jueves, 25 de diciembre de 2014

Conversión de: SAN JERÓNIMO EMILIANO



Jerónimo Emiliano fue en su juventud un gran libertino, de modo que no hubo goce mundanal que él no apurara hasta la saciedad. Alistado en la milicia, llevó la vida alegre y disipada de muchos que siguen la carrera de las armas; pero la Santísima Virgen, que le amaba entrañablemente, permitió que en cierta guerra cayese prisionero, y fuera encerrado en una cárcel tenebrosa, sin esperanza alguna de salir de ella.

La oscuridad y tristeza de la cárcel hiciéronle volver en sí, y ver la horrible oscuridad de su alma, cargada de tantos y tan enormes pecados, y esta consideración levantó en él tan vivos remordimientos, que estuvo a punto de desesperar.

Abandonado de todos, sentía la necesidad de convertirse a Dios; pero al levantar el corazón al cielo, hacíalo sin ninguna esperanza, creyendo que el Señor no podía escuchar la voz de un hombre cargado de tantos y tan graves pecados. Iba ya a dejarse llevar por la fatal corriente de la desesperación, cuando se acordó de la Santísima Virgen, e hizo memoria de los cruelísimos dolores y mortales angustias que tuvo que sufrir su ternísimo Corazón, durante las horas en que Jesús estuvo preso en poder de sus implacables enemigos.

El recuerdo de los dolores de María enterneció profundamente a Jerónimo, y le movió a recurrir a la Santísima Virgen, pidiéndole que por lo que hubo de sufrir en la vida, pasión y muerte de Jesús, se dignara levantar en su alma la esperanza de salvarse, que tenía perdida.

—Si junto con la resignación en las penas que padezco, me alcanzáis un verdadero arrepentimiento de mis pecados, y el perdón de los mismos, dolorida Madre mía —le dijo—, os prometo sinceramente ser siempre vuestro devoto y hacer penitencia hasta la muerte.

La piadosísima Madre de Jesús no podía hacerse sorda a las preces del hijo afligido, que ponía en Ella la esperanza para volver a la amistad y gracia de Dios, así es que no solamente le alcanzó una verdadera contrición de sus culpas, y la seguridad de que le habían sido perdonadas, sino que además quiso que el nuevo convertido recibiera poco tiempo después la libertad.

Salido de la cárcel, Jerónimo pasó el resto de sus días llorando amargamente los excesos de su vida y haciendo dura penitencia por ellos. Murió en el Señor, y la Iglesia lo inscribió en el catálogo de los Santos.

Aprende a no desconfiar de Dios, y a poner tu causa en las benditas manos de María, única esperanza de los pecadores.


CONVERSIÓN DE UN ESTUDIANTE



Nos refiere el Rvdo. P. Fr. Matías de San Juan, que había en Padua un joven estudiante a quien sus desordenes y excesos depravados habían conducido al termino fatal de la desesperación.

Un día concibió el proyecto diabólico de suicidarse, y, armándose de puñal bien afilado, se asesto tres tremendas puñaladas; pero cada uno de estos tres golpes terribles vinieronse a clavar sobre el Santo Escapulario del Carmen, que, por fortuna suya, llevaba sobre el pecho el infeliz estudiante.

Esto precisamente fue el motivo ocasional de su conversión y de su eterna salvación; pues, absorto y estupefacto el infeliz ante la contemplación de semejante prodigio, entro en si mismo y, lleno de confusión, al recordar su depravada y desastrosa vida, resolviose desde aquel mismo instante a mudar de vida y entrar por la senda verdadera del bien, siendo desde aquel mismo día un verdadero dechado y ejemplar de toda virtud.

Entro mas tarde en un convento de religiosos observantes del Seráfico P. San Francisco, siendo un verdadero varón apostólico que llevo mu-chas almas a Dios con su celo ferviente y santa vida, siendo motivo de alabar y bendecir a Dios y a su Santísima Madre, para cuantos conocían su vida de joven.


(Milagros y Prodigios del Santo Escapulario del Carmen. — P. Fr. Juan Fernández Martín, C. C.)


miércoles, 24 de diciembre de 2014

Derecho que Dios tiene para que no hagan los hombres su propia voluntad, sino la divina


 ¿Qué duda hay que un esclavo debe hacer la voluntad de su amo, y un vasallo la de su príncipe, y un hijo la de su padre, sin salir un punto de su gusto? Pues Dios es Señor nuestro, Rey nuestro, Padre nuestro, Esposo nuestro, y nosotros somos suyos por mil obligaciones: porque nos compró con su sangre, porque nosotros nos hemos entregado a Él y porque nos creó.
 
Porque nos hizo de nada. — Un labrador quiere tener dominio en el árbol que planta, y en un perro que nace en su casa; y un artífice en la estatua que hizo; ¿qué derecho tendrá Dios en sus criaturas, pues las hizo de nada? Porque así como dicen los filósofos que de hacer una cosa de algo a hacerla de nada va distancia infinita en el poder y causa de aquellos efectos, así el dere­cho y dominio que Dios adquiere en sus criaturas por haberlas hecho de nada, excede infinitamente a todo otro derecho.

¿Qué derecho tendrá Dios sobre nuestra voluntad, para que nos rindamos a su gusto, pues le tenemos esta tan grande obligación de habernos criado de nada, y sobre esto de habernos comprado y redimido? Claro está que es por muchos caminos grande la obligación que tenemos a hacer su voluntad, y el derecho que Él tiene sobre la nuestra. Con tan inmensas obligaciones y tan grande y supremo dominio que en nosotros tiene Dios, ¿cómo queremos ser dueños de nosotros mismos y de nuestra voluntad, y no rendirla a nuestro Dios y Señor?

Por esta causa, pues, no tenemos título justificado para hacer en cosa alguna, por mínima que sea, nuestro gusto. Porque conforme a justicia, y según toda ley, tanto se debe cuanto se recibe; y pues de Dios hemos recibido todo lo que somos, hemos de emplearnos totalmente en su servicio y estar a su voluntad.

La obligación que a Dios tenemos es infinita, y lo infinito no tiene término, ni exceptúa nada, y no deja lugar para que en nada seamos nuestros, sino todos de Dios; cuyo derecho violara injustamente quien quisiere hacer algo por su gusto, y no todo, sin excepción alguna, por el divino; ora sea acción exterior, ora movimiento interior del alma, hasta el más mínimo pensamiento.

