sábado, 5 de enero de 2019

Curso de latín de Cambridge

Para los interesados en el latín les traemos algunos volúmenes del famoso curso de latín de Cambridge.











LOS SEIS VOLÚMENES SE ENCUENTRAN EN LA SIGUIENTE CARPETA:


https://mega.nz/#F!GMZDxKaa!gihP3UPW6ggHZ7WsohSlwQ





Leonardo Rodríguez V.




viernes, 4 de enero de 2019

A tener en cuenta...

En un artículo anterior deplorábamos la nula capacidad para argumentar que se exhibe en la sociedad actual, maximizada por el vacío de contenidos de las redes sociales. En esta ocasión quisiéramos indicar un par de normas que pudieran ser un buen inicio para quienes estén interesados en ir corrigiendo su manera de expresar sus opiniones o ideas. Con el tiempo iremos, con el favor de Dios, añadiendo otras.

-   Lo primero es estar dispuesto a escuchar. Nada más molesto que aquella persona que al expresar sus ideas u opiniones no para de hablar, no deja hablar al otro, no escucha, solo se escucha a sí mismo. Incluso eleva el tono de la voz para imponer silencio a los demás.

-   Lo segundo es ser claro. En ocasiones vemos a personas que enredan lo más posible su discurso con el fin de apabullar al otro, por medio del uso de palabras excesivamente técnicas o rebuscadas. Puede ser señal de desconfianza en su argumento o de soberbia. Por el contrario, lo conveniente es expresarnos siempre de la forma más sencilla posible de tal manera que se nos entienda cabalmente.

Lo tercero es tratar de entender. Muchas personas se apresuran a contestar al otro incluso antes de haber entendido bien lo que el otro está tratando de decir. Esto causa que la respuesta en realidad no refute lo que el otro dice, ya que ni siquiera se entendió lo que trataba de decir. Por lo tanto es necesario asegurarse muy bien de haber entendido lo mejor posible la idea que el otro está defendiendo.

-   Lo cuarto es responder a lo que el otro expresó y solo a lo que el otro expresó. Sucede muy a menudo que se tocan muchos temas al mismo tiempo. Con eso se genera confusión. Lo conveniente es hablar de una sola cosa a la vez y no pasar a otro tema antes de haber cerrado el anterior. 

-   Lo quinto es no generalizar. Es un error muy común. Conviene evitar a toda costa las generalizaciones. Por ejemplo afirmaciones como "todo abogado es corrupto", "todo policía soborna", "todo sacerdote es pedófilo", etc., son afirmaciones falsas ya que con solo un ejemplo en contra se invalidan. Y es evidente que no hay solo un abogado honesto, ni solo un policía correcto, ni solo un sacerdote devoto. Las generalizaciones no deben ser usadas en una argumentación porque restan credibilidad.

-   Lo sexto es argumentar contra la idea y no contra la persona. En los estudios de lógica a eso se le llama argumento "ad hominem", es decir, argumento dirigido al hombre y no a la idea. Consiste en atacar a la persona que afirma algo y no a lo que la persona está afirmando. Se busca ridiculizar al oponente para derrotar así sus tesis o ideas. Es una forma deshonesta de competir. Lo ideal siempre es argumentar sobre la idea en cuestión y no sobre la persona.

Lo séptimo es evitar el lucimiento personal. Muchas veces se ve en los intercambios de ideas un afán por pasar por encima del otro apareciendo como más inteligente o más informado, y no tanto un interés por llegar al fondo del asunto y conocer la verdad. Hay que huir de ese tipo de situaciones porque son señal de una personalidad inmadura y suelen ser una completa pérdida de tiempo.



Dejemos hasta ahí por hoy. Este sería un buen comienzo. Son normas elementales pero caídas hoy en desuso lamentablemente. Por supuesto que el arte de la argumentación supone muchas más cosas, pero la idea es ir poco a poco.


Leonardo Rodríguez V.



jueves, 3 de enero de 2019

LIBRO: La revolución sexual global.

Compartimos el siguiente libro que consideramos de obligada lectura en los tiempos actuales. En este libro su autora, Gabriele Kuby,  realiza un recorrido histórico-doctrinal por los fundamentos de la llamada ideología o perspectiva de género, la cual, al decir del papa emérito Benedicto XVI es la última rebelión de la criatura contra su condición de tal.

La obra lleva por subtítulo "la destrucción de la libertad en nombre de la libertad", el cual resume bastante bien el objetivo perseguido por las élites que buscan la imposición de dicha ideología: prometer libertad absoluta al tiempo que limitan la libertad real de los seres humanos, es decir, la libertad que surge del reconocimiento de su carácter creatural con horizonte trascendente.

Recomendamos su lectura.


LINK EN LA IMAGEN





Leonardo Rodríguez V.



martes, 1 de enero de 2019

La Ciudad del Hombre.


En la obra “Las dos ciudades”, san Agustín de Hipona decía que:

“Dos amores fundaron dos ciudades, a saber: la ciudad terrena el amor de sí hasta el desprecio de Dios, y la ciudad celeste el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo”.

En el día de hoy vivimos inmersos en la Ciudad del Hombre que ha llegado hasta el desprecio de Dios, y con soberbia ha construido esas grandes catedrales de hierro y cemento nombradas orgullosamente “rascacielos”. Gigantes secuoyas de angulosas formas, cubiertas de acero y vidrio, grises, fríos, que en su interior contiene miles de personas trabajando como hormigas afanosamente en los negocios de la ambición humana. Esta Ciudad del hombre, con esfuerzo casi sobrehumnano, ha querido tapar la Creación de Dios. En toda ella se respira esa ambición, en toda ella se ha impreso la mano del hombre. En toda ella se imprime, sobre su acero y sobre su granito, la impronta del hombre voluntarista, del superhombre nitzcheano, y bajo esa figura, el poder de la manipulación de la materia, con el cual ha llegado a dominar la técnica.

