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viernes, 25 de noviembre de 2016

Introducción del LIBRO NEGRO DE LA NUEVA IZQUIERDA (Agustín Laje y Nicolás Márquez)

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Terminaban los años ´80, el imperio soviético tambaleaba y no sin sentida preocupación, el tirano y propietario de la Cuba comunista Fidel Castro, anticipándose a la muy posible implosión de su sponsor moscovita, el 26 de julio de 1989 en discurso público espetó lo siguiente: “Porque si mañana o cualquier día, nos despertáramos con la noticia de que se ha creado una gran contienda civil de la URSS o incluso nos despertáramos con la noticia de que la URSS se desintegró, cosa que esperamos que no ocurra jamás, aún en esas circunstancias Cuba y la revolución cubana seguirían luchando y seguirían resistiendo”. Mal olfato no tenía el locuaz tirano, pues cuatro meses después caía el Muro de Berlín y esta histórica proclama suya no fue más que una suerte de alocución preinaugural de lo que al año siguiente, él mismo junto con el entonces joven trotskista Ignacio Lula Da Silva (líder del Partido de los Trabajadores que se consagrara Presidente de Brasil en el 2002) fabricara como estructura paralela o supletoria ante la evidente agonía del imperialismo ruso: nos referimos al cónclave marxista conocido como Foro de Sao Paulo, creado en 1990 justamente en la ciudad de Sao Paulo.

A la convocatoria del mentado Foro acudieron originalmente 68 fuerzas políticas pertenecientes a 22 países latinoamericanos. Desde entonces dicha cofradía se reuniría regularmente y apenas 6 años después de su fundación (en 1996 en la ciudad de San Salvador), esta asamblea revolucionaria ya era integrada por 52 organizaciones miembros, entre las que se encontraban estructuras criminales como el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), siendo ésta última banda el principal productor mundial de cocaína: 600 toneladas métricas anuales, motivo por el cual con tan extraordinaria recaudación la citada organización supo aportar ingentes recursos para impulsar el naciente contubernio trasnacional.

Desde entonces, dicho Foro y organizaciones afines vienen reclutando, ‘aggiornando’ y reciclando a toda la izquierda regional por medio de calculadas sesiones políticas e ideológicas que buscaron y buscan afanosamente darle nuevos impulsos a viejas ideas. En efecto, el comienzo de los años ´90 fue clave para la reconversión y reinvención de una ideología que ya no podía exhibir la “Hoz y el Martillo”, ni ofrecer expropiación de latifundios, ni reformas agrarias, ni divagar con la plusvalía, ni tampoco seducir a potenciales clientes con la trillada luchas de clases. Ya nada de todo este discurso resultaba atractivo a la opinión pública occidental y además, sabía a naftalina.

Pero hay un año en los comienzos de esta convulsionada y enrarecida década que pareciera marcar un vertiginoso punto de inflexión: 1992. Fue entonces cuando una serie de movimientos extraños, novedosos y aparentemente inconexos empezaron a brotar en distintos lugares del mundo en general y de América Latina en particular. Al amparo de 458 Ongs creadas repentinamente para publicitar un ficcionario relato precolombino, el 12 de octubre se llevó a cabo en Bolivia la primera gran marcha “indigenista”, aprovechando la redonda fecha de los “500 años de sometimiento” (en referencia a la llegada de Cristóbal Colón a las Américas en 1492) en la cual, ya destacaba la acción dirigente del joven Evo Morales (que se consagraría Presidente de Bolivia en el 2005). Un poco más al sur, en la Argentina democrática de 1992, apareció en escena la “Primera marcha del orgullo Gay”, alentada en parte por el creciente feminismo radical de inspiración lesbo-marxista, el cual desde hacía meses venía influyendo mundialmente tras la publicación del libro El género en disputa: Feminismo y la subversión de la identidad de Judith Butler, texto abrazado desde entonces como “biblia” por todos los movimientos promotores de la “ideología de género”. Mientras tanto, también en 1992 pero en la colorida ciudad de Río de Janeiro, se llevaron adelante las sesiones del “ecologismo popular”, el cual emergió con 1.500 organizaciones de todo el mundo que se reunieron para debatir y redefinir la estrategia, incluyendo el reclamo de la llamada “deuda ecológica”. Y fue en ese mismísimo año cuando en Venezuela, un coronel hablantín de ideología desconocida llamado Hugo Chávez Frías, encabezó dos intentos de golpe de Estado, en los cuales no sólo se pretendió matar al Presidente Carlos Andrés Pérez sino que los insurgentes mataron a 20 compatriotas. La intentona golpista no fructificó, Chávez terminó preso por dos años pero ganó fama y celebridad: siete años después asumiría como Presidente/dictador en su país y el Foro se anotaría otro logro de proporciones.

¿Pero qué ocurrió en 1992 en el mundo que forjó tamaña promoción de movimientos tan novedosos como heterogéneos? Si bien popularmente se reconoce a la caída del Muro de Berlín (9 noviembre de 1989) como el hito histórico del derrumbe de un sistema y una amenaza (el socialismo), la realidad es que aquello fue antesala de lo que política y formalmente se materializaría tres años después, o sea en 1992, cuando la Unión de Repúblicas Socialistas Soviética bajo el mando del entonces Premier Borís Yeltsin dejó de existir formal y oficialmente como tal, y fue por ello que todo el imperio comunista de Europa del Este quedó descuartizado y separado en pequeños países o territorios tras una suerte de implosión geopolítica.

Luego, ante la ausencia de la contención soviética y la consiguiente necesidad de solucionar ese vacío, todas las estructuras de izquierda tuvieron que fabricar Ongs y armazones de variada índole acomodando no sólo su libreto sino su militancia, sus estandartes, sus clientes y sus fuentes de financiación. Por lo tanto, al comenzar la última década del Siglo XX, un sinfín de dirigentes, escritores, pandillas juveniles y organizaciones varias quedaron desparramadas, sin soporte discursivo y sin revolución que defender o enaltecer, en torno a lo cual estas corrientes advirtieron la necesidad de maquillarse y encolumnarse detrás de nuevos argumentos y banderines que oxigenaran sus envilecidas y desacreditadas consignas. Silenciosamente, la izquierda reemplazó así las balas guerrilleras por papeletas electorales, suplantó su discurso clasista por aforismos igualitarios que coparon el extenso territorio cultural, dejó de reclutar “obreros explotados” y comenzó a capturar almas atormentadas o marginales a fin de programarlas y lanzarlas a la provocación de conflictos bajo excusas de apariencia noble, las cuales prima facie poco o nada tendrían que ver con el stalinismo ni mucho menos con el terrorismo subversivo, sino con la “inclusión” y la “igualdad” entre los hombres: indigenismo, ambientalismo, derecho-humanismo, garanto-abolicionismo e ideología de género (esta última a su vez subdividida por el feminismo, el abortismo y el homosexualismo cultural) comenzaron a ser sus modernizados cartelones de protesta y vanguardia.

