viernes, 22 de marzo de 2019

CITA, monseñor Marcel Lefebvre.


Pero si la primera de las caridades es dar la verdad, esta verdad debe darse en la caridad. Hay una manera de servir a la verdad que, precisamente porque no la sirve bastante en la caridad, acaba por hacer daño a la verdad. Sabemos muy bien que puede haber en nuestra manera de servir la verdad algo muy impuro: la verdad se convierte entonces en nuestro negocio y su triunfo en nuestro triunfo. A partir de este momento, ya no es a ella a quien servimos, sino a nosotros mismos. Y después, estamos satisfechos de poseer la verdad, en tanto que otros no la poseen. Abordamos al otro como el propietario al indigente. La verdadera actitud es muy diferente. Yo soy tan pobre como el otro, por mí mismo no tengo absolutamente nada. La verdad no es mi verdad, me ha sido dada, y debiera percatarme de cuán mal la recibo. Por esto, debo simplemente dar testimonio, sintiendo que soy completamente indigno de ella.

Mons. Marcel Lefebvre.

miércoles, 27 de febrero de 2019

CITA - Revolución sexual


“La gran promesa de nuestro tiempo es la libertad y la satisfacción sexual ilimitada como camino hacia la felicidad. Haz lo que quieras para aumentar tu diversión, tu placer, tu felicidad y tu bienestar. Eres independiente, autónomo y nadie debería poner reglas en tu camino: y la Iglesia menos que nadie. Dios está muerto, y también lo está el diablo. Construye tu propio mundo, decide si deseas ser un hombre o una mujer, si tu nariz debe estar torcida o recta, tus senos pequeños o grandes, y si satisfacer tus necesidades sexuales con hombres o mujeres o con ambos. Tú decides si tu hijo debe vivir o morir, si debería tener ojos marrones o azules. Tú decides si debes recibir una inyección letal cuando estés harto de la vida y cuándo. Cualquier cosa que obstaculice el camino de tu libertad será derribado: la identidad de género como hombre o mujer, la moralidad, la familia, la Iglesia, la santidad de la vida”.

Gabriele Kuby


(Autora del libro "Sexual revolution", que recomendamos)

viernes, 22 de febrero de 2019

(7) Características diferenciales de la moderna filosofía, respecto de la medieval


7) Primacía de la praxis sobre la teoría


Esta última nota de la filosofía que en la Edad Moderna reemplazó a la medieval es naturalmente una consecuencia de las anteriores. Hemos visto cómo el hombre medieval prefería una mirada sobre el mundo que hemos llamado sapiencial, por sobre una mirada meramente práctica. Con mirada sapiencial nos referimos al hecho de que el intelectual medieval contemplaba al mundo como obra de Dios, ordenado con sabiduría y amor por Él, susceptible de ser comprendido por la inteligencia humana que a través precisamente de dicho conocimiento reconocía su origen y establecía relaciones de religiosa veneración con su divino Hacedor. La naturaleza era para el medieval un gran libro en el cual podía leer las huellas de Dios, de su poder y de su amor. Todo esto requería obviamente de condiciones que lo hicieran posible, como por ejemplo la vitalidad de potencia metafísica de su inteligencia y la preeminencia social de la iglesia, guardiana de la espiritualidad cristiana. La Edad Moderna corroe precisamente esas dos bases, las nuevas teorías sobre la naturaleza del conocimiento, sobre el alcance de la inteligencia humana, etc., junto al progresivo declive de la influencia social de la iglesia, minaron las condiciones que hacían posible la mirada sapiencial del medieval. En su reemplazo se consolidó, junto a la aparición de la ciencia moderna, un esfuerzo netamente pragmático, una mirada instrumental sobre la naturaleza. Ya no era el gran libro que hablaba del poder y la bondad de Dios, sino ante todo el campo de despliegue del poderío de dominio de la técnica humana. Era un nuevo horizonte el que se abría ante los ojos del hombre del futuro.

Precisamente a ello hace referencia la primacía de la praxis sobre la teoría. La palabra praxis viene del griego y significa práctica. Mientras que la palabra teoría hace aquí referencia a lo meramente abstracto y contemplativo. De esa forma una actitud práctica sería lo opuesto a una actitud teórica, puesto que en cierto sentido el práctico sería verdaderamente útil a sí mismo y al progreso de la sociedad en general, al paso que el teórico sería un actor pasivo, envuelto en meras especulaciones sin fruto alguno individual o social.

Así las cosas, en un mundo que se alejaba de la mirada sapiencial del intelectual del medioevo y daba la bienvenida a la llegada de un mundo técnico, pragmático, productivo, etc., era natural que comenzara a primar lo práctico sobre lo teórico, en el sentido peyorativo antes descrito.

También hoy día es muy sencillo rastrear todo esto en nuestra sociedad. Ya lo hicimos en un artículo anterior y nos excusamos de repetir lo que allí se dijo, para no importunar al amable lector. Él mismo puede hacer el ejercicio de ver a su alrededor y evaluar lo que llevamos dicho.


Leonardo Rodríguez V.


Continuará...  


8) Rechazo a-priori de la tradición filosófica
9) Idea de la libertad como pura auto-determinación


lunes, 18 de febrero de 2019

(6) Características diferenciales de la moderna filosofía, respecto de la medieval


6) Dominio del conocimiento técnico-instrumental por sobre el filosófico-sapiencial

Con el ocaso de la metafísica tradicional, en la cual el hombre se abría al conocimiento de realidades fuera del espacio-tiempo, llegando incluso a alcanzar racionalmente la existencia de Dios, la sociedad se comienza a decantar poco a poco por una concepción del conocimiento más bien práctica que teórica. Si antes los hombres veían el universo como trampolín para ascender a la contemplación de Dios como su causa primera, ahora los hombres verán el universo como escenario de dominio humano sobre la materia y creación de tecnologías cada vez más asombrosas. Decíamos anteriormente que todo esto coincidió con el auge de la nueva ciencia experimental y se configuró así un nuevo paradigma de progreso social caracterizado por el interés en aumentar el conocimiento de la naturaleza material, con el fin de conocer cada vez mejor sus mecanismos y poder usarlos para mejorar en forma creciente la vida del hombre sobre la tierra.

Ante este panorama era natural que el conocimiento de tipo filosófico-sapiencial obtenido por medio de la especulación metafísica principalmente, fuera poco a poco desapareciendo de la lista de intereses de las sociedades y fuera reemplazado vertiginosamente por un modelo de conocimiento técnico-instrumental, único capaz de ofrecer resultados prácticos a la hora de aplicar la ciencia a la creación de nuevas técnicas y nuevas tecnologías.

Actualmente nadamos en este paradigma y no hay en el horizonte próximo esperanzas de regresar a una visión menos utilitarista del conocimiento. De hecho una mirada rápida a los currículos académicos de universidades e instituciones de educación primaria y bachilleratos, permite ver ese énfasis hegemónico que se hace en las disciplinas consideradas productivas o rentables, en detrimento de las disciplinas consideradas muertas en cuanto a su estatuto económico. En otras palabras, pocos padres de familia verán hoy con buenos ojos que su hijo estudie filosofía en la universidad, mientras que se sentirán seguros y orgullosos si su hijo manifiesta interés por alguna ingeniería.

Lo anterior refleja un estado social de abierto desprecio por las humanidades, agravado por un dominio apabullante de las disciplinas ‘prácticas’ o ‘productivas’.

