domingo, 8 de abril de 2018

El fin de la vida cristiana


(A partir de este domingo, Dios mediante, se publicará cada domingo un artículo de vida espiritual)

La consideración del fin es lo primero que se impone en el estudio de una obra dinámica cualquiera. Y siendo la vida cristiana esencialmente dinámica y perfectible—al menos en nuestro estado actual de viadores—, es preciso que ante todo sepamos a dónde vamos, o sea, cuál es el fin que pretendemos alcanzar. Por eso, Santo Tomás comienza la parte moral de su sistema—el retorno del hombre a Dios—por la consideración del último fin.


Es clásica la definición de la gloria: clara notitia cum laude. Por su misma definición, expresa, de suyo, algo extrínseco al sujeto a quien afecta. Sin embargo, en un sentido menos estricto, podemos distinguir en Dios una doble gloria: la intrínseca, que brota de su propia vida íntima, y la extrínseca, procedente de las criaturas.


La gloria intrínseca de Dios es la que Él se procura a sí mismo en el seno de la Trinidad Beatísima. El Padre—por vía de generación intelectual—concibe de sí mismo una idea perfectísima: es su divino Hijo, su Verbo, en el que se reflejan su misma vida, su misma belleza, su misma inmensidad, su misma eternidad, sus mismas perfecciones infinitas. Y al contemplarse mutuamente, se establece entre las dos divinas personas—por vía de procedencia—una corriente de indecible amor, torrente impetuoso de llamas que es el Espíritu Santo.


Este conocimiento y amor de sí mismo, esta alabanza eterna e incesante que Dios se prodiga a sí mismo en el misterio incomprensible de su vida íntima, constituye la gloria intrínseca de Dios, rigurosamente infinita y exhaustiva, y a la que las criaturas inteligentes y el universo entero nada absolutamente pueden añadir. Es el misterio de su vida íntima en el que Dios encuentra una gloria intrínseca absolutamente infinita.


Dios es infinitamente feliz en sí mismo, y nada absolutamente necesita de las criaturas, que no pueden aumentarle su dicha íntima. Pero Dios es Amor, y el amor, de suyo, es comunicativo. Dios es el Bien infinito, y el bien tiende de suyo a expansionarse: bonum est diffusivum sui, dicen los filósofos. He ahí el porqué de la creación.


Dios quiso, en efecto, comunicar sus infinitas perfecciones a las criaturas, intentando con ello su propia gloria extrínseca. La glorificación de Dios por las criaturas es, en definitiva, la razón última y suprema finalidad de la creación.


La explicación de esto no puede ser más clara, incluso a la luz de la simple razón natural privada de las luces de la fe. Porque es un hecho filosóficamente indiscutible que todo agente obra por un fin, sobre todo el agente intelectual. Luego Dios, primer agente inteligentísimo, tiene que obrar siempre por un fin. Ahora bien, como ninguno de los atributos o acciones de Dios se distinguen de su propia divina esencia, sino que se identifican totalmente con ella, si Dios hubiera intentado en la creación un fin distinto de sí mismo, hubiera referido y subordinado su acción creadora a ese fin—porque todo agente pone su acción al servicio del fin que intenta al obrar—, con lo cual se hubiera subordinado Dios mismo, puesto que su acción es El mismo. Y así, ese fin estaría por encima de Dios; es decir, que Dios no sería Dios. Es, pues, absolutamente imposible que Dios intente con alguna de sus acciones un fin cualquiera distinto de sí mismo. Dios ha creado todas las cosas para su propia gloria; las criaturas no pueden existir sino en Él y para Él.


Y esto no solamente no supone un «egoísmo trascendental» en Dios; —como se atrevió a decir, con blasfema ignorancia, un filósofo impío—, sino que es el colmo de la generosidad y desinterés. Porque no buscó con ello su propia utilidad—nada absolutamente podían añadir las criaturas a su felicidad y perfecciones infinitas—, sino únicamente comunicarles su bondad. Dios ha sabido organizar de tal manera las cosas, que las criaturas encuentran su propia felicidad glorificando a Dios. Por eso dice Santo Tomás que sólo Dios es infinitamente liberal y generoso: no obra por indigencia, como buscando algo que necesita, sino únicamente por bondad, para comunicar a sus criaturas su propia rebosante felicidad.