¿Y mientras tanto qué hacían los sectores del anticomunismo capitalista ante la creciente fabricación y proliferación de renovadas conflagraciones que pululaban? Lejos de tomar nota de estas súbitas rebeliones, se encontraban despreocupados y festivos no sólo celebrando la caída “definitiva” del comunismo, sino leyendo con distendido triunfalismo el publicitado best seller de notable fama mundial El fin de la historia y el último hombre, de Francis Fukuyama (publicado en el insistente año 1992), el cual sentenciaba el triunfo irreversible de la democracia capitalista como hecho lineal e inalterable, suerte de agradable determinismo histórico pero ahora vaticinado por la derecha liberal, lo cual constituyó un gravísimo error de subestimación del enemigo. El comunismo no murió con la caída formal de sus Estados porque justamente lo más importantes son las organizaciones colaterales, y éstas ya existían desde mucho antes de la creación de la URSS: y siguieron existiendo después de la extinción de la misma.

Lo cierto es que fuimos muy pocos los que le prestamos atención a esta metamorfosis y, 25 años después, la izquierda no sólo se apoderó políticamente de gran parte de Latinoamérica sino lo que es muchísimo más grave: hegemonizó las aulas, las cátedras, las letras, las artes, la comunicación, el periodismo y, en suma, secuestró la cultura y con ello modificó en mucho la mentalidad de la opinión pública: la revolución dejó de expropiar cuentas bancarias para expropiar la manera de pensar.

Tras tomar nota de la inadvertencia social que hay en torno a este peligro y peor aún, de la vergonzosa concesión que el acobardado centrismo ideológico y el correctivismo político le viene haciendo a esta disolvente embestida del progresismo cultural, es que quienes esto escribimos, hemos decidido desarrollar y publicar este trabajo. En primera instancia, nuestra ambición pretendía elaborar un ensayo que desenmascarara todas y cada una de las caretas de esta izquierda engañosamente “amable y moderna”, pero advertimos que por la complejidad del asunto sería imposible abordarla en un solo tomo. Decidimos por lo tanto trabajar en esta primera instancia en la máscara que más influye en la Argentina y en Europa: nos referimos a la ideología de género, una de las principales pantallas del neo-marxismo hoy en boga. Es nuestra intención, no obstante, trabajar sobre las demás banderas de la nueva izquierda en próximas publicaciones.


¿Qué es?, ¿cuándo nace?, ¿en qué consiste?, ¿cómo nos afecta?, ¿quién la financia? ¿Cuáles son sus vertientes y quiénes promueven la ideología de género? Son sólo algunos de los muchísimos interrogantes que intentaremos responder a lo largo de este trabajo, el cual se divide en dos partes bien diferenciadas aunque entrelazadas, que obran como ramas del mismo tronco del género: el feminismo radical y el homosexualismo ideológico.

sábado, 15 de octubre de 2016

La nueva izquierda: LIBRO

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Recientemente he adquirido un ejemplar del libro "El libro negro de la nueva izquierda", escrito por los argentinos Agustín Laje y Nicolás Márquez. Aún sin terminar de leerlo me ha resultado un libro verdaderamente valioso, documentado, claro y por sobre todas las cosas muy útil para comprender la naturaleza y la estrategia de esa nueva izquierda que actúa en nuestros países, centrándose el libro de manera particular en la ideología de género. Terminaré de leerlo y seguramente lo releeré.

La tesis principal del libro podría reducirse más o menos a lo siguiente: la izquierda actual ha cambiado, o mejor dicho, se ha transformado: de una izquierda clásica que recurría al discurso de odio entre las clases 'obrera' y 'burguesa', con el fin de dinamitar el orden establecido; ha pasado a ser una izquierda que busca la difusión de esos mismos discursos de odio, pero ya no entre burgueses capitalistas y obreros proletarios, sino entre sexos, discurso de odio entre el hombre y la mujer, entre el matriarcado y el patriarcado, entre la mujer oprimida y el hombre opresor. Como también entre las ya innumerables 'opciones sexuales' comprendidas bajo la tristemente célebre abreviatura LGBT y los supuestos representantes de una pretendida opresión 'heterosexual'.

Lo anterior sin contar el discurso deletéreo que la nueva izquierda inocula también en otros ámbitos actuales como el ecologismo, el indigenismo, el animalismo, y otros ismos que forman la plataforma propagandística desde la cual la nueva izquierda difunde en las venas de la sociedad discursos de odio y de división, de unos contra otros; ambiente propicio para diluir los tejidos sociales y luego presentarse como la opción defensora del oprimido, hacerse al poder, transformar los ordenamientos jurídicos y constitucionales de su víctima, y finalmente perpetuarse en el poder mediante dictaduras que en ese estadio del proceso ya ni siquiera ocultan su rostro pues se saben seguros bajo una estructura que ellos mismos han creado.

El libro de Laje y Márquez no solo está muy bien documentado, sino que ha sido escrito en un estilo sencillo, sin alardes de erudición, con afán de difusión, de denuncia, casi que de grito angustiado de dos autores y estudiosos que ven cómo en nuestra querida Hispanoamérica la nueva izquierda ha ganado espacios importantes en la prensa, en la televisión, en la academia, en la 'cultura', en la literatura, etc., y desde allí se difunde como un veneno mental que paraliza cualquier reacción saludable en defensa de los valores perennes de la civilización occidental, de innegable matriz cristiana.

De manera que recomiendo mucho la lectura de este libro a todo aquél que esté interesado en la batalla cultural que en el presente se libra ante nuestros ojos, y quiera pertrecharse de municiones para responder con eficacia las falacias que conforman el discurso multiforme de odio y subversión cultural, por medio del cual la izquierda actual busca la ruina de los restos de civilización que aún permanecen en pie, con el afán criminal de edificar sobre dichas ruinas una "nueva" sociedad que sea la negación de la anterior, un hormiguero de voluntades finitas, doblegadas, reducidas, impedidas y gobernadas por la mano de hierro, implacable y fría, de los modernos herederos de esa máquina de matar que es el comunismo marxista.


Pdta: el libro aún no se consigue en físico en Colombia, pero puede adquirirse de él una copia digital por medio de la plataforma de Amazon.  



