martes, 9 de mayo de 2017

Respuesta a un amable lector

Un amable lector nos ha escrito preguntándonos sobre las causas que produjeron el giro antropocéntrico del Renacimiento. Publicamos aquí la respuesta, aclarando que más adelante trataremos de retomar el asunto para darle una respuesta más elaborada.
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Estimado xxxxx.

Es siempre para mí un gusto recibir este tipo de correos, en medio del 'anonimato' de las pantallas de ordenador saber que del otro lado a alguien llega esa botellita cerrada que lanzamos al mar de Internet es en gran manera gratificante y por supuesto que nos anima a seguir en la briega.

Antes de intentar esbozar una respuesta a su justa pregunta me gustaría pedirle que cuando pueda me de su opinión sobre los textos que ha podido leer de mi autoría. Soy desde todo punto de vista un principiante y me alimento de los comentarios que voy recogiendo por aquí y por allá, para tratar de mejorar siempre un poco más y reducir así los defectos de lo que escribo, que sin duda son muchos.

En realidad es inexacto afirmar que en el Renacimiento se da ese cambio del teocentrismo al antropocentrismo como una cosa ya perfecta y acabada. Mucho más exacto es decir que se sientan unas bases y se lanzan unos gérmenes que andando el tiempo darían como resultado las distintas revoluciones que dieron al traste con el ordenamiento medieval: revolución luterana, cartesiana, iluminista, liberal, marxista, nihilista, etc. El Renacimiento sembró unas semillas que solo los siglos que vinieron después fueron haciendo germinar una detrás de la otra.

De tal manera que no hay que creer que el antropocentrismo quedó ya perfecto y dio todos sus frutos en esos dos siglos que los historiadores suelen adjudicar al Renacimiento, desde mediados del XIV, hasta casi el XVI. Porque aún era mucho lo que faltaba por decir, aún no había venido Lutero, ni la Enciclopedia, ni Nietzsche. Ellos fueron en gran medida sus hijos, sus continuadores, sus epígonos.

Ahora bien, ¿por qué el Renacimiento sembró esos gérmenes? Bueno, las razones fueron muchas, aunque más que razones hay que hablar de circunstancias. El edificio socio-político-religioso-cultural del medioevo se levantaba sobre una sinfonía de elementos dispares que se mantenían unidos porque todos ellos recibían la influencia de un mismo espíritu, como si dijéramos de una misma aspiración o tendencia de naturaleza espiritual: la fe católica. Y resulta que esta fe recibió una serie de golpes hacia fines de la Edad Media, siglos XIV y XV (precisamente): La cautividad del papado en Aviñón, los reformadores 'pre-luteranos' como Pedro Valdo, Juan Hus y John Wyclif, por nombrar solo algunos; los cambios sociales traídos por el advenimiento a escena de las ciudades y el declive del feudalismo, etc. Todos esos elementos, por nombrar solo los que se me vienen a la mente en este momento (pero que un historiador de oficio podría complementar con algunos otros), coadyuvaron para que la sacralidad de la fe y de la cosmovisión que dicha fe acarreaba fueran puestas en duda cada vez con menos pudor.

¿Y el arte? El arte jugó su papel también. Y no que los artistas fueran ateos anticatólicos, no, muchos de ellos fueron monjes incluso. Sino que más bien se difundió entre los artistas la idea de retomar los cánones de belleza del mundo antiguo grecorromano. ¿Por qué? No sabría decirte con exactitud cuál fue el origen de esa tendencia o quién fue el primero que decidió pintar o esculpir siguiendo algún modelo griego, creo que ningún historiador podría dar ese dato tan preciso. El punto es que hubo un primero, y un segundo y un tercero y la moda se regó como fuego en paja seca. Además, si los filósofos medievales habían usado a Aristóteles sin problema, como Tomás de Aquino, ¿por qué iba a estar mal pintar o esculpir como lo habían hecho también griegos y romanos? 

Y se difundió el arte según cánones antiguos, y en dichos cánones la figura central era el hombre, y el hombre en su más descarnada humanidad, el hombre como culmen de la naturaleza y como resumen y compendio de todo lo bello. 



Repito, todo esto no fueron sino gérmenes, pero gérmenes lo suficientemente osados como para que su vitalidad fuera dando frutos con el correr de los siglos que estaban por venir.


