jueves, 25 de diciembre de 2014

Conversión de: SAN JERÓNIMO EMILIANO



Jerónimo Emiliano fue en su juventud un gran libertino, de modo que no hubo goce mundanal que él no apurara hasta la saciedad. Alistado en la milicia, llevó la vida alegre y disipada de muchos que siguen la carrera de las armas; pero la Santísima Virgen, que le amaba entrañablemente, permitió que en cierta guerra cayese prisionero, y fuera encerrado en una cárcel tenebrosa, sin esperanza alguna de salir de ella.

La oscuridad y tristeza de la cárcel hiciéronle volver en sí, y ver la horrible oscuridad de su alma, cargada de tantos y tan enormes pecados, y esta consideración levantó en él tan vivos remordimientos, que estuvo a punto de desesperar.

Abandonado de todos, sentía la necesidad de convertirse a Dios; pero al levantar el corazón al cielo, hacíalo sin ninguna esperanza, creyendo que el Señor no podía escuchar la voz de un hombre cargado de tantos y tan graves pecados. Iba ya a dejarse llevar por la fatal corriente de la desesperación, cuando se acordó de la Santísima Virgen, e hizo memoria de los cruelísimos dolores y mortales angustias que tuvo que sufrir su ternísimo Corazón, durante las horas en que Jesús estuvo preso en poder de sus implacables enemigos.

El recuerdo de los dolores de María enterneció profundamente a Jerónimo, y le movió a recurrir a la Santísima Virgen, pidiéndole que por lo que hubo de sufrir en la vida, pasión y muerte de Jesús, se dignara levantar en su alma la esperanza de salvarse, que tenía perdida.

—Si junto con la resignación en las penas que padezco, me alcanzáis un verdadero arrepentimiento de mis pecados, y el perdón de los mismos, dolorida Madre mía —le dijo—, os prometo sinceramente ser siempre vuestro devoto y hacer penitencia hasta la muerte.

La piadosísima Madre de Jesús no podía hacerse sorda a las preces del hijo afligido, que ponía en Ella la esperanza para volver a la amistad y gracia de Dios, así es que no solamente le alcanzó una verdadera contrición de sus culpas, y la seguridad de que le habían sido perdonadas, sino que además quiso que el nuevo convertido recibiera poco tiempo después la libertad.

Salido de la cárcel, Jerónimo pasó el resto de sus días llorando amargamente los excesos de su vida y haciendo dura penitencia por ellos. Murió en el Señor, y la Iglesia lo inscribió en el catálogo de los Santos.

Aprende a no desconfiar de Dios, y a poner tu causa en las benditas manos de María, única esperanza de los pecadores.


CONVERSIÓN DE UN ESTUDIANTE



Nos refiere el Rvdo. P. Fr. Matías de San Juan, que había en Padua un joven estudiante a quien sus desordenes y excesos depravados habían conducido al termino fatal de la desesperación.

Un día concibió el proyecto diabólico de suicidarse, y, armándose de puñal bien afilado, se asesto tres tremendas puñaladas; pero cada uno de estos tres golpes terribles vinieronse a clavar sobre el Santo Escapulario del Carmen, que, por fortuna suya, llevaba sobre el pecho el infeliz estudiante.

Esto precisamente fue el motivo ocasional de su conversión y de su eterna salvación; pues, absorto y estupefacto el infeliz ante la contemplación de semejante prodigio, entro en si mismo y, lleno de confusión, al recordar su depravada y desastrosa vida, resolviose desde aquel mismo instante a mudar de vida y entrar por la senda verdadera del bien, siendo desde aquel mismo día un verdadero dechado y ejemplar de toda virtud.

Entro mas tarde en un convento de religiosos observantes del Seráfico P. San Francisco, siendo un verdadero varón apostólico que llevo mu-chas almas a Dios con su celo ferviente y santa vida, siendo motivo de alabar y bendecir a Dios y a su Santísima Madre, para cuantos conocían su vida de joven.