El estruendoso rugir de los motores y el chillido de las bocinas, nos llevan a desconocer el silencio. Los gritos de hombres descontentos, distorsionados por la desgastada arenga de los amplificadores eléctricos que se entremezclan con los golpes de tambores, como danza tribal y desentonada, de los constantes insatisfechos manifestantes que se movilizan con el lento paso del ganado bovino sobre una ancha avenida.

Y en las noches, la estertórea música que resuena repetitivamente en los parlantes de una cultura descartable, en los boliches, en los antros y bares de vida nocturna, emite  aquellos sonidos que producen un encantamiento en los bajos instintos, esa hipnótica transformación de las mentes juveniles que caen desprevenidamente en las actitudes más torpes a la vez que intentan homologar lo que sus “próceres” de la subcultura imponen con la suyas. El bien no hace ruido y el ruido no hace bien, decía un santo. Y los ruidos nos alejan del silencio tan necesitado para el hombre que hoy y siempre ha buscado la Verdad.

Ya no contenta esta ciudad humana con sus estridencias sonoras, recurre a las miles de luces y grandes pantallas mostrando todas sus ofertas. Las luces de colores y los carteles cada vez más vistosos, son aquellos ruidos que a la vista nos distrae. Las grandes cadenas cada vez más monopolizadas del cine, con sus películas cada vez más vacías de contenido pero a la vez más vistosas, repletas hasta el hartazgo de efectos especiales, recordándome cada vez más a las elucubraciones culturales en la distópica ¿o utópica? novela de Aldous Huxley “Un mundo feliz” con el “cine sensible”. El concupiscente embelesamiento que nos pone enfrente para vendernos el modo de vida que debemos aceptar, o sus muchas manufacturas de las grandes fábricas o, cuando nos encontramos en épocas electorales, nos distrae con el variopinto abanico multicolor del “márketing” político. Ruido para la vista y para un verdadero pensamiento sobre qué necesita realmente la polis de hoy.
Hasta la escasa vegetación que podemos encontrar en el centro de la urbe, parece subyugarse sumisamente a un patrón humano que la ordena en la ciudad y la dispone como piezas de ajedrez, manipulandola y la recortandola como papirola según su beneplácito. Todo ha sido manejado, construido, plantado milimétricamente por la mano del hombre, a tal grado que no podemos ver otra mano en lo que nos rodea, que la del hombre.

La Ciudad del Hombre, “la Ciudad Terrena” que llamaba san Agustín, se yergue soberbia, omnipotente, omnipresente, omnifuncional, como una aceitada maquinaria dispuesta a seguir creciendo indeterminadamente frente al hombre que vive inmerso en ella, absorbido por ella, impidiéndole por todos los medios posibles poder contemplar más allá de sus paredes de cemento. La mano humana la ha construido toda ladrillo por ladrillo, la Babilonia prostituta, la torre de Babel, cuyo príncipe es el Príncipe de este Mundo, vuelve a erguirse para decirle al hombre contemplador: “tú no podrás”.

La Ciudad Terrena busca siempre que los hombres estén inmersos en sus ocupaciones, en sus diversiones, en lo posible, toda la vida, y así olvidar lo profundo, lo importante y trascendental. Su aplanadora sensorial busca achatar las perspectivas de la vida, mostrando que solo hay un horizonte: el terreno, y así ocultar con sus variadas artimañas, que también hay un horizonte vertical, si se me permite la paradoja.

Pero aún, al contemplador, al hombre que ama y que busca al Amor, que desea vivir en la Ciudad Celeste, la Patria Celestial, cuando se le presenta el combate frente la Ciudad Terrena, puede encontrar la gracia de cobijarse en el candor de un sencillo San Ireneo de Arnoise interior, le queda ese vestigio que todavía el conglomerado de cemento no le puede quitar. Aunque la urbe, con sus fulgurantes luces ha podido tapar gran parte de las estrellas, aún quedan los cielos para poder escalar al cenit y divisar el vestigio de Dios.

Y luego de estas reflexiones, a modo retórico, podría hacerme unas preguntas, ¿serán estas cosas por las cuales las grandes ciudades se han transformando en la acumulación legalista y legislativa de vicios y desórdenes inimaginables antaño? ¿El alejamiento del hombre de Dios nos ha llevado a la construcción de estas grandes ciudades o fueron las grandes ciudades que alejaron también al hombre de la mirada trascendente?

Tal es el encierro del hombre entre las paredes de la gran ciudad, que ha prodigado una considerable cantidad de lunáticos, esos lunáticos que G. K. Chesterton describía como aquél que se había encerrado entre las cuatro paredes de la caja de cartón de su pequeño universo, pintando  el cielo y las estrellas en el techo.

Y recuerdo que, con ciertos dejos de melancolía, recordaba el Papa León XIII en “Inmortale Dei” que “hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad.”

Dentro de los defectos humanos, en aquellos tiempos, reinaba la armonía que produce la vida de una profunda cosmovisión cristiana. La época dónde la verdad era la Verdad, dónde el sentido común y la cordura reinaba en las leyes. El contraste entre las dos ciudades es contundente. No pueden convivir juntas, son inconciliables y siempre estarán en constante pugna.


AUTOR:  Mariano Gabriel Pérez-Tinnirello



Visto en: http://statveritasblog.blogspot.com/2018/11/la-ciudad-del-hombre.html