jueves, 22 de agosto de 2019

Cita sobre la santísima Virgen María





«Una de las razones por que tan pocas almas llegan a la plenitud de la edad en Jesucristo es porque María, que ahora como siempre es la Madre de Jesucristo y la Esposa fecunda del Espíritu Santo, no está bastante formada en sus corazones. Quien desea tener el fruto maduro y bien formado, debe tener el árbol que lo produce; quien desea tener el fruto de la vida, Jesucristo, debe tener el árbol de la vida, que es María. Quien desea tener en sí la operación del Espíritu Santo, debe tener a su Esposa, fiel e indisoluble, la divina María . . . Persuadíos, pues, que cuanto más miréis a María en vuestras oraciones, contemplaciones, acciones y sufrimientos, si no de una manera clara y distinta, al menos con mirada general e imperceptible, más perfectamente encontraréis a Jesucristo, que está siempre con María, grande y poderoso, activo e incomprensible, y más que en el cielo Y en cualquier otra criatura del universo»



san Luís María Grignion de Montfort

martes, 20 de agosto de 2019

LIBRO: Teología de la perfección cristiana, Royo Marín, (Completo en un solo tomo)

Les traemos en UN SOLO TOMO la obra ya clásica de Antonio Royo Marín "Teología de la perfección cristiana". Obra de gran utilidad para los que deseen bases sólidas para su vida espiritual.

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sábado, 17 de agosto de 2019

LIBRO: El psicoanálisis de Freud. De Rudolf Allers.


Rudolf Allers fue un psiquiatra y filósofo católico nacido en Viena en 1883 y fallecido en 1963 en Estados Unidos. En sus inicios fue seguidor de la escuela freudiana de psicología, pero más adelante se separó de Freud al detectar errores graves en sus planteamientos. Estudió en Italia la filosofía tomista y dedicó sus esfuerzos a dar a la psicología una base antropológica sólida que proviniera de la filosofía de Tomás de Aquino. Sus textos, aunque densos, son interesantes.

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miércoles, 14 de agosto de 2019

LIBROS: Historia de la filosofía (Fraile y Urdanoz; falta el tomo VII)

Les presentamos los tomos que hemos podido reunir de Internet de esta obra de gran valor. Son originalmente ocho tomos, no nos ha sido posible encontrar el tomo VII, si algún amable lector lo tiene le agradeceríamos nos lo facilite para poder publicar la colección entera.








TOMO VII: Filosofía de las ciencias, neopositivismo y filosofía analítica.

No somos tan importantes


Hace un par de días mi ciudad y sus alrededores recibieron una generosa lluvia, más bien aguacero acompañado de tormenta eléctrica, que nos puso a pensar un poco acerca de la fragilidad humana y los aires de superioridad con los que a veces vivimos nuestro día a día.
Resulta que de los siete pecados capitales (soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza), es la soberbia como la madre y raíz de los demás, de modo que todos de una forma u otra se pueden reconducir a ella como a fuente primera de las conductas autodestructivas del ser humano. Nos dice el viejo catecismo que la soberbia es “el amor desordenado de la propia excelencia”, lo que en palabras sencillas significa un apego desordenado a nosotros mismos, a nuestras reales, o la mayoría de las veces, ficticias cualidades; apego a nuestra propia opinión no tanto porque quizá pueda ser correcta sino porque es la nuestra; apego a nosotros mismos y nuestro propio beneficio y bienestar, pasando si es necesario por encima de los demás y olvidando los deberes de caridad y amor fraterno que nos deben unir con nuestro prójimo. La soberbia es, en resumen, una egolatría que nos enceguece y nos hace ubicarnos, como si dijéramos, en el centro del universo con todo lo demás girando a nuestro alrededor para nuestro servicio y utilidad. El soberbio es un ególatra.
Y resulta entonces que en ocasiones la naturaleza se agita un poco, tan solo un poco, nos deja entrever una milésima parte de su poder, de su fuerza, de su furia si se quiere, y es allí donde comprendemos muy a pesar nuestro que en realidad no somos tan importantes. Somos débiles criaturas henchidas de aire, confiados ciegamente en nuestra propia “excelencia”, soberbios, vanidosos y las más de las veces presas de un tremendo complejo de superioridad que se manifiesta en mil detalles cotidianos: incapacidad de aceptar una crítica, dificultad a veces grande para pedir perdón, imposibilidad de reconocer errores, falta de humildad y sencillez, etc.
Gracias a Dios la naturaleza de cuando en cuando nos recuerda lo pequeños que realmente somos y nos despierta de la borrachera de vanidad en la que vivimos sumergidos.

¡Bienvenidas las tormentas!

Leonardo Rodríguez Velasco



lunes, 12 de agosto de 2019

Filosofía y sofística: El filósofo y su gemelo malvado el sofista.


Es evidente que la filosofía no goza hoy de buena fama. Las razones son muchas, mencionemos algunas al menos de pasada:

1. El predominio socio-económico indiscutible de las disciplinas “productivas”. Muchos concluyen con pasmosa imprudencia que, dado el éxito técnico de las ciencias “duras”, la filosofía no tiene un papel de importancia en la sociedad actual. A fin de cuentas a punta de filosofía no se fabrican nuevos celulares.

2. La proliferación de un estilo de vida marcado por un creciente consumismo hedonista, según el cual lo importante es lo útil, lo que pueda provocar una mejora directa en la “calidad de vida” de las personas, entendiendo calidad de vida por bienestar físico preferentemente. Es el antiguo “carpe diem” que toma el lugar de director de orquesta. Dicho estilo de vida hace imposible en la práctica que el interés por las arduas cuestiones metafísicas tenga alguna relevancia social.

Lo anterior ha producido una progresiva desaparición de la filosofía del panorama cultural contemporáneo. Sin embargo, no es exacto hablar de desaparición de la filosofía, sino que más bien habría que decir que lo que ha ocurrido es una sustitución o más bien una suplantación de la filosofía por parte de su hermana gemela pero malvada, la sofística.

