jueves, 22 de junio de 2017

¿Grandeza o hinchazón?

Uno de mis libros favoritos es el 'Kempis agustiniano', que es una recopilación muy juiciosa de extractos de las obras del gran san Agustín de Hipona, hecha por Antonino Tonna-Barthet, sacerdote de la comunidad religiosa agustiniana, precisamente.

El autor de la compilación ha realizado un trabajo inmenso de selección y organización de pasajes agustinianos y los ha ordenado por temas, de manera que para cada aspecto de la vida espiritual ha seleccionado una serie de textos de san Agustín. Se convierte el libro entonces en un arsenal de ideas sobre la vida espiritual, convenientemente organizados para que el lector se alimente de esa fuente de sapiencia que fue la mente del gran doctor de Hipona.

Precisamente leyendo hace poco un capítulo titulado 'Falsa grandeza de la soberbia', me ha llamado la atención un pasaje en el cual el santo doctor afirma lo siguiente:

Hinchado por la soberbia, esta misma hinchazón le estorbaba para volver por la estrechura. Quien, en efecto, se hizo por nosotros camino, clama: Entrad por la puerta estrecha. Hace conatos para entrar, mas la hinchazón se lo impide; y cuanto más la hinchazón se lo impide, tanto más perjudiciales le resultan los esfuerzos. Porque, para un hinchado, la estrechura es un tormento, que contribuye a hincharle más; y si aún aumenta de volumen, ¿cómo ha de poder entrar? Tiene, pues, que deshincharse. ¿Cómo? Tomando el medicamento de la humildad; que beba esta pócima amarga, pero saludable, la pócima de la humillación. ¿Por qué tratar de encogerse? No se lo permite la masa; no grande, sino hinchada. Porque la magnitud o corpulencia es indicio de solidez, la hinchazón es inflamiento.


Como es evidente trata aquí el santo doctor acerca de la soberbia, y afirma que la soberbia no es grandeza sino hinchazón, es decir, estar lleno de nada, un cascarón vacío que parece grande porque está hinchado, como los globos de helio. Pero la soberbia es hinchazón sin verdadero peso, porque está vacía por dentro. Y dice el doctor que solo la verdadera grandeza tiene peso, incluso si no parece grande como la soberbia.

Según esto es mayor la grandeza de una humilde religiosa oculta al mundo que en algún hospital olvidado de África entrega su vida al cuidado de enfermos terminales, y muere desconocida de casi todos. Que la de algún soberbio empresario, exitoso en su mundo, conocido y admirado por todos, dueño de una gran fortuna y de muchos bienes, pero que ha olvidado la función de la riqueza y la razón de ser de su paso por este mundo. Lo uno es grandeza, lo otro es hinchazón. 

Y nos pasa a nosotros mismos, ¡cuántos de nosotros no somos grandes con grandeza de alma, sino hinchados de vacío!

Y como estamos hinchados de vacío, de viento, no somos pesados y nos mueven todos los vientos del mundo. Vamos tras las modas, queremos seguir las últimas opiniones para 'encajar', para no ser rechazados de los círculos 'sociales'. Nuestra hinchazón nos hace parecer grandes, pero no tenemos verdadero peso, no estamos firmes en la fe y en la verdad de las cosas, y engañados por nuestra aparente grandeza vamos dando tumbos de lado a lado, de aquí para allá según el ritmo de las ideologías de moda. Nuestros ideales son los del momento, los que nos digan los medios, los que nos marque la 'opinión pública'.

Esa es la diferencia entre hinchazón y grandeza. La grandeza ha de ser ante todo una grandeza del alma, por medio de la fe, la gracia y las virtudes. El resto es paja. Esa es la verdadera grandeza, la verdadera nobleza, la que nos permitirá permanecer de pie con nuestros principios intactos en medio de un mundo que cambia y se derrumba. Incluso un pensador colombiano, Nicolás Gómez Dávila, intuyó esto a la perfección cuando en una de sus frases inspiradas escribió: aristócrata es todo aquél que tiene vida interior, cualquiera sea su rango o su fortuna.

Esa es la aristocracia, la grandeza y la nobleza verdaderas, las que importan. El resto puede llegar o no, y si llega cuidémonos mucho de que no se convierta en hinchazón.

Leonardo Rodríguez


viernes, 9 de junio de 2017

Los librepensadores

Hace algunos días en medio de una conversación informal con uno de esos personajes devotos de las ideas de 'izquierda' (hoy se dividen en izquierda y derecha los partidarios de ideas que para un católico son sencillamente liberales todas), autodeclarado socialista, ateo, etc., se enorgullecía de ser un librepensador, al paso que los demás, todo el que no comulgara con sus ideas, tenían de una u otra forma cautivo su pensamiento, encadenado, impedido.

La expresión 'librepensador' se popularizó en los círculos revolucionarios del siglo XVIII y se consolidó durante el siglo XIX a causa de los triunfos que el liberalismo cosechó por todas partes y en todos los frentes de batalla: político, religioso, moral. En un principio significaba que el 'librepensador' era una persona que, libre de los errores de la teología y de la religión, ejercitaba su pensamiento con libertad y con ello haría avanzar inimaginablemente a las ciencias y a la sociedad en general. Era el mito del progreso indefinido, según el cual la humanidad entraba en una época de avances generalizados en la cual se lograrían grandes cuotas de felicidad para todos y de progreso ilimitado.

Detrás de ese discurso tan atractivo se escondía el deseo de liberarse de los frenos morales que la influencia del catolicismo había extendido en la sociedad. Porque a decir verdad nada en la doctrina católica se oponía al avance de las ciencias y de la técnica, ni una sola de las enseñanzas del catolicismo puede ser esgrimida como ejemplo de doctrina opuesta al progreso científico. Todo lo contrario, durante la Edad Media fue precisamente la iglesia la encargada de fundar innumerables universidades por todos los países europeos, universidades que aún hoy perviven y son de las más prestigiosas a nivel mundial. 

Y si revisamos a los grandes filósofos y teólogos medievales, como un santo Tomás de Aquino por ejemplo, encontraremos una devoción inquebrantable por el poder de la razón humana y un deseo de ciencia que es la marca específica de su huella en la historia.

Por lo tanto el discurso de los 'librepensadores' del XVIII no era sino fruto de un prejuicio hacia el universo católico, a la vez que una excusa para romper ciertos diques morales que les resultaban insoportables a los 'vanguardistas' de aquella época.

Pero obviamente nada de esto es conocido para el personaje 'izquierdista', 'socialista', 'ateo', 'librepensador', que mencionaba más arriba. Al él proclamarse librepensador quería decir sencillamente que pensar libremente, según él, es tener ideas de eso que hoy llaman izquierda. Todos los demás no piensan libremente, solo ellos.

Curiosa forma de definir lo que es el pensamiento libre, o el librepensamiento.

El pensamiento, entendido como ejercicio de la facultad intelectiva, como ejercicio de la inteligencia, es la actividad por medio de la cual conocemos la realidad, toda la realidad y a nosotros mismos como parte de lo real. De tal manera que cuando conocemos lo que las cosas son, estamos conociendo la verdad, puesto que verdad y realidad son desde cierto punto de vista una y la misma cosa: la verdad es la realidad en cuanto presente en la inteligencia en un juicio intelectivo del tipo 'S es P'.

Si esto es así, ¿qué viene siendo un pensamiento libre? La única forma de entender sanamente esa expresión es decir que el pensamiento libre es aquél que no encuentra obstáculos que le impidan la captación de lo real, de la verdad de lo real. De tal manera que entre mejores sean las condiciones para la captación de lo real, más libre se puede decir que sería ese pensamiento. 

Sin embargo, lo que vemos hoy en día es una tendencia a identificar el 'librepensamiento' con todo conjunto de ideas que se opongan a las propuestas antropológicas, morales, sociales o políticas que surgen de la cosmovisión católica de la vida. Así las cosas el solo hecho de oponerse a alguna de esas propuestas sería suficiente para graduar a alguien de 'librepensador'. Pero uno se pregunta de inmediato ¿y qué pasa si la cosmovisión católica de la vida, su antropología, su moral, sus tesis sociales y políticas, son las correctas? En dicho caso rechazarlas sería rechazar la realidad, la verdad de las cosas, y en ese caso no estaríamos ni por error ante un pensamiento libre, ya que hemos aclarado arriba que el pensamiento libre es el que mejor se amolda a la realidad.

