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sábado, 16 de abril de 2022

Sábado santo: la devoción a nuestra señora.

 


Texto de san Alfonso María de Ligorio sobre la devoción a la santísima Virgen María, para leerlo y meditarlo hoy sábado santo, como forma de acompañar a nuestra señora en la dolorosa espera por la resurrección.
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LA DEVOCIÓN A MARÍA SANTÍSIMA

 

¡Qué grande esperanza de salvación tiene toda alma que confía en la intercesión de la Madre de Dios! El que me encuentra, encuentra la vida y alcanza del Señor la salvación (Prov 8,35), canta la Santa Iglesia, aplicando a María, en sus fiestas, estas palabras del sabio: «El que me encuentra -dice María- por medio de una sincera devoción, encontrará en la tierra la vida de la gracia, y en el cielo la salvación eterna».

Hablando SAN ANSELMO con la Madre de Dios, llega a afirmar: «Así como es imposible ¡oh Virgen bendita! que se salve aquél a quien Tú rechazas, es también imposible que se condene aquél que, convirtiéndose a Ti, logra tus miradas». SAN ANTONINO viene a decir lo mismo: «Es necesariamente candidato de la salvación y de la gloria aquél en quien María pone sus ojos como abogada». Y SAN BUENAVENTURA escribió que «el que obtiene el favor de María es mirado como conciudadano por los bienaventurados, y por su carácter de protegido de la Virgen, es inscrito en el libro de la Vida», viviendo aún en la tierra.

Sí, la devoción de María es un indicio de predestinación. Explica el doctor Angélico que a María se le llama Estrella del mar porque «así como el navegante, por las estrellas, se orienta hacia el puerto, así los cristianos navegan hacia el cielo por medio de María».

Si un verdadero devoto de María se condenara, tendría que ser o por falta de amor o por falta de poder en la Virgen; ahora bien: «ni el amor ni el poder le pueden faltar», como nota SAN BERNARDO; por consiguiente, nunca se condenará un verdadero devoto de María.

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jueves, 22 de agosto de 2019

Cita sobre la santísima Virgen María





«Una de las razones por que tan pocas almas llegan a la plenitud de la edad en Jesucristo es porque María, que ahora como siempre es la Madre de Jesucristo y la Esposa fecunda del Espíritu Santo, no está bastante formada en sus corazones. Quien desea tener el fruto maduro y bien formado, debe tener el árbol que lo produce; quien desea tener el fruto de la vida, Jesucristo, debe tener el árbol de la vida, que es María. Quien desea tener en sí la operación del Espíritu Santo, debe tener a su Esposa, fiel e indisoluble, la divina María . . . Persuadíos, pues, que cuanto más miréis a María en vuestras oraciones, contemplaciones, acciones y sufrimientos, si no de una manera clara y distinta, al menos con mirada general e imperceptible, más perfectamente encontraréis a Jesucristo, que está siempre con María, grande y poderoso, activo e incomprensible, y más que en el cielo Y en cualquier otra criatura del universo»



san Luís María Grignion de Montfort

viernes, 5 de junio de 2015

Breves y edificantes historias marianas

María en tu vida, en la mía, en la de todos. Ella, y siempre Ella. Porque María es Madre de misericordia, Abogada nuestra ante su divino Hijo, Omnipotencia suplicante, Medianera de todas las gracias. Lee y medita los hechos y dichos que siguen. Están tomados de la vida real. Como sus protagonistas, sé tú también devoto de la Virgen. No te arrepentirás. La devoción a María, dicen los Santos, es prenda de salvación.

García Moreno, Presidente del Ecuador

Es el rosario una serie de oraciones en honor de María, acompañadas de piadosas meditaciones de misterios de su vida y de la vida de Jesús. Se llama ROSARIO porque, entrelazadas las oraciones con las meditaciones, forman una corona de celestiales rosas que ofrecemos a Nuestra Señora, a quien aclamamos ROSA MYSTICA.

