miércoles, 9 de marzo de 2016

¿Existe o no existe Dios?



Objeciones por las que parece que Dios no existe:

1. Si uno de los contrarios es infinito, el otro queda totalmente anulado. Esto es lo que sucede con el nombre Dios al darle el significado de bien absoluto. Pues si existiese Dios, no existiría ningún mal. Pero el mal se da en el mundo. Por lo tanto, Dios no existe.

2. Lo que encuentra su razón de ser en pocos principios, no se busca en muchos. Parece que todo lo que existe en el mundo, y supuesto que Dios no existe, encuentra su razón de ser en otros principios; pues lo que es natural encuentra su principio en la naturaleza; lo que es intencionado lo encuentra en la razón y voluntad humanas. Así, pues, no hay necesidad alguna de acudir a la existencia de Dios.

Contra esto: está lo que se dice en Éxodo 3,14 de la persona de Dios: Yo soy el que soy.

Respondo: La existencia de Dios puede ser probada de cinco maneras distintas.

La primera y más clara es la que se deduce del movimiento. Pues es cierto, y lo perciben los sentidos, que en este mundo hay movimiento. Y todo lo que se mueve es movido por otro. De hecho nada se mueve a no ser que en cuanto potencia esté orientado a aquello para lo que se mueve. Por su parte, quien mueve está en acto. Pues mover no es más que pasar de la potencia al acto. La potencia no puede pasar a acto más que por quien está en acto. Ejemplo: el fuego, en acto caliente, hace que la madera, en potencia caliente, pase a caliente en acto. De este modo la mueve y cambia. Pero no es posible que una cosa sea lo mismo simultáneamente en potencia y en acto; sólo lo puede ser respecto a algo distinto. Ejemplo: Lo que es caliente en acto, no puede ser al mismo tiempo caliente en potencia, pero sí puede ser en potencia frío. Igualmente, es imposible que algo mueva y sea movido al mismo tiempo, o que se mueva a sí mismo. Todo lo que se mueve necesita ser movido por otro. Pero si lo que es movido por otro se mueve, necesita ser movido por otro, y éste por otro. Este proceder no se puede llevar indefinidamente, porque no se llegaría al primero que mueve, y así no habría motor alguno pues los motores intermedios no mueven más que por ser movidos por el primer motor. Ejemplo: Un bastón no mueve nada si no es movido por la mano. Por lo tanto, es necesario llegar a aquel primer motor al que nadie mueve. En éste, todos reconocen a Dios.

La segunda es la que se deduce de la causa eficiente. Pues nos encontramos que en el mundo sensible hay un orden de causas eficientes. Sin embargo, no encontramos, ni es posible, que algo sea causa eficiente de sí mismo, pues sería anterior a sí mismo, cosa imposible. En las causas eficientes no es posible proceder indefinidamente porque en todas las causas eficientes hay orden: la primera es causa de la intermedia; y ésta, sea una o múltiple, lo es de la última. Puesto que, si se quita la causa, desaparece el efecto, si en el orden de las causas eficientes no existiera la primera, no se daría tampoco ni la última ni la intermedia. Si en las causas eficientes llevásemos hasta el infinito este proceder, no existiría la primera causa eficiente; en consecuencia no habría efecto último ni causa intermedia; y esto es absolutamente falso. Por lo tanto, es necesario admitir una causa eficiente primera. Todos la llaman Dios.

La tercera es la que se deduce a partir de lo posible y de lo necesario. Y dice: Encontramos que las cosas pueden existir o no existir, pues pueden ser producidas o destruidas, y consecuentemente es posible que existan o que no existan. Es imposible que las cosas sometidas a tal posibilidad existan siempre, pues lo que lleva en sí mismo la posibilidad de no existir, en un tiempo no existió. Si, pues, todas las cosas llevan en sí mismas la posibilidad de no existir, hubo un tiempo en que nada existió. Pero si esto es verdad, tampoco ahora existiría nada, puesto que lo que no existe no empieza a existir más que por algo que ya existe. Si, pues, nada existía, es imposible que algo empezara a existir; en consecuencia, nada existiría; y esto es absolutamente falso. Luego no todos los seres son sólo posibilidad; sino que es preciso algún ser necesario. Todo ser necesario encuentra su necesidad en otro, o no la tiene. Por otra parte, no es posible que en los seres necesarios se busque la causa de su necesidad llevando este proceder indefinidamente, como quedó probado al tratar las causas eficientes (núm. 2). Por lo tanto, es preciso admitir algo que sea absolutamente necesario, cuya causa de su necesidad no esté en otro, sino que él sea causa de la necesidad de los demás. Todos le dicen Dios.