Se perfila así un tipo de hombre y un tipo de sociedad muy específico, en los cuales desaparece o se adormece el interés por las grandes cuestiones metafísicas: ¿qué es el hombre? ¿De dónde venimos? ¿Para dónde vamos? ¿Existe Dios? ¿Qué es el alma? ¿El mundo ha tenido comienzo? ¿Tendrá fin? Etc. Todos estos interrogantes y otros por el estilo desaparecen del horizonte mental del hombre moderno y la sociedad que resulta de dicha transformación viene a ser entonces una sociedad sumida exclusivamente en la materialidad, en el esfuerzo por construir “el paraíso en la tierra”.


Leonardo Rodríguez V

Continuará...


7) Primacía de la praxis sobre la teoría
8) Rechazo a-priori de la tradición filosófica
9) Idea de la libertad como pura auto-determinación


miércoles, 13 de febrero de 2019

No hagamos odiosa la verdad

La verdad, considerada en sí misma, es el alimento propio de la inteligencia, lo cual quiere decir que la inteligencia la busca y descansa en ella cuando la ha encontrado. Lo anterior hablando en absoluto, pero considerando las cosas de forma relativa, es decir, atendiendo a las condiciones de la persona que recibe la verdad, puede darse la tragedia de que por llevar un estilo de vida contrario a las exigencias de la verdad, sobre todo de la verdad moral y religiosa, la persona se haga en cierta forma ciega a la verdad. No solo en el sentido de perder el interés por descubrir una verdad que seguramente le exigirá cambiar de estilo de vida, sino incluso por el hecho mismo de que el sujeto mal dispuesto se hace verdaderamente incapaz de comprender la verdad. Es la peor tragedia que pudiera pasarle a alguien.

Lo anterior no dice nada distinto a lo que siempre se ha dicho: debes vivir como piensas o tarde o temprano acabarás pensando como vives.

Pero y ¿qué pasa del lado del que anuncia la verdad?

Lo dicho vale para el que recibe la verdad. Pero algo semejante se puede decir de quien la anuncia. Veamos.

Puede suceder que las características de personalidad de quien anuncia la verdad hagan accidentalmente odiosa la verdad. Digo que accidentalmente puesto que de manera esencial la verdad es sumamente amable. Pero si el sujeto que la anuncia o la 'dice' posee una personalidad 'odiosa' para quien escucha, entonces la verdad misma se 'contagia', por decirlo de alguna manera, de dicha odiosidad y su aceptación por parte del oyente se hace más difícil.

Lo anterior sucede con demasiada frecuencia, lamentablemente.

A veces, quienes tienen el enorme privilegio de conocer verdades de orden religioso, teológico, moral, etc., se dejan dominar por el (1) orgullo, por la (2) aspereza o por (3) la incoherencia de vida.

(1) 

No pocas veces ocurre que nos enorgullecemos con un vano sentido de superioridad por el hecho de considerar que conocemos la verdad. Esto ocurre ya se trate del orden religioso, filosófico o moral. Es una superioridad inexplicable pero muy frecuente. Inexplicable sobre todo porque nada hay más contrario al espíritu de la religión o a la verdadera filosofía que la soberbia. Animados por esa soberbia anunciamos la verdad y esta llega a los oídos de los demás revestida con los ecos de la soberbia de quien la dice, y por tanto se hace odiosa.

(2)

Asimismo ocurre que quien anuncia la verdad lo hace con maneras ásperas, toscas, en tono gruñón y condenatorio: "mandando a todos al infierno". De esta forma solo se logra que la verdad se haga odiosa y no sea recibida. El anuncio de la verdad ha de hacerse con firmeza aderezada con una dosis de dulzura.

(3)

Finalmente la incoherencia de vida. Pocas cosas desacreditan tanto el anuncio de la verdad como el ver que quien la predica no la practica. Y ocurre a diario. Cuando las personas observan que alguien lleva una vida incoherente respecto de lo que dice creer o respecto de los principios que dice profesar, entonces el anuncio mismo que realiza de dichos principios pierde fuerza de atracción.


De esas tres formas, y otras más, podemos hacer odiosa la verdad. Y es lamentable ya que de suyo la verdad es lo más amable que existe, es el alimento propio de la inteligencia. Pero los seres humanos podemos estorbar ese proceso con nuestras disposiciones de personalidad, ya sea de parte del sujeto que recibe una verdad o del que la anuncia.



Lo anterior significa, entre otras cosas, que muchos de quienes hoy están en el error, ateos, materialistas, protestantes, liberales, ideólogos de género, abortistas, etc., están en esa posición más por el carácter odioso de quienes defienden las posturas contrarias que por las posturas mismas. Enorme responsabilidad tiene quien anuncia una verdad.

Gran cuidado debemos poner entonces en tratar de no hacer odiosa la verdad.


Leonardo Rodríguez V.


(5) Características diferenciales de la moderna filosofía, respecto de la medieval


5. Liquidación de la metafísica


Desde los tiempos de Aristóteles se viene hablando de una disciplina filosófica llamada metafísica, que como su nombre indica, se ocupa de estudiar realidades que en cierta forma están más allá de la física, más allá del mundo físico. Incluso cuando la metafísica estudia el universo físico, que lo hace, dicho estudio es llevado a cabo desde una perspectiva distinta y ontológicamente más elevada que la perspectiva física o material, es decir, estudia lo material pero no materialmente, como si dijéramos.

Dicha disciplina no solo es una más dentro del conjunto de las disciplinas filosóficas, sino que es la principal, la cumbre del esfuerzo filosófico humano, puesto que si estamos de acuerdo en decir que la filosofía es el estudio de la realidad por medio de la razón tratando de descubrir las causas últimas (es decir primeras) que la explican, en lo cual se distingue de lo que hoy llamamos ciencias, como la química y la física con sus diversas ramas, puesto que estas se ocupan de estudiar no las causas últimas (primeras) con una intencionalidad explicativa, sino solo de descubrir las causas próximas de su objeto de estudio, y ello con una intencionalidad más bien explicativa y utilitaria; si estamos de acuerdo en lo anterior, repito, entonces naturalmente la metafísica se convierte en la principal ciencia filosófica puesto que se ocupa del estudio de las causas última de lo real como tal. En otras palabras, los antiguos miraban con asombro el universo esperando develar su íntima consistencia para de allí elevarse a la consideración de la causa primera de todo ello, Dios. Los modernos miran con interés el universo esperando develar sus mecanismos para con ello poder construir aparatos cada vez más sofisticados y asombrosos.

Hablamos aquí de dos miradas distintas sobre el universo: una mirada sapiencial, sabia, que usa el conocimiento del universo como trampolín para elevarse a su fuente primera; y otra mirada utilitaria o pragmática que usa el conocimiento del universo con el fin de dominar las fuerzas de la naturaleza y poder hacer cada vez más sencilla la vida terrena mediante las tecnologías.

El cultivo de la metafísica permitía el mantenimiento de esa mirada sapiencial puesto que abría en todo momento las puertas de la inteligencia a la consideración de un universo de realidades que escapaban a los condicionamientos materiales, espacio-temporales. Los griegos clásicos cultivaron la metafísica (Sócrates, Platón, Aristóteles), de sus manos la recibieron los medievales quienes la llevaron a una altura de sofisticación notable con los aportes de autores como santo Tomás de Aquino, y la Edad Moderna (Renacimiento en adelante) dio inició a su liquidación sistemática al punto que hoy, 2019, es posible afirmar que la metafísica, salvo en algunos círculos reducidos de intelectuales, no despierta ningún interés. De hecho si algo despierta es desconfianza, por cuanto se le asocia con totalitarismos de pensamiento que, nos dicen, no tienen ya cabida en un mundo ‘abierto y pluralista’.

