viernes, 30 de diciembre de 2016

Receso de fin de año

Estimados lectores de "Itinerarium mentis":

Está por acabar este 2016, en menos de 48 horas el calendario marcará la llegada de un nuevo año. Quisiéramos agradecer su compañía durante este año que termina y desearles a todos ustedes un feliz y santo año 2017.

Este año que termina hemos visto crecer notablemente el número de visitantes del blog, lo que nos ha animado a mantener un ritmo constante de publicaciones, propias y ajenas, con el deseo de que cada vez sean más los que conozcan el gran tesoro que se encuentra en el pensamiento clásico tomista.

También son muchos los retos culturales a los que seguramente estaremos enfrentados en el 2017: la ideología de género avanza con paso victorioso en las legislaciones de todos los países; el ateísmo es ya una realidad de masas; el relativismo se ha convertido en la estructura mental del hombre contemporáneo; el nihilismo anima desde la base todo este movimiento; el hedonismo le da una apariencia amable a la actual decadencia; y podríamos aún añadir un largo y lamentable etcétera.

Ante semejante panorama tan desolador no queda de otra que redoblar nuestros esfuerzos, en la oración y la acción, la oración pues toda victoria viene de arriba, y la acción porque no hay victoria gratuita, hay que merecerla en el campo de batalla.

Esperamos que el 2017 vuestro blog "Itinerarium" continúe difundiendo las buenas ideas, los buenos libros, el tomismo. Confiados en la Divina Providencia, en el patronazgo de santo Tomás de Aquino y en la maternal bendición de la Virgen María, trono de la sabiduría.

Dios bendiga a todos los que nos honran con sus visitas.

¡Feliz y santo 2017 para todos!


Leonardo Rodríguez


(Pdta: con el favor de Dios estaremos de regreso la segunda semana de enero).

Los actos de la voluntad (Jesús García López)


Aclarada de un modo general la noción de voluntario, debemos pasar ahora a considerar los distintos actos de la voluntad, pues en el orden racional de los mismos consiste la moralidad. Los actos de la voluntad tienen siempre por objeto al bien, pues el mal en sí mismo nunca es querido. Pero el bien se divide adecuadamente en fin (bien honesto y bien deleitable) y medios (bien útil). Luego de los actos de la voluntad, unos tendrán por objeto al fin y otros a los medios.

Pues bien, los actos de la voluntad que tienen por objeto al fin son tres: la simple volición, la intención y la fruición. La simple volición se refiere al fin en sí mismo, independientemente de su presencia o de su ausencia; la intención tiende al fin en tanto que ausente, y la fruición se adhiere al fin en tanto que poseído o presente. Veamos más despacio cada uno de ellos.

a) La simple volición Ante todo digamos que se la llama así porque es el acto primero y por consiguiente más simple de la voluntad. Con la palabra volición se designa cualquier acto de la voluntad, como con la palabra intelección, cualquier acto del intelecto; pero cuando se trata del acto primero de la voluntad, al que no precede ningún otro en su mismo orden, es decir, dentro del orden de lo voluntario, y que por consiguiente carece de toda complejidad, parece perfectamente fundado que se le llame simple volición.

El objeto de la simple volición es el fin en sí mismo y en tanto que tal. Porque los medios no pueden ser queridos más que en orden al fin, y, por consiguiente, son secundariamente queridos. Pero la simple volición es el acto primero de la voluntad. Por lo demás, la simple volición también tiene sus causas (no dentro del orden de lo voluntario, pero sí fuera de ese orden), pues la voluntad humana no es una causa incausada.