Quizá en otra oportunidad con algo más de tiempo disponible retome el asunto y te envíe, estimado XXXXX, una respuesta algo más elaborada. A veces las ocupaciones 'terrenales' nos apartan de la contemplación de las ideas; es la cuota que debemos pagar por vivir aún en este mundo corporal, en espera de la patria prometida si bien obramos.


Con afecto,


Leonardo Rodríguez  

domingo, 7 de mayo de 2017

La red social como trampa al pensamiento


Las redes sociales parecen haber llegado para quedarse. Resulta para muchos imposible imaginar sus vidas sin Facebook, Twitter o Whatsapp. Y aunque son también muchos los que voluntariamente y por distintas razones nunca han tenido ni planean tener ninguna de estas redes sociales, lo cierto es que son minoría al lado de quienes participan en alguna o incluso en todas ellas.

Y no se crea que vamos aquí a elevar nuestra voz contra las redes sociales de manera radical, señalándolas de múltiples males y perversiones sin cuento, ¡no! Nuestro propósito es más bien señalar un aspecto de su utilización que últimamente nos ha estado llamando mucho la atención: la relación que creemos percibir entre su uso irracional y el debilitamiento de la capacidad abstractiva de la inteligencia. Veamos.

Ante todo aclaremos qué entendemos por capacidad abstractiva de la inteligencia. Entendemos por abstracción aquella capacidad propia de la inteligencia según la cual podemos ascender desde los datos sensibles del universo material hacia los valores inteligibles, hacia la esencia o naturaleza de las cosas. Ocurre cuando 'entendemos' lo que algo es, más allá de las apariencias que captan nuestros sentidos. Como cuando frente a una multitud de rostros y figuras humanas podemos con naturalidad comprender que son seres humanos, hombres, animales racionales. Lo cual no lo entendemos con ningún sentido, ni siquiera con el cerebro, sino propiamente con la inteligencia, que es facultad espiritual. 

No ahondaremos aquí en este asunto de la naturaleza de la inteligencia y sus actos u operaciones propias, ya lo hemos hecho en varias oportunidades anteriormente. Baste con recalcar la diferencia que la filosofía clásica siempre ha defendido entre los sentidos y la inteligencia, entre la imagen y la idea, entre el concepto universal y abstracto y la imagen individual y concreta. Lo propio del hombre es ese nivel abstracto y universal de conocimiento, que por un lado lo distingue radicalmente de los animales y por otro lo aproxima a esas otras criaturas espirituales de la revelación cristiana, los ángeles, criaturas cuya naturaleza es ser espíritus puros, sin mezcla de materia, por tanto no constreñidos a obtener su conocimiento a partir de datos sensibles, como sí es nuestro caso dada la unión natural y substancial de cuerpo y alma. 

Y esa apertura a lo universal le permite al hombre conocer más allá de lo sensible, hasta realidades del todo espirituales como el alma y Dios. Y dado que la voluntad depende del conocimiento, dicha apertura abstractiva hacia lo universal y espiritual le posibilita al hombre también tender hacia dicho universo espiritual, conformar su vida con ello, atender principios espirituales, en una palabra, organizar su vida en obediencia a principios que van más allá de las meras inmediateces de su corporalidad (lo cual no significa que todos lo hagan, pero podrían hacerlo).

Ahora bien, creemos que precisamente allí es donde nos parece percibir una influencia poco positiva de las redes sociales. 

Las redes sociales tienen una preferencia por la imagen, privilegian la exposición mediante imágenes, de tal manera que mediante imágenes proponen al usuario representarlo todo: su vida, su conducta, su cotidianidad, hasta su 'pensamiento' con los famosos 'memes', que son mensajes cortos acompañados de... una imagen. Se percibe una ausencia de espacio para una expansión del mundo de la idea, que requiere de un desarrollo para el cual no hay 'tiempo' en la inmediatez propia de las redes, donde todo debe ser dicho ya y ojalá de modos gracioso y creativo... ojalá con imágenes.

Incluso cuando se abordan temas que requerirían de un desarrollo argumentativo mayor, como cuando en Facebook alguien habla del aborto, por ejemplo, la zona de comentarios se llena de gente que desea en dos renglones zanjar la cuestión, poco importa la solidez de la idea, lo que se busca es impresionar con alguna frase corta pero ingeniosa que aplaste al 'oponente' o lo ridiculice frente a los demás. 

Y ni qué decir de las demás redes sociales centradas completamente en la imagen, como Instagram, Snapchat. O en los mensajes cortos e ingeniosos como Twitter.