A partir del surgimiento de lo que después se llamó filosofía moderna, que arranca a fines de la Edad Media con autores como Guillermo de Ockham, e inicios de la Edad Moderna con autores como René Descartes, se comienza a modificar la concepción que se tenía acerca de la naturaleza del conocimiento humano, en particular acerca de los alcances de la inteligencia. Ya hablamos de eso en el artículo anterior en el que nos detuvimos a presentar el inmanentismo de la filosofía, es decir, su enclaustramiento en la conciencia subjetiva con la consiguiente ruptura entre realidad extramental y razón. Precisamente ese inmanentismo es la causa de la liquidación de la metafísica, puesto que si ya no nos es posible elevarnos por medio de la inteligencia al conocimiento de lo real extramental y estamos, por el contrario, limitados a conocer solo nuestras propias modificaciones de conciencia, nuestros estados mentales, entonces se hace imposible ir hacia realidades que gocen de una independencia ontológica real, tan real que sustenten la existencia de todo lo demás y den razón de la esencia de las cosas naturales, se hace imposible ir hacia Dios como fuente de toda la realidad.

Dios era, naturalmente, la culminación de la metafísica y de toda la filosofía. Siendo la filosofía una investigación racional acerca de todas las cosas por medio de sus causas últimas, y siendo la metafísica la ciencia filosófica por excelencia, es decir, la encargada del estudio de dichas causas en toda su universalidad ontológica y causal, era igualmente natural que una vez liquidada la capacidad de la inteligencia para salir de sí misma al encuentro de lo real y sus causas, quedara igualmente liquidada la metafísica como ciencia válida. Todo esto coincidió (y se coimplicó) con la aparición de la ciencia moderna con sus ilimitadas promesas de progreso explicativo y tecnológico, por tanto la metafísica fue en cierta forma reemplazada por las ciencias nuevas al punto que el valor sapiencial de la antigua metafísica fue reemplazado por el valor pragmático/utilitario de las disciplinas que empezaban a descollar en el horizonte cultural de las sociedades occidentales.

En breve: la metafísica se hace imposible cuando se comienza a desconfiar de la capacidad de la razón para ir más allá de sí misma. El inmanentismo la liquida. El inmanentismo es la cárcel de la inteligencia.


Leonardo Rodríguez Velasco


Continuará... 



6) Dominio del conocimiento técnico-instrumental por sobre el filosófico-sapiencial
7) Primacía de la praxis sobre la teoría
8) Rechazo a-priori de la tradición filosófica
9) Idea de la libertad como pura auto-determinación



lunes, 11 de febrero de 2019

(4) Características diferenciales de la moderna filosofía, respecto de la medieval


4. Inmanentismo


Acerca del inmanentismo ya hemos hablado en distintas ocasiones en este blog y también en los escritos que tenemos publicados. Vamos a dar aquí solo unas breves indicaciones sobre la naturaleza de ese error filosófico con consecuencias en los más diversos campos de la vida humana.

Inmanencia proviene del verbo latino “manere” que traduce permanecer, de donde ‘in-manencia’ vendría a ser algo así como una ‘permanencia-en’. Todo ello aplicado al universo de las facultades humanas de conocimiento. Veamos.

Normalmente se cree, o eso postula el sentido común y la filosofía realista, que existe el conocimiento, que el conocimiento consiste en aprehender la realidad y que esa aprehensión de la realidad que ocurre en el seno del conocimiento nos ofrece verdaderos conocimientos, es decir, que verdaderamente conocemos lo real extra-mental y no solo nuestras ideas. Desde esta postura el conocimiento nos abre hacia lo extramental, nos permite acogerlo en nosotros por medio de sensaciones, percepciones, conceptos, juicios y razonamientos.

El inmanentismo explica las cosas de forma distinta. El conocimiento existe, PERO no consiste en aprehender la realidad extramental, sino en percibir nuestro mundo interno, mundo formado por un flujo de conciencia donde encontramos ideas, sensaciones, sentimientos, planes, etc., pero que no podemos saber si todo ello se corresponde con una supuesta realidad extramental. Aún más, no sabemos tan siquiera si existe la realidad extramental puesto que en todo momento conocemos o percibimos únicamente nuestro propio mundo interno, nuestras ideas, nuestros conceptos. Se da entonces una ruptura entre lo real y lo mental.

En el realismo lo real y lo mental son dos esferas diversas pero unidas EN el fenómeno del conocimiento. En el inmanentismo lo real y lo mental no solo son esferas diversas sino extrañas la una de la otra, al punto de que lo único de lo que tenemos certeza es de nuestros pensamientos y una pretendida realidad extramental estará siempre entre paréntesis, puesto que no tenemos acceso cognoscitivo a ella. Lo extramental, como su nombre lo indica, permanece fuera de la mente y por tanto inalcanzable e incognoscible para el sujeto, encerrado en su mente sin posibilidad de ir más allá.

René Descartes postuló dicho principio de inmanencia en filosofía y después de él los que lo siguieron han sacado todas las consecuencias lógicas que de dicho principio se derivan.

¿Consecuencias? Varias y muy importantes. Ante todo la modificación radical del concepto de verdad y del universo de la ética.

En el inmanentismo el concepto de verdad se modifica por cuanto ésta pasa a ser ya no la adecuación entre el intelecto y la cosa, sino la coherencia del intelecto consigo mismo. Como ya no se conoce la realidad sino solo las propias ideas presentes en la conciencia del sujeto, la verdad ya no es el conocimiento de la realidad sino la identidad y coherencia del sujeto con su propio mundo interno. Es la subjetivización radical del concepto de verdad. La verdad a fin de cuentas acaba por ser lo que cada uno postule desde su conciencia. En el extremo de esa postura están los que afirman que entonces existirán tantas ‘verdades’ como individuos. Es la muerte de la verdad ‘objetiva’.

Junto a la muerte de la verdad ‘objetiva’ vendrá la muerte de la ética ‘objetiva’. Al no haber verdad sino solo postulados de la conciencia individual, la ética ve modificado enteramente su rostro. Ya no hay bien y mal objetivo, ya no hay conductas buenas y malas de suyo, ya no hay bondad o maldad objetivamente hablando; todo juicio moral pasará a depender exclusivamente de la conciencia de cada quien. Para decirlo en términos sencillos: bueno o malo será lo que cada uno diga, lo que cada uno juzgue como tal. Existirán entonces tantos sistemas éticos como individuos y será imposible hablar de una ética con pretensiones de universalidad. Todo pasa a ser relativo.

Lo anterior es consecuencia de ese inmanentismo de la filosofía que nace en tiempos de Descartes y se desarrolla a lo largo de toda la época moderna y contemporánea: si no hay captación de lo real, no hay verdad y por ende no habrá moral universal. Es el inicio del imperio del relativismo.


Leonardo Rodríguez V.