Esas causas son de dos tipos: unas que mueven en el orden de la especificación y otras que lo hacen en el orden del ejercicio. En el orden de la especificación, la simple volición es causada por el entendimiento, que es el que presenta a la voluntad el bien y el fin, y también por el apetito sensitivo en tanto que presentado asimismo por el entendimiento. En el orden del ejercicio la simple volición es causada, de manera no enteramente eficaz, por el apetito sensitivo en cuanto refluye en la voluntad por el hecho de estar radicado en el mismo sujeto que ella, y de manera eficaz, pero respetando la libertad, por la moción de Dios, que es la causa primera incausada de cualquier causa segunda.

b) La fruición Proviene de la palabra latina fruitio, que a su vez deriva de fructus. Por eso, así como el fruto es lo último y lo más perfecto o completo en una actividad, así también la fruición es lo último y lo más completo en los actos de la voluntad. La fruición, como ya hemos dicho, se refiere al fin, no a los medios, y en tanto que está presente o es poseído. Comporta esencialmente el descanso y la complacencia en el fin. La fruición puede ser perfecta e imperfecta, y esto en un triple aspecto: — En relación con el sujeto. — En relación con el objeto. — En referencia al modo de posesión.

Así, en el primer aspecto, el descanso y complacencia del apetito intelectual es la fruición perfecta, mientras que el descanso y complacencia del apetito sensitivo es la fruición imperfecta, como también es imperfecto lo voluntario que se funda en el conocimiento sensitivo del fin. En relación con el objeto, es perfecta la fruición que se refiere al último fin absoluto (felicidad), mientras que es imperfecta la que se refiere a un fin último relativo o en un determinado orden.

Finalmente, por respecto al modo de alcanzar el fin, es perfecta la fruición que entraña una posesión real y acabada del fin, mientras que es imperfecta la que sólo comporta una posesión intencional o en esperanza fundada.

c) La intención El nombre de intención procede de la palabra latina intentio, y ésta, a su vez, de in y tendere. Por una parte, pues, significa tendencia o impulso, y, por otra, cierta distancia y relación entre el principio del impulso y el término de él. La intención se aplica en primer lugar al orden psicológico, y de manera traslaticia al orden metafísico. Dentro del orden psicológico, la intención se aplica más propiamente al orden apetitivo que al cognoscitivo. De todos modos, es frecuente en el lenguaje de Santo Tomás, llamar intención al acto del entendimiento y también al objeto de dicho acto.

Pero aquí tomamos la intención en su sentido más propio y entonces designa el acto de la voluntad que tiene por objeto al fin en tanto que ausente, pero también en tanto que alcanzable por tales o tales medios. Como quiera que la intención entraña un impulso de la voluntad, pero también una dirección al fin a través de los medios, por eso es un acto de la voluntad y del entendimiento a la vez; de la voluntad, de manera principal y ejecutiva, y del entendimiento (y precisamente del entendimiento práctico), de manera pre-supositiva y directiva. Por lo demás, la intención no es solamente del fin último, sino también de los fines intermedios.

En efecto, la intención entraña una distancia entre los medios y el fin, y en esa distancia se intercalan de hecho los fines intermedios. Esto, no obstante, la intención del fin último es más perfecta, pues entraña un mayor impulso y un orden mayor de los medios al fin.

d) El consejo y el consentimiento Después de haber considerado los actos de la voluntad que tienen por objeto al fin, pasamos a la consideración de aquellos otros que tienen por objeto a los medios. Estos son tres: el consentimiento, la elección y el uso activo, a los cuales hay que añadir el consejo y el imperio, que, aunque son actos del entendimiento, están en íntima relación con los actos correspondientes de la voluntad.

De la intención del fin hay que pasar a la elección de los medios y a la ulterior ejecución de los mismos; mas para ello es preciso llevar a cabo antes el consejo y el consentimiento. El consejo (del latín consilium, y éste de consulo, pensar, deliberar) es un acto del entendimiento en orden a la voluntad. Concretamente se trata de una cierta deliberación o inquisición llevada a cabo por la razón práctica acerca de los medios más aptos para conseguir el fin intentado. El consejo, propiamente hablando, no entraña solamente la deliberación o inquisición, sino también la sentencia o conclusión de dicha deliberación. Y versa sobre los medios que son hacederos o practicables por el sujeto que delibera; no sobre los que están fuera de su alcance o son imposibles para él. Además, se refiere principalmente a los asuntos importantes y poco frecuentes; no a los de poca monta y muy trillados.

La facultad que lleva a cabo esa deliberación y esa sentencia es el entendimiento humano, pero no en cuanto intuitivo, sino en cuanto discursivo, y no en cuanto especulativo, sino en cuanto práctico. Tras del consejo viene el consentimiento. Consentir (del latín cum-sentire) significa adherirse a lo que otro siente o sentencia.

