Mostrando las entradas con la etiqueta Apologética. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Apologética. Mostrar todas las entradas

martes, 11 de agosto de 2026

Respuesta abierta al señor Julián de Zubiría

Hace algunos días un conocido me envió por WhatsApp un link que llevaba a un artículo que, según sus propias palabras, me iba a “gustar” mucho, conociéndolo comprendí que la expresión era fina ironía.

El artículo en cuestión era uno escrito por el señor Zubiría Samper, titulado: “¿Por qué la educación debe ser laica?”, que venía acompañado del sugestivo (¡y blasfemo!) subtítulo “Ni Marx, ni Hitler, ni Pinochet, ni Jesús, ni Buda, ni Mahoma deben salir de las aulas”. Vamos a ver.

El articulista en cuestión no necesita presentación alguna de mi parte, educador y pedagogo de renombre nacional e internacional, tiene todos los pergaminos y condecoraciones imaginables, ha sido consultor en temas educativos no solo del gobierno colombiano, sino también de otros países y asimismo de organismos internacionales; sería de no acabar si quisiéramos enumerar aquí todos sus logros y merecimientos. En suma: no es un opinador cualquiera, sino, diríamos, un “peso pesado” de la moderna pedagogía.

¿Cómo entonces nos atrevemos a responder a uno de sus artículos? Tal vez sea porque somos muy atrevidos, o también porque creemos que conviene hacerlo para no dejar pasar la oportunidad que nos ofrece el señor Zubiría de llamar la atención sobre algunos temas que parecen hoy olvidados y sobre algunas tesis que, ciertamente olvidadas, habría quizá que recuperar de su olvido, o por lo menos defender quijotescamente.

Para que nuestra no tan humilde respuesta no se nos convierta en un texto interminable, bastante enemigos somos y hemos sido siempre de ello, la dividiremos en numerales, buscando orden en los conceptos y velocidad en la lectura. Y, en nombre de la honestidad, debo avisar que nos ubicamos intelectualmente tras los pasos de Santo Tomás de Aquino y, por tanto, en el marco conceptual de una antropología coherente con la fe católica.

1.      El artículo comienza mal. Dice: “la función de la educación es enseñar a dudar, pensar, comunicarse y convivir. Por eso los dogmas no son bienvenidos en la escuela: ni los científicos, ni los políticos, ni los religiosos”. Comienza mal porque esa no es la función de la educación, por lo menos no la principal, ciertamente. La educación, en cuanto prolongación natural y complemento necesario del acto procreador, es la conducción de la prole al estado de hombre pleno, que no es otro que el estado de virtud; esto de acuerdo con el viejo Aristóteles. Educar es tomar al niño y conducirlo hacia el pleno desarrollo de su ser propio y específico como persona humana, lo cual implica todo el cortejo de virtudes intelectuales y morales: ciencia, sabiduría, prudencia…pero también justicia, fortaleza, templanza, con todo el ramillete de virtudes anejas a ellas. Eso que llaman los psicólogos personalidad madura, no es otra cosa que una personalidad en la que, de forma armónica y plena, se ha ido desarrollando todo el edificio de virtudes humanas, hasta su mayor plenitud posible. El modelo o ideal será siempre Jesucristo, el hombre Dios, en quien las virtudes se dan en su máximo grado.

 

El señor Zubiría, como buen hijo de la tradición ilustrada, o desconoce o afecta desconocer todo esto, y se queda con una concepción naturalista de la educación, que la desfigura y la trunca desde el vamos.

 

2.      El señor Zubiría a lo largo y ancho de su artículo despotrica contra los dogmas, pero al parecer tiene del concepto de dogma una idea algo “iluminista”, es decir, propia de las logias masónicas del siglo XVIII. En aquellas centurias los masones y autoproclamados “librepensadores” difundieron la mentira de que el “dogma” religioso era padre del oscurantismo y del atraso social, confundiendo así, con oscuros propósitos de mera propaganda anticlerical, órdenes epistemológicos diversos: el de la fe revelada y el campo investigable por la razón humana, que tan fina y rotundamente había sabido distinguir y definir una mente tan lúcida como la de Santo Tomás de Aquino. Y para probar que el dogma no es, ni de lejos ni de suyo, enemigo del progreso social y científico, bastaría traer a cuento la pléyade de hombres de ciencia que, en todas las épocas, han destacado en los distintos campos científicos, alcanzando los más altos estándares académicos, sin tener por ello que renunciar a sus creencias religiosa y a su convicción teológica sobre la realidad toda. Si quisiéramos hacer aquí la lista de hombres de ciencia y de fe, se nos iría todo el texto en ello. El lector puede excusarnos haciendo por propia cuenta una búsqueda rápida en la Internet.

 

De manera que la inquina del señor Zubiría en contra de los “dogmas”, lejos de reflejar su preocupación por el “purismo” de una educación “laica”, refleja sus propias ataduras mentales, que vienen desde la época de la mal llamada ilustración y atraviesa la historia de las tres últimas centurias, hasta hoy.

 

Como anécdota personal sobre este punto, recuerdo que en mis años mozos fui muy aficionado a comprar libros usados, o como dicen hoy para efectos de marketing, libros leídos, que es lo mismo, pero autoriza a los libreros a cobrar un poco más. Y gustaba yo de ir a un cierto lugar donde, de cuando en cuando, encontraba verdaderos tesoros a buen precio (¡el amante de los libros me entenderá!). Pues resulta que, para disgusto del señor Zubiría, adquirí en esa época una colección absolutamente genial de textos escolares, de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, escritos por los hermanos lasallistas, regentes históricos de muchos colegios en Colombia y en el mundo, de todas las materias: literatura, historia, filosofía, matemáticas, ciencias sociales, latín, griego, etc. ¿Y saben qué era lo más asombroso de esos manuales? Que con leerlos un poco quedaba uno maravillado, y aún me sucede, con el nivel de sus contenidos. Les aseguro, sin temor a equivocarme, que, tomando un manual de aquellos, de grado décimo, por ejemplo, de filosofía, tendríamos hoy que irnos a una facultad de filosofía de una universidad, si quisiéramos encontrar estudiantes capaces de manejar ese nivel conceptual y esa exigencia de razonamiento. Es decir, el nivel no es que haya mejorado gracias a expulsar los “dogmas” de los colegios, sino que más bien ha descendido. En cierta ocasión le mostré uno de esos manuales, uno de geometría para ser exactos, a un docente de matemáticas de un colegio público, y su sorpresa con el nivel de los contenidos fue mayúscula, y me confirmó que esos temas habría que buscarlos hoy en el nivel universitario.

 

3.      Dice el señor Zubiría: "en la escuela moderna, todo debe ser analizado, interrogado, discutido, validado y argumentado". Y entonces yo pregunto, ¿también debe ser analizado, interrogado, discutido, validado y argumentado, el concepto que el señor Zubiría tiene de la educación, la laicidad y el sentido último de la labor educativa? Asumo que sí, de lo contrario estaría el señor Zubiría imponiéndonos “su” dogma. Tendríamos entonces que cuestionar los fundamentos desde los cuales él se va lanza en ristre contra la presencia de la religión en las aulas; y, ¿cuáles son esos fundamentos? Filosóficamente hablando él mismo los aclara, sin sonrojarse, no son otros que el iluminismo kantiano, el liberalismo del XVIII, el espíritu de la enciclopedia, el hombre que ha llegado a la edad de la razón y gnósticamente glorifica su sacrosanta autonomía, valor absoluto de la época moderna. Ese es, en últimas, el piso desde el que se para el señor Zubiría. De ahí que la educación le parezca debe ser un supremo esfuerzo liberador y generador de autonomía a toda costa.