(Milagros y Prodigios del Santo Escapulario del Carmen. — P. Fr. Juan Fernández Martín, C. C.)


miércoles, 24 de diciembre de 2014

Derecho que Dios tiene para que no hagan los hombres su propia voluntad, sino la divina


 ¿Qué duda hay que un esclavo debe hacer la voluntad de su amo, y un vasallo la de su príncipe, y un hijo la de su padre, sin salir un punto de su gusto? Pues Dios es Señor nuestro, Rey nuestro, Padre nuestro, Esposo nuestro, y nosotros somos suyos por mil obligaciones: porque nos compró con su sangre, porque nosotros nos hemos entregado a Él y porque nos creó.
 
Porque nos hizo de nada. — Un labrador quiere tener dominio en el árbol que planta, y en un perro que nace en su casa; y un artífice en la estatua que hizo; ¿qué derecho tendrá Dios en sus criaturas, pues las hizo de nada? Porque así como dicen los filósofos que de hacer una cosa de algo a hacerla de nada va distancia infinita en el poder y causa de aquellos efectos, así el dere­cho y dominio que Dios adquiere en sus criaturas por haberlas hecho de nada, excede infinitamente a todo otro derecho.

¿Qué derecho tendrá Dios sobre nuestra voluntad, para que nos rindamos a su gusto, pues le tenemos esta tan grande obligación de habernos criado de nada, y sobre esto de habernos comprado y redimido? Claro está que es por muchos caminos grande la obligación que tenemos a hacer su voluntad, y el derecho que Él tiene sobre la nuestra. Con tan inmensas obligaciones y tan grande y supremo dominio que en nosotros tiene Dios, ¿cómo queremos ser dueños de nosotros mismos y de nuestra voluntad, y no rendirla a nuestro Dios y Señor?

Por esta causa, pues, no tenemos título justificado para hacer en cosa alguna, por mínima que sea, nuestro gusto. Porque conforme a justicia, y según toda ley, tanto se debe cuanto se recibe; y pues de Dios hemos recibido todo lo que somos, hemos de emplearnos totalmente en su servicio y estar a su voluntad.

La obligación que a Dios tenemos es infinita, y lo infinito no tiene término, ni exceptúa nada, y no deja lugar para que en nada seamos nuestros, sino todos de Dios; cuyo derecho violara injustamente quien quisiere hacer algo por su gusto, y no todo, sin excepción alguna, por el divino; ora sea acción exterior, ora movimiento interior del alma, hasta el más mínimo pensamiento.

Por lo cual dijo san Anselmo esta notable y verdadera sentencia: «Solo Dios debe querer con propia voluntad todo lo que quiere. De manera que no tiene sobre si otra voluntad a quien debe seguir. Y así, cuando un hombre quiere algo por su voluntad propia, quita a Dios su corona; porque de la manera que solo un rey tiene derecho a ponerse corona, así la voluntad propia solo conviene a Dios. Y como deshonraría a su rey el que le arrebatara de la cabeza su corona, de la misma manera desobedece y deshonra a Dios quien le quita el privilegio de la propia voluntad, queriendo tener lo que solo Dios debe tener. Y como la propia voluntad de Dios es el manantial y la fuente de todo bien, la propia voluntad del hombre es el principio de todo mal.» Así habla san Anselmo.
Pero para que ponderemos más esto, es bien volvamos a considerar de por si algunos otros títulos por los cuales tiene Dios derecho sobre nosotros. Porque si para toda esta obligación infinita a no hacer en nada nuestro gusto por ser nuestro gusto, y para todo este derecho de Dios a que hagamos en todo el suyo, so pena de ser injustos, es suficiente el título de la creación, por ser hechos de nada, con amor inmenso, y poder infinito, y ser Dios nuestro dueño y Señor, ¿qué será por los otros títulos fuera de este, por los cuales también es Señor nuestro?

2. Porque nos compró. — Lo primero, porque nos compró, como he dicho. Dios, por el precio infinito que dio por nosotros, tiene semejante derecho; y este derecho es infinito, y por el infinitamente le debemos estar sujetos y hacer su voluntad, con lo cual se excluye totalmente el tener nosotros justicia para hacer la nuestra en la mas mínima acción de cuerpo o alma; porque como Dios, por este precio infinito, más compró nuestras almas que nuestros cuerpos, no tenemos acción ni justicia para tener por nuestro gusto ni aun un movimiento interior del corazón.