Leonardo Rodríguez



lunes, 3 de agosto de 2015

Un poco más acerca de las ideologías



En una de las perlitas que redacté hace poco hablaba yo de las ideologías y de cómo ellas vuelven ciego a quien las defiende, porque lo hacen incapaz de reconocer la falsedad de la ideología en sí misma. 

La ideología es algo que pertenece más al terreno de la voluntad que al terreno de la inteligencia, es decir, se sostiene y triunfa entre las personas no tanto por la fuerza de las ideas y de los argumentos sino más bien porque la ideología logra que sus defensores se comprometan vitalmente con ella; en otras palabras, una ideología se convierte en un estilo de vida o sirve para justificar un estilo de vida, de tal manera que cuando una persona que está atrapada por una ideología, oye o lee argumentos contra su ideología cree que son ataques contra su persona, contra su vida, contra su estilo de vida, y reacciona de manera pasional sin poder permitir un análisis racional de sus ideas.

Por esto se hace tan difícil sacar a alguien de una ideología, porque la convierten en parte de su vida y los ataques a su ideología los toman personalmente.

Esto se ve claramente, por ejemplo, en la ideología de género o la ideología de los grupos LGBT. Generalmente son personas que defienden de manera apasionada y poco racional sus posturas, se sienten atacados en sus personas y consideran una cuestión de vida o muerte sostener su ideología contra todo ataque.

Naturalmente esta actitud es un grave obstáculo para el intercambio de ideas, la persona atrapada en una ideología tendrá gran dificultad en aceptar algún fallo en sus ideas, PUESTO QUE ACEPTAR ESO SERÍA COMO ACEPTAR UN FALLO EN SU ESTILO DE VIDA, y por tanto para ser coherentes deberían cambiar no solo de ideas, sino también de vida, y esto es lo difícil.

Es más fácil cambiar de ideas que de estilo de vida, de hecho son millones las personas que viven a diario en la incoherencia de creer algo y vivir al revés de lo que creen, PORQUE CAMBIAR LA VIDA ES MÁS DIFÍCIL QUE CAMBIAR LAS IDEAS.

El secreto del triunfo de la ideología es precisamente ese, que logra convertirse en la vida misma de las personas a las que atrapa o por lo menos les sirve para justificar su comportamiento, de la manera como la ideología materialista le serviría a un vicioso para justificar sus vicios.



Leonardo R.

sábado, 1 de agosto de 2015

(3) Los pilares de la falta de fe - Karl Marx


 

Autor: Peter Kreeft

Entre los muchos oponentes de la fe cristiana, el marxismo no es la filosofía más importante, imponente o impresionante de la historia.

Sin embargo, hasta hace poco, ha sido claramente la más influyente. Si comparamos los mapas mundiales de 1917, 1947 y 1987 veremos de qué manera inexorable este sistema de pensamiento se dispersó para inundar un tercio del mundo en tan sólo dos generaciones - una proeza histórica sólo equiparable con los primeros tiempos del Cristianismo y con el comienzo del Islam.

Diez años atrás, todos los conflictos políticos y militares en el mundo, desde América Central hasta el Medio Oriente, giraron en torno al comunismo versus anticomunismo.

Incluso el fascismo se volvió popular en Europa y todavía sigue siendo una fuerza que debe tenerse en cuenta en América Latina, en gran medida debido a su oposición al "espectro del comunismo", como lo llama Marx en la primera oración de su "Manifiesto comunista".

El "Manifiesto" constituyó uno de los momentos clave de la historia. Publicado en 1848, el año de las revoluciones en toda Europa, básicamente se trata, como la Biblia, de una filosofía de la historia, del pasado y del futuro. La historia pasada se reduce a luchas de clases entre el opresor y el oprimido, el amo y el siervo, ya sea el rey contra sus súbditos, el sacerdote contra el parroquiano, el maestro de un oficio contra el aprendiz o incluso el esposo contra la esposa y el padre contra el hijo.

Esta es una visión de la historia aún más cínica que la de Maquiavelo. El amor se niega e ignora por completo y la competencia y la explotación son la ley universal.

No obstante, esto puede cambiar, según Marx, debido a que ahora, por primera vez en la historia, no tenemos tantas clases sino sólo dos - la burguesía (los "ricos" que son los dueños de los medios de producción) y el proletariado (los "pobres" que no son dueños de los medios de producción).

Estos últimos deben venderse a sí mismos y vender su mano de obra a los dueños hasta la revolución comunista, que "eliminará" (eufemismo para "asesinará") a la burguesía y así abolirá las clases y los conflictos de clases para siempre, instituyendo una era de paz e igualdad. Después de ser completamente cínico respecto del pasado, Marx deviene completamente ingenuo respecto del futuro.

¿Qué hizo que Marx fuera lo que es? ¿Cuáles son los orígenes de este credo?

Marx dio un giro deliberado de 180 grados desde (1) el supernaturalismo y (2) el carácter distintivo de su ascendencia judía para abrazar (1) el ateísmo y (2) el comunismo. El marxismo toma todos los factores estructurales y emocionales más importantes de la religión bíblica y les da una forma secularizada. Marx, como Moisés, es el profeta que libera al pueblo elegido, el proletariado, de la esclavitud del capitalismo llevándolo a la tierra prometida del comunismo a través del Mar Rojo de la sangrienta revolución mundial pasando temporalmente por un período de sufrimiento dedicado al partido, el nuevo sacerdocio.

La revolución es el nuevo "Día de Yahweh", el día del juicio; los portavoces del partido son los nuevos profetas; y las purgas políticas dentro del partido para mantener la pureza ideológica son los nuevos juicios divinos de los Elegidos y sus líderes sobre la rebeldía. El tono mesiánico del comunismo hace que sea estructural y emocionalmente más parecido a una religión que a cualquier otro sistema, excepto el fascismo.

Podemos afirmar que así como tomó la forma y el espíritu, pero no el contenido, de su herencia religiosa, también hizo lo mismo con su herencia filosófica hegeliana, ¡transformando el "idealismo dialéctico" en "materialismo dialéctico"! "Marx puso a Hegel de cabeza", como dice el dicho. Marx heredó siete ideas radicales de Hegel:

Monismo: la idea de que todo es uno y que la distinción del sentido común entre materia y espíritu es ilusoria. Para Hegel, la materia fue sólo una forma del espíritu; para Marx, el espíritu fue sólo una forma de la materia.

