sábado, 17 de agosto de 2019

LIBRO: El psicoanálisis de Freud. De Rudolf Allers.


Rudolf Allers fue un psiquiatra y filósofo católico nacido en Viena en 1883 y fallecido en 1963 en Estados Unidos. En sus inicios fue seguidor de la escuela freudiana de psicología, pero más adelante se separó de Freud al detectar errores graves en sus planteamientos. Estudió en Italia la filosofía tomista y dedicó sus esfuerzos a dar a la psicología una base antropológica sólida que proviniera de la filosofía de Tomás de Aquino. Sus textos, aunque densos, son interesantes.

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miércoles, 14 de agosto de 2019

LIBROS: Historia de la filosofía (Fraile y Urdanoz; falta el tomo VII)

Les presentamos los tomos que hemos podido reunir de Internet de esta obra de gran valor. Son originalmente ocho tomos, no nos ha sido posible encontrar el tomo VII, si algún amable lector lo tiene le agradeceríamos nos lo facilite para poder publicar la colección entera.








TOMO VII: Filosofía de las ciencias, neopositivismo y filosofía analítica.

No somos tan importantes


Hace un par de días mi ciudad y sus alrededores recibieron una generosa lluvia, más bien aguacero acompañado de tormenta eléctrica, que nos puso a pensar un poco acerca de la fragilidad humana y los aires de superioridad con los que a veces vivimos nuestro día a día.
Resulta que de los siete pecados capitales (soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza), es la soberbia como la madre y raíz de los demás, de modo que todos de una forma u otra se pueden reconducir a ella como a fuente primera de las conductas autodestructivas del ser humano. Nos dice el viejo catecismo que la soberbia es “el amor desordenado de la propia excelencia”, lo que en palabras sencillas significa un apego desordenado a nosotros mismos, a nuestras reales, o la mayoría de las veces, ficticias cualidades; apego a nuestra propia opinión no tanto porque quizá pueda ser correcta sino porque es la nuestra; apego a nosotros mismos y nuestro propio beneficio y bienestar, pasando si es necesario por encima de los demás y olvidando los deberes de caridad y amor fraterno que nos deben unir con nuestro prójimo. La soberbia es, en resumen, una egolatría que nos enceguece y nos hace ubicarnos, como si dijéramos, en el centro del universo con todo lo demás girando a nuestro alrededor para nuestro servicio y utilidad. El soberbio es un ególatra.
Y resulta entonces que en ocasiones la naturaleza se agita un poco, tan solo un poco, nos deja entrever una milésima parte de su poder, de su fuerza, de su furia si se quiere, y es allí donde comprendemos muy a pesar nuestro que en realidad no somos tan importantes. Somos débiles criaturas henchidas de aire, confiados ciegamente en nuestra propia “excelencia”, soberbios, vanidosos y las más de las veces presas de un tremendo complejo de superioridad que se manifiesta en mil detalles cotidianos: incapacidad de aceptar una crítica, dificultad a veces grande para pedir perdón, imposibilidad de reconocer errores, falta de humildad y sencillez, etc.
Gracias a Dios la naturaleza de cuando en cuando nos recuerda lo pequeños que realmente somos y nos despierta de la borrachera de vanidad en la que vivimos sumergidos.

¡Bienvenidas las tormentas!

Leonardo Rodríguez Velasco



lunes, 12 de agosto de 2019

Filosofía y sofística: El filósofo y su gemelo malvado el sofista.


Es evidente que la filosofía no goza hoy de buena fama. Las razones son muchas, mencionemos algunas al menos de pasada:

1. El predominio socio-económico indiscutible de las disciplinas “productivas”. Muchos concluyen con pasmosa imprudencia que, dado el éxito técnico de las ciencias “duras”, la filosofía no tiene un papel de importancia en la sociedad actual. A fin de cuentas a punta de filosofía no se fabrican nuevos celulares.

2. La proliferación de un estilo de vida marcado por un creciente consumismo hedonista, según el cual lo importante es lo útil, lo que pueda provocar una mejora directa en la “calidad de vida” de las personas, entendiendo calidad de vida por bienestar físico preferentemente. Es el antiguo “carpe diem” que toma el lugar de director de orquesta. Dicho estilo de vida hace imposible en la práctica que el interés por las arduas cuestiones metafísicas tenga alguna relevancia social.