¿Y no es el rosario la devoción predilecta del fiel cristiano? Era un fiel cristiano el gran Presidente del Ecuador, García Moreno. Visitaba él un día a un grupo de irlandeses, que hizo venir de Estados Unidos a fin de que instalaran un aserradero mecánico. Y hablando familiarmente con ellos, preguntóles sobre sus costumbres religiosas y qué cantos sabían en honor de la Santísima Virgen María.

Una dulce y hermosa canción brotó entonces de labios de los buenos irlandeses, a quien García Moreno escuchaba conmovido. Y les dijo:

-¿Amáis mucho a la Santísima Virgen María?
-Mucho, con toda nuestra alma.
-Entonces nos podemos arrodillar y rezar juntos el rosario.
Y todos de rodillas, rodeando al Presidente, rezaron con gran fervor el rosario a María.

Corazón de madre

Un corazón de madre, de muchas de ellas, es un abismo de bondad. ¿Cómo será, entonces, el de Santa María?

«El corazón de María -dice el Santo Cura de Ars- es tan tierno para con nosotros, que los de todas las madres reunidas no son sino un pedazo de hielo al lado del suyo.»

En el Cielo continúa siendo Medianera. La tarea de la madre no termina mientras queden hijos suyos en la tierra. Afirma también este santo sacerdote: «Yo creo que al fin del mundo estará muy tranquila la Santísima Virgen; pero mientras dura el mundo, se la requiere por todas partes. Se parece a una madre que tiene muchos hijos: está constantemente ocupada en ir del uno al otro».

Participaba de los Dolores de María

La santa virgen Gema Galgani, decía: Vaya quien quiera a contemplar a Jesús en el Tabor, yo le contemplaré en el Calvario, acompañando a mi querida Madre Dolorosa. Por fin, cierto día, queriendo Jesús, asociarla plenamente a la Dolorosa al pie de la Cruz, mostrándosele, le dijo: «¡Gema, valor! ¡Te espero en el Calvario!» Era el 8 de junio de 1899. Oid a la Santa: 

«Al anochecer, sentí un dolor tan intenso de mis pecados, que me puso a las puertas de la muerte». Nótese que jamás cometió un solo pecado venial advertido. Prosigue la santa: 

"Al recogimiento interior, siguióle la pérdida de los sentidos. Me encontré en presencia de mi Madre celestial, la cual me dirigió estas palabras: Hija, en nombre de Jesús, tus pecados te son perdonados. Después agregó: Mi Hijo te ama mucho, y quiere concederte una gracia. ¿Te harás digna de ella? No sabía qué responder, y ella me animó, diciendo: Seré tu Madre. ¡Te portarás como mi buena hija! En el mismo instante, se apareció Jesús con sus llagas abiertas; pero, en vez de manar sangre, salían de ellas llamas de fuego, las cuales, tocando en mis manos, pies y costado, me causaron tan mortal dolor, que si mi Madre celestial no me hubiera sostenido, hubiera rodado por el suelo. Permanecí varias horas en aquella posición, cubierta con el manto de mi Madre Santísima, la cual me besó en la frente. Después desapareció todo. Al volver en mí, noté estaba en el suelo arrodillada; que las manos, pies y costado me dolían mucho; y al levantarme del suelo, vi que de las partes doloridas manaba sangre".

Desde ese día, se repetía el fenómeno periódicamente, desde la noche del jueves, como a las ocho, hasta el viernes a las tres de la tarde. Una de las personas que vio a Gema en estos éxtasis, afirmó, con juramento, que la abundancia de la sangre era tal que corría hasta el suelo. No sólo las llagas, mas todos los dolores de Jesús, quiso Dios participara esta santa virgen, asociada a la Pasión con la Madre Dolorosa.