Repetimos que no es nuestra intención elaborar aquí un alegato apocalíptico contra las redes sociales, nada de eso. Pero sí quisiéramos llamar la atención sobre el modelo de 'pensamiento' que se deriva de su uso irracional. Y con la expresión 'irracional' nos referimos al uso que le dan las personas que gastan horas y horas diariamente frente a sus 'redes', como olvidados del mundo real que tienen a su alrededor.

Creemos que dicho modelo de 'pensamiento' centrado en la imagen, en la inmediatez, en lo concreto, en lo individual, etc., si es convertido en hábito mediante un uso casi adictivo de las redes, inevitablemente podría llevar a debilitar las capacidades abstractivas propias de la inteligencia humana, impactando negativamente no solo la posibilidad de pensar con profundidad sobre temas trascendentes y verdaderamente importantes, sino al mismo tiempo, y dada la conexión entre la esfera cognitiva y la volitiva, reducir el actuar de la persona al universo material y sensible, que es el propio de la imagen que le venden las redes.

Quizá se dirá que exageramos, y es nuestro deseo que así sea, una mera exageración. Pero vemos con tanta frecuencia a los adolescentes, que son el segmento de población más comúnmente asociado al uso de las redes sociales, preocupados única y exclusivamente por el aquí y el ahora, e incapaces de toda consideración  espiritual sobre temas espirituales (no solo religiosos), sobre ideas y conceptos que trasciendan la esfera sensible, que poco a poco comenzamos a temer que lo que parece mera exageración pueda ser más bien una intuición certera. ¡Dios nos haga malos profetas!


Leonardo Rodríguez


lunes, 1 de mayo de 2017

Eclecticismo filosófico, ensalada mental.

Si hoy se le pregunta a un recién egresado de alguna facultad de filosofía acerca de su autor de preferencia o sobre la corriente de filosofía a la que adscribe, seguramente obtendremos como respuesta que tiene no uno sino muchos autores de preferencia (o sea en realidad ninguno), e igualmente respecto de corrientes de filosofía dirá algo así como que no es conveniente "casarse" con una sola corriente puesto que todas tienen cosas muy valiosas que aportar y lo mejor es estar abierto a todas las posibilidades.

Si hacemos el mismo experimento con filósofos profesionales ya en edad madura, quizá hayan reducido la lista de preferencias y de corrientes, pero su postura seguirá siendo un cierto eclecticismo, cerrados a la posibilidad de que un solo autor o un solo sistema filosófico pueda tener razón sobre los demás. Una tal idea les resulta evidentemente descabellada y pretenciosa.

Pero, ¿qué es el eclecticismo? Se llama eclecticismo (del griego 'eklegein', escoger) a la postura de aquellos que no tienen un conjunto de ideas definido y específico, sino que deciden tomar de todas partes un poco para construir su visión de las cosas, algo así como un vestido hecho con los retazos de muchos otros vestidos.

Entonces el ecléctico escoge a su gusto lo que le va pareciendo de todos los sistemas de pensamiento disponibles, y con todos esos trozos se construye un sistema de interpretación del mundo.

Y con ello el ecléctico obtiene varios beneficios:

1) Evita el riesgo de comprometerse con un solo sistema, y estar equivocado.

2) Evita tener que argumentar en defensa de su decisión de tomar partido por una sola opción.

3) Se siente superior al resto porque se cubrió con lo que consideró mejor de cada posibilidad.

4) Evita tener que enfrentarse a los puntos más problemáticos de cada postura, pues los ignora y toma de allí lo que es más aceptado y claro.

En una palabra, el ecléctico gana en comodidad. El eclecticismo es el sistema cómodo por excelencia.

Y más o menos esa es la postura de todos los filósofos profesionales actualmente.

Quienes, como nosotros, hemos decidido proponer y defender el tomismo como único sistema filosófico que da explicación satisfactoria a los grandes interrogantes del pensamiento humano, somos para el ecléctico o presumidos o tontos. Presumidos en cuanto creemos poder sostener que el tomismo con exclusividad da cabal explicación a los interrogantes filosóficos más apremiantes de la existencia humana. Y tontos porque no entendemos (eso afirman) que la postura más 'correcta', 'adulta', 'madura', 'equilibrada', etc., consiste en tomar un poco de cada lado y de esa manera quedar bien con todos.