Panteísmo: la noción de que la distinción entre Creador y creatura, una idea particularmente judía, es falsa. Según Hegel, el mundo es un aspecto de Dios (Hegel era panteísta); según Marx, Dios se reduce al mundo (Marx era ateo).

Historicismo: la idea de que todo cambia, incluso la verdad; de que no hay nada superior a la historia para juzgarlo; y que entonces lo que es verdad en una era es falso en la otra o viceversa. En otras palabras, el tiempo es Dios.

Dialéctica: la idea de que la historia se mueve sólo por conflictos entre fuerzas que se oponen, una "tesis" contra una "antítesis" integrándose en una "síntesis superadora". Esto se aplica a clases, naciones, instituciones e ideas. El vals de la dialéctica sonará en el salón de bailes de la historia hasta que venga el reino de Dios - que Hegel prácticamente identificaba con el estado Prusiano. Marx lo internacionalizó en el estado comunista mundial.

Determinismo o fatalismo: la idea de que la dialéctica y su resultado son inevitables y necesarios, no libres. El marxismo es una suerte de predestinación calvinista sin un predestinador divino.

Estatismo: ya que no hay verdad o ley eterna o metahistórica, el estado es supremo y no se lo puede criticar. Marx nuevamente internacionalizó el nacionalismo de Hegel.

Militarismo: como no hay una ley natural universal o eterna por encima del estado para juzgar y resolver diferencias entre ellos, la guerra es inevitable y necesaria en la medida que haya estados.

Como muchos otros pensadores antirreligiosos que surgieron a partir de la Revolución francesa, Marx adoptó el secularismo, el ateísmo y el humanismo de la Ilustración del siglo XVIII, junto con su racionalismo y su confianza en la ciencia como potencialmente omnisciente y en la tecnología como potencialmente omnipotente. De nuevo las formas, la sensibilidad y la función de la religión bíblica se transfieren a otro dios y a otra fe, dado que el racionalismo es una fe, no una prueba. La creencia que afirma que la razón humana puede saber todo lo que es real, no puede probarse con la razón misma, y la creencia que sostiene que todo lo que es real puede probarse con un método científico, no puede en sí misma probarse de esa manera.

Una tercera influencia sobre Marx, además del hegelianismo y el racionalismo de la ilustración, fue el reduccionismo económico: la reducción de todo a lo económico. Si Marx estuviera leyendo este análisis, diría que el origen de mis ideas no es la facultad de mi mente de conocer la verdad, sino las estructuras económicas capitalistas de la sociedad que me "produjo". Marx creía que el pensamiento del hombre está totalmente determinado por la materia; que cada hombre está totalmente determinado por la sociedad; y que la sociedad está totalmente determinada por la economía. Se puede decir que ello invierte la visión tradicional de que la mente gobierna al cuerpo, el hombre gobierna a la sociedad y la sociedad gobierna su economía.

Finalmente, Marx adoptó la idea de propiedad colectiva de los bienes y el medio para producirlos de los pensadores "socialistas utópicos" anteriores. Marx dice que "La teoría del comunismo puede resumirse en una sola frase: abolición de la propiedad privada". Sin embargo, las únicas sociedades en la historia que lograron practicar el comunismo con éxito fueron los monasterios, los kibbutz, las tribus y las familias (que Marx también quería abolir). Todos los gobiernos comunistas (tales como el de la U.S.S.R.) transfirieron las propiedades al estado y no al pueblo. Se comprobó que la confianza de Marx en que el estado se "desvanecería" de motu propio una vez que hubiera eliminado el capitalismo y colocado al comunismo en su lugar es increíblemente ingenua. Una vez que se confisca el poder, sólo la sabiduría y la santidad podrán liberarlo.

El recurso más profundo del comunismo, especialmente en los países del tercer mundo, no ha sido la voluntad del comunalismo sino la "voluntad del poder", como lo llama Nietzsche. Nietzsche estudió el corazón del comunismo con más profundidad que Marx.

¿Cómo hace Marx con las objeciones evidentes al comunismo: que suprime la privacidad y la propiedad privada, la individualidad, la libertad, la motivación de trabajar, la educación, el matrimonio, la familia, la cultura, las naciones, la religión y la filosofía? No niega que el comunismo las elimina, sino que dice que el capitalismo ya lo hizo. Por ejemplo, sostiene que "el burgués considera a su mujer como un mero instrumento de producción". Respecto de los temas más sensibles e importantes, familia y religión, ofrece una retórica más que una lógica, por ejemplo: "Esas declamaciones burguesas sobre la familia y la educación, sobre la intimidad de las relaciones entre padres e hijos, son tanto más repugnantes...". Y he aquí la "respuesta" a las objeciones religiosas y filosóficas: "Las acusaciones que se hacen contra el comunismo, desde el punto de vista religioso-filosófico e ideológico en general no merecen un examen serio".

La refutación más simple del marxismo es que su materialismo se contradice a sí mismo. Si las ideas no son nada más que el producto de fuerzas materiales y económicas, tales como autos o zapatos, entonces las ideas comunistas también lo son. Si ninguna de nuestras ideas queda determinada por llegar a entender mejor la verdad, sino por los movimientos necesarios de la materia, si no podemos evitar que nuestras lenguas se muevan, podemos decir que los pensamientos de Marx no son más ciertos que los pensamientos de Moisés. Así pues, atacar las bases del pensamiento es atacar su propio ataque.

Marx lo puede ver y lo admite. Reinterpreta a las palabras como armas, y no como verdades. Las funciones de las palabras del "Manifiesto" (y en última instancia, incluso de la "Capital" más extensa y más pseudocientífica) no consisten en probar lo que es verdad sino en alentar la revolución. "Los filósofos sólo interpretaron el mundo; lo único que hay que hacer es transformarlo".

Marx es básicamente un pragmático, pero incluso en este nivel pragmático hay una auto-contradicción. El "Manifiesto" termina con este famoso llamamiento: "Los comunistas, no tienen por qué encubrir sus ideas e intenciones. Abiertamente declaran, que sus objetivos sólo pueden alcanzarse, derrocando por la violencia todo el orden social existente. Tiemblen si quieren las clases gobernantes, ante la perspectiva de una revolución comunista. Con ella, los proletarios no tienen nada que perder, salvo sus cadenas. Por el contrario, tienen todo un mundo entero que ganar. ¡Proletarios de todos los países, uníos!". Pero este llamamiento es, siguiendo la lógica de Marx, innecesario dado que niega el libre albedrío y que, según él, todo está predestinado; la revolución es "inevitable", no importa si quiero unirme o no. No puede apelarse al libre albedrio y al mismo tiempo negarlo.