Por eso la Sagrada Escritura está llena de expresiones en las que Dios reclama y exige para sí su propia gloria. «Soy yo, Yavé es mi nombre, que no doy mi gloria a ningún otro, ni a los ídolos el honor que me es debido» (Is. 42,8); «Es por mí, por amor de mí lo hago, porque no quiero que mi nombre sea escarnecido, y mi gloria a nadie se la doy» (Is. 48,11); «Óyeme, Jacob, y tú, Israel, que yo te llamo; soy yo, yo, el primero y aún también el postrero» (Ibid., 12); «Yo soy el alfa y la omega, dice el Señor Dios; el que es, el que era, el que viene, el Todopoderoso (Apoc. 1,8), etc., etc.


¡La gloria de Dios! He aquí el alfa y la omega, el principio y el fin de toda la creación. La misma encarnación del Verbo y la redención del género humano no tienen otra finalidad última que la gloria de Dios: cuando le queden sometidas todas las cosas, entonces el mismo Hijo se sujetará a quien a El todo se lo sometió, para que sea Dios todo en todas las cosas» (1 Cor. 15,28). Por eso nos exhorta el Apóstol a no dar un solo paso que no esté encaminado a la gloria de Dios: «Ya comáis, ya bebáis o ya hagáis alguna cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1 Cor. 10,31); ya que, en definitiva, no hemos sido predestinados en Cristo más que para convertirnos en una perpetua alabanza de gloria de la Trinidad Beatísima: «Por cuanto que en Él nos eligió antes de la constitución del mundo, para que fuésemos santos e inmaculados ante El, y nos predestinó en caridad a la adopción de hijos suyos por Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia».


Todo absolutamente tiene que subordinarse a esta suprema finalidad. El alma misma no ha de procurar su salvación o santificación sino en cuanto que con ella glorificará más y más a Dios. La propia salvación o santificación no puede convertirse jamás en fin último. Hay que desearlas y trabajar sin descanso en su consecución; pero únicamente porque Dios lo quiere, porque ha querido glorificarse haciéndonos felices, porque nuestra propia felicidad no consiste en otra cosa que en la eterna alabanza de la gloria de la Trinidad Beatísima.


Tal es la finalidad última y absoluta de toda la vida cristiana. En la práctica, el alma que aspire a santificarse ha de poner los ojos, como blanco y fin al que enderece sus fuerzas y anhelos, en la gloria misma de Dios. Nada absolutamente ha de prevalecer ante ella, ni siquiera el deseo de la propia salvación o santificación, que ha de venir en segundo lugar, como el medio más oportuno para lograr plenamente aquélla. Ha de procurar parecerse a San Alfonso María de Ligorio, de quien se dice que «no tenia en la cabeza más que la gloria de Dios» y tomar por divisa la que San Ignacio legó a su Compañía: «A la mayor gloria de Dios». En definitiva, esta actitud es la que han adoptado todos los santos en pos de San Pablo, que nos dejó la consigna más importante de la vida cristiana al escribir a los Corintios: Omnia in gloriam Dei facite: hacedlo todo a gloria de Dios.


La santificación de nuestra propia alma no es, pues, el fin último de la vida cristiana. Por encima de ella está la gloria de la Trinidad Beatísima, fin absoluto de todo cuanto existe. Y esta verdad, con ser tan elemental para los que comprendan la trascendencia divina, no aparece, sin embargo, dominando en la vida de los santos sino muy tarde, cuando ya su alma se ha consumado por el amor en la unidad de Dios. Sólo en las cumbres de la unión transformante, identificados plenamente con Dios, sus pensamientos y quereres se identifican también con el pensamiento y el querer de Dios. Solamente Cristo y María, desde el instante primero de su existencia, han realizado con perfección este programa de glorificación divina, que es el término donde viene a desembocar todo proceso de santificación acá en la tierra.


En la práctica, nada debe preocupar tanto a un alma que aspire a santificarse como el constante olvido de sí misma y la plena rectificación de su intención a la mayor gloria de Dios. «En el cielo de mi alma—decía sor Isabel de la Trinidad—, la gloria del Eterno, nada más que la gloria del Eterno»: he aquí la consigna suprema de toda la vida cristiana. En la cumbre más elevada de la montaña del amor la esculpió San Juan de la Cruz con caracteres de oro: «Sólo mora en este Monte la honra y gloria de Dios».


(Tomado de Teología de la perfección cristiana, de Royo Marín)



jueves, 5 de abril de 2018

Acerca de Don Nicolás Gómez Dávila

Por estos días he vuelto a leer los Escolios de don Nicolás Gómez Dávila, no todos, pues son miles, algunos solamente. Y mientras lo hacía volvía a experimentar esa mezcla confusa de admiración y empatía que sentí la primera vez que sus escolios cayeron en mis manos, hace ya unos quince años.