Por lo cual dijo san Anselmo esta notable y verdadera sentencia: «Solo Dios debe querer con propia voluntad todo lo que quiere. De manera que no tiene sobre si otra voluntad a quien debe seguir. Y así, cuando un hombre quiere algo por su voluntad propia, quita a Dios su corona; porque de la manera que solo un rey tiene derecho a ponerse corona, así la voluntad propia solo conviene a Dios. Y como deshonraría a su rey el que le arrebatara de la cabeza su corona, de la misma manera desobedece y deshonra a Dios quien le quita el privilegio de la propia voluntad, queriendo tener lo que solo Dios debe tener. Y como la propia voluntad de Dios es el manantial y la fuente de todo bien, la propia voluntad del hombre es el principio de todo mal.» Así habla san Anselmo.
Pero para que ponderemos más esto, es bien volvamos a considerar de por si algunos otros títulos por los cuales tiene Dios derecho sobre nosotros. Porque si para toda esta obligación infinita a no hacer en nada nuestro gusto por ser nuestro gusto, y para todo este derecho de Dios a que hagamos en todo el suyo, so pena de ser injustos, es suficiente el título de la creación, por ser hechos de nada, con amor inmenso, y poder infinito, y ser Dios nuestro dueño y Señor, ¿qué será por los otros títulos fuera de este, por los cuales también es Señor nuestro?

2. Porque nos compró. — Lo primero, porque nos compró, como he dicho. Dios, por el precio infinito que dio por nosotros, tiene semejante derecho; y este derecho es infinito, y por el infinitamente le debemos estar sujetos y hacer su voluntad, con lo cual se excluye totalmente el tener nosotros justicia para hacer la nuestra en la mas mínima acción de cuerpo o alma; porque como Dios, por este precio infinito, más compró nuestras almas que nuestros cuerpos, no tenemos acción ni justicia para tener por nuestro gusto ni aun un movimiento interior del corazón.

3. Por habernos entregado a Él. — Además de esto, somos de Dios por habernos entregado a Él por el contrato que hemos hecho —aunque por otro lado no fuéramos suyos—, como san Paulino, que, siendo libre, se entregó por esclavo a un hombre bárbaro, obligándose a servir y hacer su voluntad en lo que le mandase; y así, pues nosotros por propia voluntad, nos hemos dado a Dios; y ahora mil veces ratifico yo esta entrega y la hago de nuevo, adquiere por esto Dios nuevo derecho sobre nosotros para que hagamos su voluntad y no la nuestra. El cual derecho también es infinito, y por él infinitamente debemos huir de hacer nuestro gusto, y hacer solo el divino. La razon por que es infinito este derecho es porque nos hemos entregado a Dios por deudas infinitas que le tenemos de sus beneficios infinitos. Y como entre algunas gentes antiguas, si llegaban a ser tan grandes las deudas, que el deudor no las pudiera satisfacer, quedaba por esclavo de su acreedor, el cual tenía en su deudor tanto derecho cuanto eran las deudas, de la misma manera, por no poder satisfacer a Dios beneficios y deudas, que son infinitas, nos hemos entregado a nosotros mismos. La obligación que de aquí nace y el derecho que por esto le hemos dado es infinito, obligándonos todo lo posible a servirle y entregándonos a Él con infinito derecho; por el cual en nada somos nuestros, ni tenemos justicia alguna para hacer nuestra voluntad, sino solo la de Dios.

4.    Por el premio que nos promete. —También porque si un hombre tiene derecho en su criado, por el salario que le promete, para servirse de él a su voluntad, de la misma suerte adquiere Dios derecho a que hagamos la suya por el jornal y premio tan aventajado que nos ha prometido y quiere dar. Y como un criado, tanto debe servir más a su amo cuanto más se lo paga, de la misma manera, pues la paga y premio que Dios nos ha de dar y ha jurado de cumplirlo, es cosa infinita en sí, y, como dicen los teólogos, objetivamente, pues es el mismo Dios y su posesión, y la vista clara de su naturaleza infinita, y esta posesión, por su duración eterna, es infinita, la obligación que de aquí nace se ha de juzgar también por infinita.
5.    Por la excelencia del Ser divino. — Pero aunque no hubiera nada de esto, que ni Dios nos hubiera criado, ni comprado con su vida y sangre, ni nosotros entregándonos a Él de nuestra voluntad, ni debido bien alguno; y aunque no nos hubiese de pagar tan liberalmente nuestros servicios, solo por la autoridad y excelencia de su Ser es Señor y Rey nuestro, y debemos estar infinitamente sujetos a Él, sin esperar otra razón ni título fuera de este. Porque, según Aristóteles, el dominio natural se funda en la excelencia de la naturaleza; por lo cual el hombre es señor de los animales, y el varón manda a la mujer; y así, pues la excelencia de Dios infinitamente excede a las demás cosas, el señorío que solo por esto tiene es infinito, y le debemos estar también por este lado infinitamente sujetos y rendidos a su voluntad.

6.    Por ser nuestro Padre. — Además del dominio supremo que Dios tiene en nosotros, tiene por otros muchos títulos, fuera del de justicia, derecho para que no hagamos en nada nuestra voluntad, sino solo la suya. Y no es poco estrecha la obligación de la virtud de piedad o religión y la obediencia, respeto y honra que le debemos por ser Padre nuestro, con tanta obligación y tan estrechamente, que no hay otro padre que lo sea más que Él, participando nosotros por la gracia de su naturaleza divina, con unión y vínculo estrechísimo. De modo que, aunque no tuviera Dios señorío absoluto ni imperio sobre las criaturas, por este título de ser Padre de los hombres le debemos obediencia infinita; y la obediencia, en esto está, en hacer la voluntad ajena y no la propia; y así, pues por el derecho de Padre le debemos tal obediencia, debemos, por consiguiente, hacer su voluntad y no la nuestra.


Tomado del libro: Vida divina. Del padre Eusebio Nieremberg.


¿QUÉ ES LA ORACIÓN?


Toda oración, de suyo, es ejercicio de amor a Dios y trato de amor con Dios presente, porque ya se le ama y porque se le desea amar más.

Desde los primeros siglos del cristianismo se han dado muchas y buenas definiciones de la oración por santos y sabios. En todas las definiciones predomina la idea de unión del alma con Dios en amor, elevación del alma hacia Dios, trato de amor con Dios presente.

En el siglo IV Evagrio el Póntico fue el primero que nos dejó escrito que la oración es la elevación del alma hacia Dios (Apotegmas).

Casiano, en el siglo V, escribe con esta misma idea que el monje ha huido del contacto con los hombres para ejercitarse en la conversación con Dios, ya que el fin del monje y toda la vida perfecta consiste en la perfección de la oración (Col, IX, I), y quería que el alma se mantuviese sin cesar unida a Dios (Inst., II, X).

Más claro y terminante San Juan Clímaco, en el siglo VI, escribe: La oración según su condición y naturaleza es unión del hombre con Dios (Escala, capl. XXIX).

Pero la definición que ha predominado sobre todas, aceptada por Santo Tomás, citada y divulgada por los autores espirituales, es la que dio San Juan Damasceno en el siglo VIII. Dice el Santo que la oración es la elevación de la mente a Dios y la petición de todas las cosas convenientes (De Fide Ort., lib. III, cap. 24).