Hay fuertes objeciones prácticas al comunismo además de estas dos objeciones filosóficas. Por un lado, sus predicciones no funcionaron. La revolución no tuvo lugar cuando y donde el marxismo lo predijo. El capitalismo no desapareció como así tampoco el estado, la familia ni la religión. Por último, el comunismo no trajo aparejada satisfacción ni igualdad en ningún lugar en que haya ganado poder.


Todo lo que Marx pudo hacer es jugar a ser Moisés y hacer que los tontos regresaran a la esclavitud de Egipto (mundanalidad). El verdadero Liberador está esperando tras bastidores al bufón que ahora "se oscurece y se impacienta el tiempo que le toca estar en el tablado" (NDT: Tomado de la quinta escena de Macbeth de Shakespeare) para llevar a sus tontos seguidores "a la polvorienta muerte" (idem) el único tema que los filósofos marxistas se niegan a enfrentar.


(visto en http://www.catholiceducation.org/es/religion-y-filosofia/otros-temas/los-pilares-de-la-falta-de-fe-karl-marx.html

sábado, 30 de marzo de 2013

El liberalismo, por Jean Madiran


Los dos significados de la palabra “liberal”

Liberal, de la palabra latina liberalis, se dice de aquel que es generoso (capaz de “liberalidades”) y, más generalmente, de todo lo que es digno de una persona de condición libre, en oposición a la condición de esclavo. Liberales artes o doctrinae, las “artes liberales”, es la erudición. Este primer significado sobrevive más o menos en la expresión: las “profesiones liberales” (abogado, médico, arquitecto, escribano, etc.), es decir las que se ejercen más libremente que las profesiones asalariadas. La liberalidad es ya sea tener la disposición a dar generosamente, ya sea el don mismo hecho con generosidad. Ser liberal, en el sentido que emplean esta palabra Bossuet, Moliere y La Fontaine, es lo contrario de ser mezquino o avaro.

Este primer significado no hace ninguna referencia a una doctrina política o moral particular.

El segundo significado es ideológico. El liberal es entonces un partidario del liberalismo, doctrina a la vez económica, moral, política, religiosa, que hace de la libertad el principio director (supremo o inclusive único) de la vida individual o colectiva.

Ideología a la vez filosófica y religiosa, política y moral, económica y social, el liberalismo encuentra resumida su expresión más definitiva en el himno que una jerarquía masónica hacía cantar en 1984 a las organizaciones católicas en el momento de las manifestaciones por la libertad escolar: “Libertad, creo que tú eres la única verdad.”

El primer error del liberalismo

Haciendo de la libertad el principio supremo o único de la organización política y social, el liberalismo comete el error de no reconocer su justo lugar a otros principios, iguales o superiores: entre otros el principio nacional, enaltecido por el nacionalismo, ya que ubica el bien común nacional por encima de los intereses particulares.

El segundo error del liberalismo

Pero, además, la libertad de la cual el liberalismo hace su principio supremo no es cualquier libertad abstracta o concreta. Es una cierta libertad: la entendida en un sentido muy determinado, aquel de la “declaración de los derechos del hombre” de 1789.

Los derechos del hombre

Los sostenedores del liberalismo unánimes reconocen que “los derechos del hombre son el problema fundamental del mundo de hoy”. Ellos dejan 1793 para la “izquierda marxista” y reclaman la de 1789 como si fuera “la propiedad de los liberales” y su “herencia”.

No digo que apruebe que los liberales invoquen continuamente los “derechos del hombre” en general, más que hablar a unos y a otros de sus deberes recíprocos, pero puedo comprenderlo de parte de los parlamentarios que imaginan dirigirse a sus futuros electores.

Sin embargo, existen otras “declaraciones de derechos” que aquélla de 1789. Existe la “declaración universal de los derechos del hombre” hecha por la ONU en 1948. Por su origen y por su destino es mucho más “universal” precisamente y, en cierta manera, más oficial que la de 1789. Por otra parte y algo diferente mencionamos los derechos de la familia, que con frecuencia los católicos invocan cuando desean mostrar que también ellos pueden hablar de los “derechos del hombre”, señalando, en la necesidad, que es menos criticable. Y primeramente estaba la declaración americana de 1776, que en varios de sus artículos no era mucho mejor que la francesa de 1789, pero tenía al menos sobre ella la ventaja de invocar a Dios y de fundar los derechos del hombre sobre la voluntad divina mas bien que sobre el arbitrio humano.

Teóricamente existe pues un cierto margen de elección. Entre estas diversas declaraciones de los derechos los liberales tienen la costumbre de apoyarse en la que es más discutible y, en todo caso ciertamente, la más masónica: la de 1789.

El plan masónico

La “declaración de los derechos del hombre” y la “del ciudadano” del 26 de agosto de 1789 figura en el preámbulo de la primera constitución francesa, que fue la del 3 de setiembre de 1791.

La constitución de 1791 no es, en resumen, más que la primera constitución política de Francia. Otra constitución la precedió, consecuencia aún más directa, más próxima, a la declaración de los derechos de 1789, fue una constitución religiosa: la “constitución civil del clero” del 12 de julio de 1790.

Pues si la masónica declaración de los derechos de 1789 era dirigida contra el “Antiguo Régimen” en general, estaba más dirigida contra el Antiguo Régimen religioso que contra el Antiguo Régimen politico; más contra la Iglesia que contra la monarquía, y es por eso que la constitución política de 1791 define entonces a Francia como un “reino”, declara que el “gobierno es monárquico” y que es ejercido por “el rey”; y que el “trono se delega hereditariamente al linaje reinante de varón a varón, por orden de primogenitura”. Pero más de un año antes, la constitución religiosa de 1790 había jurídicamente desintegrado la Iglesia católica de Francia.

Este plan masónico contra la Iglesia fue de tal manera prioritario que fue puesto en práctica por la Asamblea constituyente desde el 20 de agosto de 1789, es decir antes mismo que fuera terminada la declaración de los derechos del hombre. Era la primera urgencia. Así, la cronologia muestra ya que el “liberalismo” de 1789, del cual hacen referencia nuestros liberales, era esencialmente anticatólico.

La declaración de los derechos de 1789 contenía sin duda la condenación de un cierto número de abusos efectivamente condenables y unánimemente reprobados. Pero contiene también la formación doctrinal del plan anticatólico de la francmasonería, por una nueva definición de lo que debe ser la libertad y de lo que es necesario rechazar como arbitrario; en adelante toda autoridad que no proceda expresamente de la voluntad general manifestada por el sufragio universal debe ser considerada como una autoridad arbitraría, siendo un intolerable ataque a la libertad. Es lo resultante de los artículos 3 y 6 y que, por otra parte, confirmaría la declaración universal de la ONU de 1948.

