Estimados visitantes:
Luego del esfuerzo que ha supuesto la redacción de las 50 perlitas de filosofía, consideramos prudente tomar algunas semanas de receso.
Durante este tiempo los animamos a que visiten el blog, descarguen los libros y continúen su formación, razón fundamental del mismo.
En un par de semanas, Dios mediante, retomaremos el blog con un nuevo proyecto que ya está en sus comienzos.
Dios los bendiga.
lunes, 22 de junio de 2015
viernes, 19 de junio de 2015
Fin de las perlitas
Desde hace algunas semanas tuvimos la iniciativa de ir redactando breves reflexiones sobre diversos puntos de filosofía, basados en citas de autores reconocidos.
Hasta el presente se han publicado en el blog 40 perlitas. En total son 50.
Las 10 restantes, que ya están redactadas y forman parte del documento final, no serán publicadas en el blog; formarán parte de un solo archivo PDF, a manera de libro (Portada, introducción, tabla de contenido, lista de autores citados, etc). La siguiente es una portada tentativa:
¡Agradezco a los lectores que siguieron esta colección de perlitas!
Por ahora estamos pensando de qué manera distribuir el PDF completo, finalmente resultó ser un documento de alrededor de 130 páginas (al cual si le agregamos como anexo el Breve estudio sobre el escepticismo recientemente escrito, se extiende a las 150 páginas), lo que lo convierte prácticamente en un libro en sí.
Algunos amigos nos han aconsejado llevarlo al papel y distribuirlo en físico. Veremos.
Para el futuro inmediato el objetivo es redactar sucesivas colecciones de Perlitas, pero esta vez dedicado cada volumen a un área especial de la filosofía: Perlitas de lógica, perlitas de metafísica, perlitas de epistemología, perlitas de ética, etc. Pudiera ser que al final del camino se tengan varios volúmenes de perlitas que compongan todos una gran fuente de crecimiento y aprendizaje de la filosofía, por medio de una metodología sencilla y amigable con el lector.
¡Dios dirá!
Leonardo R.
martes, 16 de junio de 2015
Breve cuadro histórico de la filosofía de la ciencia
A
modo de conclusión, presentamos una sumaria síntesis de las principales
corrientes de la filosofía de la ciencia, dando más importancia a la época
actual.
Antigüedad.
La ciencia nace en la antigua Grecia, más o menos mezclada con la filosofía,
como intento de buscar los principios detrás del flujo de los fenómenos
sensibles. Se desarrollan la geometría (axiomatizada por Euclides), la
astronomía (culminando con Hiparco y Ptolomeo), la mecánica (Arquí-medes), la
medicina (Galeno), la
óptica (Herón), la
lógica (Aristóteles, los estoicos). La filosofía pitagórica y platónica
da gran importancia a la interpretación matemática de los hechos naturales.
Aristóteles concibe la ciencia como conocimiento cierto por las causas,
obtenido demostrativamente, partiendo de principios inducidos de la
experiencia. El Estagirita estableció los niveles de las ciencias según grados
de inmaterialidad (física, matemática y metafísica), considerando que las
ciencias particulares se resuelven en la metafísica, la ciencia más alta porque
busca las últimas causas.
Edad
Media. Los autores cristianos recogen el legado científico greco-latino,
introduciendo la teología sobrenatural, aún más elevada que la metafísica
aristotélica. La razón está en armonía con la fe, las ciencias humanas con la
teología. Además, el saber humano en último término se ordena al saber
teológico (philosophia ancilla theologiae), como explican Clemente de
Alejandría y San Agustín. Por otra parte, Santo Tomás enseña que la teología es
verdadera ciencia, en el sentido aristotélico de la palabra, ya que estudia la
Causa más alta partiendo de principios certísimos.
