es un edificio que se construye en el vacío, o…una casa edificada sobre arena.

(5)   Y, ¡no podía faltar! La igualdad ciudadana. Si en la escuela se introduce el odiado y peligroso dogma religioso, eso sería en detrimento de la igualdad de todos los ciudadanos, pues los que no pertenezcan al credo oficial de la institución, la pasarían mal allí. Esto no resiste el más mínimo análisis. Todos los que fuimos educados en colegios religiosos conocemos directa y personalmente casos de estudiantes de distintos credos que desarrollaron su proyecto de vida sin dificultad alguna. Pues lo único que se les pedía era…respeto, cosa que no veo cómo le pudiera llegar a molestar al señor Zubiría.

 

Al final de su artículo el señor Zubiría acaba peor de lo que comenzó. Blasfema poniendo a Nuestro Señor Jesucristo en pie de igualdad con Marx, Hitler, Pinochet, Buda, Mahoma; lo cual ya no es un simple desliz ideológico fruto de su afiliación a ideales típicos de logia masónica del siglo XVIII, sino un traspié preocupante de su alma. Menciona a Bill Gates, a Pinker y a otros, en un intento final por dar cierre a su diatriba contra el dogma y su defensa de los santos valores de la “laicidad”.

Y vamos concluyendo nosotros también.

Respetamos mucho al señor Zubiría. Lo hemos citado en algunas ocasiones. Ciertas intuiciones de su pensamiento pedagógico tienen valor en sí mismas. Pero no podemos más que condenar estas posturas suyas, que traslucen una pésima formación filosófica y un ideario lamentable, cuyas raíces se hunden en el más rancio filosofismo del muy mal llamado siglo de las luces. No esperamos convencer al señor Zubiría, ni a otros. Pero no podíamos dejar pasar la oportunidad de señalar que el rey camina desnudo y que muchos gurús de la moderna pedagogía, aunque cargados de méritos que no pretendemos discutir, adolecen de unas distorsiones de fondo que atraviesan su pensamiento y, de vez en vez, afloran a la superficie con este tipo de posturas, adornadas eso sí, con todo el peso de una autoridad bien ganada.

Quisiéramos terminar diciendo que Dios no es enemigo de la educación del hombre. La iglesia no es enemiga de la ciencia. El dogma religioso no anula la “autonomía” del hombre y el artículo del señor Zubiría se equivoca de principio a fin.

 

Leonardo Rodríguez V.

Agosto 11, fiesta de los santos Tiburcio y Susana

 


 

miércoles, 4 de febrero de 2026

Sobre la teología moral y la cuestión 3 de la Ia IIae

Estamos dando una lectura a las cinco primeras cuestiones de la “prima secundae” de la ‘Summa’, que son la puerta de entrada a la teología moral de santo Tomás de Aquino. En efecto, en la segunda parte de su ‘Summa’, el aquinate nos expone los principios de su sistema moral, en clave teológica (por eso decimos teología moral o moral teológica); ya que la moral puede ser estudiada también en clave filosófica, y entonces tenemos la moral o ética meramente filosófica. La diferencia entre una moral filosófica y una moral teológica (que es la de santo Tomás en esta parte de su obra), está ante todo en el fin de la acción humana: en la moral filosófica el fin es una cierta perfección natural del hombre, alcanzada por medio del ejercicio de las virtudes naturales, como explicó Aristóteles. En la moral teológica el fin es esencialmente sobrenatural, es la visión de la esencia de Dios en el cielo, alcanzado sobre todo por el desarrollo de la vida de la gracia, que se despliega en el ejercicio de las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo.

De esta teología moral es que nos habla santo Tomás, que era ante todo un teólogo, profesor de teología. Lo que pasa es que naturalmente debe el santo abordar temas que son comunes a los dos modos de la moral, como el concepto de fin, el concepto de virtud, la teoría de los actos humanos en su constitución psicológica, la psicología también de las pasiones, de los hábitos, etc. Por eso muchos al hablar de la ética de santo Tomás, sin hacer estas aclaraciones, dicen ‘este es el sistema ético de santo Tomás’, cuando sería menester explicitar desde el principio que santo Tomás no nos dejó una ética filosófica, sino una teología moral. ¿Y el comentario de santo Tomás a la ‘Ética a Nicómaco’ de Aristóteles no es una exposición de la propuesta ética del santo? No, esa obra es precisamente eso, un comentario a lo que dijo allí Aristóteles, no una exposición del pensamiento personal del de Aquino.