Proclamando que las únicas autoridades legítimas son aquellas que emanan expresamente de la voluntad general, los redactores de la declaración de 1789 pueden no haberse dado cuenta de que abolían así la autoridad del hombre sobre la mujer en el matrimonio, la de los padres sobre los hijos, la del maestro sobre los alumnos y así sucesivamente. Esto vendrá; la lógica del demonio seguirá su curso anárquico en el siglo XIX y sobre todo en el siglo XX. Pero la francmasonería, inspiradora y promotora de la declaración, sabía bien que así ponía fuera de la ley, como contrarios a los derechos del hombre, toda idea de una ley divina superior a la conciencia humana y toda autoridad espirítua1 de la Iglesia Católica. En consecuencia, desde 1790 fue decretado que los obispos, en adelante, serían elegidos por el colegio deparmental de los electores ordinarios, incluidos los electores no católicos o incrédulos.

La declaración masónica de 1789 estaba, pues, dirigida contra la religión católica. Michelet tuvo toda la razón al designar1a como “el credo de la nueva edad”: es decir, destinada a tomar el lugar de Yo creo en Dios. La libertad de 1789 es la de “ni Dios, ni señor”. En adelante, la única moral, la única religión eventualmente admisible es aquella de la cual cada conciencia, en su creatividad soberana, se forja una idea subjetiva, válida solamente para ella misma. Se le designa también a esto “antidogmatismo”.

Un ideal característico

La pregunta que se plantea a propósito de los liberales no es la de su dependencia, de alguna manera administrativa, a una obediencia masónica. No es que esta pregunta no tenga importancia, mas, ¿cómo saberlo? La dependencia puede ser secreta y públicamente negada. Es la diferencia con una dependencia religiosa. Un católico no está de ningún modo obligado por su religión a manifestar que es miembro del Touring Club de Francia o de la Asociación Guillaume Budé, que aprueba a los amigos de Robert Brasillach, o al Socorro de Francia: pero jamás tiene el derecho, aunque debiese dar su vida, de disimular que es católico. Al contrario, parece que la ética masónica reconoce el derecho, eventualmente el deber de los francmasones, de disimular que lo son. Por otra parte, hay personas que se vuelven francmasones para tener mayor éxito en su carrera financiera, administrativa o política, sin comprometer sus convicciones. Sin duda ellos subestiman el hecho de que la solidaridad masónica pueda llevarlos mucho más lejos de lo que piensan.

Que tal o cual liberal sea miembro de una logia y que lo sea con una intención más que con otra no lo sé y no tengo ningún modo de saberlo con certeza. Pero los liberales son los predicadores y los apóstoles del liberalismo masónico de 1789, cuyo segundo centenario se aprestan fervorosamente a celebrar. Por su ideal de referencia y por su doctrina así invocada son francmasones.

Una reivindicación limitada

¿Se necesita precisarlo? Analizando la naturaleza masónica del liberalismo francés no persigo de ninguna manera el plan inquisitorial, y que sería utópico en la V República tal como está constituida, de prohibir a los francmasones participar en la vida pública. Mi plan es mucho más modesto; mucho más limitado; pero es “democráticamente” legítimo: es que pudiéramos ser representados, nosotros que no tenemos relación con la francmasonería, por personas que no sean francmasones de hecho o de corazón. Los liberales no son forzosamente francmasones de hecho; son francmasones de corazón y por eso su corazón nos es exactamente revelado por los discursos sobre la declaración de los derechos de 1789. A medida que se aprende a conocer un poco mejor lo medular de los partidos políticos, de la representación parlamentaria, de la prensa, se advierte que los francmasones han sabido perfectamente establecerse en las formaciones y en los diarios con vocación de servirles. Pero también en los otros. En todos los otros o en casi todos.

Mi plan, a este respecto, modesto y limitado, siempre fue crear, favorecer, ampliar un espacio de libertad social y política donde los franceses de tradición nacional y católica pudiesen reconocerse, informarse, instruirse, concertarse, sin ser acompañados e influenciados por aquellos, concientes o no, más o menos afiliados secretamente a la francmasonería o intelectualmente anexados a su ideal antidogmático.

JEAN MADIRAN


jueves, 28 de marzo de 2013

La democracia como religión



La frontera del mal

Fue Aldous Huxley, en su fábula futurista “Un mundo feliz”, quien sugirió que lo que llamamos un axioma —es decir, una proposición que nos parece evidente por sí misma y que por tal la aceptamos— se pue­de crear para un individuo y para un ambiente determinados median­te la repetición, millones de veces, de una misma afirmación. Para este efecto —la génesis artificial de axiomas y de dogmas— proponía la utilización, durante el sueño, de un mecanismo repetitivo que hablase sin interrupción a nuestro subconsciente, capaz, durante horas, de re­cibir y asimilar cualquier mensaje.

Este designio está, hoy, al cabo de medio siglo, muy cerca de la realidad, aunque sea a través de técnicas no exactamente iguales, co­mo lo ha subrayado el propio Huxley en su “Retorno al mundo feliz”.

La realización más importante en este sentido a través de métodos de saturación mental por los mass-media ha sido, en nuestra época, el establecimiento a escala universal del dogma-axioma de la democra­cia. De esta noción —en su sentido individualista y mayoritario— se ha logrado hacer la piedra angular de la mentalidad contemporánea. Es decir, de lo que Kendall y Wilhelsenn han llamado la «ortodoxia pú­blica» de nuestro tiempo. Esta expresión significaba para estos auto­res, el conjunto de bases conceptuales o de fe en que se asienta toda sociedad histórica, elementos que son, a la vez, ideas-fuerza para sus miembros y puntos de referencia para entenderse en un mismo len­guaje y convenir, en último extremo, en unos cuantos axiomas y dog­mas que sólo los marginados o extravagantes exigirían fundamentar.

La consolidación del dogma de la democracia y de su axiomática ha sido, por supuesto, obra de muchos años, pero es ahora cuando co­noce su vigencia universal. Ya, a fines de los años veinte, se daba por supuesto, en el lenguaje político español, que, a través de la dictadura del General Primo de Rivera, era obligado «volver a la normalidad cons­titucional (o democrática»). Hoy se supone para el mundo todo, desde la Europa más culta hasta la selva africana, que sólo unas elecciones «libres» (de sufragio universal) pueden justificar un gobierno ortodo­xo. Cualquier otro gobierno recibirá el calificativo de «dictadura» y se llamará a cruzadas contra él, previa su denuncia universal, como violador de los «derechos humanos», que constituyen la apelación últi­ma que en otro tiempo se situaba en el juicio de Dios Uno y Trino. (Existen, por supuesto, determinadas tolerancias o concesiones en gra­cia a la perfección universal del cuadro: el mundo soviético o sovietizado y múltiples sultanatos árabes prescinden de toda consulta a la «opinión pública» y les basta con auto-titularse «populares» o «democráticos» para gozar de una suficiente inmunidad.)