He aquí cómo cuenta ella misma de qué modo la hizo Jesús participar de los dolores de la Coronación de espinas:

"En la noche del 19 de julio de 1900, experimenté gran recogimiento. Jesús estaba cerca. Como en otras ocasiones, al recogimiento se siguió el perder el uso de los sentidos. Me encontré con Jesús padeciendo horribles penas. ¡Cómo había de ver a Jesús, sin ayudarle! Se apoderó de mí un gran deseo de padecer con él, por lo cual, con repetidas instancias, suplique a Jesús me concediera esta gracia. Al instante fueron satisfechos mis deseos. Jesús se acercó y, quitando la corona de espinas de su cabeza, con sus manos santísimas la colocó sobre la mía, y la oprimió contra mis sienes. Momentos de dolor fueron aquellos, pero felices. Así estuve una hora sufriendo con Jesús". 

Los hechos se encargaron, dice su Director, de mostrar, que eso que narra la santa no era efecto de su imaginación, sino una viva realidad. La cabeza de Gema se veía rodeada de heridas, de las cuales brotaba sangre. Y no sólo en la circunferencia, sino en toda su cabeza, por debajo de sus cabellos.

Todas las semanas le hacía Jesús la misma gracia, uniéndola a los Dolores de María. ¡Gloria sea a Dios!

A mí me ha convertido el demonio

Gilbert K. Chésterton, ilustre escritor inglés, se hallaba escuchando un sermón de un Pastor protestante, el cual, airado, arremetía contra los católicos porque aseguraban que existía una criatura a quien el Creador debía algo.

«Y esta criatura -gritaba el cleryman- es María».

Sin poderse contener, saltó Chésterton de su asiento, exclamando: « ¡Pues es cierto! Dios debe a la Virgen el haberse hecho Hombre».

Causó sensación en la concurrencia; pero Gilbert, tranquilo a la par que entusiasmado, abandonó el templo protestante...

Después de convertido, no quiso influir en la conversión de su esposa. Esperaba que se convertiría por convicción propia, como sucedió, en efecto, al poco tiempo.

Al preguntarle sus amigos cómo se había efectuado su conversión, la señora, que tenía agudísimo sentido del humor, respondió: «A mí me ha convertido el demonio... He visto en el mundo una maldad tan monstruosa, que he comprendido que sólo un espíritu muy superior al hombre puede inspirarla (Satanás). Contraponiendo a esto la bondad, la inocencia, la pureza y todo lo bello existente, he reflexionado, he comparado y... me he encontrado con Dios. Solamente la Iglesia Católica me da la justa medida de lo uno y de lo otro». ¡Qué rabia le daría a Satanás la ironía de esta inteligente señora! Santo Tomás Moro dijo que nada hay más irritante para el espíritu orgulloso (el diablo) que el ser objeto de burla.

Cada acto de amor

Dijo el Señor a Sor Consolata Betrone: «Cada acto de amor (¡JESÚS, MARÍA, OS AMO, SALVAD ALMAS!) decide la salvación eterna de un alma y vale como reparación de mil blasfemias». Aconsejemos a nuestros amigos que hagan este acto de amor lo más frecuentemente posible.

(Texto tomado de "María en tu vida", de Fr. Antonio Corredor)


martes, 24 de febrero de 2015

María amable por su hermosura de cuerpo y alma

Una de las cosas que más cautivan y obligan a amar es, sin duda, la belleza. Lleva tras sí los ojos quien la posee, y predispone a que la favorezcan cuantos le ven. A este propósito se cuenta de la reina doña Isabel la Católica que, llevándole un caballero, mancebo de mucha hermosura y gentileza, una carta de favor para que le hiciese mercedes, y poniendo ella los ojos en su agraciado semblante respondió:

«Poca necesidad tenía de carta vuestra presencia».

¿Qué diremos ahora de la hermosura de la bienaventurada Virgen María? Diremos que es tan excelente y peregrina, que no podrá dejar de amarla quien debidamente la considere. Tres suertes de hermosura podemos distinguir en la sacratísima Madre de Dios:

Belleza corporal, intelectual y moral, y en todas tres fue maravillosa.