La cuarta se deduce de la jerarquía de valores que encontramos en las cosas. Pues nos encontramos que la bondad, la veracidad, la nobleza y otros valores se dan en las cosas. En unas más y en otras menos. Pero este más y este menos se dice de las cosas en cuanto que se aproximan más o menos a lo máximo. Así, caliente se dice de aquello que se aproxima más al máximo calor. Hay algo, por tanto, que es muy veraz, muy bueno, muy noble; y, en consecuencia, es el máximo ser; pues las cosas que son sumamente verdaderas, son seres máximos, como se dice en II Metaphys. Como quiera que en cualquier género algo sea lo máximo, se convierte en causa de lo que pertenece a tal género -así el fuego, que es el máximo calor, es causa de todos los calores, como se explica en el mismo libro —, del mismo modo hay algo que en todos los seres es causa de su existir, de su bondad, de cualquier otra perfección. Le llamamos Dios.

La quinta se deduce a partir del ordenamiento de las cosas. Pues vemos que hay cosas que no tienen conocimiento, como son los cuerpos naturales, y que obran por un fin. Esto se puede comprobar observando cómo siempre o a menudo obran igual para conseguir lo mejor. De donde se deduce que, para alcanzar su objetivo, no obran al azar, sino intencionadamente. Las cosas que no tienen conocimiento no tienden al fin sin ser dirigidas por alguien con conocimiento e inteligencia, como la flecha por el arquero. Por lo tanto, hay alguien inteligente por el que todas las cosas son dirigidas al fin. Le llamamos Dios.

A las objeciones:

1. Escribe Agustín en el Enchiridio: Dios, por ser el bien sumo, de ninguna manera permitiría que hubiera algún tipo de mal en sus obras, a no ser que, por ser omnipotente y bueno, del mal sacara un bien. Esto pertenece a la infinita bondad de Dios, que puede permitir el mal para sacar de él un bien.


2. Como la naturaleza obra por un determinado fin a partir de la dirección de alguien superior, es necesario que las obras de la naturaleza también se reduzcan a Dios como a su primera causa. De la misma manera también, lo hecho a propósito es necesario reducirlo a alguna causa superior que no sea la razón y voluntad humanas; puesto que éstas son mudables y perfectibles. Es preciso que todo lo sometido a cambio y posibilidad sea reducido a algún primer principio inmutable y absolutamente necesario, tal como ha sido demostrado.

Suma teológica - Parte Ia - Cuestión 2, Artículo 3.

lunes, 7 de marzo de 2016

¿Permanecen después de esta vida las virtudes morales?



Objeciones por las que parece que las virtudes morales no permanecen después de esta vida.

1. Los hombres en el estado de la gloria futura serán semejantes a los ángeles, según se dice en Mt 22,30. Pero es ridículo poner virtudes morales en los ángeles, según se dice en el libro X Ethic. Luego tampoco en los hombres habrá virtudes morales después de esta vida.

2. Las virtudes morales perfeccionan al hombre en la vida activa. Pero la vida activa no permanece después de esta vida, pues dice San Gregorio en el libro VI Moral.: Las obras de la vida activa pasan con el cuerpo. Luego las virtudes morales no permanecen después de esta vida.

3. La templanza y la fortaleza, que son virtudes morales, pertenecen a las partes irracionales, como dice el Filósofo en el libro III Ethic. Pero las partes irracionales del alma se corrompen al corromperse el cuerpo, por ser actos de órganos corporales. Luego parece que las virtudes morales no permanecen después de esta vida.

Contra esto: se dice en Sab, 1,15, que la justicia es perpetua e inmortal.

Respondo: Según refiere San Agustín, en el libro XIV De Trin., Tulio Cicerón sostuvo que las cuatro virtudes cardinales no permanecen después de esta vida, sino que en la otra vida los hombres son bienaventurados con el solo conocimiento de la naturaleza, en la cual nada hay mejor y más amable, añade San Agustín en el lugar citado, que la naturaleza que creó todas las naturalezas. Pero él mismo afirma después que estas cuatro virtudes existen en la vida futura, aunque de otro modo.

Para esclarecimiento de ello hay que tener en cuenta que en estas virtudes hay algo formal y algo cuasi material. Lo material en estas virtudes es la inclinación de la parte apetitiva hacia las pasiones u operaciones según un modo determinado. Pero como este modo lo determina la razón, de ahí que lo formal en todas las virtudes sea el orden mismo de la razón.