En la Carta a los Religiosos del Monte de Dios, atribuida siempre a San Bernardo y escrita por el Abad Guillermo de Saint-Thierry, se escribe que la oración es el afecto con que el hombre se une a Dios en una conversación familiar y piadosa con Él, y la atención que espera la luz para gozar de Dios cuanto sea posible.

Santa Teresa, que había leído sobre la oración cuantos libros estuvieron a su alcance, y cuando escribió había hecho ya mucha oración y muy íntima, dio una definición más libre, sin atender a las leyes de la lógica, pero muy expresiva, diciendo: No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama (Vida, 8,5).

San Juan de la Cruz, animando al alma a tener oración íntima y de fe y confianza, dice que esté con amorosa atención a Dios escuchando y mirando.

Pero en la oración se piden las cosas convenientes. Se pide y se pide con insistencia a Dios su amor. Santo Tomas dice que lo que principalmente se ha de pedir a Dios en la oración es que nos una con Él (Suma, II, II, q. 83, a. 1 al 2). Se ha de pedir la unión de amor con Dios, pues para esta unión nos ha criado y la desea hacer con todas las almas y ciertamente la haría si todas las almas se preparasen y se dejasen preparar.

Resalta claro que la oración es ejercicio de amor a Dios presente; mutuo trato de amor; Dios con el alma y el alma con Dios; trato directo, confidencial e íntimo.

Que la oración es atender a Dios, escucharle, acompañarle, saber que está el alma acompañada de Dios, hablarle, pedirle, alabarle y agradecerle.

Que la oración es para encender y avivar el amor de Dios en el alma; para entregarse el alma a Dios juntando su entendimiento y su voluntad con el entendimiento y voluntad de Dios por la atención, por la mirada, escuchándole amorosamente, esperándole.

Para que Dios transforme el alma en amor divino.

Para que Dios una al alma en amor con Él e infundiendo con el amor las virtudes, santifique al alma, endiose al alma.

La oración es lo más grande porque lleva a la posesión de lo más grande, que es la gracia de Dios, el amor de Dios y el mismo Dios. Endiosa al alma.

Mal sobrelleva el demonio que el alma haga mortificaciones y austeridades por amor de Dios, pero lo que no puede sufrir es que haga oración y se sumerja y empape en el amor de Dios.

El alma se santifica en la oración con mortificación y con ellas, pidiendo y expiando, alcanza de Dios para todos la gracia de la conversión y de la perseverancia en fe viva.

Tomado de: ORACIÓN MENTAL SEGÚN SANTA TERESA.
Por el Siervo de Dios P. Valentin de San Jose, CD.

martes, 23 de diciembre de 2014

MARÍA SANTÍSIMA, REFUGIO DE PECADORES


Es famosa la historia de Santa María Egipciaca, como se cuenta en el libro primero de las Vidas de los Padres del yermo. A los doce años se escapó de casa de sus padres, y se fue a Alejandría, donde con su mala vida era el escándalo de toda la ciudad. Pasados otros dieciséis, salió de allí y, vagando, llego a Jerusalén, a tiempo que se celebraba la fiesta de la Santa Cruz, y, viendo entrar en la iglesia mucha gente, quiso también entrar en ella, más por curiosidad que por devoción; pero en la puerta sintió que una mano invisible la detenía. Hizo otra vez por entrar, y le sucedió lo mismo, hasta tercera y cuarta vez. Entonces la infeliz, retirándose a un rincón del atrio, conoció con luz superior que su mala conducta la echaba de la iglesia. Alzo los ojos y vio allí cerca, por dicha suya, una imagen de María Santísima, a la cual empezó a decir, llorando, de esta manera: «¡Oh, Madre de Dios, tened piedad de esta pecadora! Ni merezco que me miréis, pero Vos sois el refugio de los pecadores; amparadme y favorecedme por el amor de Jesucristo, vuestro santísimo Hijo. Haced que pueda entrar en la iglesia, y mudaré de vida, y me iré a hacer penitencia donde Vos me digáis.» Entonces oyó una voz interior, como de la Virgen, que le decía: «Pues que acudes a Mí con propósito de enmendarte, ya puedes entrar.» Entró, adoro la Santa Cruz con abundancia de lágrimas, volvió a la imagen, y le dijo: «Vedme pronta, Señora: ¿dónde queréis que me retire?» «Pasa el Jordán —le respondió la Virgen—, y allí encontrarás tu descanso.» Confesó y comulgó, y, pasando el río, llegó al desierto, y entendió que allí era donde se debía quedar.

Los diecisiete años primeros tuvo que sufrir terribles asaltos de los demonios; pero acudía siempre a la Virgen, y la Virgen Santísima le alcanzaba fuerzas para resistir y vencer. Finalmente, habiendo pasado en aquella soledad cincuenta y siete años, siendo ya de edad de ochenta y siete, la encontró por divina providencia San Zósimo, abad, a quien refirió todo el relato de su vida, suplicándole que volviese al año siguiente con la sagrada Comunión. Hízolo así, y le pidió lo mismo para otro año, al cabo del cual volvió, pero la hallo ya muerta, aunque rodeada de un gran resplandor, y con estas palabras escritas de su mano: «Entierra aquí el cadáver de esta pecadora y pide a Dios por su alma.» Vino corriendo un león, hizo un hoyo con las garras, el Santo la sepultó, y volvió al monasterio, contando a todos las misericordias que Dios había obrado con aquella felicísima penitente.


(San Alfonso Ma. de Ligorio, en «Las Glorias de María»)


Cuál sea el camino más breve de la vida espiritual





Operamini cibum, qui non perit, sed qui permanet in vitam aeternam. 

Estas son palabras del Hijo de Dios, Cristo Jesús, encomendadas por la autoridad de su persona y por la grandeza de su amor, pues bajó del cielo y murió muerte de cruz por el bien de los hombres, y para enseñarnos una vida divina con su doctrina y obras. Obrad, dice, no el sustento y comida que perece, sino la que dura hasta la vida eterna. A lo cual también nos animó con su ejemplo cuando dijo (Jn., 4, 34) que su comida era hacer la voluntad de su Padre.

1. Ha de durar para siempre. — Porque entre todos los ejercicios espirituales —que son el sustento del alma, con que se alimenta la vida y fervor del espíritu—, el cumplir y conformarse con la voluntad de Dios ha de durar por toda la eternidad, y no hemos de cesar de esta dulce ocupación, en la cual están ahora los ángeles embebidos con gran contento y honra suya, y estarán siempre, como de ellos dice David (Ps. 102, 21), que están haciendo la voluntad del Señor.