Las
Universidades europeas fueron el foco más poderoso de los estudios científicos
medievales. Al principio estuvieron centradas en la teología y las artes
liberales, especialmente la lógica. Con la llegada en el siglo XIII del corpus
aristotelicum y de las obras de los árabes, comenzó el interés por las ciencias
naturales y las matemáticas, especialmente en Oxford y París. Estos estudios
conducirán al nacimiento de la ciencia moderna. En el siglo XIV comienza el
tratamiento físico-matemático de fenómenos terrestres, en el campo de la
cinemática y la dinámica, mientras poco a poco se va abandonando la mecánica
aristotélica.
Edad
Moderna. Es la época de formación de la ciencia moderna, empezando por la
mecánica, la astronomía, y la matemática; el éxito de esta empresa se debe a la
aplicación metódica de la experimentación y a la lectura matemática de los
fenómenos. Los grandes científicos de los siglos XVI y XVII (Copérnico, Kepler,
Galileo, Newton) no se oponen a la filosofía ni a la teología y consideran que
la ciencia es conocimiento cierto de la realidad, en sus principios causales;
no admiten, sin embargo, la filosofía natural aristotélica, que es reemplazada
por la nueva física (concebida aún como una filosofía). En algunos filósofos
(Descartes, Gassendi, Bacon) se forja una visión mecanicista del mundo físico,
que terminará por aliarse con la ciencia.
En
el siglo XVIII, los filósofos de la Enciclopedia empiezan a difundir el ideal
cientificista, según el cual sólo es válido el conocimiento físico-matemático,
que habría de desterrar los «mitos» religiosos y las ideas filosóficas,
demasiado abstractas. Se produce la ruptura entre la ciencia y la fe, la
ciencia y la filosofía, que dominará poco a poco en los ambientes científicos,
mientras se espera de la ciencia la solución para todos los problemas humanos.
Kant considera ilegítima la metafísica, otorgando valor cognoscitivo sólo a la
física y a la matemática; las convicciones metafísicas quedan fuera del campo
del conocer científico.
Llegamos
así al positivismo clásico del siglo XIX (Comte, Stuart Mili, Spencer). La
teología y la filosofía serían etapas superadas de la historia de la humanidad:
el hombre tiene ante su horizonte sólo las ciencias positivas, que no dan a
conocer la naturaleza de las cosas, sino sólo los fenómenos, las regularidades
constantes expresadas en fórmulas matemáticas.
Edad
contemporánea. Se caracteriza por la crisis del dogmatismo científico,
favorecida por la nueva matemática (aparición de geometrías no-euclidianas) y
la nueva física (teorías de la relatividad y cuántica, que producen la caída
del mecanicismo); influyen también las ideas del criticismo clásico (Locke,
Hume, Kant). Esto conduce a cierto ambiente relativista, aunque como
consecuencia positiva se ha de mencionar también una mayor conciencia de los
límites del saber científico. Problemas sociales más recientes -peligro
atómico, contaminación de la naturaleza, crisis de la energía- contribuyen a
desmitificar algo las ideas cientificistas del siglo pasado. El desarrollo de
la biología, especialmente la genética, impone hoy la necesidad del respeto de
la persona humana y exige perentoriamente que la ciencia sea orientada por
convicciones morales.
Indiquemos
algunas de las principales teorías epistemológicas modernas. Muchas de ellas
contienen elementos de verdad, junto a ciertas insuficiencias en puntos más o
menos importantes, según los casos.
A
principios de siglo surgen varios filósofos de la ciencia que de un modo u otro
ponen de relieve aspectos de la ciencia introducidos por la mente humana. Así,
Poincaré opina que las matemáticas adolecen de cierto convencionalismo, y que
también los supremos principios de las teorías físicas serían elaboraciones de
la razón (convencionalismo). Otros, como Bergson, consideran que sólo la
filosofía da un conocimiento auténtico de la realidad, mientras que las
ciencias físico-matemáticas, con sus esquemas puramente nocionales, sirven para
manipular la realidad, mas no para conocerla. Ideas semejantes penetran en la
fenomenología de Husserl, en el existencialismo, y en los movimientos
espiritualistas que critican el materialismo cientificista. Duhem, filósofo de
la ciencia antipositivista, reconoce también el valor de la filosofía,
otorgando a las ciencias positivas, en sus aspectos teóricos, un valor formal-simbólico.
