lunes, 21 de enero de 2019

La medida del amor

Amor es un concepto demasiado manoseado actualmente, para desgracia de la humanidad misma pues no hay concepto más hermoso. Decían los romanos que "corruptio optimi pessima", con lo cual querían decir que cuando algo muy bueno se corrompe es un gran mal. En este caso hablamos del amor, que es a todas luces un concepto tan hermoso y tan trascendental que las mismas Sagradas Escrituras identifican el amor con el mismo Dios, es célebre el pasaje de la primera carta del apóstol san Juan, capítulo 4, versículo 8: "Deus caritas est", Dios es amor. La corrupción del amor será entonces el mal más grande, el mayor mal porque es la corrupción del mayor bien.

¿Y cómo se corrompe el amor actualmente? De mil formas, ante todo llamando amor a lo que no lo es. Cuando los padres de familia descuidan la crianza correcta de sus hijos y abandonan el ejercicio de su autoridad para corregir y formar, dedicándose únicamente a cumplir todo deseo de sus hijos, y dicen que lo hacen 'por amor'. Cuando la madre permite el abuso de su pareja hacia sus hijos, porque lo "ama" mucho y no desea perderlo. Cuando la adolescente accede a los caprichos instintivos de su novio, por 'amor'. Cuando las parejas "hacen el amor", sin compromiso a futuro dentro del matrimonio bajo la bendición de Dios, sino solo por satisfacer el impulso de atracción biológico. Y un largo etcétera de ejemplos de pésimo uso de la palabra amor.

Igualmente se corrompe el amor cuando se ataca el lugar propio del amor, la escuela del amor que es la familia. Todo ataque dirigido contra la familia es en el fondo un ataque dirigido, se quiera o no, contra el amor, contra la fuente del amor, contra el lugar natural en el que el individuo vive el amor desinteresado, lo experimenta, lo recibe y aprende a entregarlo. En buena medida se puede afirmar que la ausencia de verdadero amor que caracteriza nuestros tiempos es producto del debilitamiento de la institución familiar, de la familia.  

¿Cómo se ha pasado en nuestra época de un concepto del amor que lo identificaba con Dios mismo, a un concepto flexible hasta el infinito y que ha vaciado de todo sentido el vocablo 'amor'? El proceso ha sido lento, lo suficientemente lento como para que no fuera percibido por la inmensa mayoría de las personas, demasiado ocupadas con sus obligaciones cotidianas como para atender a los grandes procesos sociológicos que pueden ocurrir a lo largo de toda una generación. De escalón en escalón hemos descendido del "Deus caritas est", hasta la situación actual en la cual muchos hablan de la era del "post-amor", pues así como se ha hablado ya de la era de la post-verdad en la cual parece que la verdad no interesa y ha sido sustituida por la mera propaganda ideológica interesada; así mismo se dice que estamos en medio de un proceso de desaparición de lo que nuestros mayores llamaban amor para ser reemplazado por un nuevo paradigma utilitarista y hedonista en las relaciones humanas: te "quiero" en la medida en que aportes a mi felicidad personal.

Frente a la aparición de dicho paradigma utilitarista y hedonista que adultera por completo el sentido de la palabra amor, y con ello el resorte más profundo de la experiencia humana conviene recordar mil veces si fuere necesario la concepción del amor que brota de la tradición cristiana occidental (o más bien judeo-greco-romano-católica): 

-  Amar es querer y buscar el bien del amado.
-  La medida del amor es amar sin medida.

La primera cita pertenece al gran Aristóteles, los medievales traducían del griego así: amare est velle bonum alicui.

La segunda cita, aunque comúnmente atribuida a san Agustín, es en realidad de san Bernardo de Claraval y está al inicio de su obra "De diligendo Deo", y dice así: mensura amoris sine mensura amare est.

La primera frase nos habla del amor en cuanto entrega al otro. En efecto, amar es querer y buscar aquello que es bueno para el ser amado. Entiéndase por ser amado no solo la esposa, el esposo, el novio o la novia, sino todo ser que pueda ser objeto de amor: familiares, amigos, conocidos, etc., incluso nuestras mascotas. Respetando siempre el hecho de que dependiendo de la dignidad del ser de que se trate, así mismo será la escala del amor hacia él. No es evidentemente el mismo amor aquél con que amamos a nuestros padres que aquél que profesamos a nuestra mascota, por mucho que nos bata la cola cuando llegamos a casa.