No es lo mismo en otros ejercicios particulares de la vida espiritual, porque la humillación, la paciencia, la mortificación, la penitencia y otras devociones y medios para alcanzar la perfección no los habrá en la otra vida; y aún en esta no pueden continuarse, sino que a veces, o se han de interrumpir o mudarse. Porque no son todos estos ejercicios acomodados de una misma manera para todos, ni para uno mismo en todos estados. Porque lo que conviene a los principiantes no es tan a propósito para los aprovechados y perfectos. Solo el cumplimiento de la voluntad divina es no solo conveniente a todos, pero es necesario, y nunca se debe mudar. Tan sabroso y provechoso es este manjar a los que le empiezan a gustar, que nunca les enfada ni embaraza.

2. Grande atajo. — Tiene también esta excelencia, que a este ejercicio se reducen los demás, y quien con él solo cumpliere, cumplirá con todos; será humilde, penitente, mortificado, paciente y modesto. Todo cuanto dicen los autores espirituales, y cuantos medios dan y caminos enseñan de la perfección, aquí vienen a parar, y quien diese en este ejercicio de veras y con constancia, se hallaría presto muy adelantado, porque es un grande atajo y el camino más derecho, porque es dar luego en el punto. Y porque, como he dicho, es para todos estados, se puede decir, el camino real, porque por él pueden ir todos, sin tener que salir de él los principiantes, los aprovechados, los perfectos, los flacos, los fuertes, los enfermos, los sanos. Por lo cual será gran servicio de Dios poner en práctica este ejercicio y cobrar gran devoción con él.

Hay algunos que se aplican a varias virtudes y medios para conservarse en espíritu y conseguir la perfección, dándose unos a la humildad para esmerarse en ella, otros a la mortificación, otros a la penitencia, otros a la oración, poniendo todas sus fuerzas en aprovechar en estas virtudes particulares. Yo pienso que, aunque esto es de gran importancia, sería gran atajo, y se cumpliría con todo, si esta cuenta particular y aplicación se pusiese desde luego en procurar cumplir, y no hacer cosa, aun alzar los ojos, de que no se satisfaga uno del gusto de Dios, y hacer todo lo que alcanzare ser voluntad suya. De modo que no haya para un alma más razón, ni mayor causa, ni fuerza más violenta, ni necesidad más urgente, que decir: ¡Dios lo quiere!, ¡este es el gusto y beneplácito divino!, teniendo siempre delante de los ojos, para hacer o dejar de hacer cualquier cosa, si es su gusto o disgusto de Dios, y como gustará Dios que se haga o deje de hacer.

Este es el ejercicio más seguro y de menos embarazo; éste es el camino más breve y libre de engaños; este es el compendio de la vida espiritual; esta una regla universal de vida, que no tiene excepción; éste es un medio que es fin de los demás medios y ejercicios, y el medio más eficaz para cumplir mejor y con mayor merecimiento con todos.

3. Fuente de méritos. — Porque este estudio de atender solo a hacer y buscar la voluntad de Dios, fuera de ser la regla general de todas nuestras acciones, y la única razón de acertar en ellas, y de alcanzar una prudencia divina, es la fuente más caudalosa de merecimientos. Porque como se califique la bondad de las obras por la excelencia del fin por que se hacen, y no haya fin más puro y alto que la voluntad de Dios, que es el mismo Dios; viene por esta causa a relevarse todo lo que se hiciere con este fin, y a ponerse en un grado altísimo de merecimientos y hacerse obras de fina caridad. Y en la paciencia con que sufre uno por amor de Dios las cosas adversas, porque Dios quiere que se sufran, no hay menor merecimiento, pues es la fina caridad y suprema ley de amor, tener un mismo querer y no querer; y como todas las cosas hace y padece uno porque Dios así lo quiere, siempre está acaudalando grandes merecimientos.

4. Sus conveniencias. — Pero antes de proponer su uso, mostraré primero cuán debido es, cuan necesario, cuan forzoso, cuan honroso y delegable y provechoso, y de cuán grande gloria y gusto de Dios, para con esto persuadir a todos que se den a él. Todas estas razones de emplearnos en esta ocupación concurren juntas y nos obligan a ello; porque ni hay cosa más obligatoria para nosotros, ni más gloriosa, ni de mayor gusto, ni más honrosa, ni más interesada, ni de mayor necesidad, ni más forzosa, que el cumplimiento de la voluntad divina.


Tomado del libro: Vida divina. Del padre Eusebio Nieremberg.




sábado, 20 de diciembre de 2014

LIBRO: Dios en la historia del pensamiento filosófico


Un interesante recorrido por la historia de la filosofía, buscando lo que los hombres han pensado acerca de Dios.

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Tabla de contenido





jueves, 18 de diciembre de 2014

Consecuencias del libertinaje



Si pudiera darse una causa bastante capaz de concluir con el género humano, en vano se buscaría otra más a propósito que la gran conjuración filosófica, establecida en la segunda mitad del siglo XVIII.

Para derrocar las creencias y corromper las costumbres del género humano, a pretexto de regenerarlo, de plantear la soberanía del pueblo esclavizado y seducido.

Lección terrible. El impulso dado por el filosofismo para hacer que degenerasen las costumbres públicas, y que las familias y la sociedad entera hallaran un cebo venenoso en las hojas del periodismo y en los folletos semanales, debía llegar a ser ya en nuestra época una enseñanza perpetua y  perenne de insubordinación, de desenfreno y de liber­tinaje. Y a la sombra de lo que se llama adelantos, fuerza de las cosas y espíritu del si­glo, habíamos de presenciar el funesto espectáculo de personas que se contaminan con el error, y se corrompen con impúdicas producciones. Y lo que es aún más triste y doloroso: los padres de familia habían de ser testigos de la corrupción de sus hijos; y aún hasta habían de comprar el tosigo que los atormenta y consume.


Así la sociedad camina a una decrepitud lastimosa. En las grandes poblaciones, en las capitales, allí donde la “civilización” ha hecho mayores progresos, no es raro ver los efectos dolorosos del libertinaje. Todas las edades, la juventud especialmente, ofrece los cuadros más tristes y repugnantes de esta verdad terrible. Al verla marchar macilenta, abatida, desfigurada, sin color, sin animación, sin vida, arrastrando todas las miserias de las grandes calamidades contagiosas, todos los dolores de las más graves dolencias, todas las penalidades de una vejez angustiosa, y todos los pesares propios de espantosos quebrantos, se diría que hidrópica de goces, y gastada en todos sus resortes físicos y morales, se precipitaba en busca de la nada, temiendo aparecer en la deformidad que el libertinaje le ha conquistado. Belleza, talentos, gallardía, animación, gracias, cuantas dotes recomiendan la vida pública y privada del hombre, todo se consume y desaparece a la llama voraz del libertinaje. ¡Qué estragos en el individuo!; ¡qué escándalos en la familia!,e¡qué desastres en la sociedad!, ¡el suicidio, la seducción, las calamidades públicas, los desafíos, los carteles injuriosos, los anónimos infamantes, las calumnias, los odios implacables, todas  las malas pasiones, hasta el suicidio social, que es la anarquía, todo es fruto del libertinaje en el entendimiento, en el corazón.