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5) Liquidación de la metafísica
6) Dominio del conocimiento técnico-instrumental por sobre el filosófico-sapiencial
7) Primacía de la praxis sobre la teoría
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9) Idea de la libertad como pura auto-determinación 



jueves, 7 de febrero de 2019

(3) Características diferenciales de la moderna filosofía, respecto de la medieval


3) Pluralismo

Con esta característica aludimos aquí al rechazo sistemático de  la  noción de ‘verdad’ única. Durante la Edad Media los escritores abordaron una multiplicidad de temas con gran libertad, pero lo hicieron conscientes de que se movían dentro de un marco de principios rectores provenientes de su fe religiosa. Lo anterior no ha de ser interpretado en el sentido de que dichos principios limitaran, asfixiaran, impidieran o reprimieran la investigación propiamente racional y filosófica, no, de hecho en los escritos de un autor tan medieval como Tomás de Aquino podemos encontrar una doctrina muy clara sobre la distinción entre los niveles teológico y filosófico de la investigación, así como una defensa y justificación de la capacidad de la razón dentro de su propia esfera. Efectivamente no pocas veces el sistema tomista es catalogado como intelectualista y aún hoy día sus tesis son usadas para defender los derechos de la razón frente a doctrinas que rebajan la inteligencia al no diferenciarla esencialmente del conocimiento sensible.

De manera que no se debe creer que la fe limitara a la razón, más bien le establecía puntos de referencia, señales de demarcación y avisos de peligro. En lenguaje técnico se ha dicho que la teología ejercía una función de vigilancia sobre la filosofía, por cuanto le señalaba los peligros de ciertas doctrinas. Pero más allá de eso la mente del filósofo quedaba en plena libertad para abordar los problemas más arduos imaginables. Bastaría para convencernos de ello dar una mirada a las obras que nos quedaron de aquellos tiempos, y veríamos la diversidad de temas abordados, la variedad de soluciones en disputa y la, en ocasiones, agresividad de ciertas disputas en torno de temas trascendentales.

La fe no limitaba la razón. Sería como decir que las señales de tránsito limitan la libertad de movimiento del conductor y su vehículo. En cierto sentido sí, pero en realidad, bien miradas las cosas, sucede que las señales de tránsito le ayudan a llegar seguro a casa, cosa de agradecer sobre todo en aquellas vías de mayor peligrosidad. La señal de tránsito no mueve el vehículo, pero le indica a su conductor los lugares peligrosos y la mejor manera de transitar para llegar sano y salvo a su destino. Algo así ocurría con la fe en la mente del filósofo medieval. La fe no le decía cómo filosofar, pero le indicaba los peligros y las mejores rutas.

Todo lo anterior ocurría en aquella época debido a que todos se movían dentro de un marco mental que en términos generales podemos denominar cristiano. Dicho marco abría un sinfín de posibilidades investigativas para la razón por cuanto postulada de entrada la racionalidad del cosmos partiendo de la sublime inteligencia del Creador. Incluso se defendía en aquella época la posibilidad de una investigación racional del mismo Dios, de su existencia primero y también de algunos aspectos (forma de hablar humana puesto que Dios es inmensamente ‘simple’, no compuesto) de su naturaleza. Se puede decir que a los estudiosos medievales no les faltó ni variedad de temas ni posibilidad de profundizar en los mismos.

Lo que sí es cierto es que creían en la verdad, es decir, creían que la inteligencia humana podía conocer con certeza muchas cosas, desde la existencia de Dios hasta los conocimientos más básicos de las distintas ciencias. Cuando estudiaban un tema no lo hacían para formarse opiniones o creencias igualmente discutibles que sus contrarias, sino con el fin de encontrar la verdad sobre dicho tema. Y creían que muchas veces dicha verdad era efectivamente alcanzable.

La filosofía que arranca con los autores del Renacimiento y sobre todo después de Descartes es una filosofía en la cual el concepto de verdad comienza a sufrir modificaciones que la van volviendo un asunto cada vez más subjetivo. Poco a poco la verdad comienza a diluirse en opiniones, posturas, perspectivas, corrientes, etc., todas respetables, todas defendibles, todas con argumentos a favor y en contra, todas igual de válidas. Lo importante ya no es llegar a la verdad sino edificar sistemas explicativos autorreferenciales, coherentes, autónomos, racionales y libres de toda tradición religiosa. Todo filósofo desea fundar su propio sistema, todo filósofo sueña en adelante con crear su propia corriente, ya nadie quiere ser discípulo, todos quieren ser maestros. Ya no se trata, como en la Edad Media, de que exista una variedad de temas, sino de que proliferan perspectivas, abordajes, opciones de respuesta, posibilidades de explicación, etc. Ya no hay una verdad sobre nada, sino solo distintas visiones y propuestas, todas igualmente respetables. Todo se argumenta, todo se defiende, todo se opina, ya no hay verdad, no se le busca, no se aspira a ella…la verdad muere.

La única verdad que parece quedar en pie es aquella que afirma que no hay verdad.

En ese orden de ideas el pluralismo de la filosofía moderna no es fruto de la riqueza de temas y de la fuerza de una razón ‘liberada’, sino más bien de la debilidad de una razón que abandona la tarea de buscar la verdad, la realidad de las cosas, y se limita a construir múltiples sistemas posibles.

Es como si en hora pico quitáramos de las vías como por arte de magia todas las señales de tránsito. Se puede decir en cierto sentido que habría más libertad de movimiento para los conductores, pero las posibilidades de llegar sano y salvo a casa se verían drásticamente reducidas y los accidentes estarían a la orden del día. Igualmente en la Edad Moderna con el eclipse del contexto religioso y teológico, la razón adquiere mayor “libertad de movimiento”, pero el precio a pagar fue quizá demasiado alto.

Leonardo Rodríguez V.


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miércoles, 6 de febrero de 2019

(2) Características diferenciales de la moderna filosofía, respecto de la medieval


2) Separación de la fe y la razón


Si por algo es conocida la Edad Media en cuanto a filosofía es por el intento de armonizar la fe con las exigencias de la razón. Autores como Tomás de Aquino son conocidos casi siempre por este punto, haber trabajado en establecer una estrecha colaboración entre la fe y la razón. Incluso muchas veces se habla de los escritos medievales como escritos de síntesis entre el pensamiento filosófico griego, Platón y Aristóteles, y los datos de la revelación cristiana.

Dicha armonía se logró y se sostuvo durante algún tiempo, sobre todo en el siglo de Tomás, el siglo XIII, siglo medieval por excelencia. Pero quizá era tan grande esa tarea, tan sublime ese objetivo, que pronto el edificio empezó a resquebrajarse y acabó por prácticamente venirse abajo. Un siglo después de la muerte de Tomás (+1274) la escolástica se encontraba ya en plena decadencia y se avizoraban tiempos de profundos cambios en todos los niveles.

Durante el Renacimiento lo que quedaba ya de síntesis entre fe y razón se sostenía solo en círculos pequeños de comunidades religiosas, pero en muchos intelectuales y curiosos de todo pelambre comenzaba a gestarse un deseo de "liberar" la especulación filosófica de la tutela de la teología y la religión. De hecho es un dato que no carece de importancia el hecho de que si en la Edad Media los filósofos y teólogos habían sido en su práctica totalidad religiosos, sacerdotes, hombres del clero; en la época del Renacimiento estos comienzan a ser minoría y los nombres famosos de filósofos que recordamos de esos años pertenecen a seglares, es decir, hombres ajenos al clero.

En este ambiente aparecen hombres como René Descartes que con sus nuevas teorías profundiza la separación entre fe y razón y propugna una autonomía total de la razón. Por algo se le conoce como el padre del racionalismo, que es la filosofía que defiende el poder de la razón como único camino para investigar y conocer la verdad en todo tipo de asuntos. La fe y la teología quedan relegados a un nivel distinto del de la filosofía, y poco a poco después de Descartes otros autores acabarán por eliminar por completo la teología arrojándola al baúl de los recuerdos.