Así, el consentimiento es el acto de la voluntad por el que ésta se adhiere a lo propuesto o sentenciado por la razón práctica mediante el acto del consejo. Es acto propio de la voluntad que presupone, empero, un acto del entendimiento. Por lo demás, el consentimiento, lo mismo que el consejo, versa sobre los medios, nunca sobre el fin como tal, y sobre los medios agibles o posibles para el que consiente. Pero con esta particularidad: que versa sobre la bondad positiva y absoluta de los medios propuestos por el consejo; no sobre la mayor o menor conveniencia o utilidad de cada uno de ellos. En esto precisamente se distingue el consentimiento de la elección, de la que nos ocuparemos luego.

La elección se refiere a los medios comparativamente considerados, a su mayor o menor utilidad, mientras que el consentimiento se refiere a los medios absolutamente tomados, a la bondad que cada uno tiene en sí. Por eso se necesitan también dos tipos de consejo: uno absoluto, que valora lo bueno que cada medio tiene de suyo con respecto al fin, y que termina con el consentimiento, y otro comparativo, que valora la mayor o menor conveniencia de cada medio respecto de los otros y con vistas también al fin, y que termina en la elección.

e) La elección Viene del latín eligere y éste de e y legere (coger de entre varios, escoger). Significa, pues, el acto de preferir a uno entre varios, y concretamente el acto de escoger uno de los varios medios que se presentan como aptos para alcanzar un fin. Esencialmente es un acto de la voluntad, pero presupone otro acto del entendimiento.

El acto del entendimiento, o mejor, de la razón práctica, que aquí se presupone es el consejo comparativo: la discreción o discernimiento en que aparece un medio como mejor o más apto que los otros medios, que también se consideran, para alcanzar el fin intentado. Pero la elección es algo más que esta mera comparación de los medios, pues entraña la aceptación del medio que se considera mejor aquí y ahora, atendidas todas las circunstancias; y como ese medio (lo mismo que cualquier otro) es un bien, y el bien es objeto de la voluntad, el acto de adherirse a él es un acto de la voluntad; la elección es un acto de la voluntad. Por lo demás, en la elección es donde radica propiamente la libertad psicológica o el libre albedrío humano.

Casi no es necesario repetir aquí la misma idea apuntada respecto del consejo y del consentimiento, es decir, que el objeto de la elección son los medios en cuanto tales y nunca el fin en cuanto fin. Si alguna vez un fin fuera objeto de elección, ya no se consideraría como fin, sino como medio en orden a otro fin ulterior.

f) El imperio y el uso activo La elección consiste en la aceptación del último juicio práctico del entendimiento en el que termina el consejo comparativo; pero esto es todavía insuficiente para la acción: el medio elegido tiene aún que ser ejecutado. Esta ejecución o es realizada por la voluntad misma o por cualquier otra facultad humana movida por la voluntad. 

Al acto de la voluntad que ejecuta o que mueve a la ejecución se le llama uso activo, y al movimiento de las otras facultades impulsadas por la voluntad, uso pasivo. Aquí vamos a considerar solamente el uso activo. Pues bien, éste requiere otro acto del entendimiento que se llama imperio (del latín in y parare, disponer u ordenar eficazmente, imponer orden). El imperio no se debe confundir con el consejo comparativo ni con el último juicio práctico en que éste termina; porque ese consejo y ese juicio práctico presentan el medio elegido como aceptable y preferible, pero el imperio lo presenta como aplicable y ejecutable. 

Entre la elección y la ejecución media un intervalo que puede ser largo, y con frecuencia surgen dificultades nuevas que es preciso afrontar. El imperio interviene aquí para mantener firme la resolución tomada y salir al paso de los nuevos obstáculos.

El imperio es un acto de la razón que presupone otro acto de la voluntad. Porque el imperio entraña dos cosas: una ordenación o dirección y un impulso; lo primero corresponde al entendimiento, y lo segundo, a la voluntad. Sin embargo, lo que constituye esencialmente el imperio es la dirección de la razón; el impulso es algo anterior y presupuesto. El imperio es obra de la razón práctica, y no en su uso inmediato y como intuitivo, que es la sindéresis o hábito de los primeros principios prácticos, sino en su uso mediato y discursivo. En realidad, el imperio es el juicio práctico que termina o concluye un razonamiento práctico más o menos largo.