Lo anterior ha producido una progresiva desaparición de la filosofía del panorama cultural contemporáneo. Sin embargo, no es exacto hablar de desaparición de la filosofía, sino que más bien habría que decir que lo que ha ocurrido es una sustitución o más bien una suplantación de la filosofía por parte de su hermana gemela pero malvada, la sofística.

El sofista es un personaje que ha estado presente a lo largo de la historia del pensamiento humano, como antagonista del filósofo. Para decirlo brevemente el filósofo busca la verdad de las cosas, busca que sus juicios se ajusten lo más posible a la realidad. Y aunque es consciente de las limitaciones de la inteligencia humana, de lo frecuentes que han sido, son y serán las equivocaciones de los hombres, etc., prosigue su camino contento con ir descubriendo verdades, por humildes que estas puedan ser. El sofista, por el contrario, no es movido por el puro interés por la verdad, por ajustar sus juicios a lo real. Lo que lo mueve en primer lugar es el amor propio, la búsqueda de algún tipo de beneficio, de ganancia, de triunfo, de lucimiento personal. De hecho si alguna vez se encuentra ‘accidentalmente’ proponiendo y defendiendo alguna verdad, no es la verdad misma lo que lo mueve, sino algún beneficio que desea obtener por medio de ella. Siempre es él mismo el centro de sus motivaciones.

El filósofo en todas las épocas ha tenido a su lado al sofista. Por eso en todas las épocas al lado de una auténtica filosofía es posible encontrar una sofística, con épocas de predominio filosófico seguidas o preparadas por épocas de predominio sofístico.

¿Y nuestra época? ¿Filosofía o sofística? ¿Predomina hoy el filósofo o el sofista? Esta pregunta se puede responder fácilmente si primero respondemos a la siguiente, ¿predomina hoy el interés por la verdad?

No es difícil percibir que en la actualidad la sociedad se encuentra en un estado de somnolencia con respecto a las grandes cuestiones filosóficas. No solo ha desaparecido el interés por los temas trascendentes, sino que incluso podemos sospechar que a fuerza de no estudiarlos hemos perdido incluso la capacidad de comprenderlos. Las preocupaciones actuales del hombre promedio se limitan a los afanes del día a día y las preocupaciones de las clases altas, en su mayoría, se encuentran confinadas al mantenimiento y acrecentamiento de sus fortunas. ¿Y los intelectuales? Los auténticos intelectuales son una especie en vía de extinción y muchos se han consagrado a la defensa de causas ‘políticas’ de dudosa nobleza. Brillan por su ausencia.

Así las cosas han venido a brillar en la actualidad una serie de personajes que se han apoderado de los “micrófonos” actuales: redes sociales, cátedras universitarias, columnas de opinión, etc. Desde allí dan rienda suelta no tanto al interés por la verdad cuanto al deseo de hacer triunfar a toda costa las tesis con las cuales se han comprometido previamente. Ha llegado una nueva época de dominio de los sofistas. Las redes sociales podrían servir bien de muestra de lo que llevamos dicho. Allí pululan los “expertos” en todo tipo de asuntos, se multiplican los debates en donde lo buscado es el lucimiento personal, se pierde tiempo en asuntos baladíes, se entroniza lo efímero y se endiosa, en últimas, la voluntad de poder, como diría Nietzsche, gran sofista él mismo sin saberlo o a sabiendas.

El panorama no es alentador. Para quienes amamos la filosofía y deploramos el predominio de la sofística, el mundo actual se nos presenta como motivo de angustia, por un lado, y como ocasión de heroísmos, por otro. Mantener lo que debe ser mantenido, conservar, sostener, aguantar, resistir en espera de mejores épocas, que quizá estamos destinados a no ver. Pero las futuras generaciones, pasada la actual borrachera de pensamiento sofista, seguramente agradecerán el esfuerzo de quienes un poco estoicamente decidimos ir contra corriente y transmitir una herencia imperecedera: las líneas áureas del pensamiento clásico. Somos herederos.


Leonardo Rodríguez Velasco.