No es preciso recordar que la constelación de principios que for­man la ortodoxia democrática está muy lejos de la evidencia de los axiomas. Más aún, pienso que llegará un tiempo en el que los hom­bres se asombrarán de que la gobernación de los pueblos —y la edu­cación en su seno de los hombres— haya estado confiada al sistema de opinión y mayoría. Algunos de estos principios son del calibre epis­temológico que puede verse en las siguientes enunciaciones:

•  El poder nace de la Voluntad General y no reconoce otro origen o título.
•  La Voluntad General se identifica con la opinión pública en un momento dado.
•  El voto de todos los ciudadanos tiene el mismo valor.
•  El contenido de esa opinión se expresa en los nombres de los candidatos y de los partidos y en los slogans electorales.
•  Los partidos y sus mass-media son los artífices de esa opinión.

De donde, como corolario obligado: las técnicas de publicidad y de influencia subliminal (el condicionamiento de reflejos, en suma) será lo que gobierne a los pueblos.

Sin embargo, esta serie de enormidades que constituyen la «orto­doxia pública» de la democracia ha sido admitida incluso por la Iglesia oficial de nuestros días. Así, cuando en España —o en cualquier otra democracia— sucede que troupes teatrales representan espectáculos sacrílegos o blasfematorios con subvención oficial, los prelados, en su mayoría, nada dicen, porque su intervención podría interpretarse «co­mo una coacción a la libertad de expresión ciudadana». Y los que protestan no lo hacen en el nombre y por el honor de Dios, sino por­que «tales espectáculos ofenden a una mayoría católica del pueblo es­pañol».  Es decir, en nombre de la Democracia y para su defensa.

Así, también, cuando las organizaciones tituladas católicas protes­tan contra la laicización de la enseñanza oficial y contra las leyes confiscatorias (o disuasorias) de la enseñanza privada religiosa, no lo ha­cen ya en razón de que la educación en país católico debe ser católica para todos (con las excepciones debidas a los declaradamente arreligiosos o de otras religiones). Se limitan a defender unos escaños con­fesionales dentro de la gran democracia que formamos («nuestra de­mocracia» les oímos decir); esto es, defender el derecho de los grupos católicos que lo deseen a poseer escuelas confesionales.
Hasta tal punto ha penetrado el espíritu de la democracia liberal en la mentalidad de hoy y en su «ortodoxia pública» que el declararse no-demócrata o contrario a la democracia resuena en los oídos como en otro tiempo la apostasía expresa o la blasfemia. Muchos católicos que rehusarían el calificativo de socialista, o de divorcista, o de abor­tista —que, incluso, luchan contra estas ideas— no ven inconveniente alguno en declararse demócratas o liberales, y militar en partidos bajo estas denominaciones.

Sin embargo, una vez admitida la Voluntad General como fuente única de la ley y del poder —y negada toda otra instancia inmutable de religión con el más allá—, ¿qué lógica podrá oponerse a la socialización de los bienes o de la enseñanza, a la ruptura del vínculo matri­monial, a las prácticas abortistas o la eutanasia, si tales designios o supuestos derechos figuran en el programa del partido mayoritario? La democracia moderna, con su aspecto equívoco y aceptable es, en rea­lidad, la llave y la puerta para todas esas aberraciones y las que les seguirán.

Y es que, en el campo de los males, como en el de los bienes o va­lores, existe una jerarquización que podemos establecer sin más que recurrir, por vía de negación, a las Tablas de la Ley. Así, podemos ver que la socialización de los bienes o de la enseñanza se opone al séptimo mandamiento (no hurtar) y ataca directamente a la familia, institu­ción de origen divino; el divorcio se opone a esa misma institución y, generalmente, al noveno mandamiento (no desear la mujer del próji­mo); el aborto y la eutanasia atentan contra el quinto mandamiento (no matar)...

Pero la raíz misma de la democracia moderna se opone al primero y principal de esos mandamientos, aquel al que se reducen los demás: «amarás al Señor, tu Dios, por encima de todas las cosas». Propugnar la laicización de la sociedad (negarle un fundamento religioso) y de­rivar la ley de la sola convención humana equivale a cortar los lazos de la convivencia humana respecto de Dios, a negar la religión (o re­ligación del hombre con su Creador). Las transgresiones de aquellos otros mandamientos pueden, en casos, ser pecados de debilidad: sólo la trasgresión de éste es pecado de apostasía.

De aquí el martirio aceptado sin vacilación por los primeros cris­tianos en la Roma imperial. Ellos disfrutaban en su tiempo de una situación de «libertad religiosa»; es decir, no eran condenados por prac­ticar su culto. Un status parecido al que otorga la democracia moder­na a las confesiones religiosas, aunque con distinto fundamento. Los romanos admitían en su politeísmo a todos los cultos y divinidades. No hubieran tenido inconveniente en admitir al Dios cristiano entre las divinidades del Capitolio y autorizar libremente el culto cristiano. Pero con la condición para los cristianos de reconocer, al menos táci­tamente, el politeísmo y de adorar al Emperador como símbolo y ga­rante de la religiosidad oficial. Y aquellos cristianos que se mostraban en lo demás como buenos ciudadanos, preferían el suplicio y las fieras del circo antes de renegar de la unicidad topoderosa del verdadero Dios.

Situación semejante es la de los católicos dentro de un país de Cristiandad ante la aceptación voluntaria de la democracia moderna. Con el agravante de que aquí el status de libertad no se apoya en una distinta concepción de la religión, sino en una negación de ésta, de toda religión, que pasa a considerarse como asunto privado u opinión. No es ya una religión falsa, sino un antropocentrismo o culto al Hom­bre. Hoy no hay que reconocer como dios al emperador sino a la Cons­titución. Ciertamente que en la democracia no se exige de modo tan rotundo ese reconocimiento bajo forma de adoración, y el caso se presta a interpretaciones o «arreglos de conciencia». Pero para quien esa aceptación no sea obligada ni formularia, sino acto voluntario a través de la adhesión al sistema o a un partido, el caso es objetiva­mente más grave que para los cristianos de Roma.