Pero nada de esto le importa a nuestro ingenuo interlocutor, su preocupación no está en averiguar qué ideas son correctas y qué ideas no, cuáles se amoldan a lo real y cuáles no. Su preocupación está en ser un 'librepensaor', lo cual significa para él decir y opinar en todo contrariamente a lo que los pensadores católicos han pensado y opinado. Y eso es simplemente un prejuicio, un nudo en la razón, una ceguera voluntaria. Porque lo importante no es si esta o aquella idea la propone un pensador católico o no, sino si es cierta, es decir, si responde a la realidad de las cosas.

Nuestro moderno 'librepensador' nada de esto tiene en cuenta, nada de esto le interesa, él está cómodo en su burbuja de 'librepensamiento', y es un recluso que se cree libre, porque, como decía Gómez Dávila, se abstiene de palpar los muros de su calabozo.

Seamos librepensadores, pensemos la realidad sin ataduras, fieles a su voz que es la misma voz de su Hacedor. la voz de la realidad es la voz de Dios.


Leonardo Rodríguez



jueves, 8 de junio de 2017

El encanto de la masa

Es difícil sustraerse al placer y a la comodidad de ser aceptado. Los seres humanos, siendo seres sociales por naturaleza, queremos pertenecer a distintos grupos, desde la búsqueda de la aceptación de nuestra propia familia hasta la pertenencia a las diversas colectividades, grandes y pequeñas, que vamos encontrando a lo largo de nuestra vida. 

De manera especial esta tendencia se manifiesta a partir de la adolescencia con fuerza particular, y el adolescente siente entonces un deseo grande de ser recibido y aceptado dentro de su grupo de 'pares'. Incluso es tal la fuerza de esa tendencia que el adolescente puede ir en contra de las directrices de conducta recibidas en el hogar con tal de sentirse aceptado, de sentir que encaja en su grupo. Esta presión de grupo es la causa de buena parte de las problemáticas que aquejan a los jóvenes hoy, que asumen conductas de riesgo con tal de sentirse aceptados por sus 'pares'.

Pero no es ni mucho menos algo que ocurra en la adolescencia y quede atrás una vez alcanzada la edad adulta. También los adultos son muchas veces presa de esa tendencia a encajar en el grupo y modifican su comportamiento en función de ese objetivo. Aunque no solo su comportamiento, sino también sus ideas. O por decirlo de otra forma: puede el adulto asumir como propias ciertas ideas o cosmovisiones con tal de sentirse parte de un grupo, de encajar, de 'estar a la moda'.

Uno de los grupos más frecuentes a los que hoy se busca a toda costa pertenecer es el grupo de los 'modernos'. Más allá de los distintos significados que esa palabra pueda tener, lo cierto es que está rodeada de una especie de prestigio automático. De manera que el que logra ser considerado 'moderno' en su comportamiento o 'modernas' sus opiniones, tiene garantizada la aceptación social.

Todos buscan entonces la 'modernidad', el diploma de 'moderno', y huyen como de la peste de cualquier cosa que los pueda hacer ver como 'anticuados', 'antiguos', 'medievales', etc. 

Esto tiene, entre otros, el efecto de debilitar el ejercicio de la inteligencia, ya que muchas ideas y juicios de valor se asumen en forma acrítica, con el solo requisito de que se trate de algo que venga adornado con la etiqueta de 'moderno'. La inteligencia no entra en juego, sino que se limita a ser un espectador pasivo, impotente ante la fuerza de esa etiqueta 'todopoderosa'. Ya no se trata de saber si algo es verdad, sino si es moderno.

Y entonces se cae en la conducta de masa, que es precisamente aquél patrón de conducta caracterizado por el hecho de que la persona se diluye en el grupo, en la masa social, y busca identificarse con sus gustos, preferencias, ideas, actitudes, odios y amores. El individuo desaparece, se adormila la inteligencia, se atonta la voluntad y el resultado es algo muy parecido a un desfile de zombis. Ni más ni menos.

Se ve a diario en toda clase de contextos. Se ve al abordar temas 'polémicos', no hay profundidad en la argumentación sino solo una profusa utilización de etiquetas con las cuales se busca apabullar al otro, no intercambiar ideas. Se ve cuando ante ciertos temas como el aborto o el mal llamado matrimonio homosexual, quien se opone a ello es de inmediato objeto de una andanada de apelativos tales como fascista, nazi, integrista, extremista, homofóbico, etc. Son etiquetas efectistas, pero no conceptos que le hablen a la inteligencia y favorezcan el diálogo socrático, ni ningún tipo de diálogo a decir verdad.

¿Qué hacer? Es todo un universo el que hay que reconstruir. La tarea es amplia y hay que empezar por nosotros mismos, que no pocas veces caemos también en el pensamiento masificado, en la etiqueta fácil y en la renuncia a la elegancia del argumento.

Es todo un universo de ideas y de hábitos el que hay que reconstruir. Falta saber si tendremos el tiempo suficiente para al menos echar las bases sobre las cuales otros más idóneos que nosotros puedan edificar lo que la revolución lleva cinco siglos destruyendo.


Leonardo Rodríguez


miércoles, 7 de junio de 2017

A los jóvenes los pierde la ausencia de autoridad

¡Qué difícil resulta educar hoy día! Y no que antes fuera fácil, pero había un contexto, por decirlo de alguna manera, que favorecía la labor educativa. Con contexto nos referimos a ciertos hábitos familiares y culturales que daban cabida al ejercicio de la autoridad en los ámbitos educativos por excelencia: el hogar y la escuela. De eso hoy queda más bien poco, si es que algo queda.

Todo hay que decirlo y lo cierto es que hubo abusos, y es que los humanos tendemos a abusar de todo, de lo bueno y de lo malo, es como una tendencia que tenemos a emplear negativamente incluso cosas que en sí mismas son algo bueno. La autoridad es ejemplo de ello. La autoridad es necesaria para dirigir, es esencialmente una facultad de dirección, de administración, de formación, de gobierno. Sin autoridad, sin quien dirija, todo se resolvería en el mero caos de las individualidades, entregadas cada una de ellas a la satisfacción sorda de su capricho. No habría proyecto común, ni finalidad, ni dirección, ni sentido.

Eso por un lado, pero por otro resulta que también la autoridad se corrompe, se ejerce de mala forma, se pasa de la autoridad al autoritarismo y es allí donde pierde su sentido y su razón de ser. Todo el motivo de la existencia y legitimidad de la autoridad radica en su servicio al bien del sujeto sobre quien se ejerce. Si se pierde ese norte la autoridad deja de ser tal y se transforma en cualquier otra cosa. En una caricatura. Somos grandes caricaturistas. 

De manera que se está ante dos abismos, de un lado la ausencia de autoridad que genera el caos del capricho y la ausencia de norte. De otro lado la autoridad vuelta autoritarismo que se ejerce ajena al bien del subordinado y en forma tiránica y abusiva.

Y en medio de esos extremos se ubica serena la autoridad verdadera, la que sabe combinar, como dijo el poeta, el amor y el control. Se trata de un amor controlado y de un control amoroso o más bien enamorado, ya que quien ejerce la autoridad se mueve por el bien de los sujetos a su cargo y por tanto se puede decir en propiedad que los ama, siendo el amor la tendencia a buscar el bien del amado. 