El sofista es un personaje que ha estado presente a lo largo de la historia del pensamiento humano, como antagonista del filósofo. Para decirlo brevemente el filósofo busca la verdad de las cosas, busca que sus juicios se ajusten lo más posible a la realidad. Y aunque es consciente de las limitaciones de la inteligencia humana, de lo frecuentes que han sido, son y serán las equivocaciones de los hombres, etc., prosigue su camino contento con ir descubriendo verdades, por humildes que estas puedan ser. El sofista, por el contrario, no es movido por el puro interés por la verdad, por ajustar sus juicios a lo real. Lo que lo mueve en primer lugar es el amor propio, la búsqueda de algún tipo de beneficio, de ganancia, de triunfo, de lucimiento personal. De hecho si alguna vez se encuentra ‘accidentalmente’ proponiendo y defendiendo alguna verdad, no es la verdad misma lo que lo mueve, sino algún beneficio que desea obtener por medio de ella. Siempre es él mismo el centro de sus motivaciones.

El filósofo en todas las épocas ha tenido a su lado al sofista. Por eso en todas las épocas al lado de una auténtica filosofía es posible encontrar una sofística, con épocas de predominio filosófico seguidas o preparadas por épocas de predominio sofístico.

¿Y nuestra época? ¿Filosofía o sofística? ¿Predomina hoy el filósofo o el sofista? Esta pregunta se puede responder fácilmente si primero respondemos a la siguiente, ¿predomina hoy el interés por la verdad?

No es difícil percibir que en la actualidad la sociedad se encuentra en un estado de somnolencia con respecto a las grandes cuestiones filosóficas. No solo ha desaparecido el interés por los temas trascendentes, sino que incluso podemos sospechar que a fuerza de no estudiarlos hemos perdido incluso la capacidad de comprenderlos. Las preocupaciones actuales del hombre promedio se limitan a los afanes del día a día y las preocupaciones de las clases altas, en su mayoría, se encuentran confinadas al mantenimiento y acrecentamiento de sus fortunas. ¿Y los intelectuales? Los auténticos intelectuales son una especie en vía de extinción y muchos se han consagrado a la defensa de causas ‘políticas’ de dudosa nobleza. Brillan por su ausencia.

Así las cosas han venido a brillar en la actualidad una serie de personajes que se han apoderado de los “micrófonos” actuales: redes sociales, cátedras universitarias, columnas de opinión, etc. Desde allí dan rienda suelta no tanto al interés por la verdad cuanto al deseo de hacer triunfar a toda costa las tesis con las cuales se han comprometido previamente. Ha llegado una nueva época de dominio de los sofistas. Las redes sociales podrían servir bien de muestra de lo que llevamos dicho. Allí pululan los “expertos” en todo tipo de asuntos, se multiplican los debates en donde lo buscado es el lucimiento personal, se pierde tiempo en asuntos baladíes, se entroniza lo efímero y se endiosa, en últimas, la voluntad de poder, como diría Nietzsche, gran sofista él mismo sin saberlo o a sabiendas.

El panorama no es alentador. Para quienes amamos la filosofía y deploramos el predominio de la sofística, el mundo actual se nos presenta como motivo de angustia, por un lado, y como ocasión de heroísmos, por otro. Mantener lo que debe ser mantenido, conservar, sostener, aguantar, resistir en espera de mejores épocas, que quizá estamos destinados a no ver. Pero las futuras generaciones, pasada la actual borrachera de pensamiento sofista, seguramente agradecerán el esfuerzo de quienes un poco estoicamente decidimos ir contra corriente y transmitir una herencia imperecedera: las líneas áureas del pensamiento clásico. Somos herederos.


Leonardo Rodríguez Velasco.    


sábado, 10 de agosto de 2019

LIBROS: Teología moral para seglares (Antonio Royo Marín)

Ya en una ocasión habíamos compartido este texto, lo hacemos de nuevo puesto que hemos encontrado una versión de mayor calidad visual.






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viernes, 9 de agosto de 2019

LIBRO: Aprender latín

Interesante libro para ejercitarnos en la lengua latina:



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martes, 6 de agosto de 2019

¿Filosofía implícita?

Uno de los argumentos que se suelen utilizar para motivar el estudio de la filosofía dice más o menos lo siguiente: se debe estudiar la filosofía para poder comprender con cierta profundidad las verdades más altas acerca de la existencia humana y para vivir una vida más consciente y racional; ya que de otra forma seríamos simples actores secundarios de una trama existencial en la que otros dirigirían la obra.

Lo anterior significa en palabras más sencillas que la filosofía permite cuestionarnos acerca de todo, incluyendo los principios mismos que rigen la vida social en cada momento de la historia. Pero no solo los que rigen la vida social sino también aquellos ideales y "cosmovisiones" que son el marco referencial de la vida de cada individuo, a sabiendas o no. Dicho cuestionamiento es fundamental si es que nos interesa la revisión continua de la validez de dichos principios, con el fin de ajustarlos cada vez más al logro verdadero de nuestra esencial plenitud de vida. 

Vivir sin esa conciencia clara que brota del esfuerzo por comprender el marco 'filosófico' que opera como música de fondo de nuestra cotidianidad, es vivir una vida que muy difícilmente podría calificarse de humana, si es que es cierto aquello de que la diferencia entre los humanos y los animales es que el humano es animal racional, es decir, pensante.

Ahora bien, ante dicha argumentación la respuesta más común consiste en afirmar que eso de la "cosmovisión", la filosofía de vida, la música de fondo, etc., no significa nada y que en realidad nadie vive hoy preocupado por filosofías, principios y cosmovisiones. Se nos dice que hoy el hombre moderno es 'pragmático', queriendo decir con ello que no se preocupa por cuestiones 'teóricas', 'abstractas', 'inútiles', sino que se consagra a la búsqueda del éxito, del progreso, del bienestar. De manera que eso de filosofías y cosmovisiones vendría a ser algo del pasado, algo superado, algo antiguo.

¡¡¡Nada más alejado de la realidad!!!

Una filosofía de vida, una determinada visión de la realidad, de la vida, de Dios, del hombre, de la humanidad, de la ética, etc., puede estar presente en una persona de dos formas: explícita o implícita.

Está presente explícitamente cuando dicha persona en forma consciente y voluntaria ha hurgado en su interioridad y con la lámpara de la razón ha hecho visibles aquellos hilos profundos que a manera de postulados teórico-prácticos dirigen en silencio, pero muy eficazmente, la toma de decisiones, la orientación general que el individuo ha dado a su vida, sus opiniones y posturas políticas, su religiosidad o irreligiosidad, su teísmo o ateísmo, en general, su postura total ante la vida. Hecho este ejercicio ha avanzado así en el conocimiento propio y ha procedido a cultivarse para tratar de ser coherente en su proceder, incluso aunque no siempre dicha coherencia sea lograda. 