La
crítica de la ciencia llevó a los fenomenólogos y a los filósofos
existencialistas a una aguda conciencia de la pobreza del cientificismo, y en ocasiones
a la defensa de los valores de la persona humana. Sin embargo, como dijimos en
su momento, las ciencias humanas en las últimas décadas han entrado por lo
general en el marco epistemológico positivista, aunque al mismo tiempo esta
orientación fue contrastada por la concepción hermenéutica de las ciencias
humanas. Debido a una deficiencia metafísica, tampoco la hermenéutica ha sido
capaz de fundamentar el realismo científico.
Algunos
filósofos de la ciencia, a principios de siglo, sostuvieron tesis relativistas
muy radicalizadas. En esta línea se sitúa W. James (pragmatismo o
instrumentalismo), para quien las teorías científicas no contienen un valor de
verdad, sino que sirven sólo como teorías para la acción. Importante por su
influjo en el Círculo de Viena fue E. Mach, cuya filosofía suele llamarse
empiriocriticismo: la ciencia se reduce al análisis de las sensaciones, que el
hombre agrupa en estructuras para adaptarse al mundo en el contexto de la lucha
por la vida. Se le opuso Lenin, quien defendió más bien las ideas del
positivismo dogmático; los filósofos de la ciencia marxista, en general, mantienen
la teoría leninista en función de una apología partidaria.
La
lógica-matemática y algunas situaciones críticas en la evolución de las
matemáticas llevaron a algunos autores a intentar fundamentar las ciencias
matemáticas en la lógica (Frege en una línea intensionalista, y Russell
extensionalista). Más adelante, los esfuerzos de fundación científica se
centraron en la construcción de
sistemas axiomáticos formales
(Hilbert), cuyos límites
se demostraron más tarde (Godel); la escuela intuicionista rechazó el
axiomatismo puro, apelando a intuiciones creativas de la mente en el trabajo
matemático (Brouwer).
El
movimiento de filosofía de la ciencia que cristalizó con mayor claridad en la
década de los años 30 fue el Círculo de Viena, influido por la doctrina de
Wittgenstein, y cuyo fundador es M. Schlick; otros filósofos de este Círculo
son Carnap, Neurath, Reichenbach. Mantuvieron una rígida postura
antimetafísica: aparte de las proposiciones lógicas, que son puras tautologías
intercambiables unas por otras, para estos autores sólo tienen sentido
científico las proposiciones verificables, reconducibles a los enunciados
protocolares; las frases que pretendan referirse a la realidad sin cumplir este
requisito son metafísicas y sin-sentido. El Círculo de Viena ejerció un fuerte
influjo en los ambientes científicos, ya que pretendió ser el intérprete
oficial de la nueva física. Uno de sus miembros, Bridgman, difundió la doctrina
operacionalista, según la cual todo concepto físico debe definirse en términos
de operaciones experimentales, fuera de las cuales no significa nada.
Algunos
científicos importantes de este período propugnaron tesis más bien realistas,
como Planck, Einstein, De Broglie, Schrodinger, Heisenberg, sin compartir el
neopositivismo. Señala Max Born, por ejemplo, que «la afirmación,
frecuentemente repetida, según la cual la física moderna ha abandonado la
causalidad, está completamente privada de fundamento. Es verdad que la física
moderna ha abandonado o modificado muchos conceptos tradicionales, pero ella
dejaría de ser ciencia si hubiera renunciado a indagar las causas de los
fenómenos. En esta época surgen algunos filósofos de la ciencia más o menos
independientes, y con cierta tendencia realista, como Meyerson, Bachelard, Gons
Gonseth.
Las
ideas del Círculo vienes entraron en crisis, al quedar en la vaguedad el
principio de verificación, que no podía admitirse sino apelando a alguna
convicción metafísica, salvo que se optara por un convencionalismo absoluto.