Pero resulta que estamos viviendo épocas de gran rechazo a la autoridad, y pareciera que no solo a la autoridad que es autoritarismo y abuso, sino incluso a la autoridad que es control amoroso y paterna vigilancia. De un tiempo a esta parte se ha instaurado por doquier todo un discurso libertino (porque no es de libertad sino de su corrupción específica) que endiosa un concepto errado de libertad, un discurso de pseudo-liberación, de pretendida autonomía, que seduce a las masas incautas y poco hábiles para las sutilezas narrativas de los hacedores de opinión. Y que termina por romper todo dique de decencia, de pudor, de sencillez, de humildad, de sacrificio, entre otras nobles virtudes que nuestros mayores tuvieron en gran estima (independientemente de que en ocasiones no fueran fieles a ello). El resultado es esa hecatombe moral que cunde hoy omnipresente a nuestro alrededor, que se ve en las familias, en las calles, en los espectáculos, en el cine, en la escuela, en la política, en las leyes, en todas partes.

De manera palpable se percibe esto en la labor formativa de las nuevas generaciones. Adolescentes contestatarios, al parecer nacidos para oponerse a todo por el mero gusto de hacerlo, sordos a toda voz de autoridad, deseosos de aparecer como atrevidos 'pensadores' de vanguardia solo por repetir con orgullo ciego los tópicos de algún discurso dominante, el que sea. Hacen difícil la labor de su educación, y aunque sabemos que en el proceso educativo el educando lleva la parte activa, no por ello es menos cierto el rol central que ejerce el formador, el padre, el docente, y sabemos también que para ejercer con eficacia dicho rol debe contar con un mínimo de condiciones "ambientales", entre las cuales ocupa un lugar de no poco valor la autoridad. 

Hablamos claro está de esa autoridad que no es deseo de dominio sino convicción de servicio a una causa noble: la formación de una persona. Esa autoridad que no se ejerce con despotismo, sino con amoroso anhelo por el perfeccionamiento integral del sujeto. Esa autoridad que no ve en el subordinado el lugar de mis caprichos, sino la pieza de mármol llamada a dar lugar a una preciosa obra de arte: el hombre y la mujer plenos.

Si la sociedad actual con las narrativas instaladas en su seno continua inconsciente su labor de destrucción de la autoridad, nos tememos que el futuro de las próximas generaciones no será halagüeño y que ese caos del que arriba hablábamos y que ya se insinúa en los acontecimientos de que hoy somos testigos, será el porvenir que le espera a nuestros hijos y nietos.


Leonardo Rodríguez     


viernes, 2 de junio de 2017

Una visión demasiado estrecha sobre la educación

En días pasados se celebró a nivel nacional en todos los establecimientos educativos, públicos y privados, el 'Día E", día de la excelencia educativa. Dicha jornada forma parte de un conjunto de estrategias por medio de las cuales el Ministerio de Educación Nacional desde el año 2015 busca convertir a Colombia en 'la mejor educada'. 

¡Claro! Nos dicen que el Ministerio busca hacer de los colombianos los mejores educados (curiosamente no usan la palabra 'más') y de inmediato se nos despierta el interés por conocer más el asunto, ya que llevamos en altísima estima la educación de las personas. Creemos que la educación es el proceso de convertirse en persona, de llegar a la plena madurez y al completo desarrollo de las potencialidades del ser humano, al desenvolvimiento total de su naturaleza, y en últimas a la consecución de su felicidad por medio de la actualización de su esencia propia: llegar a ser lo que se es.

¡Gran decepción! Resulta que para el Ministerio ser los 'mejores' educados consiste en que nuestros niños y adolescentes obtengan puntajes altos en las pruebas de lenguaje y matemática, ¡plop!

Tal cual, el Ministerio tiene una visión absolutamente reducida y reduccionista de la educación, ese noble arte emparentado con la 'paideia' griega y con la 'humanitas' de los latinos. El Ministerio toma el concepto de educación, quizá uno de los más importantes conceptos de la experiencia humana, y lo reduce a puntuaciones en lenguaje y matemática. Y con esa propuesta anuncia a voz en cuello que logrará convertirnos en los 'mejor' educados. El Ministerio no sabe nada de educación, parece ignorar hasta lo básico. Es lamentable.


Los seres humanos venimos al mundo con innúmeras potencialidades de desarrollo que están llamadas a ir actualizándose a medida que la vida transcurre, y que al llegar a su pleno desarrollo darán como resultado, si el proceso se llevó a cabalidad, una obra de arte llamada persona humana: ser inteligente, autónomo, libre, trascendente, social, proactivo, etc. Lo cual implica el desarrollo y educación de las distintas áreas que componen su naturaleza: áreas cognitivas, volitivas, sensibles, motoras, sociales. En todas esas áreas la persona está llamada a desarrollar sus posibilidades para alcanzar su desarrollo pleno.

Lenguaje y matemática, con todo lo importante que son, son una parte solamente de una de las áreas que la persona debe desarrollar para cumplir a cabalidad su proceso educativo, el cual obviamente ni se identifica ni mucho menos se reduce a los años pasados en el colegio. Para ser exactos el lenguaje y la matemática forman parte de suyo de la esfera cognitiva, y dentro de esa esfera no lo son todo, puesto que allí forman parte de las ciencias o habilidades de conocimiento, fundamentales por supuesto, pero no únicas ni suficientes para dicha área, sino solo uno de sus componentes.

Para ponerlo en términos un poco gráficos, y a riesgo de exagerar un poco, habría que decir que puntuar alto en exámenes de lenguaje y matemática representa a lo mucho un cinco por ciento (puede que menos) de lo que es la educación de una persona, su proceso de convertirse en persona en plenitud.

De ahí que resulte tan descabellado el proyecto del Ministerio, por realizar una reducción dramática e injustificada del proceso educativo. Por ese camino estamos lejos de llegar a ser los 'mejor educados'. Mal que le pese al Ministerio.

¿Entonces no se debe estudiar lenguaje y matemática? ¡Por supuesto que no es ese el mensaje del presente escrito! Por el contrario, son importantísimos y todo lo que se pueda aprender en esas disciplinas jamás será suficiente, forman parte elemental de la cultura y sin ellas una persona está irremediablemente desnuda ante los retos de su construcción individual. Pero de ahí a afirmar que con ello basta y que esas habilidades resumen la función educativa hay un abismo, un abismo dramático al que el Ministerio parece haberse lanzado gustosamente y hacia el que parece empeñado en lanzar a la sociedad colombiana, o por lo menos a los chicos y chicas que actualmente están cursando primaria y bachillerato.

Gran tarea la que tienen por delante los padres de familia: arreglar desde casa las falencias del sistema 'educativo' actual. ¿Podrán hacerlo? ¿Con padres ocupados trabajando, ausentes de casa, es posible pensar en que se equilibren los fallos de la propuesta ministerial? Lo dudamos y es una duda que lacera un poco el alma.

¿Hacia dónde va la educación colombiana?


Leonardo Rodríguez   




miércoles, 31 de mayo de 2017

¿Una filosofía sin Dios?