 

Pero he ahí el problema. El hombre, como todo ente natural, posee una orientación teleológica que le viene de su ser propio, es decir, tiene un modo específico de alcanzar su plenitud, que se desprende de su naturaleza propia. O, en palabras aún más sencillas si se quiere, cada ser alcanza su plenitud específica en la medida en que llega a ser lo que debe ser. Y lo propio del hombre es su racionalidad, que se traduce en la búsqueda de la verdad y del bien, en tensión permanente durante toda su vida. De ahí la necesidad insoslayable de las virtudes, intelectuales y morales, que orientan sus facultades operativas superiores y específicas, inteligencia y voluntad, hacia la consecución de sus objetos propios.

 

De lo anterior se desprende que el supremo bien del hombre no es, ni puede ser, una autonomía cuasi divinizada, un estado fantasioso de libertad, pues la autonomía absoluta, según la raíz etimológica de la propia palabra, es el acto del sujeto que se da a sí mismo su propia ley. Pero en tratándose del hombre, ser creatural, eso se revela absurdo pues es un ente cuyo ser mismo es participado, como enseña el buen tomismo (¡que seguramente el señor Zubiría desprecia a fuer de desconocerlo!), y si participado su ser, dependiente su actuar y extrínseca, en su origen, la finalidad propia de su esencia específica, pues le es dada, tanto como su ser. ¿Cómo, entonces, concebir el proceso educativo de una tal creatura como la búsqueda de una imposible autonomía? Concepción semejante solo es factible en una mente colonizada enteramente por los ideales de la falsa ilustración iluminista, inmanentista, naturalista, racionalista, positivista y otros “istas” que le ahorro al lector para no cansarlo en demasía.

 

Cuestionables los fundamentos de la postura “pedagógica” de que el señor Zubiría hace gala en su artículo.

 

4.      Como muestras de lo dicho pasemos una rápida ojeada por lo que el señor Zubiría llama “argumentos” para expulsar el odiado (¡temido más bien!) dogma religioso de las aulas.

 

(1)   Primero apela a la autoridad de Kant. El filósofo de la ilustración, de mucho mérito, ciertamente, pero gran enemigo de una concepción realista y sana de la razón humana y del hombre en general. Su idea de la autonomía, que ya criticamos, ilumina el camino del señor Zubiría. Solo le faltó gritar, ¡sapere aude!

 

(2)   Protección de la libertad religiosa. ¡Claro! Como diría mi abuelo, ¡muerto el perro se acaba la rabia! Si no se habla de Dios en el aula, se está con ello protegiendo que cada quien crea lo que quiera. ¡Error! Es un insulto a la inteligencia exigirle precisión y seriedad en todos los asuntos, menos precisamente en el que, a todas luces, es el más decisivo y trascendente de todos: el de las relaciones del hombre con Dios. Es como decirle a alguien que se vista de gala para salir a tirar la basura, pero que se vaya en bermudas a su entrevista de trabajo. Estudié en un colegio lasallista, y recuerdo que tenía compañeros de otras religiones, no muchos, pero había. Jamás fue ello un problema. Se graduaron y realizaron sus proyectos de vida con total normalidad. Ese malvado dogma religioso que tantas pesadillas causa al señor Zubiría, tal parece que existe solo en su kantiana cabeza.

 

(3)   ¡Libertad de conciencia!, ¡faltaba más! Para el señor Zubiría la religión en los colegios violaría el sacrosanto derecho a la libertad de conciencia. Aquí, de nuevo, se ubica el señor Zubiría en pleno iluminismo masónico. La libertad de conciencia puede ser entendida de forma recta, y de forma torcida, si se me permite la expresión. De forma recta no significa otra cosa que la libertad de todo hijo de Dios, que se sabe creatura, de seguir la voz de su conciencia en la realización del bien, de forma libre y voluntaria. De forma torcida, que parece ser, esperamos estar equivocados, la forma en que la entiende el señor Zubiría, la libertad de conciencia sería la posibilidad de que el individuo decida dar a su Creador el culto y el reconocimiento que en estricta justicia le corresponde, o negárselo, o elegir a voluntad la forma en que considere que debe rendir ese tributo a Dios. Una vez más se asoma en los planteamientos del señor Zubiría ese liberalismo masónico dieciochesco trasnochado que impregna y permea todo su escrito. Voltaire estaría orgulloso de su hijo colombiano.

(4)   El pluralismo democrático, claro está. Se dice que para que una democracia funcione, el Estado, y la escuela con él, deben dar plena y total libertad para la práctica religiosa o la ausencia de ella. Volvemos a lo mismo, la divinización gnóstica de la voluntad humana, como bien lo vio el ilustre Nicolás Gómez Dávila, cuyos escritos haría bien en visitar de vez en cuando el señor Zubiría. Es como decir que el hombre es creatura de Dios, pero si se reúnen varios entonces ya no, en gran número pasan a ser “autónomos kantianos”. Por el contrario, la doctrina católica siempre ha afirmado a través de sus mejores doctores que el hombre es tan creatura de Dios considerado individualmente, como en sociedad. El carácter social del hombre le pertenece por don de Dios inscrito en su propia naturaleza creada, por lo que con toda justicia le debe adoración al Creador, no solo el individuo, sino también la sociedad como tal. ¿Que no es posible una democracia fundada en esos supuestos? ¡Para nada! Al contrario, la democracia es, quizá, de todas las formas políticas, la que más necesita ciudadanos virtuosos y conscientes de su responsabilidad frente al bien común, y ello solo es posible desde la conciencia de responsabilidad frente a Dios. La experiencia de fundar la estabilidad y la prosperidad social en la carta de derechos humanos se ha mostrado tan catastrófica, que ya deberíamos estar bien convencidos de su inanidad. La paz y la prosperidad social que no tiene como fundamento los compromisos trascendentes del hombre con Dios, es un edificio que se construye en el vacío, o…una casa edificada sobre arena.

(5)   Y, ¡no podía faltar! La igualdad ciudadana. Si en la escuela se introduce el odiado y peligroso dogma religioso, eso sería en detrimento de la igualdad de todos los ciudadanos, pues los que no pertenezcan al credo oficial de la institución, la pasarían mal allí. Esto no resiste el más mínimo análisis. Todos los que fuimos educados en colegios religiosos conocemos directa y personalmente casos de estudiantes de distintos credos que desarrollaron su proyecto de vida sin dificultad alguna. Pues lo único que se les pedía era…respeto, cosa que no veo cómo le pudiera llegar a molestar al señor Zubiría.

 

Al final de su artículo el señor Zubiría acaba peor de lo que comenzó. Blasfema poniendo a Nuestro Señor Jesucristo en pie de igualdad con Marx, Hitler, Pinochet, Buda, Mahoma; lo cual ya no es un simple desliz ideológico fruto de su afiliación a ideales típicos de logia masónica del siglo XVIII, sino un traspié preocupante de su alma. Menciona a Bill Gates, a Pinker y a otros, en un intento final por dar cierre a su diatriba contra el dogma y su defensa de los santos valores de la “laicidad”.

Y vamos concluyendo nosotros también.

Respetamos mucho al señor Zubiría. Lo hemos citado en algunas ocasiones. Ciertas intuiciones de su pensamiento pedagógico tienen valor en sí mismas. Pero no podemos más que condenar estas posturas suyas, que traslucen una pésima formación filosófica y un ideario lamentable, cuyas raíces se hunden en el más rancio filosofismo del muy mal llamado siglo de las luces. No esperamos convencer al señor Zubiría, ni a otros. Pero no podíamos dejar pasar la oportunidad de señalar que el rey camina desnudo y que muchos gurús de la moderna pedagogía, aunque cargados de méritos que no pretendemos discutir, adolecen de unas distorsiones de fondo que atraviesan su pensamiento y, de vez en vez, afloran a la superficie con este tipo de posturas, adornadas eso sí, con todo el peso de una autoridad bien ganada.