Tomado de: Bergier "Diccionario de teología". Voz: libertinaje.

Libertinaje




Relajados los vínculos que unen al hombre con Dios, rotas las relaciones del hombre con el Creador por medio del espíritu de rebelión y de soberbia, se creen los individuos autorizados para pensar mal, para hablar sin freno y sin decoro, para escribir con impudencia y cinismo, y para presentarse ante la sociedad con los hábitos, maneras y lenguaje de una generación impura y corruptora. Así la licencia en las ideas produce la rebelión y la anarquía; el libertinaje en el hablar y escribir produce la corrupción de las costumbres; el libertinaje del entendimiento y del corazón produce la degradación de las familias, el escándalo de la sociedad, y la ruina de los imperios más pujantes.

Definición de libertinaje dada por Bergier en su famoso diccionario de teología.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

TRES LIBROS: Estudios sobre la filosofía de santo Tomás de Aquino






A pedido de uno de los visitantes de este blog pongo a su disposición estos tres volúmenes sobre la filosofía tomista, escritos por el famoso cardenal español Zeferino González. 

CLIC EN CADA UNA DE LAS IMÁGENES PARA DESCARGAR







martes, 2 de diciembre de 2014

jueves, 27 de noviembre de 2014

Vidas de santos en historietas



En el siguiente link encontrarán una carpeta con muchas vidas de santos en forma de historieta.

https://www.mediafire.com/folder/1x17a21n3t8w3/Vidas_ejemplares


Capturas de pantalla del contenido de la carpeta:








miércoles, 26 de noviembre de 2014

Libros en inglés



En el siguiente link encontrarán una carpeta con 46 libros selectos sobre filosofía, en inglés. Es una colección valiosa y muy recomendable. Espero sea de utilidad para todos.

https://www.mediafire.com/folder/b9dmbw626aanp/Libros_en_inglés 


Aquí algunas capturas de pantalla con los textos disponibles en la carpeta:











sábado, 22 de noviembre de 2014

Libro: El pensamiento de santo Tomás


Honestamente no he leído este libro; sin embargo, lo comparto esperando que sea de utilidad en el conocimiento del pensamiento del aquinate.



jueves, 13 de noviembre de 2014

Libro: Arquitectos de la cultura de la muerte


Vale la pena compartir este libro. Reúne las biografías de varios funestos personajes que han contribuido a edificar nuestra también funesta sociedad actual. Además presenta en forma clara y amena un resumen del pensamiento y las propuestas de estos personajes.

Clic en la imagen para descargar.



jueves, 18 de septiembre de 2014

Artículo de Garrigou-Lagrange sobre la nueva "teología"

Ponemos a disposición de todos aquellos a quienes se les facilite la lectura en inglés, un luminoso texto del padre Garrigou-Lagrange, uno de los últimos teólogos tomistas que hubo en el pasado siglo XX. En este texto el padre analiza los principios de la nueva teología, mostrando que esta teología se edifica sobre una definición relativista de la verdad que ya no es más la definición católica, y da lugar, por tanto, a una teología dañina y abiertamente errada. 

Hoy, más de 50 años después de los desastres del concilio, y cuando vemos las consecuencias negativas del triunfo de esa nueva teología que el padre denunciaba con tanta sabiduría, podemos apreciar con mayor certeza el valor de este escrito.


(clic en la imagen)


miércoles, 17 de septiembre de 2014

Dos volúmenes de filosofía escolástica

Les presento dos volúmenes de esos antiguos que presentan en forma sistemática compendios de filosofía escolástica. Son pocos los libros de este tipo que es posible encontrar en castellano, ya que la mayoría están en latín y son, por tanto, de difícil lectura para la inmensa mayoría de los interesados actualmente.

 TOMO 1

TOMO 2

clic en las imágenes para descargar




lunes, 15 de septiembre de 2014

CONSAGRACIÓN DE SÍ MISMO A JESUCRISTO, LA SABIDURÍA ENCARNADA, POR LAS MANOS DE MARÍA

¡Oh Sabiduría eterna y encarnada! ¡Oh muy amable y adorable Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, Hijo único del Padre eterno y de María siempre Virgen! Os adoro profundamente en el seno y en los esplendores de vuestro Padre, durante la eternidad, y en el seno virginal de María en el tiempo de vuestra encarnación.

Os doy gracias porque os habéis anonadado tomando la forma de esclavo para sacarme de la cruel esclavitud del demonio; os alabo y glorifico, porque os dignasteis someteros a María, vuestra santa Madre, en todas las cosas, a fin de hacerme por Ella vuestro fiel esclavo.

Mas, ¡ay!, que ingrato e infiel como soy, no os he cumplido los votos y las promesas que tan solemnemente os hice en mi bautismo; no merezco ser llamado vuestro hijo ni vuestro esclavo; y como nada hay en mí que no merezca vuestra repulsa y vuestra cólera, no me atrevo a acercarme por mí mismo a vuestra santa y augusta Majestad.

Por eso he recurrido a la intercesión y a la misericordia de vuestra Santísima Madre, que Vos me habéis dado por medianera para con Vos; y por este medio espero obtener de Vos la contrición y el perdón de mis pecados, la adquisición y la conservación de la Sabiduría.

Os saludo, pues, ¡oh María Inmaculada!, tabernáculo viviente de la divinidad, donde la Sabiduría eterna escondida quiere ser adorada de los ángeles y de los hombres.

Os saludo, ¡oh Reina del cielo y de la tierra!, a cuyo imperio está todo sometido, todo lo que está debajo de Dios.

Os saludo, ¡oh refugio seguro de pecadores, cuya misericordia no faltó a nadie! escuchad los deseos que tengo de la divina Sabiduría, y recibid para ello los votos y las ofertas que mi bajeza os presenta:
Yo, N****, pecador infiel, renuevo y ratifico hoy en vuestras manos los votos de mi bautismo; renuncio para siempre a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y me entrego todo entero a Jesucristo, la Sabiduría encarnada, para llevar mi cruz en pos de Él todos los días de mi vida, y a fin de serle más fiel de lo que he sido hasta ahora.

Os escojo hoy, ¡oh María!, en presencia de toda la corte celestial por mi Madre y Señora. Os entrego y consagro, en calidad de esclavo, mi cuerpo y mi alma, mis bienes interiores y exteriores y aun el valor de mis buenas acciones pasadas, presentes y futuras, dejándoos entero y pleno derecho de disponer de mí y de todo lo que me pertenece, sin excepción, a vuestro beneplácito, a mayor gloria de Dios en el tiempo y en la eternidad.

Recibid, ¡oh Virgen benigna!, esta pobre ofrenda de mi esclavitud en honor y unión de la sumisión que la Sabiduría eterna se dignó tener a vuestra maternidad;  en homenaje al poder que ambos tenéis sobre este insignificante gusanillo y miserable pecador, y en acción de gracias por los privilegios con que la Santísima Trinidad os ha favorecido.