En las primeras cinco cuestiones el santo nos hace una exposición magistral de los fundamentos de su teología moral, y más específicamente del concepto de fin último, que es absolutamente central en la esfera de la acción. Santo Tomás frecuentemente usa la analogía entre la esfera del conocimiento y la esfera de la acción humana, pues lo que son los primeros principios evidentes para la demostración, lo es el fin en el terreno de la práctica; ¿cómo así? En la esfera del conocimiento, la ciencia se constituye con base en demostraciones, y estas dependen de las premisas a partir de las cuales se deducen las consecuencias. Pero esas premisas, o son ellas mismas evidentes en sí, o requieren a su vez ser demostradas. Si lo primero, tenemos entonces los llamados primeros principios indemostrables, de los cuales depende toda demostración posible. Si lo segundo, tendremos que proceder a su demostración, por medio de premisas anteriores. Pero no puede ser que todas las premisas sean tales que necesiten demostración, pues se generaría un regreso hacia lo infinito, que haría imposible la ciencia misma. Por lo que es necesario que se den ciertos primeros principios evidentes en sí y por sí. De manera que se puede decir que esos primeros principios fundamentan la posibilidad misma de toda demostración, por ende de toda ciencia. En la esfera de la acción humana, insiste santo Tomás, ocurre algo análogo con la noción de fin, pues toda acción es realizada por un cierto agente (palabra que viene del verbo ‘agere’, que significa precisamente obrar), y todo agente obra siempre por un fin. De donde resulta que el fin hace inteligible la acción, la explica, permite entenderla. Pero así como en la esfera del conocimiento, al deducir una conclusión a partir de unas premisas, esas premisas son ellas mismas demostrables o son principios evidentes; así en la esfera de la acción, cuando hacemos algo por un fin, ese fin es a su vez medio para un fin ulterior, o es fin último. Y así como no puede ser que toda premisa requiera demostración, así ocurre que no puede ser que todo fin sea a su vez medio para otro, sino que necesariamente ha de darse y existir un fin que llamamos último, en cuanto que no es medio para nada más, sino que aquieta de tal manera la voluntad del agente, que no queda otro fin ya por buscar o desear.

Por lo que podemos decir que verdaderamente el fin, y el fin último especialmente, es el fundamento necesario de toda doctrina ética, esto es, de toda doctrina que busque estudiar y enseñar la naturaleza de la acción humana.

Comprendiendo esto santo Tomás consagra las primeras cinco cuestiones a indagar con rigurosidad cuál sea el fin último del hombre, raíz última de su conducta y meta de sus aspiraciones. Y nos regala así cinco preciosas cuestiones, cada una compuesta de ocho artículos de la mejor doctrina. Nosotros recién acabamos de exponer la tercera cuestión, en la que el aquinate nos llevó como de la mano a la dilucidación de aquello en que debe consistir el fin último del hombre, que nos lo reveló recién en el artículo ocho al decirnos que la suprema felicidad del hombre solamente puede estar en la visión de la esencia de Dios.

En la cuestión cuarta el santo nos va a exponer aquellas cosas requeridas para la bienaventuranza y en la quinta cuestión indagará acerca de la consecución efectiva de dicho fin último, pues podría parecer tan alto que alguno dudaría de que realmente estemos llamados a tal altura.


Leonardo Rodríguez V.


domingo, 25 de enero de 2026

Sobre lo que NO puede ser nuestro fin último

En el canal de YouTube hemos estado durante los últimos videos revisando la segunda cuestión de la "Prima secundae", en la cual santo Tomás hace como un listado de aquellas cosas en las que los seres humanos acostumbramos poner todo nuestro interés y casi que el fin último de nuestras vidas. Y digo "casi", porque aunque efectivamente así es, cuando nos preguntan solemos disfrazar las cosas con frases como: no es que el dinero sea mi meta principal en la vida...pero sin duda es algo muy importante y naturalmente hay que hacer lo posible por tener lo más posible. O, no es que sea yo un hedonista...pero qué sería la vida sin algo de disfrute de las comodidades y los placeres.


Nuestro santo ha estudiado a lo largo de los ocho artículos de esta segunda cuestión las siguientes posibilidades:


Externas: 


1) Las riquezas

2) Los honores

3) La fama

4) El poder


Internas:


5) El bienestar del cuerpo

6) El placer sensible

7) El cultivo o bienestar del alma


Y, finalmente, como para que no quede ninguna posibilidad por fuera de consideración, engloba el santo doctor a todos los candidatos a ser fin último de la vida humana en la etiqueta de "bienes creados", y se acaba preguntando si acaso algún bien creado pueda ser ese fin último del hombre, es decir, si algo creado pueda dar al hombre esa suprema felicidad que busca con tanto afán desde la cuna hasta la tumba...y más allá.


La importancia de esta cuestión radica en cómo santo Tomás va desengañando al hombre, mostrando la vanidad de los espejismos en los que suele la criatura humana buscar erradamente su felicidad. Y le va como diciendo...aquí no, aquí tampoco, por esto y por aquello...entiende.


