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sábado, 4 de marzo de 2017

Sobre el nuevo totalitarismo



Mucho se ha escrito ya sobre el incidente con el bus de la fundación HazteOir de España. Como era de esperarse los grupos de personas pertenecientes a la izquierda han condenado la iniciativa de poner a rodar por las calles españolas un bus con ese mensaje, por considerarlo ofensivo contra la población lgbt. En realidad lo condenaron por ir contra la ideología de género que buscan imponer dictatorialmente, ya que dicha ideología anticientífica, antiética, anti-todo, afirma efectivamente que no hay nada de malo, ni anormal, ni siquiera nada un poco extraño en afirmar que una niña puede tener pene y un niño puede tener vagina. Así de demencial es la cosa.

Decíamos antes que también las redes sociales, que son una especie de sub-universo en el que se dan cita todo tipo de personajes, pero que en el fondo no es sino una aglomeración indiscriminada de una masa de gritones, se pronunciaron contra el bus y su mensaje, por similares razones a las antes mencionadas: discriminación contra población lgbt.

¿Qué queda claro de todo esto, a parte de lo ya apuntado? 

Queda claro lo que siempre ha estado claro desde el tiempo de los pregoneros de libertades durante la Revolución Francesa, que al mismo tiempo que guillotinaban adversarios daban bellos discursos sobre libertad, igualdad y fraternidad: el discurso de los derechos y las libertades es usado como arma política, como trampolín, como puro medio propagandístico de seducción de masas, puesto que una vez obtenido el fin, que es el poder y el control de una sociedad, dichos derechos y dichas libertades pasan a ser de uso exclusivo de quienes comulguen con la línea de pensamiento dominante, lo que se llama pensamiento único o pensamiento políticamente correcto, y para los demás, para los que se aparten de dicha línea, no ofrecen otra cosa más que represión total.

En otras palabras. Llegan con el discurso de los derechos y las libertades, seducen masas, arrastran voluntades, obnubilan inteligencias y obtienen influencia social. Desde dicha influencia avanzan en la consolidación de su imagen como salvadores natos de la sociedad, condenan al resto como fascistas, nazis, homófobos, etc., y se convierten de a poco en la única opción política sana, los únicos decentes del panorama social. Apoyados en dicha 'imagen' dan el salto a lo político y ganan puestos aquí y allá, hasta controlar lo suficiente como para no tener ya que disimular más su verdadero rostro totalitario. Es entonces cuando se revelan como verdaderamente son: la nueva policía del pensamiento, al mejor estilo orwelliano. 

Y es lo que vemos hoy. Aún así son legión los que siguen comprando el discurso sobre los derechos y las libertades. Muy bien obró la iglesia cuando en su misma cuna condenó el nacimiento, contenido, forma e intención de los derechos humanos durante la Revolución Francesa, pues un secreto instinto le decía que sin lugar a dudas se convertirían en el Caballo de Troya que abriría las puertas a los desmanteladores de la civilización cristiana. Y no se equivocaron. 


Leonardo Rodríguez

miércoles, 1 de marzo de 2017

Defender lo obvio




Se ha llegado hoy a una situación tan descabellada que resulta cada vez más difícil defender lo obvio. Y es que el oscurecimiento paulatino del mismísimo sentido común ha tomado una velocidad tan vertiginosa, que en cuestión ya no de años sino de meses tendremos que pedir disculpas por afirmar, como en la imagen, que uno más uno hacen dos.

Y es que es asombroso a lo que hemos llegado, la situación se hace cada día más insostenible: un conjunto de ideas provenientes del progresismo cultural de matriz liberal y marxista (esta última en su versión 'neo'), se ha posicionado con tal fuerza y dominio en la atmósfera socio-cultural, que ha consolidado una forma tiránica de 'pensamiento políticamente correcto', fuera del cual nada es admitido, ni valorado, ni aceptado y cada vez más ni siquiera tolerado. 

Y lo vemos a diario en nuestras conversaciones con otras personas, en los medios de comunicación, en las columnas dominicales de los 'intelectuales' de turno, en los noticieros, en los pronunciamientos de los 'políticos', en las opiniones del hombre de a pie, etc. 