Por aquella época estaba yo iniciando mi camino en el catolicismo tradicional y llenaba mi tiempo con lecturas tan dispares como Tomás de Aquino, Donoso Cortés, Jaime Balmes, el Kempis, Castellani, De Maistre, el 'misal' y un muy largo etcétera, cuando alguien me pasó los escritos (que no son escritos sino frases breves) de un compatriota totalmente desconocido para mí: don Nicolás.

Lo primero que me llamó la atención fue el estilo: frases cortas, a lo más párrafos breves preñados de una idea expuesta en forma genial, intuiciones fugaces como relámpagos que sacudían la inteligencia. Nunca había sido yo amigo de ese tipo de textos, me costaba leer compendios de "frases célebres", a decir verdad no les encontraba mucho sentido. Prefería ampliamente los textos en prosa, tipo ensayo o manual. Incluso los 'Diálogos' de Platón, con todo y su importancia y su belleza, me resultaban pesados.

Pero curiosamente me sentí atrapado por los 'escolios' de don Nicolás. Ante todo debo decir que eran 'escolios', es decir, anotaciones al margen de un texto mayor, según era costumbre de los monjes estudiosos medievales cuando se sumergían en algún texto. Un escolio venía a ser un apunte escrito justo al lado de la página, junto al texto central, puesto allí para aclarar una duda despertada por el texto mismo o para consignar una idea surgida al calor de la lectura y que el monje no quería olvidar.

Por lo tanto lo de don Nicolás no eran frases, proverbios, dichos; no, eran escolios, don Nicolás ejercía con ellos labor de comentarista de un texto, buscaba iluminarlo, entenderlo, explicarlo, aclararlo. Pero, ¿qué texto era? Porque a diferencia de los manuscritos medievales, los de don Nicolás solo se componían de escolios, faltando el texto que aspiraban a iluminar.

Esta pregunta ha hecho correr ríos de tinta. Y es que resulta que don Nicolás, que es un total desconocido en su propio país, Colombia, goza de cierto renombre en no pocas universidades europeas, a juzgar por la cantidad de artículos y libros que se le dedican desde países como Alemania e Italia, por ejemplo. Y las opiniones acerca de cuál pueda ser el 'texto' que don Nicolás, como buen monje medieval se ocupa de comentar, son variadas. Algunos dicen que ese misterioso texto no es otro que la decadencia de occidente, más o menos desde el Renacimiento. Otros dicen que don Nicolás se refiere al hombre moderno producto de las revoluciones burguesas del siglo XVIII (para usar la nomenclatura corriente). Otros, finalmente, dicen que ese texto es la modernidad 'en general', a la cual don Nicolás por temperamento sería estructuralmente contrario.

Sea lo que fuere de esas disputas y divergencias entre los 'conocedores' de don Nicolás, lo cierto es que el ilustre colombiano atrapó mi atención con sus escolios desde el primer momento. Luego se volvió casi una necesidad leerlo a diario, era como si ráfagas ininterrumpidas de luz vinieran de pronto a disipar las tinieblas en las que hasta ese momento había vivido respecto a todo lo que me rodeaba: sociedad, religión, política, patria, cultura, etc. Y tuve un período de rendida admiración por don Nicolás, memoricé muchísimos de sus escolios y los citaba a cada momento, en conversaciones y escritos (llegué a crear una página de Internet para la difusión de sus escritos). Era autoridad para mí.

Con el paso del tiempo y gracias a muchas lecturas que fueron acumulándose, la admiración por don Nicolás permaneció inalterada, aunque ya la aceptación ciega de muchas de sus ideas había quedado atrás. Llegué a comprender cómo incluso un hombre de la estatura intelectual de don Nicolás era falible, no veía en todo con igual agudeza, su palabra no era irrebatible en todos los campos donde se aventuraba (y se aventuró en muchos), no podía ser tomado como maestro absoluto. De hecho haberlo hecho así hubiera supuesto una abierta traición al mismo Gómez Dávila, dado que nunca quiso ser maestro de nada, ni tener seguidores, ni hacer escuela, ni ser iniciador de ninguna corriente o sistema de pensamiento. Pocas ideas le hubieran repugnado tanto como la mera posibilidad de todo ello.