Quisiéramos terminar diciendo que Dios no es enemigo de la educación del hombre. La iglesia no es enemiga de la ciencia. El dogma religioso no anula la “autonomía” del hombre y el artículo del señor Zubiría se equivoca de principio a fin.

 

Leonardo Rodríguez V.

Agosto 11, fiesta de los santos Tiburcio y Susana

 


 

viernes, 18 de enero de 2019

Creo en “dios” a mi manera


Con demasiada frecuencia oímos frases como la que encabeza el presente escrito. La mayoría de quienes aseguran creer en “dios” pero a su manera en realidad no creen en nada, su pretendida “fe” es solo una vaga y confusa “espiritualidad” que se reduce a “no hacerle daño a los demás” y “meditar” (¿en qué?) de vez en cuando, incluso agregando algún intento de oración (¿a quién?).

Otro grupo de entre los que afirman creer a su manera está conformado por personas un poco más formadas, un poco más conscientes, que están motivadas por el hecho de que, según ellos, ninguna de las religiones existentes los satisface plenamente y por lo tanto consideran que deben hallar personalmente una forma de relacionarse con "dios” pues lo consideran algo relevante, incluso puede que fundamental.

Sea como sea lo cierto es que tanto unos como otros terminan creando un “dios” a su imagen y semejanza, invirtiendo así el pasaje bíblico que afirma que Dios nos ha creado a SU imagen y semejanza; ahora son ellos los que crean un “dios” según su gusto, a su medida, un “dios” cuyas características los satisface.

¿Qué características suele tener ese “dios” que el hombre moderno crea para su regocijo?

Ante todo es un “dios” que no condena a nadie, es tan amoroso que a fin de cuentas a todos enviará al cielo en algún momento y por supuesto el infierno no existe. Es un “dios” bonachón, tipo papá Noel, ciego a los defectos de sus “hijos” y generoso con todos. Se trata de un “dios” que no prefiere una religión sobre ninguna otra, todas las religiones son en el fondo iguales a pesar de sus aparentes diferencias. Da igual ser judío, musulmán, protestante, católico, etc., incluso el mismísimo ateísmo es aceptado por ese “dios” puesto que a fin de cuentas todos son sus hijos y él es un padre amoroso.

También es un “dios” que no interfiere mucho en la vida de sus “hijos”, es decir, pueden vivir como cada uno lo prefiera puesto que de todos modos el cielo está abierto para todos y el infierno no existe; siendo esto así entonces da igual ser un santo o un criminal, son solo diferentes “estilos de vida” que en el más allá no harán diferencia, todos seremos hermanitos en el cielo jugando delante de la mirada del padre “dios”.

Por lo tanto se trata de un “dios” que no castiga jamás, solo bondad, solo paciencia, infinita tolerancia hacia todos y hacia todo.

Ese es a grandes rasgos el “dios” que el hombre moderno fabrica a su conveniencia. Es fácil ver en la descripción que acabamos de hacer que es un “dios” cómodo para el hombre, no exige prácticamente nada, no castiga, premia a todos y da el cielo a todos. ¡Qué “dios” tan perfecto para el hombre moderno!

Por otro lado están los que dicen que no se afilian a ningún credo porque consideran que Dios es más grande que cualquier idea particular que los hombres puedan hacerse de Él, y por tanto lo más cuerdo es no aceptar dogmáticamente ninguna religión porque en todas ellas se pretende encerrar a Dios en concepciones mezquinas sobre lo que Él es, concepciones que siempre se quedarán pequeñas en comparación con lo que Él en realidad es.

Y aquí comienzan las curiosidades. Es curioso que afirmen eso cuando lo cierto es que prácticamente todas las religiones y cultos existentes, siendo que están separados en tantas cosas, están de acuerdo en afirmar que la grandeza de Dios no se puede expresar en palabras humanas y que las ideas del hombre se quedan a años luz a la hora de tan siquiera poder aproximarse remotamente a describir a Dios. De manera particular la teología católica es sumamente explícita al respecto y sus más grandes teólogos, místicos y santos han afirmado hasta el cansancio que la mente del hombre no puede abarcar la realidad Divina en toda su magnífica extensión y profundidad. No se entiende por lo tanto la afirmación de aquellos que rechazan afiliarse a un credo porque “a Dios ningún credo lo abarca totalmente”, puesto que todos los credos afirman exactamente eso, casi con las mismas palabras.

La afiliación a un credo es resultado no de que abarque con sus enseñanzas todo lo que Dios es, sino más bien porque se ha comprendido que existen razonablemente motivos suficientes para creer que en dicho credo Dios se ha manifestado con verdad, a diferencia de los demás credos en donde se mezclan verdades con absurdos garrafales.

La teología católica es particularmente rica en la profundización de la realidad Divina, y no obstante se trata de una teología más negativa que positiva, es decir, enseña que de Dios sabemos más lo que no es que lo que es. Negando en Dios todas las imperfecciones que se ven en las criaturas nos hacemos una idea clara de lo que Dios definitivamente no es, sin por ello poder afirmar aún algo acerca de lo que Él es, más allá de su existencia misma y su revelación en el tiempo en la persona de Cristo, cosa comprobable por medio de las profecías que en Él se cumplieron y por los milagros que hizo, así como de manera particular por el hecho grandioso de su resurrección. Todos esos elementos convenientemente estudiados, sumados al hecho histórico de la milagrosa expansión del catolicismo a pesar de todas las dificultades que encontró a su paso y de un ambiente que le era radicalmente hostil, forman un conjunto poderoso de motivos de credibilidad que llevan al católico a afirmar con toda seguridad que Dios existe, nos ha hablado y vive en la Iglesia Católica, en su enseñanza y en sus sacramentos.  

Teniendo en cuenta todo lo anterior no se entiende en lo más mínimo la postura de los que afirman ingenuamente que creen en “dios” a su manera, puesto que dicha “manera” viene reduciéndose entonces a simple pereza mental para estudiar el asunto con detenimiento, o incluso en muchos a malicia por no querer asumir los compromisos vitales que se desprenden de una vida de fe junto a Dios.

No diremos nada de los que dicen ser “creyentes” pero contrarios a la religión a causa del mal ejemplo de los sacerdotes que manchan su ministerio con crímenes como la pederastia u otras formas de corrupción humana. De todos los argumentos en contra de la religión este es sin duda el más débil puesto que individuos indignos de la posición que ocupan existen en todas las instituciones humanas y ello no desvirtúa de por sí a la institución de que se esté hablando. Por lo general a partir de casos individuales se procede a generalizaciones infundadas e injustas, que por ello mismo invalidan el razonamiento que se pretendía hacer contra la institución a la que el individuo pertenece.

De manera que estimados amigos del “yo-creo-en-dios-a-mi-manera”, los invitamos amablemente a profundizar en las cuestiones teológicas y filosóficas necesarias para aclarar con juicio el panorama en un tema tan trascendental como el presente, dejemos la pereza y volvamos al sano hábito de formar la opinión antes de emitirla.



Leonardo Rodríguez V.


miércoles, 7 de marzo de 2018

Carpeta con libros de historia

Compartimos aquí una carpeta que contiene algunos libros que pueden ser útiles en el estudio de los temas históricos más polémicos relativos a la iglesia católica.

CLIC

viernes, 2 de marzo de 2018

Inquisición: el mito de los miles y millones

Hace un par de semanas fui invitado a dar una conferencia sobre el origen y el desarrollo de la revolución anticristiana de los últimos siglos. Con el fin de documentarme lo mejor posible me dediqué en los días previos a reunir y revisar un grueso número de escritos sobre el tema, de diversos autores y épocas. 