Salvo reducidos grupos de pensadores de filiación más bien tradicional, la colonización de lo políticamente correcto ha sido total y su reinado se ejerce con despotismo, implacable.

Por poner un ejemplo (o más bien dos) entre miles. En días pasados se celebró la versión número veinte del Carnaval de las Palmas, en España. Allí fue 'coronada' como 'nueva' Drag Queen de las Palmas de Gran Canaria un 'artista' que ha realizado un show grotesco y blasfemo al disfrazarse de virgen maría. 

Un espectáculo vomitivo desde donde se le mire, insultante e hiriente de la fe de millones de españoles que vieron así pisoteada públicamente la sacralidad de la madre de Dios.

Como era de esperarse se vieron dos reacciones diversas. De un lado los católicos anunciaron acciones jurídicas para pedir que los responsables del exabrupto (por decir lo menos) respondan ante la justicia por sus acciones, teniendo en cuenta la vulneración de los sentimientos religiosos de millones de españoles. Y de otro lado se pronunciaron los partidos políticos liberales y de izquierda, aplaudiendo, palabras más palabras menos, el show blasfemo en cuanto manifestación 'artística' y ejercicio legítimo de la 'libertad de expresión'. Asimismo en redes sociales el aluvión de insultos de la masa enardecida contra los católicos no se hizo esperar y se contaron por decenas de miles los mensajes de burla y odio.

Por otra parte, también por estos días ha hecho noticia un particular bus que recorre las calles de Madrid portando un mensaje sencillo y biológicamente exacto a más no poder: los niños tienen pene y las niñas tienen vulva. 


¿Qué vez de malo en el mensaje del bus, querido lector? Nada, absolutamente nada, biología básica, anatomía de lo más elemental. Dos afirmaciones que fácilmente se pueden encontrar en cualquier libro de texto para biología en primaria. Tal cual.

Pues ¿qué ha pasado? Lo que era de esperarse dado el dominio de lo que arriba hemos llamado 'pensamiento políticamente correcto' (que no es pensamiento ni mucho menos correcto), que esos mismos políticos que acudieron en coro a defender al 'artista' drag queen, exigiendo a los católicos silencio y 'tolerancia' ante una muestra 'evidente' de libertad de expresión, se mostraron esta vez indignadísimos contra la, para ellos, evidente 'homofobia', o mejor dicho 'transfobia' (porque la palabra fobia al parecer rima con todo y está de moda) del susodicho mensaje inscrito en el bus. Y pasaron de la indignación a la acción y con eficacia digna de mejores causas han solicitado ante la justicia española que actúe con celeridad contra los 'transfóbicos' responsables de tamaña agresión contra la población lgbt...

Y ni qué decir de la masa que pulula por las redes sociales, se han lanzado con una avalancha de insultos contra los promotores de la campaña del bus madrileño, acusándolos de todo tipo de crímenes. No han ahorrado insultos y han sido generosos en la repartición de calificativos soeces.

Pues bien, ¿qué podemos sacar en claro de estos dos episodios? varias cosas:

1) Existe la libertad, pero solo para quienes comulguen con el ideario liberal-progresista-neomarxista que constituye lo políticamente correcto hoy día. Para los que se aparten de dicho ideario la libertad es solo una ilusión.

2) Quienes dominan la escena 'cultural' actualmente, están convencidos de que la exigencia de derechos es un atributo únicamente de quienes comulguen con el ideario arriba mencionado.

3) Si perteneces a la masa de turiferarios de lo políticamente correcto tienes asegurado tu éxito en el submundo de la 'intelectualidad' de hoy. Si no, estás condenado a ser un paria, un inferior.

4) Los católicos deben aguantar todo tipo de insultos, desde los más 'inocentes' hasta las blasfemias más atroces, porque todo ello no es más que 'libertad de expresión'.

5) Los católicos, si llegan a hacer uso de esa misma 'libertad de expresión', deben atenerse a las consecuencias jurídicas y penales que ello les acarree. Pues obviamente tal derecho solo aplica para quienes insulten a los católicos, ni más faltaba.

