Estamos dando una lectura a las cinco primeras cuestiones de la “prima secundae” de la ‘Summa’, que son la puerta de entrada a la teología moral de santo Tomás de Aquino. En efecto, en la segunda parte de su ‘Summa’, el aquinate nos expone los principios de su sistema moral, en clave teológica (por eso decimos teología moral o moral teológica); ya que la moral puede ser estudiada también en clave filosófica, y entonces tenemos la moral o ética meramente filosófica. La diferencia entre una moral filosófica y una moral teológica (que es la de santo Tomás en esta parte de su obra), está ante todo en el fin de la acción humana: en la moral filosófica el fin es una cierta perfección natural del hombre, alcanzada por medio del ejercicio de las virtudes naturales, como explicó Aristóteles. En la moral teológica el fin es esencialmente sobrenatural, es la visión de la esencia de Dios en el cielo, alcanzado sobre todo por el desarrollo de la vida de la gracia, que se despliega en el ejercicio de las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo.
De esta teología moral es que nos habla santo
Tomás, que era ante todo un teólogo, profesor de teología. Lo que pasa es que
naturalmente debe el santo abordar temas que son comunes a los dos modos de la
moral, como el concepto de fin, el concepto de virtud, la teoría de los actos
humanos en su constitución psicológica, la psicología también de las pasiones,
de los hábitos, etc. Por eso muchos al hablar de la ética de santo Tomás, sin
hacer estas aclaraciones, dicen ‘este es el sistema ético de santo Tomás’,
cuando sería menester explicitar desde el principio que santo Tomás no nos dejó
una ética filosófica, sino una teología moral. ¿Y el comentario de santo Tomás
a la ‘Ética a Nicómaco’ de Aristóteles no es una exposición de la propuesta
ética del santo? No, esa obra es precisamente eso, un comentario a lo que dijo
allí Aristóteles, no una exposición del pensamiento personal del de Aquino.
En las primeras cinco cuestiones el santo nos
hace una exposición magistral de los fundamentos de su teología moral, y más
específicamente del concepto de fin último, que es absolutamente central en la
esfera de la acción. Santo Tomás frecuentemente usa la analogía entre la esfera
del conocimiento y la esfera de la acción humana, pues lo que son los primeros
principios evidentes para la demostración, lo es el fin en el terreno de la
práctica; ¿cómo así? En la esfera del conocimiento, la ciencia se constituye
con base en demostraciones, y estas dependen de las premisas a partir de las
cuales se deducen las consecuencias. Pero esas premisas, o son ellas mismas
evidentes en sí, o requieren a su vez ser demostradas. Si lo primero, tenemos
entonces los llamados primeros principios indemostrables, de los cuales depende
toda demostración posible. Si lo segundo, tendremos que proceder a su
demostración, por medio de premisas anteriores. Pero no puede ser que todas las
premisas sean tales que necesiten demostración, pues se generaría un regreso
hacia lo infinito, que haría imposible la ciencia misma. Por lo que es
necesario que se den ciertos primeros principios evidentes en sí y por sí. De
manera que se puede decir que esos primeros principios fundamentan la
posibilidad misma de toda demostración, por ende de toda ciencia. En la esfera
de la acción humana, insiste santo Tomás, ocurre algo análogo con la noción de
fin, pues toda acción es realizada por un cierto agente (palabra que viene del verbo ‘agere’, que significa precisamente obrar),
y todo agente obra siempre por un fin. De donde resulta que el fin hace
inteligible la acción, la explica, permite entenderla. Pero así como en la
esfera del conocimiento, al deducir una conclusión a partir de unas premisas,
esas premisas son ellas mismas demostrables o son principios evidentes; así en
la esfera de la acción, cuando hacemos algo por un fin, ese fin es a su vez
medio para un fin ulterior, o es fin último. Y así como no puede ser que toda
premisa requiera demostración, así ocurre que no puede ser que todo fin sea a
su vez medio para otro, sino que necesariamente ha de darse y existir un fin
que llamamos último, en cuanto que no es medio para nada más, sino que aquieta
de tal manera la voluntad del agente, que no queda otro fin ya por buscar o
desear.
Por lo que podemos decir que verdaderamente el
fin, y el fin último especialmente, es el fundamento necesario de toda doctrina
ética, esto es, de toda doctrina que busque estudiar y enseñar la naturaleza de
la acción humana.
Comprendiendo esto santo Tomás consagra las
primeras cinco cuestiones a indagar con rigurosidad cuál sea el fin último del
hombre, raíz última de su conducta y meta de sus aspiraciones. Y nos regala así
cinco preciosas cuestiones, cada una compuesta de ocho artículos de la mejor
doctrina. Nosotros recién acabamos de exponer la tercera cuestión, en la que el
aquinate nos llevó como de la mano a la dilucidación de aquello en que debe
consistir el fin último del hombre, que nos lo reveló recién en el artículo
ocho al decirnos que la suprema felicidad del hombre solamente puede estar en
la visión de la esencia de Dios.
En la cuestión cuarta el santo nos va a exponer
aquellas cosas requeridas para la bienaventuranza y en la quinta cuestión
indagará acerca de la consecución efectiva de dicho fin último, pues podría
parecer tan alto que alguno dudaría de que realmente estemos llamados a tal
altura.
Leonardo Rodríguez V.
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