Para el creyente que se dedica de manera “profesional” o por gusto personal a la filosofía resulta evidente la verdad de la siguiente afirmación: es imposible una filosofía sin Dios, o por lo menos sería un intento dramáticamente incompleto.
¿Por qué? Porque el creyente parte del reconocimiento de la existencia de Dios, y luego emprende el ejercicio de la filosofía como una manera de ir organizando en forma racional, es decir, atendiendo a las exigencias de la razón, dicha fe. Entonces todo lo ordena en torno de esa idea primera que tiene de Dios como fuente de todo lo real y como fundamento último de la inteligibilidad de todo.
Aunque también es frecuente el camino contrario, es decir, que muchos lleguen a la fe en Dios luego de un arduo caminar por los senderos de la investigación y de la reflexión filosófica. Los casos abundan de pensadores que después de pasar años dedicados a la filosofía han llegado finalmente a una sólida convicción en la existencia de un Ser superior creador de todo.
De manera que ya sea que se parta de la fe y se construya luego una reflexión filosófica, o se llegue a la fe luego de haber hecho filosofía, lo cierto es que Dios es en uno y otro caso el coronamiento del esfuerzo del pensamiento por ponerlo todo en orden y por llegar a una explicación última sobre lo existente, más allá de las revelaciones de las ciencias positivas, de laboratorio, las cuales no son aptas de suyo para dar respuestas sobre los temas que más importan al ser humano como el sentido de su vida, de dónde venimos, hacia dónde vamos, por qué existe el dolor, qué hay después de la muerte, etc.
No obstante lo anterior, han existido siempre, existen hoy y seguramente mañana también existirán, personas dedicadas a la filosofía que se declaran ateos o por lo menos agnósticos. Son ‘pensadores’ que construyen su ejercicio filosófico en abierto rechazo a la idea de Dios, de tal manera que intentan fundamentarlo todo de formas distintas a las comunes entre pensadores creyentes o teístas. La inteligibilidad última de lo real, el origen de todo, el sentido de la vida, los valores, la ética, el ordenamiento social, etc., todo buscan fundamentarlo de espaldas a la idea de Dios, que les parece un mito, una irracionalidad, vestigio de una época ya superada, una declaración de ignorancia y de fanatismo.
¿Qué pensar de este tipo de ‘filosofías’ y de este tipo de ‘filósofos’?
Resulta complejo dar una respuesta sencilla, por paradójico que ello pueda parecer. Ante todo hay que decir que cada persona filosofa desde una situación personal específica que en buena medida lo condiciona. Muchos ‘pensadores’ se desarrollan en ambientes tan hostiles a la creencia en Dios que sería un verdadero milagro que en esas circunstancias resultaran creyentes convencidos. Piénsese por ejemplo en muchos claustros universitarios actuales en los cuales los compromisos explícitos o larvados con ciertas corrientes ‘políticas’ generan un ambiente de rechazo a la idea de divinidad o de iglesia, y por ende condicionan a quienes allí adelantan sus estudios al punto de convertirse en productoras industriales de ateos.
Puede suceder también que aunque el ambiente quizá no sea de abierta hostilidad hacia el fenómeno religioso, sí ocurra que el estudioso sencillamente nunca se encuentre con buenos argumentos a favor de Dios, buenos autores, buenos textos, y todo lo que llegue a sus manos sea literatura, autores y corrientes contrarias a la creencia en la existencia de Dios. En este caso lo más normal es que una persona con esas influencias acabe naturalmente por engrosar las filas del ateísmo. Sencillamente nunca encontró razones para creer.
Y aún puede darse un tercer caso. Puede suceder que el estudiante de filosofía o el ya profesional haya encaminado su vida, su estilo de vida, en obediencia a principios morales relativistas o hedonistas, de tal manera que la idea de Dios sea para él una amenaza a su forma de vida. Estos no están dispuestos a cambiar de vida y la existencia de una divinidad les suena a amenaza. En estos casos todo su discurso en contra de la existencia de Dios no es más que una infantil pataleta que bien pudiera resumirse en la siguiente expresión: no quiero que existas porque estorbarías con tus leyes mi proyecto de vida.
Como quiera que sea, por las razones que sea, lo cierto es que estos construyen una ‘filosofía’ incompleta, porque les queda faltando nada menos que el fundamento, el fundamento último de lo real y la causa última de toda inteligibilidad actual y posible. Un edificio a medias, una casa sin techo ni columnas, solo paredes en el aire.
El gran compromiso de los pensadores creyentes está en presentar sus razones, en afilar sus argumentos, en no ocultar su fe, en ser atrevidos y hacer oír su voz. Porque muchas veces lo que estas personas necesitan es oír a algún atrevido que ponga en duda su cosmovisión atea, sembrándoles al menos un poco de duda e inquietud, si se logra eso y se les incita a investigar más el asunto, se les habrá puesto en el camino adecuado, ya que como solían decir los místicos de antaño: buscar a Dios es en cierta manera haberlo encontrado ya.
Hay que ser descaradamente católicos.
 
Leonardo Rodríguez
     
 

martes, 9 de mayo de 2017

Respuesta a un amable lector

Un amable lector nos ha escrito preguntándonos sobre las causas que produjeron el giro antropocéntrico del Renacimiento. Publicamos aquí la respuesta, aclarando que más adelante trataremos de retomar el asunto para darle una respuesta más elaborada.
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Estimado xxxxx.

Es siempre para mí un gusto recibir este tipo de correos, en medio del 'anonimato' de las pantallas de ordenador saber que del otro lado a alguien llega esa botellita cerrada que lanzamos al mar de Internet es en gran manera gratificante y por supuesto que nos anima a seguir en la briega.

Antes de intentar esbozar una respuesta a su justa pregunta me gustaría pedirle que cuando pueda me de su opinión sobre los textos que ha podido leer de mi autoría. Soy desde todo punto de vista un principiante y me alimento de los comentarios que voy recogiendo por aquí y por allá, para tratar de mejorar siempre un poco más y reducir así los defectos de lo que escribo, que sin duda son muchos.

En realidad es inexacto afirmar que en el Renacimiento se da ese cambio del teocentrismo al antropocentrismo como una cosa ya perfecta y acabada. Mucho más exacto es decir que se sientan unas bases y se lanzan unos gérmenes que andando el tiempo darían como resultado las distintas revoluciones que dieron al traste con el ordenamiento medieval: revolución luterana, cartesiana, iluminista, liberal, marxista, nihilista, etc. El Renacimiento sembró unas semillas que solo los siglos que vinieron después fueron haciendo germinar una detrás de la otra.

De tal manera que no hay que creer que el antropocentrismo quedó ya perfecto y dio todos sus frutos en esos dos siglos que los historiadores suelen adjudicar al Renacimiento, desde mediados del XIV, hasta casi el XVI. Porque aún era mucho lo que faltaba por decir, aún no había venido Lutero, ni la Enciclopedia, ni Nietzsche. Ellos fueron en gran medida sus hijos, sus continuadores, sus epígonos.

Ahora bien, ¿por qué el Renacimiento sembró esos gérmenes? Bueno, las razones fueron muchas, aunque más que razones hay que hablar de circunstancias. El edificio socio-político-religioso-cultural del medioevo se levantaba sobre una sinfonía de elementos dispares que se mantenían unidos porque todos ellos recibían la influencia de un mismo espíritu, como si dijéramos de una misma aspiración o tendencia de naturaleza espiritual: la fe católica. Y resulta que esta fe recibió una serie de golpes hacia fines de la Edad Media, siglos XIV y XV (precisamente): La cautividad del papado en Aviñón, los reformadores 'pre-luteranos' como Pedro Valdo, Juan Hus y John Wyclif, por nombrar solo algunos; los cambios sociales traídos por el advenimiento a escena de las ciudades y el declive del feudalismo, etc. Todos esos elementos, por nombrar solo los que se me vienen a la mente en este momento (pero que un historiador de oficio podría complementar con algunos otros), coadyuvaron para que la sacralidad de la fe y de la cosmovisión que dicha fe acarreaba fueran puestas en duda cada vez con menos pudor.

¿Y el arte? El arte jugó su papel también. Y no que los artistas fueran ateos anticatólicos, no, muchos de ellos fueron monjes incluso. Sino que más bien se difundió entre los artistas la idea de retomar los cánones de belleza del mundo antiguo grecorromano. ¿Por qué? No sabría decirte con exactitud cuál fue el origen de esa tendencia o quién fue el primero que decidió pintar o esculpir siguiendo algún modelo griego, creo que ningún historiador podría dar ese dato tan preciso. El punto es que hubo un primero, y un segundo y un tercero y la moda se regó como fuego en paja seca. Además, si los filósofos medievales habían usado a Aristóteles sin problema, como Tomás de Aquino, ¿por qué iba a estar mal pintar o esculpir como lo habían hecho también griegos y romanos? 

Y se difundió el arte según cánones antiguos, y en dichos cánones la figura central era el hombre, y el hombre en su más descarnada humanidad, el hombre como culmen de la naturaleza y como resumen y compendio de todo lo bello. 



Repito, todo esto no fueron sino gérmenes, pero gérmenes lo suficientemente osados como para que su vitalidad fuera dando frutos con el correr de los siglos que estaban por venir.


Quizá en otra oportunidad con algo más de tiempo disponible retome el asunto y te envíe, estimado XXXXX, una respuesta algo más elaborada. A veces las ocupaciones 'terrenales' nos apartan de la contemplación de las ideas; es la cuota que debemos pagar por vivir aún en este mundo corporal, en espera de la patria prometida si bien obramos.