6) Ni la biología ni la anatomía más elemental pueden romper la fuerza de una ideología, en este caso la ideología de género, puesto que cuando la ideología se apodera de una persona, ejerce sobre ella un dominio absolutamente despótico.


Cada día se va haciendo más difícil defender lo obvio.

Leonardo Rodríguez




domingo, 4 de diciembre de 2016

A propósito de la ideología de género


La llamada ideología de género está hoy en el centro de la atención de muchos, de la de unos porque la proponen (consciente o inconscientemente) como mecanismo (¡uno más!) de destrucción de lo poco que queda de orden natural en las sociedades; y de la de otros porque, sabedores de su intrínseca perversidad, la denuncian y le hacen frente con todos los medios a su disposición.

En este blog, obviamente, pertenecemos al segundo grupo. Denunciamos la intrínseca perversidad de la ideología de género, y no vemos en ella otra cosa que un nuevo y más radical ataque contra el orden natural. Un ataque que desciende ya hasta la raíz misma del concepto de criatura, y mediante la asunción explícita o solo larvada de la ‘divinización’ del hombre, busca subvertir ahora sí completamente las cosas, de tal manera que al final del proceso surja ‘liberado’ hasta de su misma naturaleza humana, un nuevo hombre consciente de su ‘divinidad’ autoasignada. Panorama seductor para la desordenada sensibilidad de los hijos de Adán.

Porque la ideología de género en último término lo que propone es la divinización del hombre, otorgando al ejercicio de su ‘libertad’ un poder demiúrgico sobre su propio ser, un poder de auto-creación, gracias al cual el hombre determinaría dicha ‘naturaleza’ a su pleno arbitrio, sin tener para ello en cuenta ningún pretendido dato natural que no estuviera en sí mismo sometido a la férrea y ‘omnipotente’ voluntad del nuevo ‘dios’.

En verdad es difícil encontrar o tan siquiera imaginar una rebelión más radical de la criatura hacia su Creador, de la criatura contra su mismo carácter de tal. A lo largo de la historia, el hombre, movido unas veces por su ignorancia y las más por su soberbia y sus pasiones, ha negado aspectos parciales del orden natural, y de ello han brotado filosofías desquiciadas cuya memoria consignan los manuales de historia del pensamiento humano. Y en el orden sobrenatural, las herejías han sido asimismo negaciones parciales del dato revelado, oposiciones a esta o aquella doctrina, rechazos de este o aquél punto teórico (con repercusiones prácticas y morales, como no puede ser de otra forma). Pero lo que nunca se había visto, lo que difícilmente encontrará siquiera precedentes en la historia de las negaciones humanas, naturales y sobrenaturales, es esta oposición radical, esta completa negación del dato natural: la criatura que se hace ‘creador’. Es la negación total.

De ahí la intrínseca maldad de la ideología de género, que es el aspecto más visible de este movimiento radical de auto-divinización humana. Maldad intrínseca por cuanto brota de su misma esencia, maldad incorregible también en cuanto nada de lo que ella conlleva y propone es asumible en una recta visión del hombre y su realidad: la ideología de género es esencialmente perversa e irremediablemente dañina.

Por supuesto que sus defensores no la propondrán al público en los términos en que nosotros la hemos descrito aquí, no, son más astutos que eso, al contrario ellos buscarán engalanarla con hermosos ropajes para hacerla apetecible. Buscarán decorarla, así como se decora el árbol de navidad por estas épocas, para hacerla parecer hermosa a la vista de sus futuras víctimas.