Por si fuera poco por esos mismos años comienza a dar sus primeros pasos la ciencia moderna, que promete un futuro de inmenso bienestar a través del dominio de las fuerzas de la naturaleza, puestas al servicio del hombre por medio de la técnica y de la producción de tecnologías cada vez más asombrosas.

El "espíritu" del Renacimiento con su exaltación de la figura humana, el racionalismo de la filosofía que apareció en esos años, las promesas de la nueva ciencia que empezaba a crecer, cambios políticos que disminuyeron la influencia de la iglesia en la sociedad, etc., consolidaron en el ambiente social la idea de que en adelante la razón humana debía avanzar sola, sin someterse en manera alguna a los dictados de la teología y la religión.

Todo esto inició hace quinientos años, más o menos, y hoy día, pleno 2019, vivimos aún de las consecuencias de aquellas transformaciones. Pensar hoy en la sola idea de proponer una armonía entre fe y razón es de inmediato rechazado como un sinsentido, como un absurdo, como un imposible, como un anacronismo, como un abuso inaceptable. Se ha instalado ya cómodamente en las inteligencias la idea de que razón y fe no solo son distintas sino contradictorias, en el sentido de que si quieres seguir siendo racional y pensante, debes mantenerte lejos de la religión. Es la opinión más difundida en la actualidad. Las personas que conservan su fe religiosa son vistas con inmensa desconfianza y desprecio. Desconfianza porque se les ve como enemigos de la razón. Y desprecio porque pudiendo ser "racionales" se rebajan voluntariamente al nivel de lo irreal, de las "fantasías" teológicas.

La separación entre fe y razón que marcó el inicio de la era moderna domina hoy tranquilamente el panorama intelectual. Resulta un riesgo oponerse a su dominio hegemónico. Pero nos agradan los riesgos.


Leonardo Rodríguez V.

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viernes, 1 de febrero de 2019

(1) Características diferenciales de la moderna filosofía, respecto de la medieval


1) Paso de lo teocéntrico a lo antropocéntrico


La Edad Media se desenvolvió en una atmósfera permeada por la omnipresencia de la iglesia católica (nos referimos al espacio geográfico comúnmente denominado occidente o Europa), sobre todo a través de la actividad de las órdenes religiosas. Luego de la caída del imperio Romano se sucedieron una serie de transformaciones culturales que culminaron con la consolidación de distintos reinos en aquellas tierras que habían sido parte del territorio romano. En medio de la desorganización que casi en todas partes fue la nota distintiva por esos años, solo la iglesia católica permanecía heredera de una estructura organizativa interna que le permitía erigirse en referente de los conatos de organización intentados aquí y allá. Durante los mil años, más o menos, que transcurrieron entre la caída del Imperio Romano y el Renacimiento italiano, la iglesia católica jugó un papel de grandísima influencia social. Dicha influencia se desarrolló con los altibajos que son de esperar en una institución conformada por hombres, que si a veces son dignos de su rango y responsabilidades, en otras no lo son tanto y causan un daño que llega a perdurar más allá de ellos mismos. En todo caso el balance es altamente positivo y se puede afirmar que lo mejor que dio de sí aquella época lo produjo bajo la influencia de los principios morales y religiosos emanados del catolicismo.

Una de esos frutos maravillosos que nos legó la Edad Media fue su pensamiento filosófico y teológico, heredero del pensamiento griego (Platón y Aristóteles), pero a su vez capaz de construir con dichas bases, y al calor de la revelación religiosa de la cual la iglesia era depositaria e intérprete, un sistema global, una cosmovisión, que hermanaba en perfecta armonía lo mejor de la tradición griega de pensamiento con las verdades de la fe y la teología. Fue la armonía de la fe y la razón acerca de la cual tanto se ha escrito.

En dicho sistema armónico Dios estaba en la cima de la pirámide de lo real, como Causa Suprema de todo lo existente y a su vez Causa Necesaria de la existencia actual de todos los entes. El conocimiento de lo real culminaba en Dios como fuente del ser, y de manera particular se concebía a Dios como principio y fin de la existencia misma del ser humano: salido de las manos de Dios y llamado a volver a Él al final de sus días de acuerdo a la estatura moral alcanzada por medio de su conducta en íntima colaboración con la gracia divina. A este sistema de pensamiento se le llama teocéntrico por cuando Dios ocupa el sitial de honor y se le concibe como la explicación suprema de todo, alfa y omega.

En tiempos del Renacimiento una serie de transformaciones culturales, políticas, sociales, etc., que sería largo desarrollar acá, comenzaron a resquebrajar el orden medieval y supusieron la aparición de una sociedad que comienza progresivamente a alejarse del modo de concebir la vida de las generaciones que la antecedieron. El teocentrismo del que se habla para caracterizar al período medieval fue uno de los aspectos que comienzan a desaparecer paulatinamente, y ese vacío comienza a ser llenado por una visión cada vez más antropocéntrica, es decir, una visión de la sociedad y de la vida humana en la cual es el hombre mismo, su realidad, su presente y su futuro, el que ocupa el foco de atención llegando a ser el centro gravitacional para la organización del mundo que comienza a aparecer ante los ojos de los renacentistas.

La filosofía fue uno de los terrenos en los cuales se vio con claridad el paso de una manera teocéntrica a una manera antropocéntrica de concebir las cosas. Se dijo ya que los escritores medievales, en su mayoría teólogos más que filósofos, concibieron la filosofía como una sabiduría humana llamada a ser coronada por la sabiduría divina aportada por la teología como reina del edificio de las ciencias. Entre ambas sabidurías no había extrañamiento ni mucho menos oposición, sino que aun siendo disciplinas distintas, provenían ambas de la misma fuente que era Dios mismo como verdad absoluta. La filosofía preparaba la reflexión teológica, le presentaba materiales, organizaba el orden natural para que fuera apto para recibir la influencia del sobrenatural, infinitamente superior por derecho propio.

La filosofía que comienza a desarrollarse a partir del Renacimiento (pero que hunde sus raíces en autores medievales como Scoto y Ockham) es una filosofía que ya no aspira a la armonía con la fe, una filosofía que busca construirse de cero, autónoma, lejos de las especulaciones teológicas, “pura”. Si en la Edad Media los autores fueron en su mayoría teólogos, en la edad que comienza con el Renacimiento, si bien sigue siendo importante la presencia de eclesiásticos, la filosofía es hecha por hombres que muchas veces ya no son religiosos, ni sacerdotes ni monjes. Señal clara de que se construiría una filosofía donde la teología no jugaría el rol predominante de la época anterior.

Lo que se inicia con René Descartes, considerado padre de la filosofía moderna, es un movimiento filosófico racionalista, en el sentido de ser un movimiento donde la razón va a primar por sobre la fe. La razón sola en adelante construirá el edificio del pensamiento, lejos de la tutela de la fe religiosa.

Y si lo anterior es cierto a propósito del siglo de Descartes, es aún más cierto en nuestros propios tiempos, en los cuales varios siglos de racionalismo han hecho desaparecer totalmente los vestigios de pensamiento medieval que aún pervivían.