Por otra parte, está presente implícitamente cuando al individuo jamás le ha interesado dirigir esa mirada escrutadora hacia su interior para esclarecer los fundamentos de sus posturas básicas ante la vida. Ha ido viviendo cada momento en forma, dijéramos, automática, sin conciencia profunda de lo que está en juego, sin sospechar los hilos que mueven su conducta y sus preferencias, sin notar el entramado conceptual que actúa bajo las innúmeras decisiones y contingencias de su vida diaria. Y lo que es aún más peligroso, sin darse cuenta nunca de que posiblemente su descuido en explicitar y conocer su 'filosofía de vida', ha dado lugar a que otros redacten el guión de su existencia, le digan qué pensar, cómo hacerlo y cuándo inclinarse por esto o por lo otro. Cual marioneta.

Se preguntarán algunos. ¿cómo es posible que alguien a quien no le interesa la filosofía, el estudio de las cosas trascendentes, el análisis de los principios, etc., se vea siguiendo unos principios y una filosofía que otro le ha dictado?

El proceso no es difícil y mediante una analogía se comprende con bastante sencillez:

Todos hoy usamos con total naturalidad un número cada vez mayor de elementos tecnológicos: computadores, tabletas, celulares, televisores, Internet, aplicaciones, Redes Sociales,  GPS, y un largo etcétera. Pues bien, resulta que muy pocos, extremadamente pocos, de los cientos de millones de usuarios de dichos dispositivos han estudiado alguna vez física, matemática, electrónica, electricidad, termodinámica, robótica, ni ninguna de las ciencias que hacen posible la existencia de toda esa tecnología. Y, ¡oh sorpresa! A pesar de no haber estudiado nunca de forma CONSCIENTE todas esas ciencias y disciplinas, usamos todos a diario las maravillas que han resultado de la aplicación técnica de todos esos saberes. En otras palabras, compramos, usamos y dependemos cada vez más de elementos cuya existencia tiene detrás todo un conjunto de conocimientos que estamos lejos de manejar o conocer en forma consciente.

¿Por qué los usamos si no entendemos ni hemos estudiado nunca ninguna de las ciencias que los han hecho posibles? Sencillo: PORQUE PARA USARLOS NO ES NECESARIO ENTENDER TODAS ESAS CIENCIAS, BASTA CON QUE SIMPLEMENTE HAGAMOS LO QUE TODO EL MUNDO HACE. Son fáciles de usar, todo el mundo los usa y nadie anda cuestionándose acerca de su origen, su explicación científica ni nada por ese estilo. Simplemente se usan por contagio ambiental. 

Pues bien, de esa misma manera es como podemos asumir una filosofía de vida, unos principios básicos ante la realidad, ante la muerte, ante Dios, ante nosotros mismos, etc., sin siquiera darnos cuenta. Los tomamos del ambiente, de la atmósfera social, de la idiosincrasia imperante en un determinado lugar y momento. Los adquirimos a medida que crecemos en el contacto diario con el medio social circundante, viendo a nuestros mayores, oyendo, mirando, presenciando la dinámica propia de las micro-sociedades de las que vamos formando parte. Y así es como, sin darnos cuenta, se van instalando en nosotros una serie de posturas ante la vida que actúan como estructura interna que vivifica, sostiene y explica las decisiones que tomamos, las preferencias que nos caracterizan, nuestra particular forma de pensar y de 'ver la vida', incluso nuestras más íntimas convicciones acerca de realidades de tanto peso como el alma, la eternidad, Dios, la vida y la muerte.

En realidad resulta totalmente inevitable que todos tengamos una filosofía de vida. Queramos o no así es y solo nos queda tratar de que dicha filosofía nos sea consciente, explícita y conocida. Ya que de no hacerlo así viviríamos en el fondo como personajes secundarios dentro de nuestra propia novela personal, sujetos en todo momento a que otros piensen, digan, impongan, difundan, defiendan, sostengan, enseñen y transmitan, los postulados elementales, los más fundamentales principios y directrices que han de dirigir la intencionalidad de nuestras propias existencias. Sería como vivir nuestras vidas interpretando con ellas un guión escrito por alguien más. Cual marionetas, nuevamente.

¿Qué hacer? ¿Estudiar filosofía? Sí y no. No, si con ello se quiere decir estudiar filosofía de manera profesional, con miras a un título universitario y a convertirlo en carrera. Esta es una vocación de unos pocos. Pero sí en el sentido de filosofar nuestra vida, mirarla, analizarla, vivirla a nivel consciente, saborearla racionalmente, llevar luz hasta allí donde se ocultan los postulados esenciales que me estructuran como persona, mis 'principios y valores', como dicen hoy con expresión engañosa.

Se trata en el fondo de una tarea de auto-conocimiento, es el viejo consejo socrático del "conócete a ti mismo". Conócete para que te entiendas, te comprendas y puedas llevarte hacia la plenitud. Conócete para que detectes las manipulaciones a las que puedes estar sujeto sin haberlo notado. Conócete para que te puedas elevar desde lo que eres hacia aquello que estás llamado a ser.


Leonardo Rodríguez V.




domingo, 4 de agosto de 2019

Babel

Babel es el nombre que en las Sagradas Escrituras recibe el lugar en que, a causa de la soberbia humana, fueron confundidas las lenguas de los hombres de forma tal que ya nadie pudiera entender lo que los otros decían, ni ser entendido por los demás. Babel es entonces sinónimo de confusión.

Y no otra cosa más que una profunda confusión es la que a todas luces reina hoy en los espíritus de los hombres. Y no nos referimos claro está a la mera confusión de las 'lenguas', dificultades idiomáticas, no. Se trata de una confusión que cala hondo y se instala en el alma misma de la sociedad moderna, si es que aún puede hablarse de alma respecto de los tiempos que corren.

La Babel moderna se origina de una particular metafísica y de una también particular epistemología, de donde brota como natural consecuencia una ética específica y a partir de allí un completo ordenamiento social. Veamos.

No hay duda alguna de que hoy presenciamos (proceso iniciado hace ya un buen tiempo) lo que podría llamarse la liquidación teórico-práctica de la verdad, del concepto de verdad, de lo verdadero. Desde fines de la Edad Media se asiste a un proceso de creciente subjetivización del concepto de verdad, en el que las teorizaciones medievales, como la de Tomás de Aquino, por ejemplo, van cayendo en el olvido sujetas a sucesivas críticas que van minando su preponderancia en los centros de estudio, siendo reemplazadas por posturas acerca de la verdad que se distancian del realismo que fue la nota principal de aquellas.