Así las cosas amamos cada vez que buscamos hacer el bien a alguien. Cuando vemos una necesidad, material o moral, y nos movemos a solucionarla o al menos a aportar en la solución. Cuando el solo hecho de percibir una carencia nos impulsa a buscar ayudar. En todos estos casos se dice que amamos, que nos mueve el amor.

La segunda frase agrega a la primera el concepto de medida. Amar es algo que debe hacerse sin medida, es decir, sin cálculos de costo-beneficio, sin esperar reciprocidad, sin aguardar a recibir algo a cambio. Amar es entregar y sobre todo entregarnos, sin esperar la paga, el beneficio, el interés, la ganancia. Amar es imitar en lo posible a Dios, que nos amó y se entregó por todos, aún cuando es evidente que no podemos darle de parte nuestra absolutamente nada que añada algo a su infinita gloria, perfección y felicidad. El amor ha de ser gratuito o automáticamente deja de ser amor.

Amar es decirle al ser amado es bueno que existas y haré todo lo posible porque estés bien, incluso si de parte tuya no recibo nada. Aún más, amar es sobre todo amar cuando no se recibe nada, amar en silencio, amar anónimamente, o como dijo Cristo en el Evangelio, entregar con tal delicadeza "que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda".

Amar viene a ser un sorbo de eternidad, pues precisamente la eternidad consistirá para los bienaventurados en un ininterrumpido ejercicio de amor a Dios, de quien hemos recibido gratuitamente todo.

Dios nos ama aún cuando sabe que nada tenemos para ofrecerle. Y hemos sido llamados a amar como ama Él.


Leonardo Rodríguez V.


viernes, 18 de enero de 2019

Creo en “dios” a mi manera


Con demasiada frecuencia oímos frases como la que encabeza el presente escrito. La mayoría de quienes aseguran creer en “dios” pero a su manera en realidad no creen en nada, su pretendida “fe” es solo una vaga y confusa “espiritualidad” que se reduce a “no hacerle daño a los demás” y “meditar” (¿en qué?) de vez en cuando, incluso agregando algún intento de oración (¿a quién?).

Otro grupo de entre los que afirman creer a su manera está conformado por personas un poco más formadas, un poco más conscientes, que están motivadas por el hecho de que, según ellos, ninguna de las religiones existentes los satisface plenamente y por lo tanto consideran que deben hallar personalmente una forma de relacionarse con "dios” pues lo consideran algo relevante, incluso puede que fundamental.

Sea como sea lo cierto es que tanto unos como otros terminan creando un “dios” a su imagen y semejanza, invirtiendo así el pasaje bíblico que afirma que Dios nos ha creado a SU imagen y semejanza; ahora son ellos los que crean un “dios” según su gusto, a su medida, un “dios” cuyas características los satisface.

¿Qué características suele tener ese “dios” que el hombre moderno crea para su regocijo?

Ante todo es un “dios” que no condena a nadie, es tan amoroso que a fin de cuentas a todos enviará al cielo en algún momento y por supuesto el infierno no existe. Es un “dios” bonachón, tipo papá Noel, ciego a los defectos de sus “hijos” y generoso con todos. Se trata de un “dios” que no prefiere una religión sobre ninguna otra, todas las religiones son en el fondo iguales a pesar de sus aparentes diferencias. Da igual ser judío, musulmán, protestante, católico, etc., incluso el mismísimo ateísmo es aceptado por ese “dios” puesto que a fin de cuentas todos son sus hijos y él es un padre amoroso.

También es un “dios” que no interfiere mucho en la vida de sus “hijos”, es decir, pueden vivir como cada uno lo prefiera puesto que de todos modos el cielo está abierto para todos y el infierno no existe; siendo esto así entonces da igual ser un santo o un criminal, son solo diferentes “estilos de vida” que en el más allá no harán diferencia, todos seremos hermanitos en el cielo jugando delante de la mirada del padre “dios”.

Por lo tanto se trata de un “dios” que no castiga jamás, solo bondad, solo paciencia, infinita tolerancia hacia todos y hacia todo.

Ese es a grandes rasgos el “dios” que el hombre moderno fabrica a su conveniencia. Es fácil ver en la descripción que acabamos de hacer que es un “dios” cómodo para el hombre, no exige prácticamente nada, no castiga, premia a todos y da el cielo a todos. ¡Qué “dios” tan perfecto para el hombre moderno!