Y ¿Cómo exactamente harán para lograr embellecer algo que es esencialmente perverso? Sencillo, mediante el hábil recurso a las palabras clave: libertad, igualdad, justicia, progreso, modernidad, etc. Estas son palabras de suyo hermosas, pero cuyo significado, si no se precisa con rigor intelectual, puede usarse para inocular en los incautos oyentes un veneno mental capaz de diluir las bases mismas de la vida en sociedad. Y entonces veremos al ‘ideólogo de género’ salpicar su discurso con estudiadas dosis de palabras ‘clave’, para así hermosear su teoría y hacerla apetecible a sus ‘compradores’. Y dado el prestigio socio-emocional que hoy arrastran esas palabras (basta insertar en un discurso cada tres renglones la palabra libertad, para de inmediato aparecer ante la audiencia como un hombre ‘valioso’), la estrategia del ‘ideólogo’ surtirá efecto y la ideología de género será admitida en la esfera social, rodeada del prestigio alcanzado mediante un discurso calculadamente doble e irremediablemente falaz.

La invitación no podría ser otra que una a la oposición frontal, radical y sin complejos contra la ideología de género. La defensa del orden natural (y por ende del sobrenatural) es hoy, dada la gravedad del momento, un imperativo que debiera sacudir la conciencia de todo hombre de sanas ideas. Lo que está en juego es nada más y nada menos que el entero edificio de la civilización, atacado desde sus bases metafísicas y antropológicas, que terminará sucumbiendo ante el empuje coordinado y seductor de los ‘ideólogos del género’, que cuales nuevos flautistas de Hamelin, tocan su embriagadora melodía confiados en que la dulzura de sus notas hará que corran tras de ellos los hombres, y tras de los hombres las naciones, y tras de las naciones la civilización. Habrán entonces logrado el mayor de sus anhelos: la construcción de un nuevo orden de cosas, mediante el ejercicio de su pretendida ‘divinidad’.


¡Dios nos conceda dar la batalla!



Leonardo Rodríguez


viernes, 25 de noviembre de 2016

Introducción del LIBRO NEGRO DE LA NUEVA IZQUIERDA (Agustín Laje y Nicolás Márquez)

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Terminaban los años ´80, el imperio soviético tambaleaba y no sin sentida preocupación, el tirano y propietario de la Cuba comunista Fidel Castro, anticipándose a la muy posible implosión de su sponsor moscovita, el 26 de julio de 1989 en discurso público espetó lo siguiente: “Porque si mañana o cualquier día, nos despertáramos con la noticia de que se ha creado una gran contienda civil de la URSS o incluso nos despertáramos con la noticia de que la URSS se desintegró, cosa que esperamos que no ocurra jamás, aún en esas circunstancias Cuba y la revolución cubana seguirían luchando y seguirían resistiendo”. Mal olfato no tenía el locuaz tirano, pues cuatro meses después caía el Muro de Berlín y esta histórica proclama suya no fue más que una suerte de alocución preinaugural de lo que al año siguiente, él mismo junto con el entonces joven trotskista Ignacio Lula Da Silva (líder del Partido de los Trabajadores que se consagrara Presidente de Brasil en el 2002) fabricara como estructura paralela o supletoria ante la evidente agonía del imperialismo ruso: nos referimos al cónclave marxista conocido como Foro de Sao Paulo, creado en 1990 justamente en la ciudad de Sao Paulo.

A la convocatoria del mentado Foro acudieron originalmente 68 fuerzas políticas pertenecientes a 22 países latinoamericanos. Desde entonces dicha cofradía se reuniría regularmente y apenas 6 años después de su fundación (en 1996 en la ciudad de San Salvador), esta asamblea revolucionaria ya era integrada por 52 organizaciones miembros, entre las que se encontraban estructuras criminales como el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), siendo ésta última banda el principal productor mundial de cocaína: 600 toneladas métricas anuales, motivo por el cual con tan extraordinaria recaudación la citada organización supo aportar ingentes recursos para impulsar el naciente contubernio trasnacional.

Desde entonces, dicho Foro y organizaciones afines vienen reclutando, ‘aggiornando’ y reciclando a toda la izquierda regional por medio de calculadas sesiones políticas e ideológicas que buscaron y buscan afanosamente darle nuevos impulsos a viejas ideas. En efecto, el comienzo de los años ´90 fue clave para la reconversión y reinvención de una ideología que ya no podía exhibir la “Hoz y el Martillo”, ni ofrecer expropiación de latifundios, ni reformas agrarias, ni divagar con la plusvalía, ni tampoco seducir a potenciales clientes con la trillada luchas de clases. Ya nada de todo este discurso resultaba atractivo a la opinión pública occidental y además, sabía a naftalina.