Pero la filosofía no se trata de comodidad, sino más bien de audacia, audacia para aferrarse a la realidad, a la naturaleza de las cosas. Y es eso lo que hemos encontrado en Tomás, audacia de sobra y fidelidad total a la voz de lo real. No negamos que en otros sistemas de pensamiento se puedan encontrar elementos valiosos, pero sostenemos con tranquilidad que todo aquello que de valioso puede encontrarse en dichos sistemas, está también en el tomismo y expuesto en concordancia unitaria con cada pieza del edificio, proporcionando una visión de conjunto sobre lo real que en verdad cautiva por su precisión armónica y por su lógica belleza.

¿Para qué buscar entonces en otros suelos lo que el nuestro produce ya con abundancia, precisión y hermosura? Sería como aquél campesino que produciendo sus tierras hermosas manzanas, se escabullera de noche a los predios vecinos a tomar manzanas inferiores en calidad a las suyas.

Y por demás está decir que tampoco es la filosofía cosa de temores, como el de evitar la tarea fatigosa de argumentar la exclusividad de una tesis por sobre las demás. Todo lo contrario, y en ello fue maestro consumado Tomás, si algo se aprende en filosofía es que es un deber argumentar buscando mostrar la evidencia de lo que se sostiene como cierto. Eso de evitar esa fatiga recurriendo a la comodidad del eclecticismo no cuadra al que en verdad se considere amante de esa miel que la abeja humana destila y que llamamos filosofía.


Leonardo Rodríguez

   

domingo, 30 de abril de 2017

Libros a la venta


Les comparto el link de la página de Internet a través de la cual al presente se están distribuyendo los libros que con ayuda de la divina providencia he podido ir publicando. 


Les comparto también los títulos en los que actualmente estoy trabajando y que serán de próxima aparición Dios mediante:

1) Elementos de antropología filosófica (una especie de manual introductorio a la psicología tomista)

2) 20 errores (un ensayo dedicado a exponer y criticar un conjunto de veinte ideas equivocadas que han extraviado el pensamiento y la conducta de muchos)

Los animo a colaborar con este apostolado adquiriendo los libros. Dios les pague.


Leonardo Rodríguez

martes, 11 de abril de 2017

¿Por qué el tomismo?

Yo conocí a Tomás de Aquino hace ya algunos años, unos catorce más o menos, y lo conocí por casualidad. No voy a contar aquí de nuevo esa historia, pues ya está contada en otra parte y no soy partidario de andar repitiendo las cosas (aunque los que me conocen dicen que sí). Aquí me gustaría más bien referirme al tomismo y su justificación como guía de pensamiento para el momento actual.

Dicen los entendidos que una de las características principales del pensamiento moderno, entendiendo por moderno todo lo que viene después de Descartes en el siglo XVII, es el inmanentismo idealista o idealismo inmanentista. Lo anterior significa que el pensamiento moderno se construye en torno al sujeto, en torno a los 'contenidos de conciencia', en torno a las ideas del sujeto entendidas como meras construcciones intrasubjetivas sin ningún asidero extramental comprobable.

Lo anterior significa, en palabras menos enredadas, que la filosofía que se construye a partir de Descartes tiende de suyo a prescindir de la realidad, tiende a hacer depender lo real de las construcciones mentales del sujeto, da la primacía a la subjetividad sobre la objetividad. Y pasa tanto en la vertiente racionalista como en la empirista, de distintas formas evidentemente pero con iguales resultados de fondo.

Ahora bien, de una filosofía de ese tipo, centrada en el sujeto y que se construye en grados diversos de espaldas a lo real, se derivan una serie de consecuencias que los autores de los siglos posteriores fueron extrayendo pacientemente hasta llegar ya sea a los idealismos absolutos de corte alemán como a los positivismos radicales de corte inglés. Ambos destructores de la objetividad del pensamiento. Y las consecuencias las podemos encontrar en el campo de la epistemología obviamente, pero también en la metafísica, en la teología natural, en la ética, etc. No hay rama del saber filosófico que no reciba el efecto del inmanentismo idealista moderno.

Para reducirnos al campo ético el inmanentismo idealista engendra el relativismo, del que ya hemos hablado abundantemente en otras ocasiones. Si el sujeto construye la realidad, si la realidad es ante todo el contenido de conciencia del sujeto, su mundo ideal, sus construcciones subjetivas, etc., entonces la ética igualmente se edificará sobre meros contenidos subjetivos de conciencia. Lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, serán determinaciones de la voluntad libre individual y ya no reflejos de un orden natural extramental y objetivo que se impone con la fuerza de lo real al sujeto cognoscente.