En efecto, para Tomás de aquino la verdad no era otra cosa que la adecuación entre el intelecto y la cosa, es decir, hay verdad cuando nuestro conocimiento se encuentra conforme con la realidad. En otras palabras: hay verdad cuando conocemos las cosas tal y como ellas son. A esta postura se le ha dado el nombre de realismo en la historia de las ideas filosóficas. El realismo es la postura natural del espíritu humano, ya que todo hombre medianamente cuerdo está seguro de que cuando afirma algo lo hace con la intención de significar que aquello que afirma ES tal cual en la realidad, no solo en su cabeza. Otra cosa distinta es el vicio de la mentira, pero ese es otro tema.

De este realismo acerca de la naturaleza de la verdad, surge una ética bien delineada y clara: comportamiento bueno es aquél que objetivamente ayuda al desarrollo y plenitud de la naturaleza humana; comportamiento malo o vicioso es aquél que daña o impide el desarrollo armónico de la naturaleza humana. El bien y el mal existen, lo bueno y lo malo no son construcciones individuales y subjetivas, sino realidades derivadas del buen o mal uso de la libertad con relación a la naturaleza propia como seres racionales con vocación trascendente.

La entera organización socio-política de los pueblos ha de nutrirse de dichas convicciones filosóficas y estructurarse en un ordenamiento social donde la objetividad de los principios éticos sea reconocida a la hora de establecer el patrimonio jurídico de un pueblo, sus costumbres, su idiosincrasia, su cultura, etc.

Resumido en sus lineas generales el realismo que acabamos de describir cae con la Edad Moderna (la historia de dicha caída la hemos abordado en otros escritos) y se comienza a esbozar primero , para imponerse después, un ordenamiento social en el cual el relativismo (postura según la cual no hay verdad sino solo multitud de opiniones, tanta cuántas cabezas opinantes), reina sin oposición posible.

En la actualidad vivimos sumergidos radicalmente en ese relativismo ante la verdad. Es inútil y ocioso tratar de argumentar algo que resulta evidente. Quien ose hablar hoy de la verdad o calificar como "verdad" alguna afirmación suya sobre temas de naturaleza ética sufre de inmediato una avalancha de epítetos y descalificaciones que lo silencian con mucha eficacia. Es un nuevo y muy poderoso medio de censura. 

La Babel de que hablábamos arriba se refiere entonces a un estado de cosas en el cual reina la indiferencia ante la verdad y emerge como sustituto útil el imperio de la 'opinionitis'. El fenómeno se disfraza hábilmente de 'respeto a las diferencias', 'tolerancia', 'diversidad', etc., ocultando detrás de esas edulcoradas expresiones una aversión que raya en el odio hacia todo aquello que pueda estar por encima del querer individual, del capricho personal, de la fantasía particular, de la ilusión del hombre que se cree dios. 

En tal estado de cosas resulta inevitable la confusión. No hay consensos posibles puesto que las 'posturas' son infinitas, se cuentan millones, tantas cuantos individuos; todas igualmente 'validas' según los presupuestos de un tolerantismo que raya en la idiotez. Se nos dice que la doctrina de los Derechos humanos (DDHH) configura un marco de referencia capaz de traer la paz social universal. Pero todos sabemos lo que los DDHH significan para los gobiernos, para los poderosos, para las organizaciones trans-nacionales de todo tipo. Aún así se insiste en que ese es el camino, se nos dice: no hay verdades universales pero hay unos DDHH y si todos se comprometen a respetarlos habrá paz. El hombre en cada época alimenta una utopía distinta.

Entonces ante la confusión surge imperiosa la necesidad de imponer un cierto orden o apariencia de orden que asegure un mínimo de convivencia social. Y como ya no hay un marco de referencia ética sobre el cual cimentar con carácter de universalidad unos principios capaces de vivificar la vida en común, tal tarea 'rectora' viene a parar a manos del Estado, único con la fuerza suficiente para hacerse obedecer en medio de las discrepancias infinitas de las infinitas cabezas opinantes. Es el estatismo. El Estado que absorbe cada vez con mayor voracidad la vida social hasta convertirse en árbitro supremo de todos los aspectos de la vida del individuo. Entre más disminuye la sociedad más crece el Estado.

La desaparición de un marco de referencia ético objetivo nacido de un realismo metafísico y gnoseológico sólido, termina por crear las condiciones suficientes para la eclosión de un Estado totalitario. 

Pues, ¿si no hay verdad, si no hay principios inmutables, universales y eternos, si la ética es subjetiva y hay tantas cuantas cabezas, entonces de dónde si no del Estado mismo han de surgir las condiciones necesarias para el desarrollo de la vida en sociedad?  

El hombre necesita la verdad, es el alma de su alma y la fuente de todo bien, tanto individual como social. De su olvido nos han venido una multitud de males incontables a estas alturas. Males a los cuales estamos ya tan aclimatados que ni notamos su presencia ni los reconocemos como tales. A lo bueno llamamos malo y a lo malo, bueno. Es Babel.

En Babel hubo confusión de las lenguas y fue imposible entenderse. En la sociedad moderna la confusión parte del relativismo ante la verdad: millones de opiniones distintas, todas valederas y ninguna mejor que otra solo pueden crear el caos social y hacer imposible la convivencia. Aparece entonces papá Estado a poner orden. Es el Estado Leviatán que previó Hobbes.

De Babel al Leviatán hay solo un paso. Y la sociedad actual lo da gustosa. 



Leonardo Rodríguez V.

  

sábado, 20 de julio de 2019

LIBROS: Colección filosofía tomista - editorial Herder

Compartimos aquí la colección titulada "Filosofía tomista", de la editorial Herder. Útil en términos generales, sobre todo la parte histórica y la recopilación de textos, no es del todo "tomista" en muchos aspectos, en particular la "Teología natural" y la "Ontología". No obstante la compartimos aquí para que el amable lector acceda a ella y la estudie con sentido crítico.

LINK:

https://mega.nz/#F!aBp0kCQZ!GvBLk4CzHvFNPsXjE4Meiw






Leonardo Rodríguez V.


martes, 16 de julio de 2019

(9) Características diferenciales de la moderna filosofía, respecto de la medieval




9) Idea de la libertad como pura auto-determinación       



¡Cuánto se habrá escrito sobre la libertad! ¡Y cuánto queda aún por ser escrito!