Pero hay un año en los comienzos de esta convulsionada y enrarecida década que pareciera marcar un vertiginoso punto de inflexión: 1992. Fue entonces cuando una serie de movimientos extraños, novedosos y aparentemente inconexos empezaron a brotar en distintos lugares del mundo en general y de América Latina en particular. Al amparo de 458 Ongs creadas repentinamente para publicitar un ficcionario relato precolombino, el 12 de octubre se llevó a cabo en Bolivia la primera gran marcha “indigenista”, aprovechando la redonda fecha de los “500 años de sometimiento” (en referencia a la llegada de Cristóbal Colón a las Américas en 1492) en la cual, ya destacaba la acción dirigente del joven Evo Morales (que se consagraría Presidente de Bolivia en el 2005). Un poco más al sur, en la Argentina democrática de 1992, apareció en escena la “Primera marcha del orgullo Gay”, alentada en parte por el creciente feminismo radical de inspiración lesbo-marxista, el cual desde hacía meses venía influyendo mundialmente tras la publicación del libro El género en disputa: Feminismo y la subversión de la identidad de Judith Butler, texto abrazado desde entonces como “biblia” por todos los movimientos promotores de la “ideología de género”. Mientras tanto, también en 1992 pero en la colorida ciudad de Río de Janeiro, se llevaron adelante las sesiones del “ecologismo popular”, el cual emergió con 1.500 organizaciones de todo el mundo que se reunieron para debatir y redefinir la estrategia, incluyendo el reclamo de la llamada “deuda ecológica”. Y fue en ese mismísimo año cuando en Venezuela, un coronel hablantín de ideología desconocida llamado Hugo Chávez Frías, encabezó dos intentos de golpe de Estado, en los cuales no sólo se pretendió matar al Presidente Carlos Andrés Pérez sino que los insurgentes mataron a 20 compatriotas. La intentona golpista no fructificó, Chávez terminó preso por dos años pero ganó fama y celebridad: siete años después asumiría como Presidente/dictador en su país y el Foro se anotaría otro logro de proporciones.

¿Pero qué ocurrió en 1992 en el mundo que forjó tamaña promoción de movimientos tan novedosos como heterogéneos? Si bien popularmente se reconoce a la caída del Muro de Berlín (9 noviembre de 1989) como el hito histórico del derrumbe de un sistema y una amenaza (el socialismo), la realidad es que aquello fue antesala de lo que política y formalmente se materializaría tres años después, o sea en 1992, cuando la Unión de Repúblicas Socialistas Soviética bajo el mando del entonces Premier Borís Yeltsin dejó de existir formal y oficialmente como tal, y fue por ello que todo el imperio comunista de Europa del Este quedó descuartizado y separado en pequeños países o territorios tras una suerte de implosión geopolítica.

Luego, ante la ausencia de la contención soviética y la consiguiente necesidad de solucionar ese vacío, todas las estructuras de izquierda tuvieron que fabricar Ongs y armazones de variada índole acomodando no sólo su libreto sino su militancia, sus estandartes, sus clientes y sus fuentes de financiación. Por lo tanto, al comenzar la última década del Siglo XX, un sinfín de dirigentes, escritores, pandillas juveniles y organizaciones varias quedaron desparramadas, sin soporte discursivo y sin revolución que defender o enaltecer, en torno a lo cual estas corrientes advirtieron la necesidad de maquillarse y encolumnarse detrás de nuevos argumentos y banderines que oxigenaran sus envilecidas y desacreditadas consignas. Silenciosamente, la izquierda reemplazó así las balas guerrilleras por papeletas electorales, suplantó su discurso clasista por aforismos igualitarios que coparon el extenso territorio cultural, dejó de reclutar “obreros explotados” y comenzó a capturar almas atormentadas o marginales a fin de programarlas y lanzarlas a la provocación de conflictos bajo excusas de apariencia noble, las cuales prima facie poco o nada tendrían que ver con el stalinismo ni mucho menos con el terrorismo subversivo, sino con la “inclusión” y la “igualdad” entre los hombres: indigenismo, ambientalismo, derecho-humanismo, garanto-abolicionismo e ideología de género (esta última a su vez subdividida por el feminismo, el abortismo y el homosexualismo cultural) comenzaron a ser sus modernizados cartelones de protesta y vanguardia.