Así, pues, hay que decir que estas virtudes morales en la vida futura no permanecen en cuanto a lo que hay de material en ellas, porque en la vida futura no tendrán lugar las concupiscencias y delectaciones de la alimentación y del sexo, como tampoco habrá temores y audacias de cara a los peligros de muerte, ni distribuciones y cambios de las cosas que se usan en la vida presente. Pero en cuanto a lo que hay de formal en ellas, permanecerán en estado perfectísimo en los bienaventurados después de esta vida, en el sentido de que la razón de cada uno será rectísima respecto de aquellas cosas que le conciernen a él en aquel estado, y la facultad apetitiva se moverá totalmente de acuerdo con el orden de la razón en las cosas concernientes a aquel estado. De ahí que San Agustín diga, en el lugar citado, que la prudencia se dará allí sin peligro alguno de error; la fortaleza, sin la molestia de tolerar los males; la templanza, sin la rebelión de las concupiscencias. De modo que a la prudencia corresponderá no anteponer ni equiparar bien alguno a Dios; a la fortaleza, adherirse a El firmísimamente; a la templanza, no deleitarse en defecto dañoso alguno. En cuanto a la justicia es más fácil ver qué acto tendrá allí, a saber, estar sometido a Dios, ya que también en esta vida pertenece a la justicia estar sometido al superior.

A las objeciones:

1. El Filósofo habla allí de estas virtudes morales en cuanto a lo que hay de material en ellas, como son los cambios y los depósitos en la justicia; los terrores y los peligros en la fortaleza; las concupiscencias malsanas en la templanza.

2. Cosa parecida hay que responder a la segunda objeción, pues las cosas concernientes a la vida activa constituyen el elemento material de las virtudes.


3. El estado del hombre después de esta vida es doble: uno, antes de la resurrección, cuando las almas estarán separadas de sus cuerpos; otro, después de la resurrección, cuando las almas se unirán de nuevo a sus cuerpos. Pues bien, en el estado de resurrección habrá facultades irracionales en órganos corporales tal como existen ahora, de modo que podrá haber fortaleza en el apetito irascible y templanza en el apetito concupiscible, en cuanto que una y otra facultad estarán perfectamente dispuestas a obedecer a la razón. Pero en el estado anterior a la resurrección las partes irracionales no existirán en acto en el alma, sino tan sólo radicalmente en la esencia de la misma, según se ha dicho en la primera parte (q.77 a.8). En consecuencia, tampoco estas virtudes existirán en acto a no ser en su raíz, esto es, en la razón y en la voluntad, donde existen ciertas semillas de estas virtudes, según queda dicho (q.63 a.1). Pero la justicia, que reside en la voluntad, permanecerá incluso en acto. Por eso de ella especialmente se ha dicho (arg. en contrario) que es perpetua e inmortal: tanto por razón del sujeto, ya que la voluntad es incorruptible, como por la semejanza del acto, según se ha dicho antes.


Suma Teológica: Parte I-IIae - Cuestión 67. Artículo 1.

domingo, 6 de marzo de 2016

Ocultar la fe



Esta mañana de domingo ha asistido como invitado a un programa de televisión de uno de los canales más vistos en Colombia un representante de la Iglesia Católica, un 'monseñor'.

El tema del programa era el perdón. Y para hablar de dicho tema precisamente invitaron al monseñor. Pero pasó lo que suele pasar cuando en los medios de comunicación invitan a alguien del clero: que esconde su fe en el bolsillo y dice lo que todos desean escuchar, no lo que debería decir.

Es el problema de la farándula y del mundo de lo 'políticamente' correcto, que empujan a la persona a abdicar su fe, si es que la tiene, y a ocultarla por temor a ser mal visto por el gran público o por temor a no ser invitado nunca más a programas y entrevistas en los grandes medios de comunicación masiva.

Yo no se si este 'monseñor' tiene la fe católica, a juzgar por sus palabras parece que no. En determinado momento del programa el presentador le dice que el perdón no se relaciona con la confesión de la que habla la Iglesia; y el 'monseñor' en vez de aprovechar la oportunidad para una afirmación pública de la fe en el sacramento de la confesión, de su esencial necesidad para la salud del alma, se limita a evitar responder a la insinuación del presentador del programa y dice un par de frases acerca de lo importante de acercarse a Dios y bla, bla, bla. Y de esa manera EVITA hablar de la confesión y 'prudentemente' se guarda la fe en el bolsillo, agrada a todos y asegura una próxima invitación al programa.