La libertad como concepto atrae inevitablemente la atención de los intelectuales y eruditos de todo tipo: los filósofos escriben sobre ella, los psicólogos hacen lo propio; los sacerdotes lanzan advertencias sobre su uso enloquecido, los moralistas la toman como centro de sus cavilaciones; los artistas la buscan como fuente de inspiración, le dedican poemas y canciones; los políticos la usan como estribillo de sus discursos de tres pesos. Parece que todo el mundo tiene algo que decir de la libertad.

¿Y la libertad ya no como concepto sino como elemento vital del cotidiano vivir? Bajo este aspecto la libertad pareciera ser el 'desiderátum' de todas las épocas, de todos los tiempos y de todos los lugares. Su fuerza de atracción resulta imponente, atrae siempre a manera de fin que parece nunca alcanzarse del todo: ¡aspiramos a la libertad! ¡Buscamos la libertad! ¡La libertad a cualquier precio! ¡Libertad, igualdad y fraternidad!

Hoy vivimos, según muchos, en una sociedad construida sobre el respeto por la libertad, por las libertades. Nos dicen que ya han quedado atrás los tiempos de tiranías y cadenas. La época de los reyes y de los sacerdotes, nos dicen, ha pasado, y vemos abrirse ante nuestros ojos un presente donde la libertad humana por fin reclama sus derechos y es puesta en el sitial de honor como piedra angular que ha de sostener con su fuerza todo el edificio social.

Pero, en medio de tal aparente apoteosis de la libertad, ¿se entiende lo que esta significa? Porque pareciera que estamos aquí ante un concepto verdaderamente proteico vacío de sentido e infinitamente maleable según quien lo use y para qué. 

¿Qué es para el moderno la libertad? La idea que el hombre moderno se hace de la libertad hunde sus raíces en una filosofía voluntarista y nominalista que inició su andadura, según los entendidos, por allá por los años de Guillermo de Ockham, fraile franciscano inglés que vivió en la primera mitad del siglo catorce, célebre por sus aportes al estudio de la lógica, entre otros. Pero no crea el amable lector que nos ha seguido hasta aquí que ahora emprenderemos un recorrido histórico a tiempos tan lejanos, no, con ánimo de brevedad trataré de resumir aquí en apretada síntesis lo que él dijo y cómo de allí se derivó un concepto de libertad que llega hasta nosotros en pleno año 2019.



Básicamente, y remitiendo al lector a otros lugares donde nos hemos ocupado más extensamente de este tema, Ockham decía que siendo Dios un ser infinitamente poderoso, omnipotente, nada lo podía limitar. ¿Y es que alguien negaba eso en la Edad Media? Tanto como negarlo no, pero estaban de moda las tesis aristotélicas y algunos querían deducir de ellas ciertos postulados que en últimas chocaban contra lo que Ockham decidió defender a su manera. El asunto de las esencias o naturalezas de las cosas, en cuanto objetivamente existentes y también en cuanto cognoscibles por la inteligencia humana, había desvelado desde antiguo a los filósofos, mucho se había escrito al respecto y los medievales no fueron en ello la excepción. El famoso problema de los universales trasnochó a más de uno en aquellos tiempos y no sin razón, puesto que en verdad se trata de un problema fundamental en filosofía y de cuya solución dependen gran número de asuntos de no poca importancia. Dicho problema obtuvo en términos generales, y resumiendo bastante, tres respuestas: unos dijeron que los universales existían como tales, es decir, en su universalidad, independientemente de la inteligencia que los pensaba o que pensaba por medio de ellos. Otros dijeron que los universales no existían 'fuera' de la inteligencia humana, sino solo 'dentro' de esta al momento de ser empleados en el discurso o en el razonamiento para referirse a realidades singulares con algo en común. Finalmente hubo quienes dijeron que los universales existían 'fuera' de la inteligencia humana, pero no en estado de universalidad, sino individualizados en cada substancia singular, y su estado de universalidad que permitía la predicación 'de muchos', se debía a la operación abstractiva de la inteligencia que tomaba de los datos sensibles de los sentidos la raíz inteligible y trabajaba con ella. Por eso se decía que los sentidos captan lo sensible y la inteligencia lo inteligible, a partir de lo sensible. O en palabras más sencillas: con los sentidos conocemos tal triángulo particular dibujado sobre la pizarra, mientras que con la inteligencia nos hacemos cargo del concepto de triángulo en universal, aplicable o predicable de muchos.

Pues bien, ¿qué tenía que ver esto con la omnipotencia de Dios? Pues algunos dijeron que la existencia de tales universales, de tales naturalezas, de tales esencias, en últimas limitaba el poder de Dios por cuanto al crear debía guiarse, por decirlo de alguna manera, por esos modelos eternos e inmutables que eran las esencias de las cosas. Por ejemplo, existiendo la esencia de hombre, Dios al crear al hombre debía 'obedecer' dicha esencia eterna y crear conforme a ese modelo. De alguna forma las esencias en su eternidad e inmutabilidad acababan limitando de alguna manera el poder de Dios. 

Muchos se espantaron de tales afirmaciones y salieron en defensa de la libertad divina, de la voluntad omnipotente del Creador. ¿Cómo lo hicieron? Al parecer tomaron el camino más obvio, si las naturalezas de las cosas limitaban el poder de Dios entonces había que eliminar tales naturalezas, negar su existencia y decir que lo único verdaderamente existente y real eran los individuos, los singulares, Pedro, Juan, Santiago, Tomás, etc., pero no el hombre. Y así con todo.

Precisamente el término 'nominalismo' viene de que se dijo entonces que los universales o conceptos, eran solo nombres que aplicábamos a muchos singulares que parecían tener algo en común o que al menos se parecían: vemos a Juan, a Pedro y a Santiago y al parecer son individuos con muchas semejanzas, por lo tanto nos referimos a ellos con el nombre genérico de 'hombres'. Pero no queriendo significar que el concepto hombre tiene algún tipo de realidad o consistencia más allá de su uso cómodo para referirnos a varios entes que se parecen.

Voluntarismo y nominalismo. El voluntarismo venía entonces a decir que la voluntad primaba sobre la inteligencia, puesto que al trabajar la inteligencia con conceptos e ideas, y al ser estas solo nombres, impulsos de aire, 'flatus vocis', era la voluntad la verdadera artífice de todo, desde la voluntad del Creador, al darle existencia a todo, hasta la voluntad de la criatura al decidir sobre su vida. No contaba la inteligencia sino la voluntad.