Popper propuso que las proposiciones científicas deberían ser más bien
falseables, es decir, tan sólo admitir una evidencia contraria. Las teorías
científicas, así como cualquier afirmación universal, para Popper son siempre hipotéticas,
pues nunca pueden verificarse definitivamente, siendo sólo posible que alguna
falseación las elimine; la ciencia se reduce a una construcción
hipotético-deductiva. Las afirmaciones no falseables son metafísicas, pero
Popper les reconoce cierta función orientativa, aunque carezcan de valor
objetivo. La posición de Popper influyó notablmente en las últimas décadas.
Posteriormente
han surgido otros filósofos de la ciencia, preocupados por la credibilidad y la
evolución histórica de las teorías científicas. Para Thomas Kuhn, la ciencia en
estado normal es un cuerpo de conocimientos bajo un paradigma global aceptado
por la comunidad de los científicos; la ciencia en estado extraordinario, en
cambio, corresponde al momento en que una revolución científica promueve el
paso de un paradigma a otro, paso que no se justifica racionalmente, sino por
un avance en la evolución del pensamiento. Se plantea así el interrogante sobre
la racionalidad de los cambios radicales en la historia de las ciencias, a los
que el reciente desarrollo científico tanto nos ha acostumbrado; el
planteamiento historicista de Kuhn no ofrece una respuesta adecuada, pues no da
una verdadera razón del progreso científico. Otros autores (Stegmüller,
Toulmin, Feyerabend, Lakatos, Bunge) han seguido gravitando en torno a estos
problemas.
Sin
el tránsito a la metafísica, es difícil que estas cuestiones encuentren una
solución aceptable. Admitir el principio de verificabilidad, falseabilidad o
cualquier otro, y reivindicar algún criterio de progreso, al menos exige
reconocer que esos principios son verdaderos. Pero esto supone aceptar una
verdad que trasciende la experiencia, y que precisamente fundamenta todo conocer
experimental. Se abre así la puerta a un nuevo nivel de conocimientos, superior
al físico y al lógico-matemático: el conocer metafísico, espontáneo o
desarrollado científicamente, que se basa en evidencias intelectuales captadas
a partir de la realidad sensible.
Sólo
una filosofía metafísica justifica la posibilidad del conocimiento científico,
y la validez de los métodos de las diversas ciencias. Eludir toda convicción
sobre la verdad, o es incoherente con la efectiva labor científica, o lleva a
un escepticismo que termina por destruir toda motivación científica.
«Sin
la creencia en que es posible captar la realidad con nuestras construcciones
teóricas, sin la creencia en la armonía interna de nuestro mundo, no podría
haber ciencia. Esta creencia es y será siempre el motivo fundamental de toda
creación científica. En todos nuestros esfuerzos, en cada lucha dramática entre
las concepciones antiguas y las concepciones nuevas, reconocemos la aspiración
a comprender, la creencia siempre firme en la armonía de nuestro mundo,
continuamente reafirmada por los obstáculos que se oponen a nuestra
comprensión». Los hombres de ciencia, especialmente los que han aportado grandes
descubrimientos, experimentaron con intensidad la admiración filosófica, la
atracción especulativa de la verdad.
(Tomado de "Lógica", de J.J Sanguineti)
Principios físicos
Los
principios físicos son formulaciones universales que expresan ciertas
propiedades de las cosas sensibles, conocidas en el nivel de abstracción físico,
y en la ciencia moderna también en la abstracción físico-matemática. Por
consiguiente, los principios físicos no pueden limitarse a enunciar naturalezas
ideales, sólo no-contradictorias, sino que han de contener siempre alguna
referencia empírica, y para ser verdaderos deben verificarse sensiblemente. Los
principios físicos suelen denominarse leyes.