Tales reconocimientos se oponen también a las dos primeras pe­ticiones que formulamos en el Padrenuestro, la oración que el propio Cristo nos enseñó: «santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu Reino». El demócrata liberal las sustituye implícita (o explícitamen­te) por «eliminado sea tu Nombre; venga a nosotros la secularización, el reino del Hombre». Y se oponen, en fin, a las dos últimas enseñan­zas que Jesucristo Nuestro Señor nos dejó en su vida mortal antes de ser conducido al suplicio: cuando ante la autoridad civil (Pilato) y ante la religiosa (Caifás) afirma la Verdad y la autoridad de origen divino.

La democracia liberal se presenta así, bajo su verdadera luz, co­mo la frontera del mal; aquella línea de demarcación que, traspasa­da, nos sitúa fuera de «los que pertenecen a la Verdad»; es decir, en el reino de los que, por aclamación popular, obtuvieron la muerte de Cristo. El reino en que no se habla ya de verdad ni de autoridad, sino de opinión y de pueblo. En el que los creyentes en El sólo pedirán unos escaños en el seno del pluralismo laicista para vivir tranquilamente su fe sobre una apostasía inmanente.

Pero acontece que la negación de Dios acarrea como corolario ine­vitable la negación del hombre: ¿Qué podrá construirse en la ciudad humana sobre la arena movediza de la opinión y del sufragio? ¿Qué dejará tras de sí la sociedad democrática en la que el hombre sólo se sirve a sí mismo? Eliminado de raíz el Fin Supremo y la re-ligación con El, ¿cuánto durarán los fines subordinados y una vida que no con­duzca al marasmo del hastío y de los vicios acumulados? Es ya la so­ciedad que tenemos ante nosotros, eminentemente en los países más desarrollados económicamente: la sociedad en la que sobran los medios de vida, pero falta una razón para vivir.

«Los pueblos, las civilizaciones —se ha dicho—- son como unos ex­traños navíos que hunden sus anclas en el Cielo, en la Eternidad». La democracia liberal está consumando la ruina de nuestra civilización y, por contagio, de toda otra civilización. Porque la civilización cristiana (o clásico-cristiana) no ha sido sustituida por otra, sino por una anti­civilización o una disociación que, si pervive, es a costa de los restos difusos de aquella cultura originaria, de aquel —hoy combatidísimo— orden de las almas.

Se evidencia así que ninguna concepción del orden político puede resultar más letal o aniquiladora para la comunidad humana que la democracia moderna o «sociedad abierta» (open society). Postular una sociedad sin fe y sin principios, sin normas estables, neutra, carente de puntos de referencia, dependiente sólo de la opinión pública y de la utilidad del mayor número, es como abrogar la disciplina de un navío, olvidar su nimbo y el orden de las estrellas, abandonarla a la deriva. ¿A dónde se dirigirá tal navío? ¿En qué lenguaje se entende­rá su tripulación? ¿Cómo capeará las tempestades? ¿Qué justificará su misma unidad y su existencia?

Cuando, por ejemplo, el Presidente de la República francesa —o de cualquier otra democracia moderna— apela al heroísmo de la Legión para resolver un conflicto armado grave, ¿en nombre de qué lo hace? ¿Con qué derecho? Si nada existe fuera del interés de los ciuda­danos y de la opinión mayoritaria, ¿cómo exigir a hombres jóvenes que entreguen todo lo que poseen, su vida? Sólo por un recurso inmoral a normas, creencias y valores permanente, que la propia democracia niega, podrá recurrir a tales medios de coerción y de supervivencia.

Cabría una objeción en nombre de la universalidad de la razón. Si toda sociedad histórica, para su simple existencia y perduración, precisa tener su asiento en una fe y en un fervor colectivos, en unas no­ciones de lo que es sagrado y es recto, de lo que es el deber y el sentido del sacrificio, ¿supondrá esto que cada civilización es impenetrable in­telectual y emocionalmente para quienes no forman parte de su tradi­ción o de su herencia? ¿Habrá de asentirse al dictado de Spengler, de Toynbee y de determinados estructuralistas para quienes las culturas son sistemas cerrados, cuyo sentido es inmanente a un sistema intrans­ferible de puntos de referencia?

Nada autoriza tal conclusión. La razón es una instancia capaz de penetrar todo lo que es puramente humano e, incluso, dentro de cier­tos límites, el orden mismo del ser. La civilización occidental de origen cristiano —nuestra civilización histórica— ha sido la encargada de de­mostrar en la práctica esta capacidad de la razón. Su fe —nuestra fe— se ha predicado ya en todos los ámbitos de la tierra y ha arrai­gado, en mayor o menor grado, en las civilizaciones más dispares. Su ciencia, su técnica, sus categorías mentales y sus imágenes de compor­tamiento —básicamente racionales, anti-míticas— se han extendido a todo el mundo, penetrándolo en buena parte. Sea como cultura super­puesta, sea como injerto cultural, puede hoy decirse que una sola cul­tura —la occidental— es la cultura común del planeta.

Sin embargo, y paradójicamente, esta planetarización de una cul­tura racional sólo pudo realizarse a través de una civilización determi­nada —la occidental—, civilización que, como todas, nació de una fe —de un anclaje en la eternidad—, y se edificó sobre unas normas y unos valores morales. Y ello porque, en sentencia filosófica, operari sequitur esse, el obrar sigue al ser: no se expande una civilización sin antes ser, existir. Y si sólo en este caso ha sido posible el efecto de una difusión en cierto modo universal fue, precisamente, porque tal civilización se apoyó, originariamente en la Religión Verdadera.

En la renuncia a esos orígenes se encuentra la raíz última de la crisis en que se debate la sociedad occidental. Crisis no circunstancial sino degenerativa, extendida en forma de rebelión generalizada, y, por vía de contagio, a otras civilizaciones, incluso a la propia naturaleza invadida y contaminada. La expresión de esa renuncia a todo anclaje sobrenatural es la democracia liberal; más aún, que renuncia, nega­ción de toda trascendencia, erección de la sociedad del Hombre y para el Hombre.

Porque esa llamada «sociedad abierta» —la de los “Derechos hu­manos”— ignora el primero y principal de los derechos del hombre, que es el de buscar la verdad y servirla, el de fundamentar en ella su vida y el perdurable rumbo de su periplo terrenal.

Rafael Gambra, Revista Roma Nº 89, Agosto 1985.

(visto en http://statveritasblog.blogspot.com/2010/11/la-democracia-como-religion_04.html )