Con afecto,


Leonardo Rodríguez  

domingo, 7 de mayo de 2017

La red social como trampa al pensamiento


Las redes sociales parecen haber llegado para quedarse. Resulta para muchos imposible imaginar sus vidas sin Facebook, Twitter o Whatsapp. Y aunque son también muchos los que voluntariamente y por distintas razones nunca han tenido ni planean tener ninguna de estas redes sociales, lo cierto es que son minoría al lado de quienes participan en alguna o incluso en todas ellas.

Y no se crea que vamos aquí a elevar nuestra voz contra las redes sociales de manera radical, señalándolas de múltiples males y perversiones sin cuento, ¡no! Nuestro propósito es más bien señalar un aspecto de su utilización que últimamente nos ha estado llamando mucho la atención: la relación que creemos percibir entre su uso irracional y el debilitamiento de la capacidad abstractiva de la inteligencia. Veamos.

Ante todo aclaremos qué entendemos por capacidad abstractiva de la inteligencia. Entendemos por abstracción aquella capacidad propia de la inteligencia según la cual podemos ascender desde los datos sensibles del universo material hacia los valores inteligibles, hacia la esencia o naturaleza de las cosas. Ocurre cuando 'entendemos' lo que algo es, más allá de las apariencias que captan nuestros sentidos. Como cuando frente a una multitud de rostros y figuras humanas podemos con naturalidad comprender que son seres humanos, hombres, animales racionales. Lo cual no lo entendemos con ningún sentido, ni siquiera con el cerebro, sino propiamente con la inteligencia, que es facultad espiritual. 

No ahondaremos aquí en este asunto de la naturaleza de la inteligencia y sus actos u operaciones propias, ya lo hemos hecho en varias oportunidades anteriormente. Baste con recalcar la diferencia que la filosofía clásica siempre ha defendido entre los sentidos y la inteligencia, entre la imagen y la idea, entre el concepto universal y abstracto y la imagen individual y concreta. Lo propio del hombre es ese nivel abstracto y universal de conocimiento, que por un lado lo distingue radicalmente de los animales y por otro lo aproxima a esas otras criaturas espirituales de la revelación cristiana, los ángeles, criaturas cuya naturaleza es ser espíritus puros, sin mezcla de materia, por tanto no constreñidos a obtener su conocimiento a partir de datos sensibles, como sí es nuestro caso dada la unión natural y substancial de cuerpo y alma. 

Y esa apertura a lo universal le permite al hombre conocer más allá de lo sensible, hasta realidades del todo espirituales como el alma y Dios. Y dado que la voluntad depende del conocimiento, dicha apertura abstractiva hacia lo universal y espiritual le posibilita al hombre también tender hacia dicho universo espiritual, conformar su vida con ello, atender principios espirituales, en una palabra, organizar su vida en obediencia a principios que van más allá de las meras inmediateces de su corporalidad (lo cual no significa que todos lo hagan, pero podrían hacerlo).

Ahora bien, creemos que precisamente allí es donde nos parece percibir una influencia poco positiva de las redes sociales. 

Las redes sociales tienen una preferencia por la imagen, privilegian la exposición mediante imágenes, de tal manera que mediante imágenes proponen al usuario representarlo todo: su vida, su conducta, su cotidianidad, hasta su 'pensamiento' con los famosos 'memes', que son mensajes cortos acompañados de... una imagen. Se percibe una ausencia de espacio para una expansión del mundo de la idea, que requiere de un desarrollo para el cual no hay 'tiempo' en la inmediatez propia de las redes, donde todo debe ser dicho ya y ojalá de modos gracioso y creativo... ojalá con imágenes.

Incluso cuando se abordan temas que requerirían de un desarrollo argumentativo mayor, como cuando en Facebook alguien habla del aborto, por ejemplo, la zona de comentarios se llena de gente que desea en dos renglones zanjar la cuestión, poco importa la solidez de la idea, lo que se busca es impresionar con alguna frase corta pero ingeniosa que aplaste al 'oponente' o lo ridiculice frente a los demás. 

Y ni qué decir de las demás redes sociales centradas completamente en la imagen, como Instagram, Snapchat. O en los mensajes cortos e ingeniosos como Twitter.

Repetimos que no es nuestra intención elaborar aquí un alegato apocalíptico contra las redes sociales, nada de eso. Pero sí quisiéramos llamar la atención sobre el modelo de 'pensamiento' que se deriva de su uso irracional. Y con la expresión 'irracional' nos referimos al uso que le dan las personas que gastan horas y horas diariamente frente a sus 'redes', como olvidados del mundo real que tienen a su alrededor.

Creemos que dicho modelo de 'pensamiento' centrado en la imagen, en la inmediatez, en lo concreto, en lo individual, etc., si es convertido en hábito mediante un uso casi adictivo de las redes, inevitablemente podría llevar a debilitar las capacidades abstractivas propias de la inteligencia humana, impactando negativamente no solo la posibilidad de pensar con profundidad sobre temas trascendentes y verdaderamente importantes, sino al mismo tiempo, y dada la conexión entre la esfera cognitiva y la volitiva, reducir el actuar de la persona al universo material y sensible, que es el propio de la imagen que le venden las redes.

Quizá se dirá que exageramos, y es nuestro deseo que así sea, una mera exageración. Pero vemos con tanta frecuencia a los adolescentes, que son el segmento de población más comúnmente asociado al uso de las redes sociales, preocupados única y exclusivamente por el aquí y el ahora, e incapaces de toda consideración  espiritual sobre temas espirituales (no solo religiosos), sobre ideas y conceptos que trasciendan la esfera sensible, que poco a poco comenzamos a temer que lo que parece mera exageración pueda ser más bien una intuición certera. ¡Dios nos haga malos profetas!


Leonardo Rodríguez


lunes, 1 de mayo de 2017

Eclecticismo filosófico, ensalada mental.

Si hoy se le pregunta a un recién egresado de alguna facultad de filosofía acerca de su autor de preferencia o sobre la corriente de filosofía a la que adscribe, seguramente obtendremos como respuesta que tiene no uno sino muchos autores de preferencia (o sea en realidad ninguno), e igualmente respecto de corrientes de filosofía dirá algo así como que no es conveniente "casarse" con una sola corriente puesto que todas tienen cosas muy valiosas que aportar y lo mejor es estar abierto a todas las posibilidades.

Si hacemos el mismo experimento con filósofos profesionales ya en edad madura, quizá hayan reducido la lista de preferencias y de corrientes, pero su postura seguirá siendo un cierto eclecticismo, cerrados a la posibilidad de que un solo autor o un solo sistema filosófico pueda tener razón sobre los demás. Una tal idea les resulta evidentemente descabellada y pretenciosa.

Pero, ¿qué es el eclecticismo? Se llama eclecticismo (del griego 'eklegein', escoger) a la postura de aquellos que no tienen un conjunto de ideas definido y específico, sino que deciden tomar de todas partes un poco para construir su visión de las cosas, algo así como un vestido hecho con los retazos de muchos otros vestidos.

Entonces el ecléctico escoge a su gusto lo que le va pareciendo de todos los sistemas de pensamiento disponibles, y con todos esos trozos se construye un sistema de interpretación del mundo.

Y con ello el ecléctico obtiene varios beneficios:

1) Evita el riesgo de comprometerse con un solo sistema, y estar equivocado.

2) Evita tener que argumentar en defensa de su decisión de tomar partido por una sola opción.

3) Se siente superior al resto porque se cubrió con lo que consideró mejor de cada posibilidad.

4) Evita tener que enfrentarse a los puntos más problemáticos de cada postura, pues los ignora y toma de allí lo que es más aceptado y claro.

En una palabra, el ecléctico gana en comodidad. El eclecticismo es el sistema cómodo por excelencia.

Y más o menos esa es la postura de todos los filósofos profesionales actualmente.