Con el tiempo don Nicolás ha permanecido a pesar de todo como una voz potente, un profeta que me recuerda de cuando en cuando la modorra que amenaza al que no se mueve, al que se permite el lujo de adormecerse en medio de las aparentes comodidades de la técnica lujuriosa del moderno, al que admite que pueblen su espíritu las ideas deletéreas de la modernidad cartesiana, al que, en fin, comete el peor suicidio de todos, que según don Nicolás, no es otro que pegarse un balazo en el alma.

La pasión por don Tomás de Aquino y su poderosa inteligencia ha venido a reemplazar cabalmente la que hace años experimenté por don Nicolás. En el monje italiano he encontrado un alimento que no se agota, una luz que no se apaga, un camino de comprensión que acoge al caminante con sencillez y lo conduce a cumbres insospechadas. Allí donde don Nicolás se detuvo encadenado por su escepticismo, Tomás avanzó adelante con paso firme.

Gratitud hacia don Nicolás, rendida veneración hacia el buey mudo.


Leonardo Rodríguez


miércoles, 4 de abril de 2018

Acerca del lenguaje 'rimbombante'

El otro día hablando con un amigo acerca de la vida hogareña me preguntaba cuál oficio de casa me agradaba hacer, le contesté que lavar los platos sucios. Y procedí a explicarle mi método...

"Manejo dos metodologías diversas para llevar a cabo dicha tarea, la una procede mediante una estrategia topográfica y la otra mediante una estrategia más bien categorial. A su vez, dentro de la metodología topográfica procedo ya sea de manera topográfica-descendente o topográfica-periférica. El modo topográfico descendente consiste en ir lavando primero los platos que están cerca a la llave del agua y dificultan la logística de la operación. Una vez liberado el espacio inmediato, procedo a iniciar el lavado topográfico periférico, que consiste en lavar los platos que están fuera del lavaplatos, en estricto orden centrípeto.

La estrategia categorial, por otro lado, consiste en dividir los platos sucios en tipos: cucharas, platos, vasos, cuchillos, etc. Y lavarlos siguiendo un movimiento aleatorio, pero buscando agotar siempre cada categoría antes de abordar la siguiente.

Al finalizar el proceso procedo a limpiar la superficie que sirve de soporte a la operación".

Más o menos eso le dije. Mi amigo me miró atónito y dijo: ¿qué?


De forma rimbombante se puede hablar acerca de todo. Y todos conocemos personas que buscan siempre hablar usando palabras rebuscadas o innecesariamente técnicas, con el fin de dar con ello la impresión de ser muy "inteligentes", "conocedoras", "cultas", "leídas", etc. 

Yo pienso distinto. Alguien dijo, no sé quién, que la claridad era la cortesía de la inteligencia, o algo así. Y es verdad. La palabra se ha hecho para expresar y comunicar, y la innecesaria rimbombancia de los discursos y de los escritos dificulta no pocas veces esos objetivos y vuelve vano el diálogo, que eso son a fin de cuentas los escritos y los discursos: formas de diálogo.

Decía yo al inicio de mi libro Amor por la sabiduría, que me causaban asombro esos textos de introducción a la filosofía que resultaban muy difíciles de entender, al punto que casi había que ser ya conocedor de la filosofía y su lenguaje propio, para poder comprender esas "introducciones". Parecían libros escritos para expertos en el tema, no para principiantes. Tenían el título mal puesto. Y eso pasa más a menudo de lo conveniente, lastimosamente. 

Unas veces lo que hay detrás es simple soberbia, orgullo de querer parecer más inteligente que los otros, superior, 'culto'. Lo cual es una completa idiotez, porque quien actúa así da muestras de una ignorancia mucho más profunda que la académica, la ignorancia de la sencillez y de la humildad, que son las virtudes que hacen verdaderamente bella un alma. Los soberbios son feos de alma, que es la peor forma de fealdad que existe.

Otras veces pasa por querer encajar en ciertos grupos 'sociales'. Entonces se cae en la utilización hueca de una jerga abstrusa que parece querer decir mucho y bien, y acaba diciendo poco y mal. 

Sea por lo uno o por lo otro, lo cierto es que buscar la complejidad en las palabras, por la creencia falsa de que complejidad equivale a inteligencia, es una de las formas más eficaces de reconocer cuando se está frente a alguien que seguramente no nos aportará nada en nuestra formación. Huyamos de los rimbombantes, busquemos en todo la sencillez. Sencillez en la palabra, sencillez en la idea y sencillez en el modo de vivir.


Leonardo Rodríguez