Por otro lado están los que dicen que no se afilian a ningún credo porque consideran que Dios es más grande que cualquier idea particular que los hombres puedan hacerse de Él, y por tanto lo más cuerdo es no aceptar dogmáticamente ninguna religión porque en todas ellas se pretende encerrar a Dios en concepciones mezquinas sobre lo que Él es, concepciones que siempre se quedarán pequeñas en comparación con lo que Él en realidad es.

Y aquí comienzan las curiosidades. Es curioso que afirmen eso cuando lo cierto es que prácticamente todas las religiones y cultos existentes, siendo que están separados en tantas cosas, están de acuerdo en afirmar que la grandeza de Dios no se puede expresar en palabras humanas y que las ideas del hombre se quedan a años luz a la hora de tan siquiera poder aproximarse remotamente a describir a Dios. De manera particular la teología católica es sumamente explícita al respecto y sus más grandes teólogos, místicos y santos han afirmado hasta el cansancio que la mente del hombre no puede abarcar la realidad Divina en toda su magnífica extensión y profundidad. No se entiende por lo tanto la afirmación de aquellos que rechazan afiliarse a un credo porque “a Dios ningún credo lo abarca totalmente”, puesto que todos los credos afirman exactamente eso, casi con las mismas palabras.

La afiliación a un credo es resultado no de que abarque con sus enseñanzas todo lo que Dios es, sino más bien porque se ha comprendido que existen razonablemente motivos suficientes para creer que en dicho credo Dios se ha manifestado con verdad, a diferencia de los demás credos en donde se mezclan verdades con absurdos garrafales.

La teología católica es particularmente rica en la profundización de la realidad Divina, y no obstante se trata de una teología más negativa que positiva, es decir, enseña que de Dios sabemos más lo que no es que lo que es. Negando en Dios todas las imperfecciones que se ven en las criaturas nos hacemos una idea clara de lo que Dios definitivamente no es, sin por ello poder afirmar aún algo acerca de lo que Él es, más allá de su existencia misma y su revelación en el tiempo en la persona de Cristo, cosa comprobable por medio de las profecías que en Él se cumplieron y por los milagros que hizo, así como de manera particular por el hecho grandioso de su resurrección. Todos esos elementos convenientemente estudiados, sumados al hecho histórico de la milagrosa expansión del catolicismo a pesar de todas las dificultades que encontró a su paso y de un ambiente que le era radicalmente hostil, forman un conjunto poderoso de motivos de credibilidad que llevan al católico a afirmar con toda seguridad que Dios existe, nos ha hablado y vive en la Iglesia Católica, en su enseñanza y en sus sacramentos.  

Teniendo en cuenta todo lo anterior no se entiende en lo más mínimo la postura de los que afirman ingenuamente que creen en “dios” a su manera, puesto que dicha “manera” viene reduciéndose entonces a simple pereza mental para estudiar el asunto con detenimiento, o incluso en muchos a malicia por no querer asumir los compromisos vitales que se desprenden de una vida de fe junto a Dios.

No diremos nada de los que dicen ser “creyentes” pero contrarios a la religión a causa del mal ejemplo de los sacerdotes que manchan su ministerio con crímenes como la pederastia u otras formas de corrupción humana. De todos los argumentos en contra de la religión este es sin duda el más débil puesto que individuos indignos de la posición que ocupan existen en todas las instituciones humanas y ello no desvirtúa de por sí a la institución de que se esté hablando. Por lo general a partir de casos individuales se procede a generalizaciones infundadas e injustas, que por ello mismo invalidan el razonamiento que se pretendía hacer contra la institución a la que el individuo pertenece.

De manera que estimados amigos del “yo-creo-en-dios-a-mi-manera”, los invitamos amablemente a profundizar en las cuestiones teológicas y filosóficas necesarias para aclarar con juicio el panorama en un tema tan trascendental como el presente, dejemos la pereza y volvamos al sano hábito de formar la opinión antes de emitirla.



Leonardo Rodríguez V.


domingo, 6 de enero de 2019

Hablar de lo que no se conoce

En un artículo anterior enumerábamos algunas normas básicas a tener en cuenta a la hora de querer exponer o defender nuestras ideas u opiniones. Releyéndolas caímos en cuenta de que habíamos olvidado una que quizá debiera haber ido en primer lugar:


NO HABLAR DE LO QUE NO SE CONOCE, Y MENOS EN TONO DOCTORAL.