Quienes, como nosotros, hemos decidido proponer y defender el tomismo como único sistema filosófico que da explicación satisfactoria a los grandes interrogantes del pensamiento humano, somos para el ecléctico o presumidos o tontos. Presumidos en cuanto creemos poder sostener que el tomismo con exclusividad da cabal explicación a los interrogantes filosóficos más apremiantes de la existencia humana. Y tontos porque no entendemos (eso afirman) que la postura más 'correcta', 'adulta', 'madura', 'equilibrada', etc., consiste en tomar un poco de cada lado y de esa manera quedar bien con todos.

Pero la filosofía no se trata de comodidad, sino más bien de audacia, audacia para aferrarse a la realidad, a la naturaleza de las cosas. Y es eso lo que hemos encontrado en Tomás, audacia de sobra y fidelidad total a la voz de lo real. No negamos que en otros sistemas de pensamiento se puedan encontrar elementos valiosos, pero sostenemos con tranquilidad que todo aquello que de valioso puede encontrarse en dichos sistemas, está también en el tomismo y expuesto en concordancia unitaria con cada pieza del edificio, proporcionando una visión de conjunto sobre lo real que en verdad cautiva por su precisión armónica y por su lógica belleza.

¿Para qué buscar entonces en otros suelos lo que el nuestro produce ya con abundancia, precisión y hermosura? Sería como aquél campesino que produciendo sus tierras hermosas manzanas, se escabullera de noche a los predios vecinos a tomar manzanas inferiores en calidad a las suyas.

Y por demás está decir que tampoco es la filosofía cosa de temores, como el de evitar la tarea fatigosa de argumentar la exclusividad de una tesis por sobre las demás. Todo lo contrario, y en ello fue maestro consumado Tomás, si algo se aprende en filosofía es que es un deber argumentar buscando mostrar la evidencia de lo que se sostiene como cierto. Eso de evitar esa fatiga recurriendo a la comodidad del eclecticismo no cuadra al que en verdad se considere amante de esa miel que la abeja humana destila y que llamamos filosofía.


Leonardo Rodríguez

   

domingo, 30 de abril de 2017

Libros a la venta


Les comparto el link de la página de Internet a través de la cual al presente se están distribuyendo los libros que con ayuda de la divina providencia he podido ir publicando. 


Les comparto también los títulos en los que actualmente estoy trabajando y que serán de próxima aparición Dios mediante:

1) Elementos de antropología filosófica (una especie de manual introductorio a la psicología tomista)

2) 20 errores (un ensayo dedicado a exponer y criticar un conjunto de veinte ideas equivocadas que han extraviado el pensamiento y la conducta de muchos)

Los animo a colaborar con este apostolado adquiriendo los libros. Dios les pague.


Leonardo Rodríguez

martes, 11 de abril de 2017

¿Por qué el tomismo?

Yo conocí a Tomás de Aquino hace ya algunos años, unos catorce más o menos, y lo conocí por casualidad. No voy a contar aquí de nuevo esa historia, pues ya está contada en otra parte y no soy partidario de andar repitiendo las cosas (aunque los que me conocen dicen que sí). Aquí me gustaría más bien referirme al tomismo y su justificación como guía de pensamiento para el momento actual.

Dicen los entendidos que una de las características principales del pensamiento moderno, entendiendo por moderno todo lo que viene después de Descartes en el siglo XVII, es el inmanentismo idealista o idealismo inmanentista. Lo anterior significa que el pensamiento moderno se construye en torno al sujeto, en torno a los 'contenidos de conciencia', en torno a las ideas del sujeto entendidas como meras construcciones intrasubjetivas sin ningún asidero extramental comprobable.

Lo anterior significa, en palabras menos enredadas, que la filosofía que se construye a partir de Descartes tiende de suyo a prescindir de la realidad, tiende a hacer depender lo real de las construcciones mentales del sujeto, da la primacía a la subjetividad sobre la objetividad. Y pasa tanto en la vertiente racionalista como en la empirista, de distintas formas evidentemente pero con iguales resultados de fondo.

Ahora bien, de una filosofía de ese tipo, centrada en el sujeto y que se construye en grados diversos de espaldas a lo real, se derivan una serie de consecuencias que los autores de los siglos posteriores fueron extrayendo pacientemente hasta llegar ya sea a los idealismos absolutos de corte alemán como a los positivismos radicales de corte inglés. Ambos destructores de la objetividad del pensamiento. Y las consecuencias las podemos encontrar en el campo de la epistemología obviamente, pero también en la metafísica, en la teología natural, en la ética, etc. No hay rama del saber filosófico que no reciba el efecto del inmanentismo idealista moderno.

Para reducirnos al campo ético el inmanentismo idealista engendra el relativismo, del que ya hemos hablado abundantemente en otras ocasiones. Si el sujeto construye la realidad, si la realidad es ante todo el contenido de conciencia del sujeto, su mundo ideal, sus construcciones subjetivas, etc., entonces la ética igualmente se edificará sobre meros contenidos subjetivos de conciencia. Lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, serán determinaciones de la voluntad libre individual y ya no reflejos de un orden natural extramental y objetivo que se impone con la fuerza de lo real al sujeto cognoscente.

Del relativismo como pseudo sistema ético se derivan prácticamente todas las calamidades públicas que hoy padecen las sociedades, así como también todas las calamidades privadas que padecen las familias y los individuos.

Frente a tal estado de cosas se levanta el tomismo como tabla de salvación de la inteligencia humana, por tanto del hombre, por tanto de las familias y de las sociedades. El tomismo es la filosofía del sentido común, la filosofía de lo real extramental, la filosofía de la humildad ante la naturaleza de las cosas, de la humildad ante el Creador de dicha naturaleza.

Si hay posibilidad de rehabilitar la teología natural ello no se hará sino bebiendo en las fuentes del tomismo. Lo mismo dígase de la rehabilitación del pensamiento ético, epsitemológico, metafísico, etc. ¿Por qué? Porque lejos de su anclaje en lo real extramental la inteligencia muere de frío en la cárcel vacía de sus 'contenidos de conciencia', como condenada a contemplar solo sombras. Como en el mito platónico de la caverna, salvadas las distancias.

¿Que por qué el tomismo? Por todo lo anterior y por más: porque es el sistema filosófico recomendado por siglos por las más altas jerarquías eclesiásticas como conforme naturalmente con el dogma (signo externo pero indudable de su verdad intrínseca). Papas, santos, concilios, teólogos y filósofos de todos los tiempos lo han recomendado encarecidamente a los estudiosos. 

Pero sobre todas las cosas el tomismo se justifica hoy porque solo en el encuentro con lo real la inteligencia alcanza su fin, su razón de ser, y dicho encuentro con lo real en toda su extensión lo garantiza el tomismo en forma excelsa y única.

Por eso y más difundimos el tomismo.




Leonardo Rodríguez


lunes, 10 de abril de 2017

Relativismo y gnosticismo



En un escrito anterior mencionábamos el gnosticismo al afirmar que quienes dicen que creen en Dios, pero a 'su' manera, son en el fondo gnósticos incluso aunque no lo sepan explícitamente (de la misma manera que para ser tonto no se necesita saberlo, basta serlo). El gnosticismo es tan viejo como el hombre mismo, consiste en la pretensión del hombre de auto-divinizarse, proclamarse dios, creerse dios, percibirse como un ser 'divino' y actuar como tal.

Decíamos allí que quienes se proclaman creyentes en Dios pero 'a su manera' en el fondo se creían ellos mismos dioses, ya que poseían ni más ni menos que el poder suficiente para moldear a Dios, así como un pequeño niño puede crear figuras jugando con su plastilina. Concluíamos diciendo que Dios es el que es, como es, como siempre ha sido y como siempre será por los siglos de los siglos, y que ello no depende ni un ápice del voluble capricho humano, evidentemente.

Y es que en realidad todo lo que se relacione directa o indirectamente con una concepción relativista de la vida es en el fondo algún modo de gnosticismo, consciente o no. Veamos.

El relativismo en términos generales consiste en afirmar que hay tantas 'realidades' como personas, ya que lo que verdaderamente cuenta son las decisiones y elecciones personales de cada uno. De tal manera que, por ejemplo, en el campo moral no existen conductas buenas ni malas en sí mismas, sino que lo bueno y lo malo es determinado por cada sujeto: bueno si decido que es bueno, malo si decido lo contrario. 