Siguientes temas que se abordarán:

2) Separación de la fe y la razón
3) Pluralismo
4) Inmanentismo
5) Liquidación de la metafísica
6) Dominio del conocimiento técnico-instrumental por sobre el filosófico-sapiencial
7) Primacía de la praxis sobre la teoría
8) Rechazo a-priori de la tradición filosófica
9) Idea de la libertad como pura auto-determinación



 Leonardo Rodríguez V.

miércoles, 30 de enero de 2019

(2) La personalidad voluntarista


“Intellectualism” in the sense in question is, of course, not claiming that all human beings are or ought to be intellectually inclined in the sense of having an interest in philosophy, science, art, or other intellectual pursuits.

Para evitar equívocos hay que aclarar desde el principio algunas ideas erradas acerca del intelectualismo, que es la postura opuesta al voluntarismo.

Cuando se habla de intelectualismo no se está diciendo que todas las personas deben ser “intelectuales”, en el sentido de ratones de biblioteca estudiosos de cuestiones abstractas de filosofía. No. El intelectualismo no tiene ese sentido. Se trata más bien de una tesis antropológica, es decir, de una postura acerca de la naturaleza del ser humano, en la que se afirma que la inteligencia tiene una cierta primacía sobre la voluntad en el sentido de ser la encargada de iluminar el camino que recorremos.

Lo anterior implica naturalmente postular la primacía de la verdad. La verdad es el objeto propio de la inteligencia, su alimento como si dijéramos. La verdad es la realidad en cuanto conocida por la inteligencia, y es evidente que el actuar del ser humano ha de amoldarse a la realidad: a la realidad acerca de sí mismo, pero también a la realidad del universo y de todo lo existente, Dios incluido. Es a partir del contacto con lo real como podemos direccionar acertadamente nuestra vida y todas nuestras acciones. Lo demás es edificar en el aire o, peor aún, edificar sobre caprichos ilusorios.

Again, the intellectualist is also not denying that the will can affect the intellect.

Evidentemente la postura intelectualista no pretende negar la influencia que la voluntad, y en general la vida emocional y afectiva, tienen sobre la vida humana y sobre la toma de decisiones. No. Se reconoce la fuerza que posee la esfera apetitiva, pero se insiste en la necesidad de otorgar primacía a la captación de la verdad, tarea de la inteligencia, en orden a dirigir la conducta y la moralidad en general de nuestras acciones.

Es sabido el desorden que se introduce en el psiquismo humano cuando quien toma el mando es la voluntad por sobre la inteligencia. El voluntarista se convierte en una persona que gira en torno a sí misma, a su visión de las cosas, sin necesidad de abrirse a lo real puesto que ha comenzado por creer que lo real es lo que él crea a su antojo.

Though his will is attached to the idea, it will not remain so if his intellect is made to see the evidence against it, and so he tries to avoid seeing it.

Ahora bien, ¿qué pasa cuando un voluntarista, como por accidente, comprende que su postura en algún asunto o su postura global ante la vida están erradas? Es decir, ¿qué pasa cuando en el psiquismo del voluntarista su inteligencia logra colar alguna razón en contra de su estilo de vida? Lo dice nuestro autor: tratará de evitar poner atención a la evidencia presentada por su inteligencia. Se hará voluntariamente ciego y reprimirá la voz de la realidad hasta ahogarla en el mar de su capricho subjetivo. Lo real podrá gritar con fuerza, pero el orgullo de una voluntad ‘deificada’ hará lo posible por tapar sus oídos y seguir adelante, impertérrito.

Es la tragedia del obstinado. Cuando alguien se ha habituado a seguir en todo y para todo únicamente su idea o visión de las cosas, de espaldas a lo real, puede suceder que cuando lo real, la dura realidad, toque a su puerta, sea incapaz de abrir y permanezca encerrado en sí mismo, ensimismado en su capricho.


Continuará…


Leonardo Rodríguez V.


https://edwardfeser.blogspot.com/2018/10/the-voluntarist-personality.html

martes, 29 de enero de 2019

La personalidad voluntarista

Ya en anteriores ocasiones hemos recomendado aquí los escritos del filósofo norteamericano Edward Feser. Nos parece un autor que se destaca en el panorama actual entre quienes defienden sin complejos las principales tesis del pensamiento aristotélico-tomista.

Esta vez quisiéramos hacer referencia a uno de sus artículos titulado "the voluntarist personality", que tiene por fecha el doce de octubre del año inmediatamente anterior (al final de esta entrada está el link al artículo en cuestión). Citaremos al autor en sus propias palabras y nos limitaremos a hacer breves comentarios.

“A voluntarist conception of persons takes the will to be primary and the intellect to be secondary”.

He ahí la raíz teórica del voluntarismo como tal, del cual veremos desprenderse como consecuencia la personalidad voluntarista. Para el voluntarismo la persona es ante todo y sobre todo voluntad, fuerza creadora, ímpetu de realización, incluso autorrealización. El intelecto pasa a un segundo plano y queda reducido a ser ayudante de la voluntad en el cumplimiento de sus decretos.

“That is to say, for voluntarism, at the end of the day what we think reflects what we will”.

Dicen por ahí que si no vivimos como pensamos, terminaremos pensando como vivimos. Con lo anterior se alude a esa estrecha relación que existe entre la conducta y la percepción de la realidad. Ambas esferas de la experiencia humana se condicionan de tal forma que la manera de vivir condiciona la visión que tenemos de la realidad, y la visión que tenemos de la realidad condiciona la manera de vivir. Normalmente debería darse una apropiación de ciertos principios morales de comportamiento y luego su puesta en práctica a la hora de actuar. De ahí que se critique a una persona cuando ésta no es “coherente” con lo que dice, cuando vemos que dice una cosa y hace otra. Esa incoherencia tarde o temprano hará que lo que vive gane la partida sobre lo que piensa, y entonces se verá cómo comienza a defender de palabra su estilo de vida. Por eso reviste la mayor importancia ser coherentes y esforzarnos cada día por vivir de tal forma que haya una plena continuidad entre aquellos principios que decimos defender y la forma en que vivimos. El voluntarista es aquél en quien ha triunfado el estilo de vida, la manera de vivir, por sobre el pensamiento. Y éste ha venido a ser solo una fuerza justificadora del cómo se vive. En el voluntarista lo importante es la manera en que decide hacer las cosas y vivir, el pensamiento viene después a justificarlo todo “teóricamente”. Y en verdad vemos a diario a muchas personas tratando de justificar lo injustificable.

“An intellectualist conception of persons takes the intellect to be primary and the will to be secondary.  For intellectualism, at the end of the day, what we will reflects what we think”.

Al otro lado del tablero está la postura intelectualista o intelectualismo. Según esta postura, que estimamos la acertada, la persona se define ante todo por la razón, por la inteligencia, que en cuanto facultad de conocimiento, le permite acceder a lo real, a la realidad, conocerla, escudriñarla, incluyendo la realidad del propio sujeto, y a partir de ahí actuar en consecuencia. Pues así como para caminar necesitamos ver el camino, así para actuar necesitamos primero tener claridad sobre la naturaleza de la acción a realizar, sus circunstancias, motivos, consecuencias y calificativo moral. No vamos por la vida como pollos sin cabeza deseosos de correr sin mirar hacia dónde, cómo y por qué. La tarea de la inteligencia es, al develarnos el conocimiento de lo real, indicarnos hacia dónde, cómo y por qué, precisamente. Es la luz con que iluminamos el camino.