Entre todo ese material reunido llamó mi atención de forma especial un historiador británico de nombre Henry Kamen, doctor en historia por la Universidad de Oxford y especialista de fama mundial en la historia de España, sobre la cual ha escrito ya varios libros y numerosos artículos.

Pues bien, resulta que este historiador, a quien no conocía, publicó en 1997 un libro llamado "Inquisición española: una revisión histórica". En dicho libro, Kamen da la cifra aproximada de ejecuciones realizadas por la inquisición española a lo largo de sus más o menos 350 años de historia, tres siglos y medio. Y resultó para mí una cifra asombrosa.

Los católicos nos hemos acostumbrado en las últimas décadas a cargar sobre nuestra espalda una especie de vergüenza colectiva por nuestro supuesto pasado represor, genocida, intolerante y criminal. Se nos ha dicho hasta el cansancio que la iglesia católica a lo largo de su historia persiguió y asesinó a millones de personas por "pensar diferente", y que la inquisición fue el arma predilecta de este baño de sangre y muerte que supuestamente la iglesia dio a la humanidad. Mil veces se nos ha dicho eso y mil veces lo hemos creído. El sentimiento de culpa y el complejo de inferioridad ha hecho que agachemos la cabeza y encajemos con resignada humildad todos los golpes que han querido darnos.

Según la versión oficial la inquisición asesinó brutalmente a miles, y según algunos, incluso a millones de personas cuyo único crimen al parecer habría sido "opinar diferente". 

Y aquí viene el señor Henry Kamen a asestar un golpe contundente contra la versión oficialmente aceptada de los hechos.

Resulta que según este doctor en historia de Oxford, la cifra de personas efectivamente ejecutadas en un lapso de tiempo de 350 años por la inquisición española, NO ESTARÍA MÁS ALLÁ DE LAS TRES MIL (3000) PERSONAS. Han leído bien, tres mil personas. No diez mil, ni veinte mil, ni trescientos mil, ni mucho menos lo millones que algunos han imaginado.

Evidentemente 3000 es un número aún grande, pero sin duda se trata de un número infinitamente menor que el que tradicionalmente ha sido puesto en circulación por los enemigos de la iglesia para atacar su historia.

Y es un número que aún se torna más significativo al lado de otros números de que disponemos actualmente. Por ejemplo:

Según cifras oficiales se contabilizan cada año alrededor de 56.000.000 de abortos en el mundo, ¡cincuenta y seis millones!

En un país como Colombia, los registros nos hablan de una cifra cercana al medio millón de abortos por año, es decir, 1260 asesinatos por aborto diariamente. 

¡Se asesina con el aborto en Colombia a más personas en un día que la inquisición española en cien años!

Otro número. Según cifras oficiales recopiladas en "El libro negro del comunismo", la ideología comunista fue responsable del asesinato de más de 100.000.000 de personas durante el siglo XX, exactamente desde 1917 hasta 1998, fecha de la publicación del libro. ¡Cien millones!

De manera que las dos grandes corrientes ideológicas de los últimos dos siglos, liberalismo y comunismo (con sus infinitas variantes), son responsables de la mayor matanza a gran escala de seres humanos jamás conocida en la historia.

Y paradójicamente, a pesar de la fuerza de los números, se sigue repitiendo la leyenda negra de una iglesia católica genocida y represora, mientras que quienes propalan estas falacias, sean del campo liberal o comunista, continúan produciendo millones de muertes año a año, y se pasean orgullosos de su ideario y de su historia.


Los católicos debemos conocer la historia para liberarnos de prejuicios injustos que han querido silenciar nuestra voz en los espacios públicos, por medio de inculcar en nosotros sentimientos de culpa y complejos de inferioridad que no responden a los datos reales de lo que ha sido nuestra historia.


Leonardo Rodríguez

miércoles, 31 de mayo de 2017

¿Una filosofía sin Dios?

Para el creyente que se dedica de manera “profesional” o por gusto personal a la filosofía resulta evidente la verdad de la siguiente afirmación: es imposible una filosofía sin Dios, o por lo menos sería un intento dramáticamente incompleto.
¿Por qué? Porque el creyente parte del reconocimiento de la existencia de Dios, y luego emprende el ejercicio de la filosofía como una manera de ir organizando en forma racional, es decir, atendiendo a las exigencias de la razón, dicha fe. Entonces todo lo ordena en torno de esa idea primera que tiene de Dios como fuente de todo lo real y como fundamento último de la inteligibilidad de todo.
Aunque también es frecuente el camino contrario, es decir, que muchos lleguen a la fe en Dios luego de un arduo caminar por los senderos de la investigación y de la reflexión filosófica. Los casos abundan de pensadores que después de pasar años dedicados a la filosofía han llegado finalmente a una sólida convicción en la existencia de un Ser superior creador de todo.
De manera que ya sea que se parta de la fe y se construya luego una reflexión filosófica, o se llegue a la fe luego de haber hecho filosofía, lo cierto es que Dios es en uno y otro caso el coronamiento del esfuerzo del pensamiento por ponerlo todo en orden y por llegar a una explicación última sobre lo existente, más allá de las revelaciones de las ciencias positivas, de laboratorio, las cuales no son aptas de suyo para dar respuestas sobre los temas que más importan al ser humano como el sentido de su vida, de dónde venimos, hacia dónde vamos, por qué existe el dolor, qué hay después de la muerte, etc.
No obstante lo anterior, han existido siempre, existen hoy y seguramente mañana también existirán, personas dedicadas a la filosofía que se declaran ateos o por lo menos agnósticos. Son ‘pensadores’ que construyen su ejercicio filosófico en abierto rechazo a la idea de Dios, de tal manera que intentan fundamentarlo todo de formas distintas a las comunes entre pensadores creyentes o teístas. La inteligibilidad última de lo real, el origen de todo, el sentido de la vida, los valores, la ética, el ordenamiento social, etc., todo buscan fundamentarlo de espaldas a la idea de Dios, que les parece un mito, una irracionalidad, vestigio de una época ya superada, una declaración de ignorancia y de fanatismo.
¿Qué pensar de este tipo de ‘filosofías’ y de este tipo de ‘filósofos’?
Resulta complejo dar una respuesta sencilla, por paradójico que ello pueda parecer. Ante todo hay que decir que cada persona filosofa desde una situación personal específica que en buena medida lo condiciona. Muchos ‘pensadores’ se desarrollan en ambientes tan hostiles a la creencia en Dios que sería un verdadero milagro que en esas circunstancias resultaran creyentes convencidos. Piénsese por ejemplo en muchos claustros universitarios actuales en los cuales los compromisos explícitos o larvados con ciertas corrientes ‘políticas’ generan un ambiente de rechazo a la idea de divinidad o de iglesia, y por ende condicionan a quienes allí adelantan sus estudios al punto de convertirse en productoras industriales de ateos.
Puede suceder también que aunque el ambiente quizá no sea de abierta hostilidad hacia el fenómeno religioso, sí ocurra que el estudioso sencillamente nunca se encuentre con buenos argumentos a favor de Dios, buenos autores, buenos textos, y todo lo que llegue a sus manos sea literatura, autores y corrientes contrarias a la creencia en la existencia de Dios. En este caso lo más normal es que una persona con esas influencias acabe naturalmente por engrosar las filas del ateísmo. Sencillamente nunca encontró razones para creer.
Y aún puede darse un tercer caso. Puede suceder que el estudiante de filosofía o el ya profesional haya encaminado su vida, su estilo de vida, en obediencia a principios morales relativistas o hedonistas, de tal manera que la idea de Dios sea para él una amenaza a su forma de vida. Estos no están dispuestos a cambiar de vida y la existencia de una divinidad les suena a amenaza. En estos casos todo su discurso en contra de la existencia de Dios no es más que una infantil pataleta que bien pudiera resumirse en la siguiente expresión: no quiero que existas porque estorbarías con tus leyes mi proyecto de vida.
Como quiera que sea, por las razones que sea, lo cierto es que estos construyen una ‘filosofía’ incompleta, porque les queda faltando nada menos que el fundamento, el fundamento último de lo real y la causa última de toda inteligibilidad actual y posible. Un edificio a medias, una casa sin techo ni columnas, solo paredes en el aire.
El gran compromiso de los pensadores creyentes está en presentar sus razones, en afilar sus argumentos, en no ocultar su fe, en ser atrevidos y hacer oír su voz. Porque muchas veces lo que estas personas necesitan es oír a algún atrevido que ponga en duda su cosmovisión atea, sembrándoles al menos un poco de duda e inquietud, si se logra eso y se les incita a investigar más el asunto, se les habrá puesto en el camino adecuado, ya que como solían decir los místicos de antaño: buscar a Dios es en cierta manera haberlo encontrado ya.
Hay que ser descaradamente católicos.
 