3. Por habernos entregado a Él. — Además de esto, somos de Dios por habernos entregado a Él por el contrato que hemos hecho —aunque por otro lado no fuéramos suyos—, como san Paulino, que, siendo libre, se entregó por esclavo a un hombre bárbaro, obligándose a servir y hacer su voluntad en lo que le mandase; y así, pues nosotros por propia voluntad, nos hemos dado a Dios; y ahora mil veces ratifico yo esta entrega y la hago de nuevo, adquiere por esto Dios nuevo derecho sobre nosotros para que hagamos su voluntad y no la nuestra. El cual derecho también es infinito, y por él infinitamente debemos huir de hacer nuestro gusto, y hacer solo el divino. La razon por que es infinito este derecho es porque nos hemos entregado a Dios por deudas infinitas que le tenemos de sus beneficios infinitos. Y como entre algunas gentes antiguas, si llegaban a ser tan grandes las deudas, que el deudor no las pudiera satisfacer, quedaba por esclavo de su acreedor, el cual tenía en su deudor tanto derecho cuanto eran las deudas, de la misma manera, por no poder satisfacer a Dios beneficios y deudas, que son infinitas, nos hemos entregado a nosotros mismos. La obligación que de aquí nace y el derecho que por esto le hemos dado es infinito, obligándonos todo lo posible a servirle y entregándonos a Él con infinito derecho; por el cual en nada somos nuestros, ni tenemos justicia alguna para hacer nuestra voluntad, sino solo la de Dios.

4.    Por el premio que nos promete. —También porque si un hombre tiene derecho en su criado, por el salario que le promete, para servirse de él a su voluntad, de la misma suerte adquiere Dios derecho a que hagamos la suya por el jornal y premio tan aventajado que nos ha prometido y quiere dar. Y como un criado, tanto debe servir más a su amo cuanto más se lo paga, de la misma manera, pues la paga y premio que Dios nos ha de dar y ha jurado de cumplirlo, es cosa infinita en sí, y, como dicen los teólogos, objetivamente, pues es el mismo Dios y su posesión, y la vista clara de su naturaleza infinita, y esta posesión, por su duración eterna, es infinita, la obligación que de aquí nace se ha de juzgar también por infinita.
5.    Por la excelencia del Ser divino. — Pero aunque no hubiera nada de esto, que ni Dios nos hubiera criado, ni comprado con su vida y sangre, ni nosotros entregándonos a Él de nuestra voluntad, ni debido bien alguno; y aunque no nos hubiese de pagar tan liberalmente nuestros servicios, solo por la autoridad y excelencia de su Ser es Señor y Rey nuestro, y debemos estar infinitamente sujetos a Él, sin esperar otra razón ni título fuera de este. Porque, según Aristóteles, el dominio natural se funda en la excelencia de la naturaleza; por lo cual el hombre es señor de los animales, y el varón manda a la mujer; y así, pues la excelencia de Dios infinitamente excede a las demás cosas, el señorío que solo por esto tiene es infinito, y le debemos estar también por este lado infinitamente sujetos y rendidos a su voluntad.

6.    Por ser nuestro Padre. — Además del dominio supremo que Dios tiene en nosotros, tiene por otros muchos títulos, fuera del de justicia, derecho para que no hagamos en nada nuestra voluntad, sino solo la suya. Y no es poco estrecha la obligación de la virtud de piedad o religión y la obediencia, respeto y honra que le debemos por ser Padre nuestro, con tanta obligación y tan estrechamente, que no hay otro padre que lo sea más que Él, participando nosotros por la gracia de su naturaleza divina, con unión y vínculo estrechísimo. De modo que, aunque no tuviera Dios señorío absoluto ni imperio sobre las criaturas, por este título de ser Padre de los hombres le debemos obediencia infinita; y la obediencia, en esto está, en hacer la voluntad ajena y no la propia; y así, pues por el derecho de Padre le debemos tal obediencia, debemos, por consiguiente, hacer su voluntad y no la nuestra.


Tomado del libro: Vida divina. Del padre Eusebio Nieremberg.