Leyes
físicas. En sentido estricto, leyes son los principios normativos que regulan
las acciones humanas en función del fin, que existen tanto en el promulgador de
la ley, como en los que se someten a ella; ley natural (o ley natural-moral) es
la inclinación de la naturaleza humana a conocer y cumplir los principios de su
obrar en orden a su fin último: es una inclinación puesta por el Creador, en
quien existe la ley de modo originario (ley eterna) (cfr. S. Th, I-II, qq. 90,
91, 93 y 94).
Por
extensión, se suele hablar de leyes naturales físicas, que son a modo de reglas
según las cuales los cuerpos naturales actúan siempre del mismo modo (por
ejemplo, leyes por las que los planetas describen sus órbitas, el fuego quema,
los vivientes crecen). Propiamente las leyes físicas son la inclinación activa
de las cosas materiales a actuar de un modo determinado, que se sigue de su
naturaleza. La ley en este sentido se identifica con la potencia activa por la
que un ente material es causa constante y unívoca de determinados efectos.
En
las ciencias naturales, la ley física es un enunciado universal que significa
una propiedad, un modo de actuar uniforme y regular de los fenómenos o cosas
sensibles (es pues sinónimo de principio físico, tal como lo hemos definido
arriba): por ejemplo, la ley de la gravitación universal, o de la conservación
de la energía. A veces las leyes se denominan por sus descubridores (leyes de
Newton, Kepler, Mendel, etc.). Como pieza lógica de la ciencia, la ley de la
física tiene su correlato real en la ley entendida como inclinación activa a
obrar en cierto sentido, o al menos como el mismo comportamiento uniforme de los
fenómenos de la naturaleza.
Las
leyes físicas normalmente se expresan en ecuaciones matemáticas, en cuanto
miden ciertas relaciones cuantitativas de la actividad corpórea (así ocurre con
la ley de la gravedad, la ley de las proporciones múltiples de Dalton, etc.). A
veces pueden ser aproximadas, si el hombre mide con imprecisión los aspectos
cuantitativos; o estadísticas y por tanto probables, cuando se refieren a
fenómenos variables (por ejemplo, leyes de la herencia biológica, o sobre enfermedades).
Las
leyes físicas suelen tener un carácter abstracto o esquemático, pues dejan de
lado otros aspectos de las cosas reales que, al influir realmente en los
fenómenos, hacen que la realidad no se comporte exactamente igual al enunciado
de la ley, sino sólo de un modo aproximado. En este sentido, las leyes físicas
muchas veces contienen cierta carga de idealización: la física las formula
escogiendo determinados aspectos, no teniendo en cuenta por convención otros
detalles, imaginando cómo actuarían los cuerpos si no existieran más variables
que las consideradas por la ley.
Por
ejemplo, la ley de la inercia se expresa imaginando que un cuerpo se desplaza
en el espacio sin estar sometido a influjos externos, cuando en realidad
siempre es influido exteriormente: esto no implica falsedad, ni pura creación
de la mente, pues por abstracción se puede considerar sólo una propiedad de los
cuerpos (en este caso, la tendencia observada a mantenerse en el estado de
movimiento o reposo adquiridos). Naturalmente, la imagen que se da del mundo es
parcial, y esto es muy propio de las ciencias particulares.
En
la misma línea, las ciencias físicas en sus explicaciones acuden con frecuencia
a modelos, que vienen a ser representaciones esquemáticas o simplificadas de
realidades complejas (por ejemplo, el modelo de átomo de Thompson, Rutherford,
Bohr). Así nociones como las de gas perfecto, cuerpo rígido, punto material,
etc., son a modo de idealizaciones de la realidad. Ya hacía notar Santo Tomás,
refiriéndose a la geometría y a la astronomía: «las líneas sensibles no son
tales como las afirma el geómetra (...) pues el círculo toca la línea recta
sólo en un punto, como dice Euclides, y esto no parece verdad del círculo y las
líneas sensibles (...). De modo semejante los movimientos y órbitas celestes no
son tales como el astrónomo los afirma (...). Ni las cantidades de los cuerpos
celestes son como las describen, pues usan los astros como puntos, aunque en
realidad son cuerpos con magnitud» (In III Metaph., lect. 7). Más adelante
resuelve estas cuestiones acudiendo a la abstracción: no se trata de pensar que
las cosas sean realmente de ese modo, sino que se consideran así en el plano de
la abstracción.