Se dirá que tal relativismo radical es impensable porque haría imposible la convivencia en sociedad. Sí, es correcto, vuelve imposible la convivencia en sociedad. ¿Entonces no existe tal relativismo? Sí, por lo menos en teoría, ya que aquí entra en juego el Estado como regulador de individuos, el Estado como gran hermano que vigila el juego macabro de los caprichos individuales para que las diversas elecciones de sistema 'moral' que realicen los miembros de la 'colectividad' no choquen entre sí. En pocas palabras: es tarea del Estado coordinar las individualidades de manera que cada individuo sea un límite para los demás y no pueda ser pisoteado por nadie.

Lo anterior supone evidentemente otorgar al Estado un poder irrestricto de control, intervención, jurisdicción, sanción, etc. Un poder semejante en la práctica a una gran dictadura con apariencia de "Estado de derecho". Razón por la cual  muchos teóricos del pensamiento político han concluido que el modo de hacer política que se inaugura con la Revolución francesa y que en teoría se caracteriza por el reconocimiento de una serie de derechos (cada vez más larga y extraña) a los individuos que crearían como una burbuja de protección ante atropellos de otros individuos o del gobierno de turno, termina en realidad por convertirse en una dictadura disfrazada, debido al enorme poder que se le otorga al Estado para ser el gran regulador de este juego de individualidades concretas.

Pero ese es otro tema...

Decíamos que todo tipo de relativismo supone algún modo de gnosticismo en quienes lo defienden y lo viven. ¿Cómo es esto? En realidad es bastante sencillo: si la realidad depende de mí significa que yo la creo, y si yo soy 'creador' de la realidad entonces ¿qué vengo siendo? ¡Correcto! 'dios'.

El único problema con esto es que no somos dioses. Y si no somos dioses ¿en qué vienen a parar los sistemas que construimos basándonos en el relativismo moral? En un espejismo, ni más ni menos. Son sistemas superficiales que quizá produzcan algún tipo de placer pasajero o sentido de autonomía también pasajero que nos embriaga y nos adormece en la cómoda sensación de creernos 'arquitectos de nuestra propia felicidad', para usar una frase famosa hoy en día.

Pero con este espejismo pasa lo que pasa con todo espejismo: que muy pronto se desvanece y deja tras de sí solo desolación, vacío y frustración. Precisamente de almas desoladas, vacías y frustradas está llena nuestra generación, y las que no están ya allí están en camino y pronto llegarán a ese estado. El 'mundo' (en el sentido en que los santos han usado esa palabra) lo promete todo, no da nada y acaba quitando hasta lo poco que se creía tener. El mundo, al igual que el demonio, es siempre el gran mentiroso.

¿Qué hacer? Vivir inmersos en la realidad, tal cual. Dios es el que es, la moral es la que es, el cielo, el purgatorio, el infierno, son lo que son. Nada de ello es como nosotros quisiéramos que fuera, sino como es. Una filosofía realista de la vida es el mejor antídoto contra los espejismos 'liberadores' que embriagan con promesas que se revelan pronto discursos vacíos y desoladores.

A nuestro alrededor los engañados, que son masa, seguirán construyendo sus castillos en el aire, corriendo afanosos hacia brillantes futuros llenos de todo lo que su capricho alcance a imaginar, y crearán para lograrlo sistemas de 'moral' a su medida, como dioses, y lastimosamente tarde o temprano la Realidad, con 'r' mayúscula, tocará a su puerta para recordarles socarronamente que ha pasado ya el tiempo de los espejismos y ha llegado el de las consecuencias. Causa y efecto.

Enseñar al que no sabe, corregir al que se equivoca, dar buen consejo al que lo necesita, son tres de las catorce obras de misericordia del católico, están en el catecismo. Solo que son tres bastante olvidadas en tiempos de relativismo. Urge recuperarlas con caridad. No se trata de mostrar que somos más que los demás, que sabemos más o que somos más santos, nada de esto. Se trata de transmitir con sencillez una herencia que hemos recibido, una herencia que llevamos en vasijas de barro, frágiles, tan frágiles como cualquiera de nuestros más cercanos familiares y amigos que no tienen aún la gracia de la fe y del uso recto de la razón.

¿Compromisos? Estudiar para poder aconsejar, enseñar y corregir. Rezar mucho para no caer en la soberbia del fariseo que se burlaba del publicano pecador creyéndose mejor que él. Pero al mismo tiempo sabedores del don de Dios y de la necesidad de ser luz.

Dios nos libre de guardar la luz debajo de nuestras camas para que nadie la vea, Dios nos libre asimismo de la soberbia de creernos mejores. Dios nos de la gracia de guardar en todo esto siempre el justo equilibrio. Dios nos conceda perseverar.


Leonardo Rodríguez


domingo, 9 de abril de 2017

Domingo de ramos

Ha dado inicio la semana santa o semana mayor. Esta semana es de muchas maneras el centro del catolicismo, en ella se conmemoran los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, Dios y hombre verdadero, fuente de toda gracia para el género humano. De ahí la grandeza y la centralidad de esta semana.

¿Cómo vivir esta semana debidamente? Ante todo dejar de lado la idea de irse de vacaciones, mucho menos a la playa. Es propio de una sociedad consumista y materialista la costumbre de usar justo los días santos para ir de vacaciones, y que dicha costumbre se haya generalizado entre católicos es algo de lamentar. 

Es una semana para dedicarse de manera especial a la oración y al recogimiento. Redoblar el número y la calidad de las oraciones que tenemos normalmente durante el resto del año, añadir algunos sacrificios a parte de los mandados por la iglesia relativos a ayunos y abstinencias. También conviene sacar tiempo para releer los relatos de la pasión de Jesucristo que se encuentran en los evangelios y tratar de meditar en sus sufrimientos, padecidos todos por amor a los hombres.

Y por supuesto asistir a las celebraciones litúrgicas que conforman los ritos de esta semana santa. Los textos de las misas de estos días santos están llenos de pasajes que pueden servir para meditar en el profundo amor de Dios por la humanidad, llevado hasta el extremo de la muerte en cruz por salvar a todos (aunque no todos efectivamente se salven).

¡Que esta santa semana sea una oportunidad propicia para renovar con fuerza nuestros compromisos como bautizados y alcanzar así la gracia de combatir el buen combate en estos tiempos en que nos ha correspondido vivir!


Leonardo Rodríguez


sábado, 8 de abril de 2017

Un 'dios' a mi manera

Con mucha frecuencia nos toca oír entre amigos y conocidos la siguiente expresión: 

'Yo creo en Dios, pero a mi manera'.

O alguna de sus variantes, que aunque suenan distinto vienen a significar en el fondo lo mismo...

'Yo creo en Dios, pero no soy religioso'
'Yo creo en Dios, pero no en la iglesia'
'Yo creo en Dios, pero...´ etc.

En todas estas frases la idea de fondo es la misma, la persona que así se expresa está diciendo que SE HA FABRICADO PARA SÍ UN "dios" A SU MEDIDA, SEGÚN SU GUSTO. 

¿Qué significa entonces haberse creado un "dios" a su medida? Significa ni más ni menos que la persona es "dios" ella misma, la persona se ha convertido en "dios", YA QUE CUENTA CON EL SUFICIENTE PODER PARA MOLDEAR A DIOS.

Quien opina así se coloca por encima de Dios, en el lugar de Dios y le dice a Dios: ¡Tú eres lo que yo deseo que seas, lo que yo acepto que seas, lo que yo te permito ser y nada más!

Es la vieja tentación del paraíso que la serpiente astuta dirigió a la mujer: ¡seréis como dioses!

¡Es el gnosticismo! 

El gnosticismo es la falsa religión del hombre que se autoproclama 'dios', es la divinización del hombre, o más bien es el hombre tomando conciencia de su pretendida 'divinidad'. De ahí que sin ningún problema proclame: CREO EN DIOS A MI MANERA.