El uso activo de la voluntad consiste en la aplicación efectiva o ejecución del medio elegido e imperado en orden a la consecución del fin que se intenta. La palabra uso parece provenir de la griega chresis (uso), y ésta de cheir (mano). La mano, en efecto, es como el instrumento de todos los instrumentos y la que ejecuta casi todas nuestras acciones externas. De aquí viene el sentido primario del uso, que luego se aplica a las facultades internas y especialmente a la voluntad que mueve, en el orden del ejercicio, a todas las facultades humanas, tanto internas como externas.

El uso activo es la actividad humana en su sentido más propio y pleno; es la verdadera praxis humana. Porque los actos de nuestra voluntad que tienen por objeto al fin como fin nos vienen impuestos por la naturaleza más que puestos por nosotros, y por eso pertenecen a la voluntad considerada como naturaleza; mientras que los actos que tienen por objeto a los medios como medios están más en nuestro poder y pertenecen a la voluntad como libre.

Y de estos actos, el consentimiento se ordena a la elección, y la elección, al uso activo. En éste, pues, es donde culmina el acto humano en cuanto humano o propio del hombre, es decir, en cuanto el hombre es dueño de sí como agente libre. Por lo demás, al uso activo de la voluntad corresponde el uso pasivo de las demás potencias humanas, bien internas, como el entendimiento, los sentidos internos y el apetito sensitivo, bien externas, como los sentidos externos y la facultad locomotiva.


Todas estas facultades reciben el impulso de la voluntad, al que obedecen, y participan así de la voluntariedad del acto voluntario propiamente dicho. Es decir, que los actos de dichas potencias llegan a ser voluntarios por participación; y esto es lo que permite dividir los actos voluntarios en elícitos (realizados por la misma voluntad) e imperados (realizados por las otras facultades bajo el influjo de la voluntad).


(Tomado de "Tomás de Aquino, maestro del orden")

jueves, 29 de diciembre de 2016

El orden moral (Jesús García López)


El orden moral es el orden de lo voluntario. Por eso Tomás de Aquino asigna a la Filosofía Moral el estudio del orden que la razón introduce, al considerarlo, en los actos de la voluntad. Veamos, primero, en qué consiste lo voluntario y después veremos el orden al que deben sujetarse los actos de la voluntad. Según Santo Tomás, voluntario es lo que procede de un principio intrínseco con conocimiento del fin (I-II, q. 6, a. 1).

La procedencia de un principio intrínseco es como el elemento genérico de esa definición, mientras que el conocimiento del fin es como el elemento específico de la misma. Por esta razón, lo voluntario se opone, tanto a lo violento y lo artificial como a lo natural no viviente y a lo viviente no cognoscitivo, según la siguiente escala: lo que se opone genéricamente a lo voluntario es lo que procede de un principio extrínseco, y puede ser contranatural (violento) o preternatural (artificial), y lo que se opone específicamente a lo voluntario es lo que se realiza sin conocimiento del fin, y puede ser simplemente natural (no viviente), o viviente no cognoscitivo (vegetativo).

Por su parte, el conocimiento del fin puede realizarse de dos modos: uno perfecto, cuando se conoce el fin como fin o en su razón formal del fin, lo que sólo es posible en el conocimiento intelectual; otro imperfecto, cuando se conoce algo que es fin, pero sin conocer su razón formal de fin, lo que ocurre en el conocimiento sensitivo. De aquí que lo voluntario se divida en perfecto o propiamente dicho, que tiene a su base un conocimiento intelectual del fin, e imperfecto o impropiamente dicho, que se apoya en un conocimiento sensitivo de aquello que es fin, pero sin alcanzar el fin como tal. Por último, lo voluntario puede ser directo e indirecto. Se llama voluntario directo a lo que procede positivamente de la voluntad (un acto positivo de ella), y voluntario indirecto a lo que no procede positivamente de la voluntad, pero le es imputable (la omisión voluntaria de un acto).