Leonardo Rodríguez
     
 

lunes, 27 de marzo de 2017

Cansancio del alma

Dice santo Tomás en su Suma Teológica, cuestión 168 de la "Secunda secundae", artículo 2, que el alma se cansa, 'fatigatur', se fatiga dice el santo más exactamente. En seguida dice que esto sucede porque el alma tiene fuerzas limitadas y por tanto cuando ejerce sus funciones más elevadas tiende al agotamiento y necesita el descanso, de la misma manera en que el cuerpo necesita descansar después de un esfuerzo significativo, y por la misma razón: tener fuerzas limitadas.

De manera que el trabajo intelectual y volitivo diario agota al alma, y tanto más cuanto mayor sea la intensidad de dicho trabajo (estudio, decisiones difíciles, preocupaciones que nos mantienen "pensativos", etc.). Y todo ello reclama luego que se le de al alma descanso.

Pero ¿no será que el alma también se cansa a causa de las mentiras, los errores, las ideologías y los vicios? Veamos.

El alma en cuanto forma del cuerpo tiene fuerzas limitadas, tiene un acto de ser finito. Por lo cual, siendo que 'agitur sequitur esse' (el obrar sigue al ser), hay que decir que su obrar o su capacidad para obrar es tan limitado como su "esse" mismo, como su ser. Y se agota sobre todo con el ejercicio de sus dos potencias superiores, en el caso de los seres humanos, la inteligencia y la voluntad. La inteligencia es una facultad de conocimiento que tiende a la posesión intencional del ser de las realidades sensibles, ascendiendo luego por analogía y negación al conocimiento de lo espiritual. Dicho de otra manera y sabiendo que el ser de una cosa es fundamento de su verdad, la inteligencia humana está hecha para alcanzar la verdad de las cosas. Por su parte, la voluntad humana es facultad tendencial, con ella tendemos hacia fines que captamos como bienes para nosotros (sea con juicio recto o errado, ya que la experiencia cotidiana nos dice que consideramos muchas veces un bien a algo que en realidad es un mal, como en las adicciones, por ejemplo), pero no de la misma manera en que tendemos hacia bienes sensibles y particulares, lo cual constituye la esfera emocional (o pasional), sino tendiendo hacia bienes captados por la actividad de la inteligencia, que en cuanto abstracta y universal, nos permite tender hacia bienes considerados como portadores de la razón universal y abstracta de bien, al menos parcialmente.

En resumen: la inteligencia tiende a la verdad y la voluntad hacia el bien, verdad y bien son sus alimentos respectivos.

¿Qué pasa entonces si continuamente el alma es alimentada con mentiras y errores, y la voluntad con bienes aparentes, que son males reales? Pues pasa que poco a poco se van debilitando sus fuerzas para alcanzar su verdadero objeto (verdad y bien), se van acostumbrando a ese objeto ficticio que es su alimento cotidiano y finalmente pierden el gusto por aquello hacia lo cual deberían tender por su propia naturaleza: el error y el mal se les hacen "connaturales". Los medievales llamaban a esto adormecimiento de la conciencia o ceguera de la mente.

Entonces el alma se fatiga. Porque es como si un atleta se alimentara con comida chatarra que no le aportara los nutrientes adecuados para el ejercicio de su actividad específica, tarde o temprano su organismo tendería al colapso de sus funciones y dejaría de ejercerlas correctamente. Peor aún, el atleta dejaría de ser atleta. Igual con el alma.

Si solo la alimentamos con mentiras y males la iremos envenenando poco a poco, su sed de verdad y de bien se verá saciada con engaño, con un mal alimento, y sus fuerzas, que son limitadas, se agotarán tarde o temprano, y almas cansadas producen individuos débiles, familias rotas y sociedades decadentes. Es decir, justo lo que vemos a nuestro alrededor hoy.

La causa profunda de la decadencia actual en todos los niveles es el cansancio profundo de las almas, alimentadas desde hace ya mucho tiempo por comida chatarra: vicios e ideologías.

La renovación social no vendrá de las leyes ni de los gobiernos, no se trata de que gane este en vez de aquél candidato las elecciones, no. Se trata de que se emprenda una renovación moral de las familias, cuna de los individuos, y con individuos sanos moralmente se construirán instituciones sanas. No hay más camino que ese.


Leonardo Rodríguez


lunes, 13 de marzo de 2017

La importancia de tener un plan de lectura

Resultado de imagen para lectura

Siempre ha sido imperativo el deber de leer y formarnos para estar en guardia contra los errores de todo tipo que se propagan en la sociedad. Errores de tipo moral sobre todo, pero también errores de tipo metafísico, epistemológico, teológico, etc., que aunque requieren de un poco más de dedicación al estudio para poder detectarlos y combatirlos, es importante no dejarlos de lado porque son la base o la raíz de donde luego surgen los errores de tipo moral, que son los más evidentes a simple vista.

Antiguamente la sociedad creyente contaba con la palabra de los sacerdotes, que al recibir una formación filosófica y teológica sólida en los seminarios, salían a sus ministerios bien pertrechados a dar el combate por las buenas ideas, enseñando al pueblo y manteniéndolo alerta.

También se contaba con intelectuales católicos, seglares talentosos muy conocedores de la sana doctrina que escribían, dirigían periódicos y participaban en todas las polémicas que contra la verdad se levantaban aquí y allá en este valle de lágrimas.

Pero de esto hace ya mucho tiempo...

Las cosas han cambiado bastante y para mal. Los sacerdotes son pésimamente formados en los seminarios, en su inmensa mayoría ya no aprenden nada sólido, y así deformados salen a ejercer su ministerio. Como no tienen nada de doctrina para ofrecer se dedican al activismo, realizan eventos para recoger fondos para el techo de la iglesia o para ampliar la casa parroquial. Y respecto de las almas se dedican a hacer eco de las consignas sentimentaloides que estén más de moda o simplemente a hablar de los derechos humanos.

Y los seglares que antes eran formados y talentosos son ya una especie casi extinta, quedan pocos ejemplares. La mayoría están adormecidos por las comodidades de la vida y no ven siquiera la necesidad de formarse, de aprender, de leer, de conocer. Tienen cosas más "importantes" en qué pensar.

Entonces, ¿qué hacer? Formarse, interesarse, aprender por cuenta propia, porque del clero progresista no nos vendrá nada de valor y seglares que estén cumpliendo esa tarea hay pocos, y los pocos que hay están acallados por la bulla de los mediocres.