Muchas cosas se derivaron de ese voluntarismo y de ese nominalismo. De alguna forma se puede decir que todas las corrientes de filosofía que vinieron después (Ockham murió en 1349) se originaron, consciente o incoscientemente, del ockhamismo: racionalismos, empirismos, idealismos, positivismos, etc.


¿Y cómo se relaciona todo eso con el tema de la libertad?

La relación es cercana y radical. En la teoría clásica de la libertad (llamo clásica a la teoría tomista), esta es una característica del obrar humano fruto de la naturaleza de la inteligencia misma. El ser humano es un ente que conoce y tiende, o mejor dicho, es un ser cuyo psiquismo superior se divide en facultades de conocimiento y facultades de apetición o tendencia. A nivel de las realidades sensibles tenemos los sentidos, facultades de conocimiento, y los apetitos y las pasiones, que son fuerzas de tendencia o acción. Y a nivel de las realidades inteligibles tenemos la inteligencia, facultad de conocimiento, y la voluntad, facultad de tendencia o apetición. Ahora bien, así como los sentidos se mueven tras de lo conocido por medio de los sentidos; así la voluntad se mueve tras de lo conocido por la inteligencia. Por esa doble vertiente el ser humano puede moverse hacia la consecución de un delicioso helado que luce 'apetitoso', y también puede sacrificarse por un ideal, como la justicia o la valentía, por ejemplo. En el primer caso estamos ante una realidad captada por los sentidos y que moviliza la apetición sensible; en el segundo caso estamos ante una realidad inteligible que moviliza el ejercicio de la voluntad.

Pues bien, resulta que a diferencia de los animales, cuyo conocimiento es únicamente del nivel sensible, y por tanto limitado a lo accesible a sus sentidos y a su vida instintiva que lo determina por completo. El hombre, a causa de su inteligencia que es capaz de captar y conocer lo universal, lo inteligible, no se encuentra limitado o determinado por su vida instintiva, sino que puede en cada caso concreto poner en juego elementos de juicio de carácter inteligibles y decidir propiamente el curso de su acción. La libertad es entonces una nota característica de los actos humanos en la cual se pone en juego mucho más que solo lo instintivo y donde el hombre es verdaderamente señor de sus actos, de actuar o no, y de actuar de esta o de aquella forma.

Las dos facultades superiores, inteligencia y voluntad, entran en juego a la hora de ejercer actos libres. La inteligencia en cuanto contempla lo real, el orden de las cosas, y toma de allí la norma de acción. Y la voluntad en cuanto ejecuta lo así visto y entendido por la inteligencia a partir de su captación del orden real.

Es el orden de lo real el cual determina a la inteligencia y luego de allí a la voluntad. 

La ética, por poner un ejemplo, vendría a ser el resultado del estudio de la naturaleza humana por parte de la inteligencia, para a partir de dicho conocimiento objetivo proceder al establecimiento de las acciones más convenientes para el logro de la plenitud teleológica o finalista de dicha naturaleza. 

Estamos entonces a años luz del voluntarismo. En dicha perspectiva, al no existir naturalezas sino individuos, no existe la naturaleza humana, la inteligencia no conoce esencias, por tanto tampoco la esencia humana. Por lo tanto no se deduce de dicha esencia conocida un derrotero ético de acción que pueda llamarse correcto, por sobre otro que sería incorrecto. Desaparecen el bien y el mal de las acciones humanas. Todo viene a quedar reducido a opciones individuales, cada persona singular quedaría en la necesidad lógica de construir 'su' propio sistema ético, al no existir uno valedero para todos los hombres, puesto que de entrada se ha dicho que el 'hombre' no existe, sino solo individuos particulares que se parecen y que por comodidad de expresión agrupamos artificialmente bajo el rótulo de 'hombres'.

El nominalismo y el voluntarismo dan a luz una ética desgajada del orden natural de las cosas. Una ética subjetivista, inmanentista y radicalmente individualista. 

Desaparece lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, lo decente y lo indecente, el bien y el mal. Solo quedan las interpretaciones de cada uno, opiniones, posturas. Es el reino del 'tú tienes tus ideas yo las mías', 'malo para ti pero no para mí', etc. 


La libertad viene a ser entonces una pura autodeterminación del sujeto. Ya no se constituye en obediencia al orden de lo real, sino que se eleva cual demiurgo platónico fabricando la 'realidad' a su acomodo. Es la apoteosis del capricho. En nuestros tiempos la ideología de género es un ejemplo actual y palpable de dicha apoteosis en el cual el sujeto se 'construye' de espaldas a lo real.


FIN.



Leonardo Rodríguez Velasco.




lunes, 15 de julio de 2019

(8) Características diferenciales de la moderna filosofía, respecto de la medieval



8) Rechazo a-priori de la tradición filosófica


Quizá una de las notas más características de la filosofía que se comenzó a hacer a partir del llamado Renacimiento, sobre todo a partir de Descartes, fue la de un abierto rechazo a toda la herencia filosófica del pasado. Aunque cabe aclarar que al decir 'pasado' nos referimos concretamente a la Edad Media, puesto que la filosofía rechazada, la herencia filosófica que se dejó en el olvido fue la que tenía la impronta de los siglos de profunda fe que vieron la Edad Media. Puesto que el 'pasado' entendido como las corrientes greco-romanas, sí que fue 'resucitado' con entusiasmo de conversos.

Y no se crea ni por un momento que dicho rechazo del pensamiento inmediatamente anterior por parte de los 'innovadores' renacentistas y cartesianos, fue consecuencia de un proceso juicioso de análisis y crítica, en el cual se sopesaron detenidamente los contenidos, las tesis principales, las afirmaciones más características, los hilos conductores típicos del armazón doctrinal de los escolásticos, y solo luego de tal análisis crítico se procedió a detectar falencias y a identificar notorios errores y equivocaciones de los medievales, para comenzar entonces a edificar en adelante una filosofía libre de aquellos errores y falencias. 

Nada más alejado de la realidad, puesto que lo que ocurrió con mayor frecuencia en los pensadores de aquellas centurias de fervor 'revolucionario' fue que actuaban desde un desconocimiento casi total de los principales exponentes del grandioso pensamiento medieval, santo Tomás de Aquino por ejemplo.

Difícil si no imposible encontrar por esos años un autor que fuera enemigo radical de la escolástica, defensor de las nuevas formas de hacer filosofía, que al mismo tiempo fuera un exacto conocedor de la herencia filosófica que tanto despreciaba. Abundan los 'medio' conocedores de la escolástica, a la cual engloban en una condena universal sin distingos ni matices. Ni qué decir de autores específicos como el aquinate, ya que al leer las referencias a sus tesis principales da la impresión de que sus contradictores de turno jamás habían tenido en sus manos un escrito de Tomás y citaban frases sueltas sin contexto y repetían acusaciones sin entenderlas quizá del todo.