De la belleza corporal de la Virgen dicen los Santos Padres grandes encomios y alabanzas, que sería prolijo repetir. Compáranla a lo más hermoso del cielo y de la tierra, y le dan la palma sobre cuantas hermosuras mencionan los libros sagrados del Antiguo Testamento, las cuales eran figura y representación de María. Llámanla rostro de Dios, estatua labrada por la misma mano del Altísimo, templo viviente, formado por la divinidad para habitar personalmente en él, palacio digno del alma que encerraba y cuya vestidura era. Particularizando más, regálanse en pintarla de estatura regular y bien proporcionada, de tez trigueña, cabellos rubios, ojos garzos y brillantes, cejas graciosamente arqueadas, nariz aguileña, labios rojos y no gruesos, largos los dedos y las manos delgadas y bien formadas.

Tal era, que el mismo Dios la alabó de hermosa; y tal, que arrebatado y fuera de sí al mirarla Dionisio Areopagita, la hubiera tenido y adorado por Dios si la fe no le enseñara que era simple criatura. Pero notemos de paso que la belleza corporal de María era de un orden superior al de las bellezas humanas, y que el efecto que producía en cuantos la miraban distaba del que estas ordinariamente producen, como dista el cielo de la tierra. No tenía la belleza de María nada de voluptuosa y muelle, lánguida y enervante: su gentil talle comparado a la palmera que se cimbrea; sus ojos como los de la paloma, bailada en las corrientes de las aguas; su cuello airoso y blanco como el marfil; sus mejillas coloradas como las rosas de Jericó; sus manos hechas a torno y derramando jacintos; su cutis blando y delicadísimo, mezcla de nieve y rosa; su aliento perfumado como el de les campos de azahar o el de las viñas de Engaddi; sus pies menudos y ligeros como los de los ciervos o de los gamos; su cabellera sedosa y abundante, cayendo sobre sus nevadas espaldas como lluvia de oro que obscurece al sol; cuanto de ella dijo el enamorado Esposo de los Cantares, lejos de atraer a los hombres hacia la tierra los elevaba al cielo, infundía castos pensamientos, purificaba los sentidos, divinizaba la carne.

Sin embargo, digámoslo con verdad, por excelente que sea la belleza corporal de la Virgen Madre de Dios, debe cautivar nuestra atención muchísimo más la belleza de su alma aun física y naturalmente considerada.

¡Qué entendimiento el suyo tan noble, perspicaz y en todo perfectísimo!

¡Qué voluntad tan recta y ordenada para el bien! Según el P. Francisco Suárez, María, desde el primer instante de su Concepción y santificación, tuvo actual y perfecto uso de razón. Y es común sentir entre los doctores, que en el mismo instante se le infundió ciencia natural de los divinos misterios del Criador y de las cosas criadas en grado mucho más superior que alcanzó en su carrera criatura alguna viadora, ciencia que de día en día fue la Virgen perfeccionando durante el curso de su admirable y santísima vida. ¿Y qué mucho se infundiese a María esta ciencia y se le diese el uso perfecto de la razón, si se le concedió al Bautista en el seno de su madre y a Adán en el paraíso?

Pero la belleza por excelencia de María, la que ella más aprecia, la que verdaderamente sorprende y arrebata a los hombres y a los ángeles y enamora al mismo Dios, es su belleza moral. Esta hermosura nace de la gracia. Y fue tan grande, tan copiosa y soberana la que desde el primer instante de su Concepción se derramó en María, que el citado Suárez, con autoridad de los Santos Padres, dice «ser piadoso y verosímil el creer que la gracia de la Virgen en su primera santificación fue más intensa que la suprema gracia en que se perfeccionan los hombres y los ángeles».