¡No, señores! Dios es Dios sin ustedes y sin mí, Dios es Dios desde la eternidad, en la eternidad y para la eternidad. Y pretender concebirlo A MI MANERA no cambia ni un ápice lo que Él es, ha sido y será por los siglos de los siglos, e incluso más allá del mismísimo tiempo.

La soberbia que se oculta detrás de esas declaraciones de muchos contemporáneos es infinita, y aunque su contradicción salta a la vista, su misma soberbia los enceguece para no verla. La ceguera del hombre es castigo a su soberbia, pues entre más quisieron ver menos les funcionó la vista.

Pidamos a Dios verlo como Él es realmente, no como nosotros quisiéramos que fuera.


Leonardo Rodríguez


miércoles, 5 de abril de 2017

¿Formación católica o activismo social?

Muchas veces se presenta lo que podríamos llamar un falso dilema: intelectualismo o activismo social. Veamos.

Los católicos tenemos inevitablemente el deber de conocer nuestra fe para poder ser conscientes de sus exigencias y vivirla debidamente. Este deber de conocerla implica en nuestra infancia el conocimiento básico de las principales verdades de la revelación divina como requisito para el inicio de nuestra vida sacramental. De ahí que los niños deban ir al catecismo para hacer su primera comunión y su confirmación.

Pero estas primeras nociones elementales de la fe se vuelven insuficientes hasta cierto punto a medida que vamos creciendo, no que dejen de ser ciertas por supuesto, sino que a medida que crecemos se va haciendo necesario que profundicemos en los contenidos de la fe, con el objetivo de vivir una fe adulta y sobre todo con el objetivo de hacer frente a los innumerables ataques que la fe recibe de parte de sus también innumerables enemigos, que siempre los ha habido, los hay y los habrá.

No se quiere decir con ello que todos debamos convertirnos en doctores sobresalientes de la teología y la filosofía católicas, lo cual en realidad corresponde en primer lugar al clero (que lamentablemente hoy ha renunciado a esta labor para entregarse a un activismo social vacío de esencia sobrenatural. Cuando no para vivir lo que les queda de fe desde un irracionalismo sentimentalista de corte protestante que anula el aspecto intelectual tan propio del catolicismo auténtico), pero sí se quiere decir con ello que sobre todo bautizado, dependiendo de sus circunstancias, recae el deber de dar razón de su fe cuando sea necesario, cuando las circunstancias así lo exijan para salvaguarda de la dignidad de la fe y defensa de su saludable efecto sobre los hombres y las sociedades.

No obstante vemos con preocupación cómo se ha extendido en la actualidad una corriente anti-intelectualista dentro de la feligresía católica, pasando a primer plano una propuesta meramente 'pastoral-social' de activismo filantrópico. En este sentido vemos que los católicos de hoy entienden su fe más como compromiso con causas 'sociales', sospechosamente emparentadas con banderas de dudosa procedencia 'política'. Sin duda la intención que mueve a este modo de entender su fe no la podemos juzgar como mala, pues solo Dios conoce los corazones de cada quién, pero nos parece que el énfasis exclusivo en esta 'vivencia pastoral-social' de la fe pone en riesgo el reconocimiento de que el catolicismo también posee, ni más faltaba, un lado comprometido con la verdad de las cosas, con la verdad sobre Dios, sobre el hombre, sobre la sociedad, sobre el alma, sobre la eternidad, sobre el pecado, etc.

De tal manera que se entra así en una pendiente resbaladiza al final de la cual el católico moderno, desgajado de ese 'intelectualismo' que se abre y se abraza a la verdad de las cosas (labor propia del intelecto y de ahí la expresión de 'intelectualismo), acaba comprometido en la práctica con un relativismo doctrinal en el cual todo vale, todo es igual, toda religión es verdadera (porque en el fondo ninguna lo es), todo credo religioso es positivo, etc. Y es algo que vemos a diario y que podemos comprobar sosteniendo una conversación con cualquier 'católico' promedio de hoy, incluso si es miembro del clero. De hecho si es miembro del clero su convicción sobre esto último será aún más fuerte.

Y como suele suceder la solución correcta está en un cierto punto medio entre dos extremos: labor social, sí, pero sostenida por una férrea formación doctrinal que impida la caída en el relativismo doctrinal y religioso, ya que si bien es cierto que existen las catorce obras de misericordia, también es cierto que existen los teólogos, los filósofos, los apologistas y los misioneros, y que la iglesia siempre cuidó de lo uno y de lo otro, y fundaba universidades tantas como hospitales y asilos, porque lo uno no impide lo otro, sino que ambos elementos se suponen y se exigen mutuamente.

Una fe meramente intelectual sin obras de misericordia y de amor es una fe vacía y fría que no produce fruto. Al paso que una 'vivencia' meramente 'social y filantrópica' de la fe sin asidero sólido en la doctrina, desemboca en un relativismo ajeno a la verdad que es también a su manera la muerte del alma.

Lo bello del catolicismo es su capacidad de aunar estos dos elementos en una armoniosa sinfonía que canta, aunque limitadamente, la armonía de la propia naturaleza de Dios, en quien se identifican la sabiduría y la bondad.

La 'vivencia' del catolicismo pide entonces el trabajo conjunto de esos dos aspectos: misericordia y ciencia. Misericordia para hacer frente a las necesidades de nuestro prójimo en su cuerpo, y sano cultivo de la ciencia para hacer frente a las necesidades de nuestro prójimo en su alma. De hecho en el conjunto de las obras de misericordia mismo queda plasmada esta armonía, las ponemos aquí como testimonio de lo dicho:


Obras de misericordia corporales:

1) Visitar a los enfermos
2) Dar de comer al hambriento
3) Dar de beber al sediento
4) Dar posada al peregrino
5) Vestir al desnudo
6) Visitar a los presos
7) Enterrar a los difuntos

Obras de misericordia espirituales:

1) Enseñar al que no sabe
2) Dar buen consejo al que lo necesita
3) Corregir al que se equivoca
4) Perdonar al que nos ofende
5) Consolar al triste
6) Sufrir con paciencia los defectos del prójimo
7) Rezar a Dios por los vivos y por los difuntos.


¿Cómo se cumplirán las tres obras de misericordia que subrayamos arriba si de antemano no nos hemos formado adecuadamente en la fe que decimos profesar? ¿Cómo enseñar al que no sabe si nosotros no nos hemos preocupado antes por saber? ¿Cómo dar consejo al que lo necesita si en esos momentos ni nosotros mismos tenemos claridad sobre las exigencias de la fe? ¿Cómo corregir al que se equivoca si, habiendo caído en el relativismo doctrinal, ni siquiera creemos que alguien pueda estar equivocado?

Entonces ¡a practicar las obras de misericordia, pero alimentados por el pan de la sana doctrina!

Mantengámonos en guardia contra el peligro que significa reducir la fe al activismo 'social' (en idioma católico hablamos de obras de misericordia por el amor de Dios), ya que es el camino perfecto para caer en el indiferentismo religioso.

Dejo aquí unas palabras del gran papa Gregorio XVI, en las cuales hace referencia precisamente a ese relativismo que hoy muchos católicos profesan, son palabras tomadas de su encíclica 'Mirari vos' del quince de agosto de 1832:

"Otra causa que ha producido muchos de los males que afligen a la iglesia es el indiferentismo, o sea, aquella perversa teoría extendida por doquier, merced a los engaños de los impíos, y que enseña que puede conseguirse la vida eterna en cualquier religión, con tal que haya rectitud y honradez en las costumbres. Fácilmente en materia tan clara como evidente, podéis extirpar de vuestra grey error tan execrable. Si dice el Apóstol que hay un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo, entiendan, por lo tanto, los que piensan que por todas partes se va al puerto de salvación, que, según la sentencia del Salvador, están ellos contra Cristo, pues no están con Cristo y que los que no recolectan con Cristo, esparcen miserablemente, por lo cual es indudable que perecerán eternamente los que no tengan fe católica y no la guardan íntegra y sin mancha". 


Leonardo Rodríguez V.