La postura intelectualista parte del reconocimiento de la existencia de una realidad independiente del sujeto cognoscente. Una realidad que aunque independiente del sujeto es cognoscible por este y condiciona el actuar del sujeto. La postura voluntarista parte de una disminución ontológica de lo real, por decirlo de alguna manera. En cuanto que el voluntarista se concibe a sí mismo más que como observador de lo real, como creador de lo real, en particular de su realidad como individuo. El voluntarista es el que se concibe a sí mismo como una masa informe destinada a ser infinitamente moldeable según la voluntad de cada uno. El voluntarista  en cierta forma de deifica a sí mismo por medio de la absolutización de su voluntad. En el pasado el gnosticismo fue la apoteosis de una concepción voluntarista del hombre. En la actualidad la ideología de género recorre el mismo camino: el sujeto se auto-crea a capricho.

Una imagen vale más que mil palabras: el intelectualista es como ese conductor que en medio de la noche enciende las luces de su vehículo para saber bien por dónde ir y por dónde no. El voluntarista es como ese conductor que no enciende las luces, no le interesa ver el camino, confía plenamente en que con la sola fuerza de su potente motor puede avanzar de frente sin temor a un accidente mortal.

“In making of us fundamentally willful animals rather than rational ones, it simply gets human nature wrong”.

Ese es el problema principal, dicho así, en términos contundentes: al hacer del hombre fundamentalmente un animal voluntarioso, por encima de la racionalidad, se equivoca en la idea que se forma de la naturaleza humana.

Son impresionantes las consecuencias que se desprenden del hecho de equivocarse en la idea que se tiene sobre la naturaleza humana, sobre lo que el ser humano es. Pues no se crea ni por un segundo que se trata de disputas entre académicos abstractos, alejados de las complicaciones reales de la vida diaria. No. Nada más equivocado que eso. Ya lo decía el escritor Richard Weaver allá por 1948 en su libro “Ideas have consequences”, las ideas tienen consecuencias y el modo de ver las cosas, las ideas que asumimos, la cosmovisión que nos sirve de plataforma de vida, condiciona lo demás.

Hay aún más tela por cortar en el artículo de Feser, pero para no hacer este escrito demasiado largo vamos a dedicarle algunas entradas más en los próximos días. Daremos así una mirada a la personalidad voluntarista.



Leonardo Rodríguez V. 




http://edwardfeser.blogspot.com/2018/10/the-voluntarist-personality.html



lunes, 21 de enero de 2019

La medida del amor

Amor es un concepto demasiado manoseado actualmente, para desgracia de la humanidad misma pues no hay concepto más hermoso. Decían los romanos que "corruptio optimi pessima", con lo cual querían decir que cuando algo muy bueno se corrompe es un gran mal. En este caso hablamos del amor, que es a todas luces un concepto tan hermoso y tan trascendental que las mismas Sagradas Escrituras identifican el amor con el mismo Dios, es célebre el pasaje de la primera carta del apóstol san Juan, capítulo 4, versículo 8: "Deus caritas est", Dios es amor. La corrupción del amor será entonces el mal más grande, el mayor mal porque es la corrupción del mayor bien.

¿Y cómo se corrompe el amor actualmente? De mil formas, ante todo llamando amor a lo que no lo es. Cuando los padres de familia descuidan la crianza correcta de sus hijos y abandonan el ejercicio de su autoridad para corregir y formar, dedicándose únicamente a cumplir todo deseo de sus hijos, y dicen que lo hacen 'por amor'. Cuando la madre permite el abuso de su pareja hacia sus hijos, porque lo "ama" mucho y no desea perderlo. Cuando la adolescente accede a los caprichos instintivos de su novio, por 'amor'. Cuando las parejas "hacen el amor", sin compromiso a futuro dentro del matrimonio bajo la bendición de Dios, sino solo por satisfacer el impulso de atracción biológico. Y un largo etcétera de ejemplos de pésimo uso de la palabra amor.

Igualmente se corrompe el amor cuando se ataca el lugar propio del amor, la escuela del amor que es la familia. Todo ataque dirigido contra la familia es en el fondo un ataque dirigido, se quiera o no, contra el amor, contra la fuente del amor, contra el lugar natural en el que el individuo vive el amor desinteresado, lo experimenta, lo recibe y aprende a entregarlo. En buena medida se puede afirmar que la ausencia de verdadero amor que caracteriza nuestros tiempos es producto del debilitamiento de la institución familiar, de la familia.  

¿Cómo se ha pasado en nuestra época de un concepto del amor que lo identificaba con Dios mismo, a un concepto flexible hasta el infinito y que ha vaciado de todo sentido el vocablo 'amor'? El proceso ha sido lento, lo suficientemente lento como para que no fuera percibido por la inmensa mayoría de las personas, demasiado ocupadas con sus obligaciones cotidianas como para atender a los grandes procesos sociológicos que pueden ocurrir a lo largo de toda una generación. De escalón en escalón hemos descendido del "Deus caritas est", hasta la situación actual en la cual muchos hablan de la era del "post-amor", pues así como se ha hablado ya de la era de la post-verdad en la cual parece que la verdad no interesa y ha sido sustituida por la mera propaganda ideológica interesada; así mismo se dice que estamos en medio de un proceso de desaparición de lo que nuestros mayores llamaban amor para ser reemplazado por un nuevo paradigma utilitarista y hedonista en las relaciones humanas: te "quiero" en la medida en que aportes a mi felicidad personal.

Frente a la aparición de dicho paradigma utilitarista y hedonista que adultera por completo el sentido de la palabra amor, y con ello el resorte más profundo de la experiencia humana conviene recordar mil veces si fuere necesario la concepción del amor que brota de la tradición cristiana occidental (o más bien judeo-greco-romano-católica): 

-  Amar es querer y buscar el bien del amado.
-  La medida del amor es amar sin medida.

La primera cita pertenece al gran Aristóteles, los medievales traducían del griego así: amare est velle bonum alicui.

La segunda cita, aunque comúnmente atribuida a san Agustín, es en realidad de san Bernardo de Claraval y está al inicio de su obra "De diligendo Deo", y dice así: mensura amoris sine mensura amare est.

La primera frase nos habla del amor en cuanto entrega al otro. En efecto, amar es querer y buscar aquello que es bueno para el ser amado. Entiéndase por ser amado no solo la esposa, el esposo, el novio o la novia, sino todo ser que pueda ser objeto de amor: familiares, amigos, conocidos, etc., incluso nuestras mascotas. Respetando siempre el hecho de que dependiendo de la dignidad del ser de que se trate, así mismo será la escala del amor hacia él. No es evidentemente el mismo amor aquél con que amamos a nuestros padres que aquél que profesamos a nuestra mascota, por mucho que nos bata la cola cuando llegamos a casa.

Así las cosas amamos cada vez que buscamos hacer el bien a alguien. Cuando vemos una necesidad, material o moral, y nos movemos a solucionarla o al menos a aportar en la solución. Cuando el solo hecho de percibir una carencia nos impulsa a buscar ayudar. En todos estos casos se dice que amamos, que nos mueve el amor.

La segunda frase agrega a la primera el concepto de medida. Amar es algo que debe hacerse sin medida, es decir, sin cálculos de costo-beneficio, sin esperar reciprocidad, sin aguardar a recibir algo a cambio. Amar es entregar y sobre todo entregarnos, sin esperar la paga, el beneficio, el interés, la ganancia. Amar es imitar en lo posible a Dios, que nos amó y se entregó por todos, aún cuando es evidente que no podemos darle de parte nuestra absolutamente nada que añada algo a su infinita gloria, perfección y felicidad. El amor ha de ser gratuito o automáticamente deja de ser amor.