Por lo cual, prosigue el mismo Suárez, se le puede acomodar aquello del Profeta:

«Los cimientos de ella en los montes santos: ama el Señor las puertas de Sión sobre todos los tabernáculos de Jacob. Ni es esto de extrañar, porque el Altísimo que la fundó se hizo hombre en ella.» ¡Ah! Digamos con San Buenaventura: «Todos los ríos entran en el mar; pero el mar no rebosa: todos los carismas entran en María; porque el río de gracia de los ángeles entra en María; el rio de gracia de los patriarcas y profetas entra en María; el río de gracia de los apóstoles, mártires, confesores, doctores y vírgenes, entra en María. Pero ¿qué maravilla es, si toda la gracia se junta en María, por la que tanta gracia corre hacia todos?». Y no solamente estos ríos de gracia entraron en María, sino que con ellos le fue quitado a la vez el origen de la concupiscencia o inclinación al mal, y se le dieron todas las virtudes infusas y todos los dones del Espíritu Santo.

Ahora, pues, ¿quién no se pasma, si se detiene a considerar por un momento cuánto acrecentó María esta gracia, recibida en el primer instante de su ser? Porque nadie piense que la Virgen tuvo baldía y ociosa esta gracia, y que en su primera santificación puso término a su ultimada santidad.

No; esto sería un absurdo. María negoció, trabajó con la gracia; y de tal manera obró con ella, que con cada acto que hacía duplicaba el caudal. Porque si este doblar la gracia se concede a los ángeles en el primer instante, ¿por qué no se ha de conceder siempre a la Reina de ellos, que jamás puso impedimento a Dios, sino que obró todo lo que pudo obrar conforme a la gracia que poseía y a la moción del Espíritu Santo, castísimo Esposo de su alma, que interiormente la movía? ¿Y qué entendimiento humano puede abarcar el cúmulo inmenso de gracia, que según esto acrecentó en el largo espacio de setenta y dos años de vida inocente, santa y fervorosísima que pasó en este mundo?

¿Quién no se pierde en este hondo abismo y mar sin orillas de la gracia de María? Vea quien quisiere los piadosos cálculos y devotas hipótesis que hacen sobre esto algunos hijos amantes de nuestra Señora; nosotros nos contentaremos con decir y preguntarnos llenos de admiración: Si a mayor gracia corresponde mayor hermosura, y tanto es más amable una persona cuanto es más hermosa, ¿cuán amable será la serenísima princesa de los cielos?



Tomado de: Amor a María. De Vicente Agusti.

jueves, 25 de diciembre de 2014

Conversión de: SAN JERÓNIMO EMILIANO



Jerónimo Emiliano fue en su juventud un gran libertino, de modo que no hubo goce mundanal que él no apurara hasta la saciedad. Alistado en la milicia, llevó la vida alegre y disipada de muchos que siguen la carrera de las armas; pero la Santísima Virgen, que le amaba entrañablemente, permitió que en cierta guerra cayese prisionero, y fuera encerrado en una cárcel tenebrosa, sin esperanza alguna de salir de ella.

La oscuridad y tristeza de la cárcel hiciéronle volver en sí, y ver la horrible oscuridad de su alma, cargada de tantos y tan enormes pecados, y esta consideración levantó en él tan vivos remordimientos, que estuvo a punto de desesperar.

Abandonado de todos, sentía la necesidad de convertirse a Dios; pero al levantar el corazón al cielo, hacíalo sin ninguna esperanza, creyendo que el Señor no podía escuchar la voz de un hombre cargado de tantos y tan graves pecados. Iba ya a dejarse llevar por la fatal corriente de la desesperación, cuando se acordó de la Santísima Virgen, e hizo memoria de los cruelísimos dolores y mortales angustias que tuvo que sufrir su ternísimo Corazón, durante las horas en que Jesús estuvo preso en poder de sus implacables enemigos.

El recuerdo de los dolores de María enterneció profundamente a Jerónimo, y le movió a recurrir a la Santísima Virgen, pidiéndole que por lo que hubo de sufrir en la vida, pasión y muerte de Jesús, se dignara levantar en su alma la esperanza de salvarse, que tenía perdida.