Protesto que en adelante quiero, como verdadero esclavo vuestro, buscar vuestro honor y obedeceros en todas las cosas.

¡Oh Madre admirable!, presentadme a vuestro querido Hijo en calidad de esclavo eterno, a fin de que habiéndome rescatado por Vos, me reciba por Vos.

¡Oh Madre de misericordia!, hacedme la gracia de obtener la verdadera sabiduría de Dios, y de ponerme para ello en el número de los que Vos amáis, de los que enseñáis, guiáis, alimentáis y protegéis como a vuestros hijos y esclavos.


¡Oh Virgen fiel!, hacedme en todas las cosas tan perfecto discípulo, imitador y esclavo de la Sabiduría encarnada Jesucristo, vuestro Hijo, que por vuestra intercesión y a vuestro ejemplo, llegue yo a la plenitud de su edad sobre la tierra y de su gloría en los cielos. Así sea.


El ser, acto propio de la substancia.



El ser de la sustancia y de los accidentes

Hablando con precisión, sólo es lo que tiene el ser como algo propio, lo que existe separado e independiente; y esto sólo corresponde a la sustancia. Por el contrario, «los accidentes, como no subsisten, no tienen propiamente ser, sino que más bien su sujeto es, de un modo u otro, según esos accidentes»; la cantidad de un caballo no es, ni tampoco su color o su figura, sino que el caballo es pesado, es blanco y esbelto, justamente por tener esos accidentes.

En definitiva, los accidentes no poseen un acto de ser «en propiedad», sino que dependen del ser de su sustancia; así, la medida de 5 kilos sólo existe en un cuerpo que tenga ese peso. Esto no significa que los accidentes no sean nada, sino que sólo son -es decir, son reales- en cuanto forman parte de un sujeto, constituyendo determinaciones suyas. Por tanto, el accidente implica siempre imperfección, ya que «su ser consiste en ser en otro y depender de él y, por consiguiente, en entrar en composición con un sujeto».

Otra manera de entender que los accidentes no tienen ser propio, es observar que sólo hablamos de generación y corrupción -adquisición y pérdida de ser- en el caso de la sustancia. La blancura, por ejemplo, no se genera ni se corrompe, sino que son los cuerpos los que se vuelven blancos o pierden este color. Sólo decimos que los accidentes se hacen o se corrompen, en cuanto su sujeto empieza o deja de ser en acto según esos accidentes.

La sustancia, ente en sentido propio

Como consecuencia del diverso modo en que les conviene el ser, «ente» se predica de la sustancia y de los accidentes en sentido análogo: de manera en parte igual -ambos son- y en parte distinta, pues la sustancia es en virtud de un acto de ser propio, y los accidentes son apoyándose en la sustancia. De ahí que el nombre de ente se atribuya con propiedad a la sustancia. Por el contrario a los accidentes más bien habría que llamarlos «algo del ente».

En la predicación analógica siempre hay una realidad a la que el término análogo conviene de modo principal y propio, mientras que a otras realidades se les aplica por su relación con esa primera. Por ejemplo, los diversos sentidos de la libertad (política, de expresión, de enseñanza, etc.) remiten a un significado primero, que es la libertad personal. En el caso del ente, el analogado principal es la sustancia, siendo los accidentes los analogados secundarios, que se llaman entes sólo por su relación con la sustancia de tal modo que si se quitara la sustancia, se suprimirían también los otros significados de ente. En este sentido, la sustancia es el fundamento de todos los demás modos de ser. Los accidentes pueden llamarse «entes» porque dicen relación a la sustancia: bien porque son su cantidad o cualidades, o bien cualquier otra determinación suya.

El compuesto de sustancia y accidentes

Después de considerar la naturaleza propia de estos dos modos de ser, interesa poner de manifiesto de qué manera se relacionan en la realidad de cada ente singular.

Distinción real

La sustancia y los accidentes son realmente distintos. Esto se advierte con claridad al observar los cambios accidentales, en los que algunas perfecciones secundarias desaparecen para dar paso a otras nuevas, sin que por ello cambie la sustancia en sí misma. Esas mutaciones sólo son posibles si los accidentes son algo realmente distinto del sujeto en el que inhieren; por ejemplo, el color de una manzana es algo distinto de ella misma, y prueba de ello es que las manzanas cambian de color cuando maduran, sin dejar de ser lo que son.

Pero no sólo son distintos de la sustancia los accidentes fácilmente mudables, sino todos, precisamente en virtud de la esencia de cada uno de ellos. Así, a la cantidad le conviene por naturaleza ser divisible, mientras la sustancia por sí misma es algo uno e indivisible; si la relación es una referencia a otro, la sustancia, en cambio, indica algo independiente.

De estos dos elementos del compuesto el más importante, como ya hemos visto, es la sustancia, que tiene una consistencia real superior a la de los accidentes. La sustancia determina precisamente el contenido fundamental de las cosas, les hace ser lo que son: flor, elefante, hombre. Los accidentes, por el contrario, dependen del núcleo sustancial y son determinaciones suyas.

Unidad del compuesto

La distinción real que acabamos de afirmar parece comprometer la unidad del ente concreto; y así sucede, en efecto, en aquellas doctrinas que conciben la sustancia como un sustrato desvinculado de los accidentes, que simplemente se yuxtaponen a ella de modo extrínseco. Por el contrario, hay que decir que la distinción real de sustancia y accidentes no destruye la unidad del ente, pues no son varios entes que se unen para formar un conjunto, como los diversos elementos decorativos que componen una habitación. Hay un solo ente en sentido propio, que es la sustancia; lo demás, como hemos visto, es únicamente «algo de ella». Por ejemplo, un árbol, aunque tiene muchas características accidentales, no deja de ser uno. Los accidentes no son algo ya acabado, realidades autónomas que se suman a la sustancia, sino sólo modificaciones suyas que la completan, y por tanto no dan lugar a una pluralidad de cosas yuxtapuestas.

La unidad del compuesto se nos hace patente también en el caso de las operaciones; por ejemplo, un animal realiza muchas acciones diversas, que no menoscaban su unidad; al contrario, todo su obrar forma un conjunto unificado y armónico, precisamente porque el sujeto que actúa es único; así en el caso del hombre, no es la inteligencia la que entiende y la voluntad la que quiere, sino la persona por medio de esas facultades, y por eso todas sus operaciones gozan de una unidad profunda.

En las doctrinas empiristas la sustancia es concebida como algo permanente, inmóvil e invariable, que subyace al flujo de los cambios accidentales. De esta manera, en lugar de unidad tendríamos mera yuxtaposición entre sustancia y accidentes. En realidad, los accidentes son algo de la sustancia y el cambio accidental supone que la sustancia misma cambia, aunque sólo sea accidentalmente. En el empirismo la sustancia, como fondo totalmente inmóvil, queda reducida en definitiva a un elemento del que se puede prescindir.