Pero para formarse hay que tener un plan. No conviene leer en desorden, de todo, sin ton ni son. Por el contrario conviene trazarse un plan y cumplirlo. Teniendo siempre en mente ese adagio latino que dice que hay que leer "Non multa, sed multum", es decir, no muchas cosas sino leer mucho aquello que estemos leyendo, leer con cuidado, con atención, tomando apuntes, reflexionando a cada paso sobre lo leído, escribiendo lo que la lectura nos va sugiriendo, etc. Si solo leemos un libro de formación al año, pero lo leemos pausadamente, habremos hecho mucho más que si leemos cincuenta pero a las carreras y con el único afán de devorar cantidad.

¿Cómo sería un buen plan de lectura? Ante todo hay que definir qué queremos aprender y cuánto tiempo le vamos a dedicar. Ya después veremos si se requería más o menos tiempo del que asignemos al inicio. Por ejemplo, puedo decidir que le voy a dedicar los siguientes dos meses a leer sobre lógica. Y cumplirlo. Aunque a los dos días no quiera seguir porque me haya aburrido el tema. Es cuestión de disciplina, que es la madre de todos los logros. Y también cumplir en cuanto al tema, de manera que a los dos días no esté más bien leyendo sobre las pruebas de la existencia de Dios. Entonces lo primero es definir tema y tiempo.

Lo segundo es definir método. Debo combinar la lectura reflexiva con la toma de notas. Leer reflexivamente consiste en leer con pausa, saboreando cada idea y cerrando el libro cada que algo nos llamó la atención. De manera que la lectura sea un verdadero proceso de alimentación intelectual, de asimilación. Si hay palabras que no entendí las anoto y busco su significado. Si hay ideas que me sorprendieron las anoto y las repaso luego dando un paseo. Importa también mucho escribir, es un ejercicio que pocos hacen pero que conviene mucho. Cada que acabes un capítulo o un apartado del texto que estés siguiendo pon por escrito lo que más se te ha quedado, escríbelo con tus palabras y también escribe ahí mismo tus reflexiones respecto de esas ideas. Leer, meditar y escribir.

Finalmente trata de comunicarte con personas que estén interesadas en el tema que tienes entre manos. Intercambia ideas, comparte reflexiones con ellos y busquen formular preguntas sobre ese asunto para después buscar respuestas en la lectura que hayas escogido.

Si logras elegir tema y tiempo, y también sigues con juicio un buen método, seguramente tendrás al cabo de un tiempo buenos resultados. Un año es un periodo de tiempo amplio que permite organizar varios temas de estudio, dos o tres por lo menos. Es impresionante la formación en sana doctrina que se puede adquirir teniendo un plan y siguiéndolo religiosamente. Piénsese por ejemplo en todo lo que se podría lograr en solo un par de años. 

Pero hay que empezar ya, los que sostienen las malas doctrinas (como la ideología de género por poner un solo ejemplo) no están descansando, todo lo contrario, están muy activos, leyendo, organizándose, escribiendo y peleando.

¿Y nosotros?


Leonardo Rodríguez



miércoles, 1 de marzo de 2017

Defender lo obvio




Se ha llegado hoy a una situación tan descabellada que resulta cada vez más difícil defender lo obvio. Y es que el oscurecimiento paulatino del mismísimo sentido común ha tomado una velocidad tan vertiginosa, que en cuestión ya no de años sino de meses tendremos que pedir disculpas por afirmar, como en la imagen, que uno más uno hacen dos.

Y es que es asombroso a lo que hemos llegado, la situación se hace cada día más insostenible: un conjunto de ideas provenientes del progresismo cultural de matriz liberal y marxista (esta última en su versión 'neo'), se ha posicionado con tal fuerza y dominio en la atmósfera socio-cultural, que ha consolidado una forma tiránica de 'pensamiento políticamente correcto', fuera del cual nada es admitido, ni valorado, ni aceptado y cada vez más ni siquiera tolerado. 

Y lo vemos a diario en nuestras conversaciones con otras personas, en los medios de comunicación, en las columnas dominicales de los 'intelectuales' de turno, en los noticieros, en los pronunciamientos de los 'políticos', en las opiniones del hombre de a pie, etc. 

Salvo reducidos grupos de pensadores de filiación más bien tradicional, la colonización de lo políticamente correcto ha sido total y su reinado se ejerce con despotismo, implacable.

Por poner un ejemplo (o más bien dos) entre miles. En días pasados se celebró la versión número veinte del Carnaval de las Palmas, en España. Allí fue 'coronada' como 'nueva' Drag Queen de las Palmas de Gran Canaria un 'artista' que ha realizado un show grotesco y blasfemo al disfrazarse de virgen maría. 

Un espectáculo vomitivo desde donde se le mire, insultante e hiriente de la fe de millones de españoles que vieron así pisoteada públicamente la sacralidad de la madre de Dios.

Como era de esperarse se vieron dos reacciones diversas. De un lado los católicos anunciaron acciones jurídicas para pedir que los responsables del exabrupto (por decir lo menos) respondan ante la justicia por sus acciones, teniendo en cuenta la vulneración de los sentimientos religiosos de millones de españoles. Y de otro lado se pronunciaron los partidos políticos liberales y de izquierda, aplaudiendo, palabras más palabras menos, el show blasfemo en cuanto manifestación 'artística' y ejercicio legítimo de la 'libertad de expresión'. Asimismo en redes sociales el aluvión de insultos de la masa enardecida contra los católicos no se hizo esperar y se contaron por decenas de miles los mensajes de burla y odio.

Por otra parte, también por estos días ha hecho noticia un particular bus que recorre las calles de Madrid portando un mensaje sencillo y biológicamente exacto a más no poder: los niños tienen pene y las niñas tienen vulva. 


¿Qué vez de malo en el mensaje del bus, querido lector? Nada, absolutamente nada, biología básica, anatomía de lo más elemental. Dos afirmaciones que fácilmente se pueden encontrar en cualquier libro de texto para biología en primaria. Tal cual.

Pues ¿qué ha pasado? Lo que era de esperarse dado el dominio de lo que arriba hemos llamado 'pensamiento políticamente correcto' (que no es pensamiento ni mucho menos correcto), que esos mismos políticos que acudieron en coro a defender al 'artista' drag queen, exigiendo a los católicos silencio y 'tolerancia' ante una muestra 'evidente' de libertad de expresión, se mostraron esta vez indignadísimos contra la, para ellos, evidente 'homofobia', o mejor dicho 'transfobia' (porque la palabra fobia al parecer rima con todo y está de moda) del susodicho mensaje inscrito en el bus. Y pasaron de la indignación a la acción y con eficacia digna de mejores causas han solicitado ante la justicia española que actúe con celeridad contra los 'transfóbicos' responsables de tamaña agresión contra la población lgbt...

Y ni qué decir de la masa que pulula por las redes sociales, se han lanzado con una avalancha de insultos contra los promotores de la campaña del bus madrileño, acusándolos de todo tipo de crímenes. No han ahorrado insultos y han sido generosos en la repartición de calificativos soeces.

Pues bien, ¿qué podemos sacar en claro de estos dos episodios? varias cosas:

1) Existe la libertad, pero solo para quienes comulguen con el ideario liberal-progresista-neomarxista que constituye lo políticamente correcto hoy día. Para los que se aparten de dicho ideario la libertad es solo una ilusión.

2) Quienes dominan la escena 'cultural' actualmente, están convencidos de que la exigencia de derechos es un atributo únicamente de quienes comulguen con el ideario arriba mencionado.

3) Si perteneces a la masa de turiferarios de lo políticamente correcto tienes asegurado tu éxito en el submundo de la 'intelectualidad' de hoy. Si no, estás condenado a ser un paria, un inferior.

4) Los católicos deben aguantar todo tipo de insultos, desde los más 'inocentes' hasta las blasfemias más atroces, porque todo ello no es más que 'libertad de expresión'.