—Si junto con la resignación en las penas que padezco, me alcanzáis un verdadero arrepentimiento de mis pecados, y el perdón de los mismos, dolorida Madre mía —le dijo—, os prometo sinceramente ser siempre vuestro devoto y hacer penitencia hasta la muerte.

La piadosísima Madre de Jesús no podía hacerse sorda a las preces del hijo afligido, que ponía en Ella la esperanza para volver a la amistad y gracia de Dios, así es que no solamente le alcanzó una verdadera contrición de sus culpas, y la seguridad de que le habían sido perdonadas, sino que además quiso que el nuevo convertido recibiera poco tiempo después la libertad.

Salido de la cárcel, Jerónimo pasó el resto de sus días llorando amargamente los excesos de su vida y haciendo dura penitencia por ellos. Murió en el Señor, y la Iglesia lo inscribió en el catálogo de los Santos.

Aprende a no desconfiar de Dios, y a poner tu causa en las benditas manos de María, única esperanza de los pecadores.


martes, 23 de diciembre de 2014

MARÍA SANTÍSIMA, REFUGIO DE PECADORES


Es famosa la historia de Santa María Egipciaca, como se cuenta en el libro primero de las Vidas de los Padres del yermo. A los doce años se escapó de casa de sus padres, y se fue a Alejandría, donde con su mala vida era el escándalo de toda la ciudad. Pasados otros dieciséis, salió de allí y, vagando, llego a Jerusalén, a tiempo que se celebraba la fiesta de la Santa Cruz, y, viendo entrar en la iglesia mucha gente, quiso también entrar en ella, más por curiosidad que por devoción; pero en la puerta sintió que una mano invisible la detenía. Hizo otra vez por entrar, y le sucedió lo mismo, hasta tercera y cuarta vez. Entonces la infeliz, retirándose a un rincón del atrio, conoció con luz superior que su mala conducta la echaba de la iglesia. Alzo los ojos y vio allí cerca, por dicha suya, una imagen de María Santísima, a la cual empezó a decir, llorando, de esta manera: «¡Oh, Madre de Dios, tened piedad de esta pecadora! Ni merezco que me miréis, pero Vos sois el refugio de los pecadores; amparadme y favorecedme por el amor de Jesucristo, vuestro santísimo Hijo. Haced que pueda entrar en la iglesia, y mudaré de vida, y me iré a hacer penitencia donde Vos me digáis.» Entonces oyó una voz interior, como de la Virgen, que le decía: «Pues que acudes a Mí con propósito de enmendarte, ya puedes entrar.» Entró, adoro la Santa Cruz con abundancia de lágrimas, volvió a la imagen, y le dijo: «Vedme pronta, Señora: ¿dónde queréis que me retire?» «Pasa el Jordán —le respondió la Virgen—, y allí encontrarás tu descanso.» Confesó y comulgó, y, pasando el río, llegó al desierto, y entendió que allí era donde se debía quedar.

Los diecisiete años primeros tuvo que sufrir terribles asaltos de los demonios; pero acudía siempre a la Virgen, y la Virgen Santísima le alcanzaba fuerzas para resistir y vencer. Finalmente, habiendo pasado en aquella soledad cincuenta y siete años, siendo ya de edad de ochenta y siete, la encontró por divina providencia San Zósimo, abad, a quien refirió todo el relato de su vida, suplicándole que volviese al año siguiente con la sagrada Comunión. Hízolo así, y le pidió lo mismo para otro año, al cabo del cual volvió, pero la hallo ya muerta, aunque rodeada de un gran resplandor, y con estas palabras escritas de su mano: «Entierra aquí el cadáver de esta pecadora y pide a Dios por su alma.» Vino corriendo un león, hizo un hoyo con las garras, el Santo la sepultó, y volvió al monasterio, contando a todos las misericordias que Dios había obrado con aquella felicísima penitente.


(San Alfonso Ma. de Ligorio, en «Las Glorias de María»)