El ser, fundamento de la unidad de sustancia y accidente.

El ente es un cierto todo, compuesto de una sustancia y unos accidentes determinados. Se trata, pues, de elementos que forman una unidad, y no se encuentran separados; en la realidad no se dan accidentes sin sustancia, ni sustancia sin accidentes. No obstante, estas realidades están a distinto nivel, porque los accidentes dependen del ser de la sustancia, y no al revés. Por tanto, el compuesto o el todo es en virtud del acto de ser (actus essendi) de la sustancia, del que participan también cada uno de sus accidentes.

El ser propio de cada cosa es sólo uno. Por eso, toda la realidad sustancial y accidental de un ente, «es» en virtud de un único acto de ser, que pertenece propiamente a la sustancia. El ente posee el ser según un modo determinado por su esencia específica, que es la esencia de la sustancia; y de esa perfección sustancial derivan una multitud de perfecciones accidentales, correspondientes a ese modo de ser. Por ejemplo, cada hombre es un único ente que posee el ser según su esencia o naturaleza humana, y de ese grado de intensidad de ser surgen sus perfecciones accidentales: una determinada complexión corporal, un conjunto de facultades sensitivas y motoras, las operaciones espirituales, etc.
En el ente hay, pues, un único ser (actus essendi), que es el de la sustancia; en virtud de ese mismo ser son reales también los accidentes, que carecen de ser propio. Algunos tomistas, sin embargo, hablan de que los accidentes tienen un ser distinto del de la sustancia, oscureciendo así la unidad radical del ente. Santo Tomás, en efecto, utiliza en ocasiones la terminología esse substantiale y esse accidentale, pero en esos casos esse no parece significar estrictamente el actus essendi, sino que tiene un sentido más amplio: el hecho de ser real (esse in actu); y no cabe duda de que todo ente tiene realmente accidentes que son distintos de su sustancia, pero todo ello gracias a un único acto de ser que, como vimos, compete a la sustancia.

El triple modo de relacionarse la sustancia y los accidentes

Para completar este tema del compuesto de sustancia y accidentes, puede ser útil examinar brevemente los tres aspectos principales de su conexión mutua:

a)    La sustancia es sustrato del accidente, no sólo en cuanto es su soporte, sino en cuanto le da el ser.

b)    La sustancia es causa de aquellos accidentes que derivan de ella misma: la figura de un animal, por ejemplo, es un efecto de sus principios esenciales y por eso a todos los individuos de una especie les corresponde una figura similar.


c)    La sustancia tiene una capacidad pasiva (potencia) de recibir el ulterior perfeccionamiento que le confieren los accidentes, que por eso se llaman también formas o actos accidentales; por ejemplo, las operaciones, que son accidentes, constituyen como un acabamiento, una perfección para la cual su sustancia se encuentra en potencia.


sábado, 30 de agosto de 2014

Naturaleza de la sustancia y los accidentes

Primera descripción de estos dos modos de ser

Además de algunas mutaciones más profundas en las que una cosa deja de ser lo que era (cambios sustanciales, muerte de un viviente, transformación de una sustancia química en otra, etc.), tenemos una experiencia inmediata y constante de cambios accidentales, en los que una realidad varía sólo en sus aspectos secundarios, sin perder su naturaleza: por ejemplo, el agua al cambiar de temperatura no deja de ser agua, una persona sigue siendo la misma a pesar de la variación de estados de ánimo, de salud o enfermedad, etc. Las mutaciones accidentales manifiestan, pues, que en las cosas existe un sustrato permanente y estable, la sustancia, y unas perfecciones secundarias y mudables, que son los accidentes.

Otra característica que diferencia estos dos modos de ser es que en cada cosa hay un solo núcleo sustancial, pero afectado por como determinaciones derivadas y secundarias del núcleo central de una cosa. Lo que los caracteriza, pues, de modo radical, es su dependencia con respecto a la sustancia. De ahí la definición común a todos ellos: los accidentes son realidades a cuya esencia le conviene ser en otro como en su sujeto. Mientras lo más propio de la sustancia es subsistir, lo constitutivo de cualquier accidente es «ser en otro» (esse in o inesse).

Igual que la sustancia tiene una naturaleza a la que le conviene subsistir y que sitúa al sujeto en una especie, así cada accidente posee también una esencia propia, que distingue a unos accidentes de otros, y a la que le corresponde depender del ser de un sujeto. Por ejemplo, el color tiene una esencia diversa que la temperatura, aunque a ninguna de las dos le compete tener ser propio, sino que son en alguna sustancia.

Existe una gran variedad de accidentes, que podemos clasificar según distintos criterios. Para una primera visión de su diversidad, puede servir, por ejemplo, la siguiente clasificación de los accidentes según su origen:

a)    Accidentes propios de la especie: son aquéllos que surgen de los principios específicos de la esencia de una cosa y constituyen, por tanto, las propiedades comunes a todos los individuos de una misma especie; por ejemplo, la figura propia del caballo, o bien, en el hombre, su facultad de entender y querer, su sociabilidad, el reír y llorar.

b)    Accidentes inseparables de cada individuo: nacen del modo concreto como la especie se realiza en cada individuo; por ejemplo, ser alto o bajo, rubio o moreno, hombre o mujer, son características individuales que tienen una causa permanente en el sujeto.

c)    Accidentes separables, como estar sentado, caminar, estudiar, etc., que proceden de los principios internos del sujeto, pero le afectan sólo de modo transeúnte.

d)    Accidentes que proceden de un agente externo: algunos son violentos, como una quemadura, o la enfermedad provocada por un virus; otros, en cambio, perfeccionan a quien los recibe, como la ayuda de otra persona o la enseñanza.

El accidente metafísico y lógico

Desde el punto de vista metafísico, es decir, atendiendo al ser de las cosas, no hay término medio entre la sustancia y los accidentes: cualquier realidad, o es en sí o es en otro. Por eso no debe extrañar que propiedades tan importantes del hombre, como la inteligencia y la voluntad, deban incluirse entre los accidentes, pues no subsisten en sí mismas, sino en el sujeto. El distintivo de los accidentes no es ser algo poco importante, de lo que se puede prescindir, sino su ser en otro; y así, hay accidentes de gran trascendencia, como el querer, y otros de menor relieve, como estar sentado.

Sin embargo, en la lógica los accidentes propios de la especie, que se predican de modo necesario de todos sus individuos, reciben la denominación precisa de «propiedades» o «propios»; en cambio, el término «accidente» se reserva para las características que pueden darse o no en cada uno de sus individuos. Desde esta perspectiva lógica, las «propiedades» son, de alguna manera, un término medio entre la sustancia y los «accidentes».