Más adelante se habla de la verdad. Y de nuevo lo mismo, pero esta vez el 'monseñor' es más agresivo, pues se lanza un discurso digno de cualquier masón del siglo XIX o de cualquier relativista del XX: nadie tiene la verdad, nadie puede decir que posee la verdad, sino que entre todos la buscamos, sin encontrarla, lo importante es el camino y bla, bla, bla.

Paradójico un 'monseñor' que no se ha enterado de que pertenece a una Iglesia que es poseedora de las verdades más trascendentales para el ser humano:las verdades morales y teológicas. 

Y con semejante oda al relativismo el monseñor sonríe seguro de que ha caído en gracia al presentador, a los televidentes (no a mí) y a los directores del programa. Ya tiene lo suyo, ha asegurado futuras invitaciones al canal y futuras entrevistas.

Alguien comentaba en Twitter: si no van a hablar claro es mejor que no asistan a programas de televisión. Y tiene toda la razón. Pero esta gente tiene afán de figurar, afán de invitaciones a cocteles y programas de televisión. Y saben muy bien que allí van a tener que guardar su fe bien en el fondo, pero no les importa: lo importante es figurar y ser invitados.

Son en el fondo perros mudos -canes muti-  que en viendo venir el lobo, callan y duermen, y el lobo feliz. Ojalá este 'monseñor' reflexione y cambie su conducta.

Señal fácil para reconocer al clero fiel: ese que es odiado, despreciado, ridiculizado, atacado y jamás invitado a programas de radio o televisión.


Leonardo Rodríguez


viernes, 4 de marzo de 2016

"¡Primeramente Dios!"

Se lo oí hace algunos días a un campesino.

Y no fue, creo, una expresión suelta, pues la repetía constantemente en su conversación. Al parecer es una especie de costumbre de algunas personas de esa región del campo colombiano.

Dicha expresión me puso a reflexionar acerca de muchas costumbres católicas que se han perdido en las grandes ciudades y que hoy solo sobreviven entre gentes de campo, y de ellas entre las de mayor edad, puesto que en los jóvenes de la zona rural, por lo menos los habitantes de cascos urbanos, se han difundido desgraciadamente las mismas o parecidas dolencias del alma que aquejan a los adolescentes citadinos.

¡Primeramente Dios!

Bendecir la mesa antes y después de comer; pedir la bendición a papá y mamá antes de salir de casa, al llegar a casa, al levantarse en la mañana y al ir a dormir en la noche; rezar antes de acostarse; santiguarse antes de salir a la calle y al pasar frente a una iglesia, y en general antes de iniciar cualquier tarea.

Todos esos son solo algunos ejemplos de pequeñas costumbres que se han ido perdiendo, o mejor dicho, que se perdieron y solo sobreviven entre nuestros abuelos campesinos. Parece que las modernísimas generaciones de habitantes de esos monstruos de humo y cemento llamados ciudades, ya no experimentan la necesidad del cobijo divino. Ya no experimentan necesidad de lo sobrenatural.

¿Por qué o cómo se ha llegado a esa situación de indiferentismo religioso en las ciudades? por lo mismo de siempre: el canto seductor de los placeres y de las comodidades. Cuando Cristo en el evangelio decía que difícilmente los ricos entrarían en el reino de Dios lo decía no porque la riqueza fuera de suyo un mal, sino porque demasiado frecuentemente la comodidad material hace poner en segundo plano, para luego olvidar por completo, la necesidad intrínseca que tiene el ser humano de vivir sujeto a Dios, creador y señor de todo cuanto existe, existió y existirá.

Y no es que en la ciudad no hayan personas con grandes necesidades, ¡claro que las hay!, y son muchas, quizá la mayoría de sus habitantes. Pero es tanto el atractivo de las luces de neón, de las grandes autopistas, de los modernos centros comerciales, de los lujosos automóviles, de los costosos apartamentos, etc., es tanto el atractivo de todo ello, que incluso aquellos que luchan a diario por poner comida en su mesa y pagar sus cuentas mensuales, no consiguen evitar el contagio colectivo que cautiva a los habitantes de las grandes urbes: brillo, progreso, comodidad, futuro...

Y por el camino se olvidan de Dios.

Afortunadamente aún existen personas, cada vez menos, como el señor que hace un par de días pronunciaba a cada momento la frase que encabeza este texto, para recordarnos una verdad que nos esforzamos por olvidar y que la ciudad, con su ruido incesante, inevitablemente termina enmudeciendo:

¡Que primeramente es Dios!


Leonardo Rodríguez