Por su parte, lo involuntario que es lo contrario de lo voluntario, puede deberse a una de estas cuatro causas: violencia, miedo, concupiscencia e ignorancia. La violencia procede de un principio extrínseco sin cooperación alguna de lo violentado, sino con resistencia y oposición por parte de éste. La violencia no puede afectar a los actos elícitos de la voluntad, sino sólo a los actos imperados (se llaman actos elícitos de la voluntad a los que realiza ella misma, y actos imperados a los que realiza cualquier otra facultad en tanto que movida por aquélla). El miedo no quita enteramente la voluntariedad, sino que produce un acto mixto de voluntario e involuntario. Santo Tomás lo considera como una violencia condicionada.

La violencia —escribe— es doble: una que engendra necesidad absoluta y que es llamada por Aristóteles violencia sin más (...); otra que produce necesidad condicionada y que es llamada por el mismo autor violencia mixta (...). Y como ésta se produce por el hecho de que se teme algún peligro inminente, por eso dicha fuerza es lo mismo que el miedo, que coacciona de algún modo a la voluntad. (III, Sup., q. 47, a. 1)


La concupiscencia, es decir, la pasión del apetito sensitivo respecto del bien sensible, no causa de suyo lo involuntario, sino que más bien aumenta la voluntariedad. Sin embargo, a veces, una pasión vehemente puede impedir el uso de la razón y, por consiguiente, privar del conocimiento del fin, y entonces la concupiscencia causa la involuntariedad. Finalmente, la ignorancia, cuando es antecedente al acto de la voluntad e invencible, causa lo involuntario precisamente por falta de conocimiento del fin; cuando es concomitante al acto de la voluntad, causa asimismo lo involuntario por la misma razón, pero cuando es consiguiente a dicho acto, como es una ignorancia querida, no causa lo involuntario, sino que es un signo de voluntariedad.

(Tomado de "Tomás de Aquino, maestro del orden")

martes, 27 de diciembre de 2016

(21-40) 150 razones por las que soy católico (Dave Armstrong - traducción de Luís Fernando Pérez)

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21. Muchos Protestantes tienen una visión muy limitada de la historia cristiana en general, especialmente de los años 313 (la conversión de Constantino) a 1517 (el arribo de Martín Lutero). Esta ignorancia y hostilidad hacia la Tradición Católica conduce al relativismo teológico, al anti catolicismo y a un constante e innecesario proceso de “reinventar la historia.”

22. Desde su nacimiento, el Protestantismo era anticatólico y aún lo es hoy día (especialmente el evangelicalismo). Obviamente esto no está bien y tampoco es bíblico si el Catolicismo en efecto es cristiano (porque si no lo es –lógicamente- tampoco lo es el Protestantismo que heredó del Catolicismo el volumen de su teología). La Iglesia Católica, por otro lado, no es anti protestante.

23. La Iglesia Católica acepta la autoridad de los grandes Concilios Ecuménicos (ver, por ejemplo, Hechos 15) que definieron y desarrollaron la doctrina cristiana (mucho de lo que el Protestantismo también acepta).

24. La mayoría de los Protestantes no tienen obispos, un oficio cristiano que es bíblico (1 Tim 3:1-2) y que ha existido desde el principio de la historia y Tradición cristiana.

25. El Protestantismo no tiene forma alguna de resolver asuntos doctrinales en carácter definitivo. Lo mejor que pueden hacer es que el Protestante individual haga cuentas de cuántos eruditos Protestantes, comentadores, etc., toman ésta o aquélla postura con relación a la doctrina X, Y o Z. Entre ellos no existe ninguna tradición Protestante unificada.

26. El Protestantismo apareció en 1517, en la historia del Cristianismo es algo tardío, por tanto, no puede ser ninguna “restauración del Cristianismo “puro” y “primitivo” ya que esto es excluido por el hecho de que es absurdamente tardío en su aparición. El Cristianismo debe tener una continuidad histórica o, de otra forma, no es Cristianismo. El Protestantismo, hablando histórica y doctrinalmente, es un “parásito” del Catolicismo.