Y entonces, si no era a partir de un conocimiento juicioso y meditado que se emitían las más feroces condenas sobre la escolástica medieval, ¿con base en qué se le condenaba? Pienso que la ciencia experimental que en aquellos años daba sus primeros pasos tuvo bastante que ver, además de otras variables de tipo sociales y hasta políticas. Pero no tanto la ciencia experimental como tal sino las interpretaciones que de ella se hacían en muchos círculos intelectuales de entonces. 

Antiguamente, en la época de los griegos clásicos, la filosofía había absorbido a las ciencias, de tal manera que cuando alguien escribía un tratado sobre lo que hoy llamamos biología o matemática, creía estar escribiendo sobre algo que hacía parte de la filosofía. La filosofía abarcaba todo y por ende a todas las ciencias; no había ocurrido aún esa detallada separación epistemológica de las diversas ciencias que se dio en la época medieval en autores como nuestro querido Tomás quien de forma tan clara delimitó los territorios pertenecientes a la teología y a la filosofía, poniendo entre ellas un criterio de demarcación preciso. Proceso de separación que se hizo más complejo y espinoso andando el tiempo con la aparición de las distintas ciencias que nos acompañan incluso hasta hoy.  

En la época de la aparición triunfal de la ciencia experimental tal estado de cosas cambió y las ciencias tendieron ya no a englobar en sí mismas a la antigua filosofía sino que pugnaron abiertamente (lo cual continúa hoy) por reemplazarla primero para eliminarla del todo después. En tal estado de cosas quienes hacían filosofía entonces se preocupaban muy escrupulosamente por 'desmarcarse' de sus predecesores y presentar 'su' filosofía como más acorde con los tiempos que corrían, más acorde con la nueva ciencia. Normal entonces que tal estado de cosas jugara en contra del debido reconocimiento de los méritos de la filosofía de los tiempos medievales.

Sea lo que fuere lo cierto es que desde aquella época la filosofía se hizo de espaldas a la herencia pasada y en franco desconocimiento de las tesis principales de sus mayores, quienes en un esfuerzo de siglos habían sabido dar respuesta, si no a todo, por lo menos a los más complejos asuntos que abordaba la filosofía como lo eran los problemas metafísicos, éticos y epistemológicos. Desconociendo dichas respuestas, queriendo ignorarlas, rechazándolas acríticamente, los neo-filósofos abordaron 'ex novo' y movidos de una evidente soberbia, consciente en algunos, implícita en los más, dichos problemas y como cabía esperar extraviaron el camino con las tesis más descabelladas, como aquellas que dieron nacimiento a la famosa dicotomía entre racionalistas y empiristas, que dura hasta hoy.

También en nuestros días vemos todo esto. Encuentra uno autores que sin ningún espíritu crítico condenan y rechazan la herencia filosófica medieval, en sí o en sus ramificaciones éticas y políticas. Y lo hacen desde un desconocimiento radical de dicha herencia: condenan aquello que ignoran. Un ejemplo entre muchos: Richard Dawkins. Este escritor británico es tristemente célebre por dedicar su vida a una insulsa 'cruzada' contra la religión y contra Dios. Desde un cientificismo radical pretende 'argumentar' contra las creencias religiosas y 'demostrar' su carácter no solo de auténticas falsedades a nivel teórico sino su malicia a nivel de influencia concreta en las sociedades. Ahora bien, cuando uno lee a este autor, aún reconociendo sus conocimientos específicos en su área propia (biología evolutiva, zoología, etología, etc.), es evidente al cabo de muy pocas páginas que ignora supinamente ya no las tesis fundamentales de la filosofía que está detrás de la teodicea tradicional, sino incluso el mero ABC de todo filósofo principiante. Habla de lo que no sabe, literalmente. Al punto que produce verdadera pena ajena, como decían nuestros abuelos. 

Pero como el señor Dawkins hay cientos. Pontifican sobre lo 'trasnochado' de la filosofía clásica, de la ética clásica, de la teodicea clásica, etc., llenan cientos de páginas cada año dando por supuesta la 'superación' de la antigua filosofía sin saber siquiera qué decía aquella filosofía y cómo lo sustentaba, repiten tópicos sin tomarse el trabajo de verificar su validez. Perezosos de mente.

Así se construyó la filosofía moderna y así le ha ido desde entonces.



Leonardo Rodríguez V.



Continuará...



9) Idea de la libertad como pura auto-determinación       





  

viernes, 22 de marzo de 2019

CITA, monseñor Marcel Lefebvre.


Pero si la primera de las caridades es dar la verdad, esta verdad debe darse en la caridad. Hay una manera de servir a la verdad que, precisamente porque no la sirve bastante en la caridad, acaba por hacer daño a la verdad. Sabemos muy bien que puede haber en nuestra manera de servir la verdad algo muy impuro: la verdad se convierte entonces en nuestro negocio y su triunfo en nuestro triunfo. A partir de este momento, ya no es a ella a quien servimos, sino a nosotros mismos. Y después, estamos satisfechos de poseer la verdad, en tanto que otros no la poseen. Abordamos al otro como el propietario al indigente. La verdadera actitud es muy diferente. Yo soy tan pobre como el otro, por mí mismo no tengo absolutamente nada. La verdad no es mi verdad, me ha sido dada, y debiera percatarme de cuán mal la recibo. Por esto, debo simplemente dar testimonio, sintiendo que soy completamente indigno de ella.

Mons. Marcel Lefebvre.

miércoles, 27 de febrero de 2019

CITA - Revolución sexual


“La gran promesa de nuestro tiempo es la libertad y la satisfacción sexual ilimitada como camino hacia la felicidad. Haz lo que quieras para aumentar tu diversión, tu placer, tu felicidad y tu bienestar. Eres independiente, autónomo y nadie debería poner reglas en tu camino: y la Iglesia menos que nadie. Dios está muerto, y también lo está el diablo. Construye tu propio mundo, decide si deseas ser un hombre o una mujer, si tu nariz debe estar torcida o recta, tus senos pequeños o grandes, y si satisfacer tus necesidades sexuales con hombres o mujeres o con ambos. Tú decides si tu hijo debe vivir o morir, si debería tener ojos marrones o azules. Tú decides si debes recibir una inyección letal cuando estés harto de la vida y cuándo. Cualquier cosa que obstaculice el camino de tu libertad será derribado: la identidad de género como hombre o mujer, la moralidad, la familia, la Iglesia, la santidad de la vida”.