En el lenguaje común, muchas veces la palabra accidente se entiende en un sentido distinto, como sinónimo de algo extrínseco, yuxtapuesto, de lo que se puede prescindir. En esta acepción del término se olvida que los accidentes, como veremos, guardan una estrecha relación con la sustancia. Así, por ejemplo, la vida de los hombres (sustancias) depende en gran medida de su educación, hábitos morales, etc. (accidentes).





domingo, 17 de agosto de 2014

Padre Norberto del Prado - sobre Santo Tomás de Aquino.


El Padre Norberto del Prado fue un tomista de mucho renombre el siglo pasado, autor de uno de los más brillantes libros que se han escrito sobre la filosofía tomista titulado "La verdad fundamental de la filosofía cristiana", que hemos compartido ya en este blog. El presente es un discurso sobre el santo, lleno de alusiones a su doctrina y a los males del tiempo actual. Muy recomendable.

El amor a Jesús crucificado - Meditación de San Alfonso María de Ligorio



¡Ah Jesús mío! ¿Qué mayor prueba podíais darme del amor que me tenéis que sacrificar vuestra vida en el infame patíbulo de la cruz, pagando la deuda de mis pecados, a fin de llevarme al cielo para estar con Vos?

Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Fil. 2, 8). El Hijo mismo de Dios, por amor de los hombres, se humilla hasta morir, y morir crucificado, obedeciendo al Padre eterno, que así lo quería, para nuestra salvación. ¿Y habrá todavía hombres que, creyéndolo, no amen a ese Dios?

¡Ah Jesús mío! ¡Cuánto os ha costado hacerme comprender lo mucho que me amabais, y yo os he pagado con ingratitudes! -Aceptadme ahora como amante vuestro, que ya no quiero abusar más de vuestro amor. 
Os amo, sumo bien mío, y quiero amaros siempre. Refrescad en mí el recuerdo de lo que habéis sufrido por mí, para que él me despierte el amor.

¡Dios mío!, los hay que hablan u oyen hablar de la Pasión de Jesucristo sin un movimiento, de gratitud, como si se tratara de un relato fantástico, o de alguna persona desconocida, que ninguna relación tuviera con ellos.

¡Oh hombres! ¿Por qué no amáis a Jesucristo? Decidme si podía haber hecho algo más este amante Redentor, para ganaros el amor, que morir en un mar de desprecios y de dolores.

Si el más vil de los hombres hubiera padecido por nosotros lo que padeció Jesucristo, ¿podríamos negarle nuestro afecto y nuestro reconocimiento?

Pero, Jesús mío, ¿para qué increpar a nadie, sino a mí mismo? ¿Qué gratitud os he demostrado hasta ahora? He sido tan vil, que vuestro amor lo he pagado con desprecio y ofensas.

¡Ah!, perdonadme, que de hoy en adelante yo quiero amaros, y amaros mucho; no habría nombre para mi ingratitud si, después de tantas finezas y misericordias vuestras, os amara poco.

Recordemos que ese Varón de dolores, clavado en una cruz infamante, es nuestro Dios verdadero, y que no está allí, sufriendo y muriendo, sino por nuestro amor.

Pues pensando que el Crucificado es nuestro Dios y que muere por nosotros, ¿podremos amar a nadie fuera de Él?

¡Oh hermosas llamas de amor, que consumisteis en el Calvario la vida de mi Salvador, consumid en mí todos los afectos de la tierra! Haced que arda yo de amor por ese Dios que, por amor mío, quiso morir en perfecto holocausto.

¡Qué espectáculo dio a los ángeles del cielo el Verbo divino, clavado en un madero y muriendo por la salvación de unas criaturas suyas miserables!

¡Ah Redentor mío! Vos no me negasteis la sangre y la vida, ¿y os negaré yo el amor? ¿Os negaré yo cualquier cosa que me pidáis? No; Vos os disteis todo a mí. Yo me doy completamente a Vos.

Mira, alma mía, en el Calvario a tu Dios, crucificado y moribundo; mira cuánto sufre, y dile: «Porque me amáis tanto, Jesús mío, estáis tan atormentado en esa cruz; si no me amarais, no hubierais sufrido tanto».

¡Oh amado Redentor mío! ¡Qué mar de dolores, de ignominias y de aflicciones os atormentan en la cruz!

Pende vuestro cuerpo sagrado de tres clavos, y todo su peso carga sobre las llagas; los que os rodea os abruman con burlas y blasfemias, y vuestra bellísima alma está todavía más dolorida que el cuerpo. ¿Por qué padecéis así? Y me respondéis: «Todo lo padezco por tu amor; no olvides mi amor, y ámame».

Sí, Jesús mío; os quiero amar. ¿Qué voy a querer amar si no amo a un Dios muerto por mí? En lo pasado os desprecié, amor mío; pero ahora no tengo más honda pena que el recuerdo de los disgustos que os he dado, y no deseo más que ser todo vuestro. ¡Ah Jesús mío! Perdonadme, y luego atraed mi corazón, estrechadlo con Vos, heridlo e inflamadlo en vuestro amor.

Pensemos en los amorosos sentimientos de Jesucristo cuando extendía sus pies y manos para ser clavados en la cruz, mientras ofrecía su vida al eterno Padre por nuestra salvación. Amado Salvador mío, cuando pienso en lo mucho que mi alma os costó, no puedo desesperar del perdón. Por muchos y horribles que sean mis pecados, no desesperaré de mi salvación, pues Vos habéis satisfecho sobradamente por mí. Jesús mío, esperanza mía, amor mío, quiero amaros cuanto os ofendí. Os ofendí mucho; pues también quiero amaros mucho. Vos, que me dais ese deseo, me tenéis que ayudar.

Padre eterno, mirad el rostro de vuestro Hijo (Sal. 83,10), de ese Hijo que muere en la cruz; mirad aquel semblante lívido, aquella cabellera coronada de espinas, aquellas manos traspasadas, aquellas carnes desgarradas; he ahí la Víctima sacrificada por mí; os la presento; apiadaos de mí.

Nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su sangre (Ap. 1,5). ¿Cómo podemos temer que nuestros pecados nos impidan llegar a la santidad, si con su sangre nos preparó Jesús un baño para lavar las almas de todo pecado? Basta que nos arrepintamos y queramos la enmienda.

Jesucristo pensaba en nosotros mientras moría en la cruz, y nos preparaba desde allí todas las gracias y misericordias que nos había de dar con tanto amor, como si no tuviera que pensar más que en cada una de nuestras almas exclusivamente.

Desde la cruz contemplabais ya las ofensas con que os había de herir, y en vez de castigarme, preparabais luz, llamadas amorosas y perdón. ¡Oh Jesús mío! ¿Y podrá todavía suceder que de nuevo os ofenda y vuelva a separarme de Vos, después de tantas gracias vuestras?


¡Oh Señor mío! ¡No lo permitáis! Si no os he de amar, mandadme la muerte. Os diré con San Francisco de Sales: : «O morir, o amar; o amar, o morir».