5) Los católicos, si llegan a hacer uso de esa misma 'libertad de expresión', deben atenerse a las consecuencias jurídicas y penales que ello les acarree. Pues obviamente tal derecho solo aplica para quienes insulten a los católicos, ni más faltaba.

6) Ni la biología ni la anatomía más elemental pueden romper la fuerza de una ideología, en este caso la ideología de género, puesto que cuando la ideología se apodera de una persona, ejerce sobre ella un dominio absolutamente despótico.


Cada día se va haciendo más difícil defender lo obvio.

Leonardo Rodríguez




lunes, 27 de febrero de 2017

La esencia del feminismo radical

El feminismo está definitivamente de moda, incluso los hombres desean declararse feministas puesto que está bien visto hoy. El problema está en la clase de "feminismo" que se estila por estos días, que ya no es el feminismo de antaño que pedía la igualdad jurídica, derecho de propiedad, voto, educación universitaria, participación en el mundo laboral, derecho a heredar, etc. No, esto ha quedado atrás. Uno podía haber pensado hace algunos años que después de haber obtenido estas conquistas el feminismo triunfante se dedicaría a custodiarlas en un plácido estado de gozo por el éxito alcanzado. Pero nada de eso ha pasado, en nuestros días asistimos por el contrario al resurgimiento de un feminismo radical, emparentado con lo que se conoce como marxismo cultural o nueva izquierda, que lejos ya de los antiguos motivos de sus predecesores se ha lanzado a la promoción brutal de una reingeniería social en la cual la ideología de género les otorga el sustento "conceptual".

Pero vamos por partes. Primero que todo ¿qué es eso de marxismo cultural? Para decirlo en palabras breves el marxismo cultural es la versión actual del marxismo. El marxismo clásico o tradicional, ese que causó 100 millones de muertos según cifras aproximadas, se apoyaba en el supuesto conflicto entre burgueses y proletarios, pobres y ricos, obreros y patrones. Y mediante ese conflicto convulsionaba la sociedad y tomaba el poder. Pero en los años más recientes su discurso fue perdiendo fuerza entre otras cosas por la caída de la Unión Soviética y porque el modelo del capitalismo liberal (perverso también) en vez de empobrecer cada vez más al obrero y enriquecer cada vez más al rico (aunque lo segundo sí lo ha hecho), ha permitido la formación de una clase media bastante satisfecha de su situación. De manera que el marxismo clásico se quedó sin clientes para venderles su revolución. Y sin conflicto y revuelta el marxismo nada es.

Entonces tuvieron que buscar nuevos clientes para venderles el marxismo a partir de la década del noventa. Y encontraron sus nuevos clientes en las "minorías" oprimidas de homosexuales, ecologistas, animalistas, indigenistas, homosexuales, Lgbt y un largo etcétera. De manera que el marxismo cultural o nueva izquierda es el intento del viejo marxismo por reestructurarse ya no en torno al conflicto entre proletarios y burgueses, sino al conflicto entre supuestas minorías oprimidas por diversas condiciones y el resto de la sociedad. Obviamente ese "resto" de la sociedad es, ¡oh casualidad!, la misma sociedad que el marxismo clásico quería destruir: familia, religión, iglesia, libertades, cristianismo, tradición, etc. Mismo enemigo, diversa estrategia.

¿Y la reingeniería social? Este es un concepto emparentado con el anterior. Hace referencia al esfuerzo por destruir la sociedad tradicional para reemplazarla, como en un trabajo ingenieril, por la nueva sociedad preconizada por el marxismo cultural, en la cual, según sus defensores e idiotas útiles, brillarán valores como libertad, igualdad y fraternidad (y ya sabemos de dónde procede la trilogía). Mismas promesas de antaño auguran mismos resultados.

¿Y la ideología de género? La ideología de género está hoy en boca de todos. Consiste, también para decirlo con brevedad, en un conjunto de ideas que se quieren llevar hasta la cultura y las legislaciones nacionales, según el cual todo lo relacionado con el ser hombre y ser mujer es solo una construcción de las sociedades, de manera que no es que hayan hombres y mujeres, sino que nacen "personas" indeterminadas y es la sociedad la que se encarga de indicar a cada uno cómo comportarse si DECIDE ser de la categoría 'hombre', y cómo comportarse si DECIDE ser de la categoría 'mujer'. Entonces el sexo es lo biológico que traemos al nacer, pero que no determina en absoluto lo que seremos, y el 'género' es el conjunto de conductas normativas impuestas por la sociedad a cada opción posible de identidad psico-sexual.

¿Y qué es lo grave? En realidad 'grave' no es la palabra correcta aquí, más bien habría que decir calamitoso, ya que en caso de que la ideología de género llegara a triunfar completamente en la cultura y las legislaciones de los países (cosa que ya está ocurriendo en un proceso lento pero efectivo), ello significaría ni más ni menos que la entera transformación de la sociedad, hasta el punto de quedar irreconocible. Las personas tendrían campo abierto a la divinización gnóstica de sus caprichos individuales a una escala jamás sospechada por los gnósticos de todos los tiempos. Serían 'dioses' capaces de decidir incluso qué son hoy y qué quieren ser mañana, o incluso un poco más tarde el mismo día. Porque puede que amanezca el 'sujeto' queriendo ser hombre, pero para la hora del almuerzo lo masculino lo ha decepcionado tanto que desee ahora ser mujer. Y para el té de la tarde quizá desee ser transgénero o bisexual. Y ya para el momento de irse a la cama quizá desee ser delfín o unicornio. Las posibilidades son infinitas, como infinito es el número de imbéciles según la Sagrada Escritura.

Como bien puede verse esto ya nada tiene que ver con el feminismo ese de los primeros años que buscaba igualdad de derechos y de oportunidades entre hombres y mujeres. El cambio ha sido radical, pero conservan el nombre para aprovechar el prestigio de sus predecesores.

Y entonces ¿Cuál es la esencia del feminismo radical? La revolución, el trastocamiento del orden natural, la destrucción del ser de las cosas tal y como su misma naturaleza ha establecido (su Hacedor más bien), ni más ni menos, es el gnosticismo total: seréis como dioses. 

Nota: se suele llamar gnosticismo a todo movimiento que de una u otra forma busca el endiosamiento del hombre, o atribuirle características propias del ser divino. Para el gnosticismo todos en realidad somos dioses.


Ese es el feminismo radical, aupado por la nueva izquierda como caballo de batalla para dinamitar la sociedad que tanto odia. 

¿Amor por las mujeres? ¡Infinito! Y por lo mismo nada más que oposición frontal y total al feminismo de la nueva izquierda.


Leonardo Rodríguez

miércoles, 15 de febrero de 2017

Homofobia

La palabra 'fobia' según el Diccionario de la Real Academia Española significa aversión o rechazo hacia algo o alguien, y es una de las palabras de mayor uso en los tiempos que corren debido principalmente a su uso en la terminología psicológica, dentro del conjunto de los trastornos de ansiedad (agorafobia, aracnofobia, etc.). Pero también es célebre por componer una palabra que hoy en día más que palabra es un arma arrojadiza, un boomerang poderoso que se lanza contra alguien con el objetivo de paralizarlo y anularlo, me refiero claro está a la palabra: homofobia.

En condiciones normales se diría que la palabra homofobia significa una aversión o rechazo hacia los homosexuales, también un miedo hacia ellos ya que la palabra fobia tiene igualmente ese significado. De manera que un homófobo vendría siendo alguien que siente una aversión, un rechazo o incluso un miedo hacia la persona homosexual.