¿Y mientras tanto qué hacían los sectores del anticomunismo capitalista ante la creciente fabricación y proliferación de renovadas conflagraciones que pululaban? Lejos de tomar nota de estas súbitas rebeliones, se encontraban despreocupados y festivos no sólo celebrando la caída “definitiva” del comunismo, sino leyendo con distendido triunfalismo el publicitado best seller de notable fama mundial El fin de la historia y el último hombre, de Francis Fukuyama (publicado en el insistente año 1992), el cual sentenciaba el triunfo irreversible de la democracia capitalista como hecho lineal e inalterable, suerte de agradable determinismo histórico pero ahora vaticinado por la derecha liberal, lo cual constituyó un gravísimo error de subestimación del enemigo. El comunismo no murió con la caída formal de sus Estados porque justamente lo más importantes son las organizaciones colaterales, y éstas ya existían desde mucho antes de la creación de la URSS: y siguieron existiendo después de la extinción de la misma.

Lo cierto es que fuimos muy pocos los que le prestamos atención a esta metamorfosis y, 25 años después, la izquierda no sólo se apoderó políticamente de gran parte de Latinoamérica sino lo que es muchísimo más grave: hegemonizó las aulas, las cátedras, las letras, las artes, la comunicación, el periodismo y, en suma, secuestró la cultura y con ello modificó en mucho la mentalidad de la opinión pública: la revolución dejó de expropiar cuentas bancarias para expropiar la manera de pensar.

Tras tomar nota de la inadvertencia social que hay en torno a este peligro y peor aún, de la vergonzosa concesión que el acobardado centrismo ideológico y el correctivismo político le viene haciendo a esta disolvente embestida del progresismo cultural, es que quienes esto escribimos, hemos decidido desarrollar y publicar este trabajo. En primera instancia, nuestra ambición pretendía elaborar un ensayo que desenmascarara todas y cada una de las caretas de esta izquierda engañosamente “amable y moderna”, pero advertimos que por la complejidad del asunto sería imposible abordarla en un solo tomo. Decidimos por lo tanto trabajar en esta primera instancia en la máscara que más influye en la Argentina y en Europa: nos referimos a la ideología de género, una de las principales pantallas del neo-marxismo hoy en boga. Es nuestra intención, no obstante, trabajar sobre las demás banderas de la nueva izquierda en próximas publicaciones.


¿Qué es?, ¿cuándo nace?, ¿en qué consiste?, ¿cómo nos afecta?, ¿quién la financia? ¿Cuáles son sus vertientes y quiénes promueven la ideología de género? Son sólo algunos de los muchísimos interrogantes que intentaremos responder a lo largo de este trabajo, el cual se divide en dos partes bien diferenciadas aunque entrelazadas, que obran como ramas del mismo tronco del género: el feminismo radical y el homosexualismo ideológico.

jueves, 1 de octubre de 2015

Importancia de la familia

Crecimos escuchando por todas partes que la familia es el centro de la sociedad, su célula fundamental, su corazón, la determinante de su fuerza o de su debilidad. Y sabemos que así es. Es por esto que vemos con tanta preocupación ese afán suicida de la sociedad actual por debilitar cada día más una institución verdaderamente esencial, y nunca mejor usada esa palabra, puesto que la familia está realmente en la esencia de la sociedad, en su alma.