Invitamos entonces a leer esta segunda cuestión con sus ocho artículos, y si de algo les sirve les dejo acá nuestra humilde explicación de cada artículo:

1. Las riquezas

youtube.com/watch?v=FpCXNclZukg&pp=2AYX0gcJCYcKAYcqIYzv


2. Los honores

https://www.youtube.com/watch?v=RMNT4uOv8U4


3. La fama

https://www.youtube.com/watch?v=N1cGk8Ol9w0


4. El poder

https://www.youtube.com/watch?v=JLZndIcqFgU&pp=2Aa6Ag%3D%3D


5. El bienestar del cuerpo

https://www.youtube.com/watch?v=yoV6ka8norI&pp=2AahAg%3D%3D


6. El placer sensible

https://www.youtube.com/watch?v=2zrj4wmPvrE


7. El bien del alma

https://www.youtube.com/watch?v=2zrj4wmPvrE


8. Algún bien creado

https://www.youtube.com/watch?v=AGFbdyJ3U1Y

miércoles, 21 de enero de 2026

Importancia de estudiar historia

Lux veritatis, vita memoriae, magistra vitae... esto decía Cicerón en una de sus obras hablando de la importancia de la historia, la llamaba luz de la verdad, vida de la memoria y maestra de la vida. Y no exageraba el ilustre romano, pues verdaderamente la historia nos puede enseñar tantas cosas que iluminan nuestro presente y nos dan criterios para el futuro, que descuidar su estudio no puede hacerse sin graves riesgos y una muy culpable negligencia.


En días pasados terminé la lectura de un libro sobre la Revolución Francesa, escrito por Claude Quetel, el libro se llama "Creer o morir, historia políticamente incorrecta de la revolución francesa". Desde ya adelanto que recomiendo su lectura, aunque se trata de un libro de grandes dimensiones, alcanza las casi 600 páginas, vale mucho la pena, ¿por qué?


Primero habría que decir que, respecto de la historia en general, su estudio para el católico es relevante en la medida en que la iglesia es efectivamente una realidad histórica que vive y se desarrolla en el tiempo, y por lo tanto, se ve sujeta a los avatares propios de cada momento histórico, además de las singularidades de cada lugar y espacio cultural específico. Los grandes acontecimientos influyen en la vida de la iglesia de manera inevitable, e incluso no pocas veces ha sido ella misma protagonista de ellos. Conocer este devenir histórico ayuda al católico a ubicar correctamente su fe, comprenderla mejor y vivirla de una manera más cercana y consecuente.


Pero es que, además de las consideraciones anteriores, ocurren también coyunturas históricas de una especial relevancia, porque durante dichos momentos de, digamos, crisis y transformaciones, se producen acontecimientos que empujan la historia en una cierta dirección y, de forma inevitable, arrastran consigo también a la iglesia e influyen en su vida y en sus dinámicas propias. Precisamente una de esas coyunturas de importancia capital fue, sin duda, la Revolución Francesa. Esta Revolución, así con mayúscula, marcó un antes y un después en la vida de la humanidad, diríamos, y afectó también a la iglesia, a su rol en la sociedad y casi...su existencia misma, por lo menos dentro de Francia, lo que ya era mucho decir en ese momento.


Tal vez sobre pocas cosas se ha escrito tanto como sobre dicha revolución, verdaderos ríos de tinta han corrido desde todas las orillas ideológicas intentando entenderla, explicarla, interpretarla...y hasta usarla a su favor. Con respecto a la iglesia y a la fe, también mucho se ha escrito sobre lo que pasó por aquellos años (1789-1795 aprox.), la versión más extendida se limita a decir que, aunque se dieron excesos de los revolucionarios en contra de la fe, ello se debió al apasionamiento del momento, cosa perfectamente explicable en circunstancias similares. Pero libros como el que aquí estamos recomendando dejan claro que ello está lejos de ser tan sencillo como eso, y que todas las evidencias ahora disponibles apuntan más bien a que el anticatolicismo, la guerra a Dios y el odio a todo lo cristiano, perteneció desde el inicio a la esencia misma de la revolución. Y no solo eso, sino que todo lo que vino después en términos de cambio político y cultural, vendrá ya desde su nacimiento marcado por ese odio y por esa aversión hacia la fe, laicismo, naturalismo, racionalismo, en una palabra...descristianización.


Entonces animo a leer ese libro de Quetel, para formarse un criterio sólido sobre aquellos acontecimientos, criterio que permita enjuiciar con lucidez lo ocurrido, para poder iluminar, desde esa lucidez, lo que vino después y lo que vivimos hoy, herederos como somos de todo lo que en ese entonces sucedió.


Ahí les dejo entonces la recomendación.


¡A leer!


Leonardo Rodríguez Velasco