Del relativismo como pseudo sistema ético se derivan prácticamente todas las calamidades públicas que hoy padecen las sociedades, así como también todas las calamidades privadas que padecen las familias y los individuos.

Frente a tal estado de cosas se levanta el tomismo como tabla de salvación de la inteligencia humana, por tanto del hombre, por tanto de las familias y de las sociedades. El tomismo es la filosofía del sentido común, la filosofía de lo real extramental, la filosofía de la humildad ante la naturaleza de las cosas, de la humildad ante el Creador de dicha naturaleza.

Si hay posibilidad de rehabilitar la teología natural ello no se hará sino bebiendo en las fuentes del tomismo. Lo mismo dígase de la rehabilitación del pensamiento ético, epsitemológico, metafísico, etc. ¿Por qué? Porque lejos de su anclaje en lo real extramental la inteligencia muere de frío en la cárcel vacía de sus 'contenidos de conciencia', como condenada a contemplar solo sombras. Como en el mito platónico de la caverna, salvadas las distancias.

¿Que por qué el tomismo? Por todo lo anterior y por más: porque es el sistema filosófico recomendado por siglos por las más altas jerarquías eclesiásticas como conforme naturalmente con el dogma (signo externo pero indudable de su verdad intrínseca). Papas, santos, concilios, teólogos y filósofos de todos los tiempos lo han recomendado encarecidamente a los estudiosos. 

Pero sobre todas las cosas el tomismo se justifica hoy porque solo en el encuentro con lo real la inteligencia alcanza su fin, su razón de ser, y dicho encuentro con lo real en toda su extensión lo garantiza el tomismo en forma excelsa y única.

Por eso y más difundimos el tomismo.




Leonardo Rodríguez


lunes, 10 de abril de 2017

Relativismo y gnosticismo



En un escrito anterior mencionábamos el gnosticismo al afirmar que quienes dicen que creen en Dios, pero a 'su' manera, son en el fondo gnósticos incluso aunque no lo sepan explícitamente (de la misma manera que para ser tonto no se necesita saberlo, basta serlo). El gnosticismo es tan viejo como el hombre mismo, consiste en la pretensión del hombre de auto-divinizarse, proclamarse dios, creerse dios, percibirse como un ser 'divino' y actuar como tal.

Decíamos allí que quienes se proclaman creyentes en Dios pero 'a su manera' en el fondo se creían ellos mismos dioses, ya que poseían ni más ni menos que el poder suficiente para moldear a Dios, así como un pequeño niño puede crear figuras jugando con su plastilina. Concluíamos diciendo que Dios es el que es, como es, como siempre ha sido y como siempre será por los siglos de los siglos, y que ello no depende ni un ápice del voluble capricho humano, evidentemente.

Y es que en realidad todo lo que se relacione directa o indirectamente con una concepción relativista de la vida es en el fondo algún modo de gnosticismo, consciente o no. Veamos.

El relativismo en términos generales consiste en afirmar que hay tantas 'realidades' como personas, ya que lo que verdaderamente cuenta son las decisiones y elecciones personales de cada uno. De tal manera que, por ejemplo, en el campo moral no existen conductas buenas ni malas en sí mismas, sino que lo bueno y lo malo es determinado por cada sujeto: bueno si decido que es bueno, malo si decido lo contrario. 

Se dirá que tal relativismo radical es impensable porque haría imposible la convivencia en sociedad. Sí, es correcto, vuelve imposible la convivencia en sociedad. ¿Entonces no existe tal relativismo? Sí, por lo menos en teoría, ya que aquí entra en juego el Estado como regulador de individuos, el Estado como gran hermano que vigila el juego macabro de los caprichos individuales para que las diversas elecciones de sistema 'moral' que realicen los miembros de la 'colectividad' no choquen entre sí. En pocas palabras: es tarea del Estado coordinar las individualidades de manera que cada individuo sea un límite para los demás y no pueda ser pisoteado por nadie.

Lo anterior supone evidentemente otorgar al Estado un poder irrestricto de control, intervención, jurisdicción, sanción, etc. Un poder semejante en la práctica a una gran dictadura con apariencia de "Estado de derecho". Razón por la cual  muchos teóricos del pensamiento político han concluido que el modo de hacer política que se inaugura con la Revolución francesa y que en teoría se caracteriza por el reconocimiento de una serie de derechos (cada vez más larga y extraña) a los individuos que crearían como una burbuja de protección ante atropellos de otros individuos o del gobierno de turno, termina en realidad por convertirse en una dictadura disfrazada, debido al enorme poder que se le otorga al Estado para ser el gran regulador de este juego de individualidades concretas.