Los
modelos a veces pueden contar con la imaginación visual, como sucedía
normalmente en la física clásica, que tendía a expresar las leyes en términos
mecánicos; en otros casos se trata sólo de modelos matemáticos, no
visualizables, no intuitivos mecánicamente, pero que siempre tienen una
referencia a datos sensibles. Es la tendencia característica de la física
contemporánea.
Esto
no significa que la ciencia sólo conozca modelos, y no realidades. Por medio
del modelo se captan parcialmente aspectos reales de las cosas. Por eso
los modelos se van perfeccionando, a medida que la experiencia es más
honda y precisa.
Verdad
e hipótesis. Los principios de la física, la química, las ciencias biológicas,
muchas veces son verdades ciertas, suficientemente corroboradas por la
experimentación, aun cuando se mueven -como hemos dicho- en el ámbito de la inducción
empírica. Así, la composición molecular y atómica de los cuerpos, las
propiedades físico-químicas de los elementos, la estructura del sistema solar,
son conocidas con certeza por la ciencia moderna, aunque en tiempos pasados
estos conocimientos fueran hipotéticos. Principios como la gravitación, la
inercia, la conservación de la energía, etc., hoy son conocimientos seguros.
Evidentemente, estos principios en el futuro quizá podrán formularse mejor,
desde una perspectiva más alta, teniendo en cuenta más variables, explicando
ciertas posibles excepciones, etc.
Por
otro lado, las ciencias naturales trabajan también con hipótesis, enunciados
universales o particulares cuya verdad no consta, pero que explican
suficientemente una serie de hechos. Eran conocidas por los antiguos: «para
explicar algo se pueden aducir dos tipos de razones; unas prueban una tesis
suficientemente (...). Otras no lo hacen, sino que se limitan a mostrar la
congruencia de una serie de efectos; así, en la astronomía, se acude a los excéntricos
y epiciclos, de modo que a partir de esta hipótesis se salvan las apariencias
de los movimientos celestes; pero esta tesis no está suficientemente probada,
pues esos fenómenos quizá podrían explicarse con otra hipótesis (S. Th., I,
q.32, a.l, ad 2). Este tipo de razonamiento se llama método hipotético
deductivo.
Tal
método opera en dos fases:
- se indica una probable causa de los hechos
observados (demostración quia imperfecta), mostrando que ella al menos puede
producirlos;
- se deducen de esa hipótesis determinados
efectos, que ninguna hipótesis conocida hasta ahora puede explicar
adecuadamente.
Estas
hipótesis, en las ciencias experimentales, se plantean siempre en el nivel
físico o físico-matemático del conocimiento. La física no asciende a
explicaciones metafísicas, donde se alcanza la naturaleza de las cosas y la
causalidad de Dios.
Algunos
criterios para la formulación de hipótesis válidas son:
Coherencia con otros
sectores de la ciencia. En este sentido, una hipótesis es
reforzada si, además de ser verificada, se deduce de principios teóricos más
altos. Si una hipótesis entra en contradicción con otros principios, o debe
desecharse, o habrá que revisar la teoría.
Verificación empírica
suficiente, en ámbitos heterogéneos, con ausencia de contrastaciones
experimentales. Verificar es comprobar la verdad de un
enunciado acudiendo a los datos adecuados para ello, que en materias físicas
son los datos de la experiencia sensible externa. El principio de verificación
físico-matemático sólo vale para las ciencias experimentales; las demás
ciencias cuentan con criterios de verdad más altos. Verificar, por otra parte,
no es sólo acudir a los sentidos, pues supone también «leer» en los datos un
aspecto inteligible, que se conoce conceptualmente.
Fecundidad, o capacidad de
explicar nuevos fenómenos, que otras hipótesis no explican.