27. La idea Protestante de “la iglesia invisible” es también una novedad en la historia del Cristianismo y ajena a la Biblia (Mt 5:14; 16:18), por tanto, esta idea es falsa.

28. Cuando los teólogos Protestantes se refieren al Cristianismo primitivo (como cuando refutan a las “sectas”), ellos dicen “la Iglesia enseñó que...” (Ya que en ese entonces estaba unificada), pero cuando se refieren al tiempo presente, ellos instintivamente e inconsistentemente evitan tal terminología puesto que la autoridad universal para enseñar la doctrina reside sólo en la Iglesia Católica.

29. La norma Protestante de interpretación privada ha creado un medio social en donde, por lo regular, “sectas” centradas en el ser humano como los Testigos de Jehová, Mormones y Ciencia Cristiana han aparecido. La mismísima idea de que uno puede “empezar” una iglesia es desde su centro una idea Protestante.

30. La carencia una autoridad definitiva de enseñanza cristiana (como el Magisterio de la Iglesia Católica) en el Protestantismo hace que muchos Protestantes individuales piensen que tienen una “línea de comunicación abierta” con Dios sin importarles toda la Tradición e historia cristiana de la exégesis bíblica (una mentalidad de “la Biblia, el Espíritu Santo y yo”). Tal tipo de gente es, teológicamente, mal educada, incapaz de aprender, les falta humildad y no tienen motivo alguno para hacer presuntas declaraciones “infalibles” sobre la naturaleza del Cristianismo.

31. Las “técnicas” de evangelización” del evangelicalismo son frecuentemente maniobras y manipulaciones; verdaderamente no son estas “técnicas” derivadas de la Biblia. Algunas, hasta cierto grado, parecen lavados de cerebro.

32. El evangelio predicado por muchos evangélicos y ministros Protestantes es uno que está mutilado y abreviado; es individualista placentero al oído. Es, en efecto, una simple “seguro contra el fuego” más bien que el Evangelio bíblico proclamado por los Apóstoles.

33. El evangelicalismo frecuentemente separa el profundo y transformador arrepentimiento y discipulado radical de su mensaje del Evangelio.

34. La ausencia en el Protestantismo de la idea del sometimiento a la autoridad espiritual se ha estado infiltrando al campo cívico, donde las ideas de “libertad”, “derechos” y “opciones” personales ahora predominan hasta cierto grado que se ha desatendido la obligación cívica, vida comunitaria y disciplina con una trágica negligencia para el daño de una sociedad saludable.

35. El Catolicismo mantiene el sentido de lo sagrado, lo sublime, lo santo y hermoso en la espiritualidad. Se han preservado las ideas de altar y “espacios sagrados”. Muchas iglesias Protestantes no son más que edificios estructurados como “salas de reuniones”, “gimnasios” o “graneros”. La mayoría de los hogares Protestantes están más estéticamente formados que sus propias iglesias. De la misma manera, los Protestantes son frecuentemente “adictos a la mediocridad” en su valoración al arte, música, arquitectura, drama, imaginación, etc.

36. El Protestantismo ha descuidado grandemente el lugar de la liturgia en el culto de adoración (con claras excepciones en el Anglicanismo y Luteranismo). Esta es la forma que los cristianos han adorado a través de los siglos y, por tanto, no puede ser fácilmente ignorado.

37. El Protestantismo tiende en oponer materia y espíritu, favoreciendo a éste último: sobre esto, es de alguna forma gnóstico o docético.

38. El Catolicismo mantiene el principio de la Encarnación, donde Jesús toma carne y eleva a la carne y materia a nuevos horizontes espirituales.

39. El Protestantismo limita grandemente, o no cree, en el sacramentalismo, que es, simplemente, la extensión del principio de la Encarnación y la creencia de que la materia puede transmitir la gracia. Algunas sectas (como los Bautistas y muchos Pentecostales) rechazan todos los sacramentos.


40. La excesiva desconfianza de los Protestantes respecto a la carne (“carnalidad”) frecuentemente conduce a (en el evangelicalismo o fundamentalismos) a un absurdo legalismo (prohibición de bailes, bebidas, naipes, música "rock", etc).