Y es una pena que se deba insistir en algo que debería ser obvio, pero es que lamentablemente no lo es tanto por estos días. Yo no se si siempre ha sido así, lo cierto es que últimamente (y de nuevo las redes sociales tienen también aquí su cuota de responsabilidad) es ha multiplicado exponencialmente el número de personas que hablan, opinan y pontifican acerca de absolutamente todo. Atrás quedó la época en la que lo anterior solo ocurría en el terreno futbolístico, donde antes, durante y después de un partido, todos sentíamos el impulso morboso de comentar hasta el más mínimo detalle del encuentro, criticar todas las decisiones del técnico y crucificar a algunos jugadores por su mal desempeño. Todos nos creíamos expertos en el deporte rey.

Pero de eso hace ya bastante tiempo. Hoy dicha actitud no solo no ha desaparecido sino que se ha trasladado a prácticamente todas las áreas de la vida humana, desde las más intrascendentes (como el fútbol), hasta las más esenciales relacionadas con la política, la cultura, la ética, la filosofía y hasta la religión y el universo de la teología. Todos (o casi todos) hoy se creen expertos politólogos, moralistas, filósofos y teólogos.

Y ojalá lo anterior fuera el resultado de un aumento del interés por el estudio juicioso de todas esas temáticas, a partir del cual las personas con juicio bien formado intervienen con sus aportes y puntos de vista. Pero no, lo trágico es que con cero estudios juiciosos sobre tales materias, de por sí tan arduas, se lanzan a emitir todo tipo de juicios categóricos sobre los temas más fundamentales de la vida humana. Hablan desde la ignorancia, satisfechos de su ignorancia y convencidos de que su ignorancia es en realidad ciencia.

Considero que el culpable de ese fenómeno tan lamentable es el relativismo en el cual estamos sumergidos actualmente. En la modernidad muchos sectores de la filosofía han proclamado la muerte de la verdad y la entronización, en su lugar, de la opinión personal. A partir de allí muchos han terminado por considerar que no es en verdad necesario estudiar un tema, basta con abrir la boca y emitir lo que sea que te salga del caletre.

Esa actitud mental nacida en la filosofía moderna, fue adoptada por el ciudadano de a pie por un proceso de 'contagio ambiental' y es la responsable de que hoy todos pretendan (incluso sin admitirlo o saberlo explícitamente) ser filósofos, teólogos, politólogos, etc.

Dejemos hasta ahí. Creo que es claro lo que intento decir.

¿Cuál es la consecuencia de todo esto?

Pues que cuando todos hablan de cosas que en realidad no han estudiado, difícilmente se puede esperar que el nivel argumentativo sea alto. ¿Por qué? Porque para argumentar un tema hay que manejarlo, saberlo, haberlo estudiado; y partimos del hecho de que precisamente eso es lo que le hace falta al que habla de todo sin ton ni son.

Consejos:

-   Antes de emitir un concepto o una opinión sobre un tema, revisar primero si en verdad hemos estudiado el tema. Si no lo más honesto es emitir nuestro punto de vista aclarando que no conocemos bien el asunto.

-   Cuidarnos mucho de entrar en una discusión sobre algo que no conocemos, llevados únicamente por el deseo de no aparecer como ignorantes. Es mil veces mejor aclarar con sencillez que no conocemos un tema que abrir la boca aparentando ciencia y quedar en ridículo. Además pretender hablar de todo es señal de inmadurez. La persona madura y segura de sí misma acepta con tranquilidad que hay una infinidad de temas sobre los cuales no sabe casi nada o nada.

-   Si un tema nos interesa y queremos entrar en debate sobre ello, debemos antes ponernos a estudiar. La paciencia hará que luego al entrar en el debate podamos hacerlo con cierto conocimiento de causa.

-   No perder el tiempo con personas que siempre están queriendo polemizar sobre cosas que evidentemente no han estudiado en profundidad. Hay que ser firmes en esto y con amabilidad pero con seguridad hacerles saber que no están en condiciones de tocar ese tema y que si en realidad lo desean deben estudiarlo primero. Se les hará un bien procediendo así con ellos.


Dejemos hasta aquí.



Leonardo Rodríguez Velasco. 



sábado, 5 de enero de 2019

Curso de latín de Cambridge

Para los interesados en el latín les traemos algunos volúmenes del famoso curso de latín de Cambridge.











LOS SEIS VOLÚMENES SE ENCUENTRAN EN LA SIGUIENTE CARPETA:


https://mega.nz/#F!GMZDxKaa!gihP3UPW6ggHZ7WsohSlwQ





Leonardo Rodríguez V.