Una hipótesis más fecunda no siempre implica que la más pobre sea falsa, quizá
porque la primera tiene en cuenta datos que la segunda dejaba de lado. Aún en
estos casos, la admisión de una nueva hipótesis no supone una mera acumulación
de conocimientos, pues con frecuencia es necesario reorganizar de nuevo la
materia. Este es el sentido de las «revoluciones científicas».
Simplicidad, en el sentido
de que pocas causas sean capaces de explicar grupos de fenómenos de diversa
índole. El criterio de simplicidad no es mera economía de
pensamiento, sino que procede de la experiencia: cuando una explicación
comienza a presentar excepciones curiosas o hipótesis ad hoc para los nuevos
fenómenos que se van descubriendo, es decir, cuando se complica demasiado, la
experiencia enseña que probablemente es falsa. La simplicidad es una señal
-aunque no inequívoca- de la verdad. En buena parte, la simplicidad es
universalidad explicativa: por ejemplo, la ley de la gravitación es simple
porque explica muy diversos fenómenos particulares de la mecánica terrestre y
celeste.
En
las hipótesis se contienen a veces aspectos convencionales, esquemáticos,
especialmente cuando entran en juego relaciones matemáticas, pero nunca son
como los postulados matemáticos, al margen de la realidad. Puede suceder que
alguien utilice las hipótesis sólo pragmáticamente, desinteresándose si son
reales o no, pero el verdadero científico las emplea con intención realista, viéndolas
como una conjetura, un conocer probable o posible, que tiende a la certeza.
No
es extraño que en la ciencia de nuestro siglo exista un gran caudal de
conocimientos hipotéticos, no definitivamente probados, debido a que todavía no
ha pasado demasiado tiempo para una plena confirmación. Además, no es inconcebible
que el hombre, al llegar a ciertos límites del conocimiento del universo, no
pueda más que razonar aventurando hipótesis que difícilmente podrán comprobarse
del todo.
Las
hipótesis son principios fecundos del conocer científico. Sin duda implican una
debilidad del conocimiento humano, sujeto a error y tantas veces incierto. Pero
las hipótesis orientan las investigaciones, y no raramente conducen al
descubrimiento de verdades parciales, a veces incluso en el caso de que fueran
falsas. La hipótesis geocéntrica, siendo errónea, promovió el desarrollo de la
astronomía antigua; más tarde, la teoría copernicana obligó a explicar de otro
modo muchas observaciones y predicciones exactas hechas por los astrónomos
antiguos.
Teorías
científicas. Las ciencias físicas son inductivo-deductivas, pues ascienden
desde la experiencia hasta principios universales, y luego pueden organizarse
deductivamente, como en un sistema axiomático que sigue las reglas de la
lógica. Los principios (leyes, hipótesis) son axiomas de los que se deducen los
hechos conocidos, y que permiten predecir fenómenos futuros (por ejemplo,
conociendo las leyes planetarias, se prevén los sitios por donde pasará un
planeta). La serie de proposiciones encadenadas deductivamente se llama teoría.
Teoría
es el conjunto organizado de conocimientos científicos, a partir de ciertos
presupuestos iniciales (por ejemplo la relatividad, la teoría cuántica, la
teoría atómica, etc.). Algunas ciencias, como la geografía o la historia, son
más bien descriptivas, y no se configuran de este modo: su objetivo es dar a
conocer datos y hechos concretos, situarlos espacio-temporalmente, con cierto
orden. Pero estas ciencias, que podríamos llamar descriptivo-concretas,
dependen de otras que examinan en abstracto las causas y principios de esos
hechos: son las ciencias abstractas y explicativas. En su génesis histórica,
estas últimas suelen comenzar por una fase empírica, en la que se van
recogiendo datos y se formulan por inducción leyes más bien restringidas; poco
a poco, a medida que la investigación avanza, se proponen explicaciones más
altas, y se va formando la teoría científica. A veces la teoría puede
presentarse en una forma más o menos axiomatizada (por ejemplo la mecánica de
Newton); en otros casos no es posible o no hace falta (por ejemplo, la
biología), aunque de todos modos las experiencias siempre son guiadas por
principios superiores.