Gabriele Kuby


(Autora del libro "Sexual revolution", que recomendamos)

viernes, 22 de febrero de 2019

(7) Características diferenciales de la moderna filosofía, respecto de la medieval


7) Primacía de la praxis sobre la teoría


Esta última nota de la filosofía que en la Edad Moderna reemplazó a la medieval es naturalmente una consecuencia de las anteriores. Hemos visto cómo el hombre medieval prefería una mirada sobre el mundo que hemos llamado sapiencial, por sobre una mirada meramente práctica. Con mirada sapiencial nos referimos al hecho de que el intelectual medieval contemplaba al mundo como obra de Dios, ordenado con sabiduría y amor por Él, susceptible de ser comprendido por la inteligencia humana que a través precisamente de dicho conocimiento reconocía su origen y establecía relaciones de religiosa veneración con su divino Hacedor. La naturaleza era para el medieval un gran libro en el cual podía leer las huellas de Dios, de su poder y de su amor. Todo esto requería obviamente de condiciones que lo hicieran posible, como por ejemplo la vitalidad de potencia metafísica de su inteligencia y la preeminencia social de la iglesia, guardiana de la espiritualidad cristiana. La Edad Moderna corroe precisamente esas dos bases, las nuevas teorías sobre la naturaleza del conocimiento, sobre el alcance de la inteligencia humana, etc., junto al progresivo declive de la influencia social de la iglesia, minaron las condiciones que hacían posible la mirada sapiencial del medieval. En su reemplazo se consolidó, junto a la aparición de la ciencia moderna, un esfuerzo netamente pragmático, una mirada instrumental sobre la naturaleza. Ya no era el gran libro que hablaba del poder y la bondad de Dios, sino ante todo el campo de despliegue del poderío de dominio de la técnica humana. Era un nuevo horizonte el que se abría ante los ojos del hombre del futuro.

Precisamente a ello hace referencia la primacía de la praxis sobre la teoría. La palabra praxis viene del griego y significa práctica. Mientras que la palabra teoría hace aquí referencia a lo meramente abstracto y contemplativo. De esa forma una actitud práctica sería lo opuesto a una actitud teórica, puesto que en cierto sentido el práctico sería verdaderamente útil a sí mismo y al progreso de la sociedad en general, al paso que el teórico sería un actor pasivo, envuelto en meras especulaciones sin fruto alguno individual o social.

Así las cosas, en un mundo que se alejaba de la mirada sapiencial del intelectual del medioevo y daba la bienvenida a la llegada de un mundo técnico, pragmático, productivo, etc., era natural que comenzara a primar lo práctico sobre lo teórico, en el sentido peyorativo antes descrito.

También hoy día es muy sencillo rastrear todo esto en nuestra sociedad. Ya lo hicimos en un artículo anterior y nos excusamos de repetir lo que allí se dijo, para no importunar al amable lector. Él mismo puede hacer el ejercicio de ver a su alrededor y evaluar lo que llevamos dicho.


Leonardo Rodríguez V.


Continuará...  


8) Rechazo a-priori de la tradición filosófica
9) Idea de la libertad como pura auto-determinación


lunes, 18 de febrero de 2019

(6) Características diferenciales de la moderna filosofía, respecto de la medieval


6) Dominio del conocimiento técnico-instrumental por sobre el filosófico-sapiencial

Con el ocaso de la metafísica tradicional, en la cual el hombre se abría al conocimiento de realidades fuera del espacio-tiempo, llegando incluso a alcanzar racionalmente la existencia de Dios, la sociedad se comienza a decantar poco a poco por una concepción del conocimiento más bien práctica que teórica. Si antes los hombres veían el universo como trampolín para ascender a la contemplación de Dios como su causa primera, ahora los hombres verán el universo como escenario de dominio humano sobre la materia y creación de tecnologías cada vez más asombrosas. Decíamos anteriormente que todo esto coincidió con el auge de la nueva ciencia experimental y se configuró así un nuevo paradigma de progreso social caracterizado por el interés en aumentar el conocimiento de la naturaleza material, con el fin de conocer cada vez mejor sus mecanismos y poder usarlos para mejorar en forma creciente la vida del hombre sobre la tierra.

Ante este panorama era natural que el conocimiento de tipo filosófico-sapiencial obtenido por medio de la especulación metafísica principalmente, fuera poco a poco desapareciendo de la lista de intereses de las sociedades y fuera reemplazado vertiginosamente por un modelo de conocimiento técnico-instrumental, único capaz de ofrecer resultados prácticos a la hora de aplicar la ciencia a la creación de nuevas técnicas y nuevas tecnologías.

Actualmente nadamos en este paradigma y no hay en el horizonte próximo esperanzas de regresar a una visión menos utilitarista del conocimiento. De hecho una mirada rápida a los currículos académicos de universidades e instituciones de educación primaria y bachilleratos, permite ver ese énfasis hegemónico que se hace en las disciplinas consideradas productivas o rentables, en detrimento de las disciplinas consideradas muertas en cuanto a su estatuto económico. En otras palabras, pocos padres de familia verán hoy con buenos ojos que su hijo estudie filosofía en la universidad, mientras que se sentirán seguros y orgullosos si su hijo manifiesta interés por alguna ingeniería.

Lo anterior refleja un estado social de abierto desprecio por las humanidades, agravado por un dominio apabullante de las disciplinas ‘prácticas’ o ‘productivas’.

Se perfila así un tipo de hombre y un tipo de sociedad muy específico, en los cuales desaparece o se adormece el interés por las grandes cuestiones metafísicas: ¿qué es el hombre? ¿De dónde venimos? ¿Para dónde vamos? ¿Existe Dios? ¿Qué es el alma? ¿El mundo ha tenido comienzo? ¿Tendrá fin? Etc. Todos estos interrogantes y otros por el estilo desaparecen del horizonte mental del hombre moderno y la sociedad que resulta de dicha transformación viene a ser entonces una sociedad sumida exclusivamente en la materialidad, en el esfuerzo por construir “el paraíso en la tierra”.


Leonardo Rodríguez V

Continuará...


7) Primacía de la praxis sobre la teoría
8) Rechazo a-priori de la tradición filosófica
9) Idea de la libertad como pura auto-determinación