De la familia proviene todo: costumbres, comportamientos, moral, valores, principios, límites, educación (instrucción es la que imparten los colegios, y es bien diferente). La debilidad o la fuerza de una sociedad le vienen dadas por la debilidad o la fuerza de las familias. ¿Cómo explicar ese empeño en destruirla? ese empeño en destruir la familia, que va tan a contracorriente de la realidad de las cosas, solo se explica por la caída de la sociedad actual en manos de las ideologías, puesto que éstas son precisamente construcciones teórico-prácticas ajenas a la realidad, edificadas por mentes que han asumido intereses previos, compromisos con tesis espurias que no provienen de la serena contemplación de lo real extramental, sino de la narcisista veneración de la irrestricta 'autonomía' humana.

Divorcio, "matrimonio" gay, adopción homosexual, desaparición efectiva de la patria potestad para efectos de educación (educación en manos del Estado, bajo directrices morales casi siempre en contravía de los valores paternos), etc.

Los que trabajamos de cerca con familias y vemos a diario la desintegración que las aqueja, podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que la mayor inversión que tendría que hacer un país, sin escatimar recursos, sería la de invertir en las familias. Pero hoy ese dinero se prefiere invertirlo en campañas de anticoncepción, que envían un mensaje erradísimo a la juventud; en masivas campañas a favor del aborto; en clamorosas iniciativas en pro de la "diversidad" sexual; y en campañas de "sensibilización" sobre unos pretendidos "derechos sexuales y reproductivos".

Si todo ese dinero se invirtiera en el apoyo efectivo a las familias, otro país tendríamos en poco tiempo. Pero como decía al inicio, no atendemos a la realidad sino a la ideología, nuestros dirigentes (o eso se creen ellos) viven de espaldas a lo real y con la mente llena de "ideas" extranjeras que como las plagas de langostas viajan de cultivo en cultivo devorándolo todo.

Urge una oración  por las familias, en el rezo del rosario diario reservar siempre una decena por las familias. La familia católica es el último reducto contra este mundo que camina presuroso hacia su propia destrucción, física y moral.


Leonardo Rodríguez


lunes, 3 de agosto de 2015

Un poco más acerca de las ideologías



En una de las perlitas que redacté hace poco hablaba yo de las ideologías y de cómo ellas vuelven ciego a quien las defiende, porque lo hacen incapaz de reconocer la falsedad de la ideología en sí misma. 

La ideología es algo que pertenece más al terreno de la voluntad que al terreno de la inteligencia, es decir, se sostiene y triunfa entre las personas no tanto por la fuerza de las ideas y de los argumentos sino más bien porque la ideología logra que sus defensores se comprometan vitalmente con ella; en otras palabras, una ideología se convierte en un estilo de vida o sirve para justificar un estilo de vida, de tal manera que cuando una persona que está atrapada por una ideología, oye o lee argumentos contra su ideología cree que son ataques contra su persona, contra su vida, contra su estilo de vida, y reacciona de manera pasional sin poder permitir un análisis racional de sus ideas.

Por esto se hace tan difícil sacar a alguien de una ideología, porque la convierten en parte de su vida y los ataques a su ideología los toman personalmente.

Esto se ve claramente, por ejemplo, en la ideología de género o la ideología de los grupos LGBT. Generalmente son personas que defienden de manera apasionada y poco racional sus posturas, se sienten atacados en sus personas y consideran una cuestión de vida o muerte sostener su ideología contra todo ataque.

Naturalmente esta actitud es un grave obstáculo para el intercambio de ideas, la persona atrapada en una ideología tendrá gran dificultad en aceptar algún fallo en sus ideas, PUESTO QUE ACEPTAR ESO SERÍA COMO ACEPTAR UN FALLO EN SU ESTILO DE VIDA, y por tanto para ser coherentes deberían cambiar no solo de ideas, sino también de vida, y esto es lo difícil.

Es más fácil cambiar de ideas que de estilo de vida, de hecho son millones las personas que viven a diario en la incoherencia de creer algo y vivir al revés de lo que creen, PORQUE CAMBIAR LA VIDA ES MÁS DIFÍCIL QUE CAMBIAR LAS IDEAS.

El secreto del triunfo de la ideología es precisamente ese, que logra convertirse en la vida misma de las personas a las que atrapa o por lo menos les sirve para justificar su comportamiento, de la manera como la ideología materialista le serviría a un vicioso para justificar sus vicios.



Leonardo R.