En
el cuerpo ordenado de una ciencia pueden distinguirse diversos niveles:
1) hechos singulares reconocidos y expresados
en las proposiciones básicas. Los hechos singulares contemplados por las
ciencias no son puras sensaciones -como ya hemos dicho- sino que presuponen una
intelección, a veces propia del conocer ordinario, y otras veces inherente a la
misma interpretación científica (por ejemplo, datos sobre la masa, el peso
específico, la temperatura). Si la teoría cambia, también cambia la intelección
del hecho, aunque permanece su base sensible;
2) leyes que explican grupos de hechos (por
ejemplo, la ley de Boyle-Mariotte);
3) principios superiores que explican diversas
leyes, y de los que depende toda la teoría. Así, la teoría de la gravitación de
Newton simplifica y recoge las leyes de Copérnico, Kepler y Galileo, y a su vez
es recogida por la teoría de la relatividad de Einstein.
Naturalmente
caben niveles intermedios. La ciencia se va desarrollando, ampliando, en un
pasar continuo de unos niveles a otros: las leyes permiten inferir nuevos
hechos, que al conocerse ayudan a mejorar la formulación de las leyes, o a
inducir otras ulteriores; los principios dan pie para prever leyes más
particulares, que luego se comprueban. La llegada de nuevos datos, positivos o
negativos, sirve para reajustar constantemente las teorías.
En
la práctica, las ciencias no se adecúan rigurosamente a este orden. Existen
teorías muy universales (por ejemplo, la relatividad), y otras más restringidas
(la teoría cinética de los gases). Además, no existe una sola teoría física,
sino múltiples, para distintos campos de estudios, aunque a veces unas se
superponen a otras, y pueden llegar a unificarse, o incluirse una en otra (así
la mecánica clásica es como un caso-límite de la mecánica cuántica). Existen
también teorías rivales (en otros tiempos, las teorías corpuscular y
ondulatoria de la luz), y naturalmente, algunas teorías han sido eliminadas por
la prueba de la experiencia (como las teorías del éter).
Aceptabilidad
de las teorías. Una teoría científica puede ser desautorizada por pruebas
decisivas contrarias, como sucedió con la teoría astronómica de Ptolomeo; pero
al descubrirse la falsedad de los principios supremos en que se apoyaba, no por
eso se destruyen todos los elementos de la teoría: los más cercanos a la
experiencia se mantienen, aunque han de ser explicados de otro modo. En la
historia de la física moderna más bien se observa que las teorías antiguas no
se destruyen, sino que se purifican e incorporan a las nuevas teorías: la
mecánica de Newton no ha sido «falseada» por la teoría de la relatividad y la
teoría cuántica, ya que sigue siendo válida a cierto nivel.
Las
teorías no son necesariamente hipotéticas; algunas son verdaderas, cuando
consta la verdad de sus principios, aunque tengamos de ellas, en este terreno,
una certeza física y no metafísica. Así, la teoría atómica en el siglo pasado
era hipotética, y ya no lo es en este siglo. No se opone esto a la revisabilidad
de las teorías, que en el caso de ser ciertas, no por eso son construcciones
cerradas o plenamente acabadas: son una réplica parcial de la realidad, y por
eso no sólo son mejorables, sino que con el tiempo podrán ser sustituidas por
teorías mejores, más perfectas, más útiles, sin perjuicio de la verdad.
Algunas
teorías son hipotéticas, y no sabemos si lo serán siempre, como decíamos al
referirnos a las hipótesis. Por ejemplo, la tesis de la dualidad
onda-corpúsculo de la teoría cuántica por ahora parece más bien un postulado
que una certeza; algo semejante cabe decir de las teorías sobre la formación
del universo.
(Tomado de "lógica", de J.J Sanguineti)
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