Lux veritatis, vita memoriae, magistra vitae... esto decía Cicerón en una de sus obras hablando de la importancia de la historia, la llamaba luz de la verdad, vida de la memoria y maestra de la vida. Y no exageraba el ilustre romano, pues verdaderamente la historia nos puede enseñar tantas cosas que iluminan nuestro presente y nos dan criterios para el futuro, que descuidar su estudio no puede hacerse sin graves riesgos y una muy culpable negligencia.
En días pasados terminé la lectura de un libro sobre la Revolución Francesa, escrito por Claude Quetel, el libro se llama "Creer o morir, historia políticamente incorrecta de la revolución francesa". Desde ya adelanto que recomiendo su lectura, aunque se trata de un libro de grandes dimensiones, alcanza las casi 600 páginas, vale mucho la pena, ¿por qué?
Primero habría que decir que, respecto de la historia en general, su estudio para el católico es relevante en la medida en que la iglesia es efectivamente una realidad histórica que vive y se desarrolla en el tiempo, y por lo tanto, se ve sujeta a los avatares propios de cada momento histórico, además de las singularidades de cada lugar y espacio cultural específico. Los grandes acontecimientos influyen en la vida de la iglesia de manera inevitable, e incluso no pocas veces ha sido ella misma protagonista de ellos. Conocer este devenir histórico ayuda al católico a ubicar correctamente su fe, comprenderla mejor y vivirla de una manera más cercana y consecuente.
Pero es que, además de las consideraciones anteriores, ocurren también coyunturas históricas de una especial relevancia, porque durante dichos momentos de, digamos, crisis y transformaciones, se producen acontecimientos que empujan la historia en una cierta dirección y, de forma inevitable, arrastran consigo también a la iglesia e influyen en su vida y en sus dinámicas propias. Precisamente una de esas coyunturas de importancia capital fue, sin duda, la Revolución Francesa. Esta Revolución, así con mayúscula, marcó un antes y un después en la vida de la humanidad, diríamos, y afectó también a la iglesia, a su rol en la sociedad y casi...su existencia misma, por lo menos dentro de Francia, lo que ya era mucho decir en ese momento.
Tal vez sobre pocas cosas se ha escrito tanto como sobre dicha revolución, verdaderos ríos de tinta han corrido desde todas las orillas ideológicas intentando entenderla, explicarla, interpretarla...y hasta usarla a su favor. Con respecto a la iglesia y a la fe, también mucho se ha escrito sobre lo que pasó por aquellos años (1789-1795 aprox.), la versión más extendida se limita a decir que, aunque se dieron excesos de los revolucionarios en contra de la fe, ello se debió al apasionamiento del momento, cosa perfectamente explicable en circunstancias similares. Pero libros como el que aquí estamos recomendando dejan claro que ello está lejos de ser tan sencillo como eso, y que todas las evidencias ahora disponibles apuntan más bien a que el anticatolicismo, la guerra a Dios y el odio a todo lo cristiano, perteneció desde el inicio a la esencia misma de la revolución. Y no solo eso, sino que todo lo que vino después en términos de cambio político y cultural, vendrá ya desde su nacimiento marcado por ese odio y por esa aversión hacia la fe, laicismo, naturalismo, racionalismo, en una palabra...descristianización.
Entonces animo a leer ese libro de Quetel, para formarse un criterio sólido sobre aquellos acontecimientos, criterio que permita enjuiciar con lucidez lo ocurrido, para poder iluminar, desde esa lucidez, lo que vino después y lo que vivimos hoy, herederos como somos de todo lo que en ese entonces sucedió.
Ahí les dejo entonces la recomendación.
¡A leer!
Leonardo Rodríguez Velasco
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