Amar es decirle al ser amado es bueno que existas y haré todo lo posible porque estés bien, incluso si de parte tuya no recibo nada. Aún más, amar es sobre todo amar cuando no se recibe nada, amar en silencio, amar anónimamente, o como dijo Cristo en el Evangelio, entregar con tal delicadeza "que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda".

Amar viene a ser un sorbo de eternidad, pues precisamente la eternidad consistirá para los bienaventurados en un ininterrumpido ejercicio de amor a Dios, de quien hemos recibido gratuitamente todo.

Dios nos ama aún cuando sabe que nada tenemos para ofrecerle. Y hemos sido llamados a amar como ama Él.


Leonardo Rodríguez V.


viernes, 18 de enero de 2019

Creo en “dios” a mi manera


Con demasiada frecuencia oímos frases como la que encabeza el presente escrito. La mayoría de quienes aseguran creer en “dios” pero a su manera en realidad no creen en nada, su pretendida “fe” es solo una vaga y confusa “espiritualidad” que se reduce a “no hacerle daño a los demás” y “meditar” (¿en qué?) de vez en cuando, incluso agregando algún intento de oración (¿a quién?).

Otro grupo de entre los que afirman creer a su manera está conformado por personas un poco más formadas, un poco más conscientes, que están motivadas por el hecho de que, según ellos, ninguna de las religiones existentes los satisface plenamente y por lo tanto consideran que deben hallar personalmente una forma de relacionarse con "dios” pues lo consideran algo relevante, incluso puede que fundamental.

Sea como sea lo cierto es que tanto unos como otros terminan creando un “dios” a su imagen y semejanza, invirtiendo así el pasaje bíblico que afirma que Dios nos ha creado a SU imagen y semejanza; ahora son ellos los que crean un “dios” según su gusto, a su medida, un “dios” cuyas características los satisface.

¿Qué características suele tener ese “dios” que el hombre moderno crea para su regocijo?

Ante todo es un “dios” que no condena a nadie, es tan amoroso que a fin de cuentas a todos enviará al cielo en algún momento y por supuesto el infierno no existe. Es un “dios” bonachón, tipo papá Noel, ciego a los defectos de sus “hijos” y generoso con todos. Se trata de un “dios” que no prefiere una religión sobre ninguna otra, todas las religiones son en el fondo iguales a pesar de sus aparentes diferencias. Da igual ser judío, musulmán, protestante, católico, etc., incluso el mismísimo ateísmo es aceptado por ese “dios” puesto que a fin de cuentas todos son sus hijos y él es un padre amoroso.

También es un “dios” que no interfiere mucho en la vida de sus “hijos”, es decir, pueden vivir como cada uno lo prefiera puesto que de todos modos el cielo está abierto para todos y el infierno no existe; siendo esto así entonces da igual ser un santo o un criminal, son solo diferentes “estilos de vida” que en el más allá no harán diferencia, todos seremos hermanitos en el cielo jugando delante de la mirada del padre “dios”.

Por lo tanto se trata de un “dios” que no castiga jamás, solo bondad, solo paciencia, infinita tolerancia hacia todos y hacia todo.

Ese es a grandes rasgos el “dios” que el hombre moderno fabrica a su conveniencia. Es fácil ver en la descripción que acabamos de hacer que es un “dios” cómodo para el hombre, no exige prácticamente nada, no castiga, premia a todos y da el cielo a todos. ¡Qué “dios” tan perfecto para el hombre moderno!

Por otro lado están los que dicen que no se afilian a ningún credo porque consideran que Dios es más grande que cualquier idea particular que los hombres puedan hacerse de Él, y por tanto lo más cuerdo es no aceptar dogmáticamente ninguna religión porque en todas ellas se pretende encerrar a Dios en concepciones mezquinas sobre lo que Él es, concepciones que siempre se quedarán pequeñas en comparación con lo que Él en realidad es.

Y aquí comienzan las curiosidades. Es curioso que afirmen eso cuando lo cierto es que prácticamente todas las religiones y cultos existentes, siendo que están separados en tantas cosas, están de acuerdo en afirmar que la grandeza de Dios no se puede expresar en palabras humanas y que las ideas del hombre se quedan a años luz a la hora de tan siquiera poder aproximarse remotamente a describir a Dios. De manera particular la teología católica es sumamente explícita al respecto y sus más grandes teólogos, místicos y santos han afirmado hasta el cansancio que la mente del hombre no puede abarcar la realidad Divina en toda su magnífica extensión y profundidad. No se entiende por lo tanto la afirmación de aquellos que rechazan afiliarse a un credo porque “a Dios ningún credo lo abarca totalmente”, puesto que todos los credos afirman exactamente eso, casi con las mismas palabras.

La afiliación a un credo es resultado no de que abarque con sus enseñanzas todo lo que Dios es, sino más bien porque se ha comprendido que existen razonablemente motivos suficientes para creer que en dicho credo Dios se ha manifestado con verdad, a diferencia de los demás credos en donde se mezclan verdades con absurdos garrafales.

La teología católica es particularmente rica en la profundización de la realidad Divina, y no obstante se trata de una teología más negativa que positiva, es decir, enseña que de Dios sabemos más lo que no es que lo que es. Negando en Dios todas las imperfecciones que se ven en las criaturas nos hacemos una idea clara de lo que Dios definitivamente no es, sin por ello poder afirmar aún algo acerca de lo que Él es, más allá de su existencia misma y su revelación en el tiempo en la persona de Cristo, cosa comprobable por medio de las profecías que en Él se cumplieron y por los milagros que hizo, así como de manera particular por el hecho grandioso de su resurrección. Todos esos elementos convenientemente estudiados, sumados al hecho histórico de la milagrosa expansión del catolicismo a pesar de todas las dificultades que encontró a su paso y de un ambiente que le era radicalmente hostil, forman un conjunto poderoso de motivos de credibilidad que llevan al católico a afirmar con toda seguridad que Dios existe, nos ha hablado y vive en la Iglesia Católica, en su enseñanza y en sus sacramentos.  

Teniendo en cuenta todo lo anterior no se entiende en lo más mínimo la postura de los que afirman ingenuamente que creen en “dios” a su manera, puesto que dicha “manera” viene reduciéndose entonces a simple pereza mental para estudiar el asunto con detenimiento, o incluso en muchos a malicia por no querer asumir los compromisos vitales que se desprenden de una vida de fe junto a Dios.

No diremos nada de los que dicen ser “creyentes” pero contrarios a la religión a causa del mal ejemplo de los sacerdotes que manchan su ministerio con crímenes como la pederastia u otras formas de corrupción humana. De todos los argumentos en contra de la religión este es sin duda el más débil puesto que individuos indignos de la posición que ocupan existen en todas las instituciones humanas y ello no desvirtúa de por sí a la institución de que se esté hablando. Por lo general a partir de casos individuales se procede a generalizaciones infundadas e injustas, que por ello mismo invalidan el razonamiento que se pretendía hacer contra la institución a la que el individuo pertenece.

De manera que estimados amigos del “yo-creo-en-dios-a-mi-manera”, los invitamos amablemente a profundizar en las cuestiones teológicas y filosóficas necesarias para aclarar con juicio el panorama en un tema tan trascendental como el presente, dejemos la pereza y volvamos al sano hábito de formar la opinión antes de emitirla.



Leonardo Rodríguez V.