Pues bien, he dicho arriba que se trata de un arma arrojadiza porque hoy se suele usar dicha palabra para anular a todo aquél que se oponga a la ideología de género con sus agendas homosexualistas, abortistas y lgbt...etc. Todos los que públicamente en redes sociales manifestamos nuestro desacuerdo con esas corrientes subversivas del orden natural de la sociedad y de las familias, somos inmediatamente catalogados como homófobos, y esa estrategia lingüística es tan efectiva que verdaderamente termina uno en ocasiones silenciado, condenado al ostracismo, casi que avergonzado por creer como cree y pensar como piensa. Es un arma de una efectividad tremenda.

Además es un arma de uso sencillo, ya que solo se debe etiquetar con ella al oponente: ¡eres un homófobo! Y listo, asunto arreglado, no se requiere argumentar, debatir, analizar, razonar, etc., con tan solo usar esa palabra está ganada la partida. Y si a eso le sumamos la rapidez con que hoy las redes sociales llevan de un extremo al otro del planeta todo tipo de noticias, la fuerza de esa arma se multiplica enormemente porque puedes ser tenido como homófobo a un nivel planetario. Y nadie quiere ser homófobo porque es una palabra que más allá de su significado etimológico, ha sido también cargado con una connotación sumamente negativa, al extremo de que ser llamado homófobo es en la imaginación de la gente tanto o más grave aún que ser llamado ladrón, deshonesto, corrupto, mentiroso, etc.

Se trata de una simple estratagema semántica, pero de gran efectividad. Al igual que pasaba hace algunos años con la palabra nazi, o fascista. Hoy el turno en el arsenal del marxismo cultural es para la palabra homofobia, y ni qué hablar cuando esas tres palabras se juntan en una sola ráfaga oral: ¡eres un nazi, homófobo y fascista! Se trata de una frase que nadie quiere ver usada en su contra, todo menos ser acusado de eso, cualquier acusación es preferible a eso. Su poder para anular, silenciar, apabullar al contradictor es inigualable. Sin disparar una sola bala, como sí hacía el marxismo clásico, anulas a tu oponente, lo reduces al silencio y le abres una ancha autopista de aceptación a tus propias ideas. Porque ese es el efecto secundario de esas palabras, que automáticamente las ideas de quien las usa para atacar a su contradictor quedan como 'santificadas', ¿por qué? Porque se supone que serán exactamente lo contrario de ideas homófobas, nazis o fascistas, y 'por lo tanto' deben ser muy buenas y muy excelentes ideas.

Se trata realmente de una estrategia ruin y despreciable, en ella se renuncia al debate de ideas para reducir todo a una andanada de epítetos eficaces para apabullar al otro, se gana la partida sin esfuerzo, sin siquiera la necesidad de presentar con claridad las propias ideas, pues con tan solo etiquetar a las del contrario de ideas fascistas se santifica las propias, aunque nadie sepa muy bien su contenido ni su finalidad última a nivel de deconstrucción de la sociedad natural y tradicional.

¿Qué hacer? En mi experiencia es una situación difícil ya que puedes pedir a tu contradictor que explique por qué considera que tus ideas son nazis o fascistas, y por lo general rehusarán darte esa explicación ya que están confiados en la mera potencia del adjetivo utilizado y razonarlo no es su fuerte. Sin embargo, si logras que intente explicar el adjetivo que lanza contra ti puedes comenzar a espigar debilidades en su discurso y por ahí reencausar la conversación racionalmente, lejos de los calificativos y más próxima al desarrollo argumentativo de la idea. Lo cual no siempre es posible con este tipo de contradictores, pues su fascinación por la fuerza del mero adjetivo les paraliza su capacidad argumentativa, pues como decían nuestros mayores: órgano que no se usa se atrofia, y llevan tanto tiempo haciendo callar a todo mundo con meras etiquetas, que la sola idea de detenerse a exponer sus ideas de base los agobia. 

¡Menos adjetivos, más silogismos!


Leonardo Rodríguez

martes, 14 de febrero de 2017

Sobre las manzanas podridas del clero

Por estos días es noticia, o más bien escándalo, en Colombia un caso de pedofilia que involucra a un "sacerdote" de la arquidiócesis de Cali. Como es ya común en este tipo de casos, la prensa se ha encargado de darle un tremendo cubrimiento a la noticia de tal manera que ha fomentado la indignación de miles de colombianos que no han ahorrado los calificativos más duros contra la iglesia.

Las cosas se han puesto aún peor a raíz de unas declaraciones del abogado de la arquidiócesis en las cuales afirma que no es la iglesia como institución la responsable de los hechos y que también los padres de familia de los menores abusados tienen parte de responsabilidad pues, según se parecer, descuidaron su deber de vigilar a sus hijos, es decir, fueron negligentes en el ejercicio de su paternidad. Lo anterior ha motivado en las redes sociales un tsunami de insultos de todo tipo contra la iglesia.

Ante todo quisiera dejar en claro una cosa: el abuso de un menor es un crimen horrendo que debe ser castigado con severidad, sea quien sea el abusador. Es una tragedia que no se le desea a nadie y que tiene consecuencias que duran toda la vida y que si no son tratadas apropiadamente pueden afectar el entero proyecto de vida de la persona abusada.

Pero aclarado eso hay que decir también que este tipo de episodios son utilizados por los enemigos de la iglesia con un doble fin: desprestigiarla un poco más y sacar algún provecho económico. Siempre han habido, hay y habrán enemigos de la iglesia, gente que siente hacia el catolicismo un odio abierto y una aversión inocultable. Y cuando estas cosas ocurren se lanzan sobre ello como aves de carroña y aprovechan para destilar todo su odio. Y el caso de lo ocurrido en Cali no está siendo la excepción. Una sencilla búsqueda sobre el tema en redes sociales permite en menos de cinco minutos leer cientos de insultos soeces contra la iglesia, como si la iglesia fuera la culpable y no el pedófilo indigno de pertenecer a ella.

Ante esto caben las siguientes apreciaciones:

1) La responsabilidad penal en un caso como este es exclusiva del individuo, a no ser que se pudiera probar que la iglesia en sus seminarios y luego en las parroquias incita por medio de su normativa o de su enseñanza a que sus sacerdotes cometan actos de abuso a menores. De no ser así, y aún más de saberse como se sabe que la enseñanza de la iglesia y su normatividad es clara respecto a la pureza del cuerpo, no hay forma de responsabilizarla a ella de lo que hacen sus manzanas podridas.

2) Sería como querer, ante un asesinato por ejemplo, averiguar primero a qué empresa pertenece el sospechoso para proceder a acusar a la empresa de asesinato.

3) En el fondo lo que se mueve muchas veces es simplemente ansia de sacar tajada económica. En el caso de las familias de Cali la reclamación que están haciendo por medio de su abogado asciende a los 8900 millones de pesos. Una suma bastante interesante capaz de atraer la atención y los servicios de un buen número de abogados deseosos de quedarse con el treinta por ciento de esa cantidad.

4) Es sabido que en EEUU hoy en día todavía hay abogados que se dedican a contactar a supuestas víctimas de abuso por parte de miembros del clero, sin importar si los hechos ocurrieron hace diez, veinte o treinta años. La promesa de sacar una buena tajada hace que muchas de estas personas presenten incluso testimonios falsos con tal de armar el caso contra alguna diócesis. Y las demandas las hacen subir a millones.


Urge una reforma de la formación del clero, un filtro más severo en la elección de candidatos al sacerdocio. Lamentablemente sabemos que eso no pasará porque el modernismo que aqueja a la iglesia postconciliar es como un virus que tiene adormecida toda señal de verdadera vida. De manera que esto lamentables casos seguirán ocurriendo y las aves de carroña de siempre seguirán lanzándose contra al institución, culpándola de los desmanes de sus miembros y buscando sacar algún dinero de paso.

¿Qué nos corresponde a nosotros? Lo que siempre nos ha correspondido: ¡rezar! 

Quiera Dios seguir bendiciendo a su iglesia.


Leonardo Rodríguez