Pero ese es otro tema...

Decíamos que todo tipo de relativismo supone algún modo de gnosticismo en quienes lo defienden y lo viven. ¿Cómo es esto? En realidad es bastante sencillo: si la realidad depende de mí significa que yo la creo, y si yo soy 'creador' de la realidad entonces ¿qué vengo siendo? ¡Correcto! 'dios'.

El único problema con esto es que no somos dioses. Y si no somos dioses ¿en qué vienen a parar los sistemas que construimos basándonos en el relativismo moral? En un espejismo, ni más ni menos. Son sistemas superficiales que quizá produzcan algún tipo de placer pasajero o sentido de autonomía también pasajero que nos embriaga y nos adormece en la cómoda sensación de creernos 'arquitectos de nuestra propia felicidad', para usar una frase famosa hoy en día.

Pero con este espejismo pasa lo que pasa con todo espejismo: que muy pronto se desvanece y deja tras de sí solo desolación, vacío y frustración. Precisamente de almas desoladas, vacías y frustradas está llena nuestra generación, y las que no están ya allí están en camino y pronto llegarán a ese estado. El 'mundo' (en el sentido en que los santos han usado esa palabra) lo promete todo, no da nada y acaba quitando hasta lo poco que se creía tener. El mundo, al igual que el demonio, es siempre el gran mentiroso.

¿Qué hacer? Vivir inmersos en la realidad, tal cual. Dios es el que es, la moral es la que es, el cielo, el purgatorio, el infierno, son lo que son. Nada de ello es como nosotros quisiéramos que fuera, sino como es. Una filosofía realista de la vida es el mejor antídoto contra los espejismos 'liberadores' que embriagan con promesas que se revelan pronto discursos vacíos y desoladores.

A nuestro alrededor los engañados, que son masa, seguirán construyendo sus castillos en el aire, corriendo afanosos hacia brillantes futuros llenos de todo lo que su capricho alcance a imaginar, y crearán para lograrlo sistemas de 'moral' a su medida, como dioses, y lastimosamente tarde o temprano la Realidad, con 'r' mayúscula, tocará a su puerta para recordarles socarronamente que ha pasado ya el tiempo de los espejismos y ha llegado el de las consecuencias. Causa y efecto.

Enseñar al que no sabe, corregir al que se equivoca, dar buen consejo al que lo necesita, son tres de las catorce obras de misericordia del católico, están en el catecismo. Solo que son tres bastante olvidadas en tiempos de relativismo. Urge recuperarlas con caridad. No se trata de mostrar que somos más que los demás, que sabemos más o que somos más santos, nada de esto. Se trata de transmitir con sencillez una herencia que hemos recibido, una herencia que llevamos en vasijas de barro, frágiles, tan frágiles como cualquiera de nuestros más cercanos familiares y amigos que no tienen aún la gracia de la fe y del uso recto de la razón.

¿Compromisos? Estudiar para poder aconsejar, enseñar y corregir. Rezar mucho para no caer en la soberbia del fariseo que se burlaba del publicano pecador creyéndose mejor que él. Pero al mismo tiempo sabedores del don de Dios y de la necesidad de ser luz.

Dios nos libre de guardar la luz debajo de nuestras camas para que nadie la vea, Dios nos libre asimismo de la soberbia de creernos mejores. Dios nos de la gracia de guardar en todo esto siempre el justo equilibrio. Dios nos conceda perseverar.


Leonardo Rodríguez


domingo, 9 de abril de 2017

Domingo de ramos

Ha dado inicio la semana santa o semana mayor. Esta semana es de muchas maneras el centro del catolicismo, en ella se conmemoran los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, Dios y hombre verdadero, fuente de toda gracia para el género humano. De ahí la grandeza y la centralidad de esta semana.

¿Cómo vivir esta semana debidamente? Ante todo dejar de lado la idea de irse de vacaciones, mucho menos a la playa. Es propio de una sociedad consumista y materialista la costumbre de usar justo los días santos para ir de vacaciones, y que dicha costumbre se haya generalizado entre católicos es algo de lamentar. 

Es una semana para dedicarse de manera especial a la oración y al recogimiento. Redoblar el número y la calidad de las oraciones que tenemos normalmente durante el resto del año, añadir algunos sacrificios a parte de los mandados por la iglesia relativos a ayunos y abstinencias. También conviene sacar tiempo para releer los relatos de la pasión de Jesucristo que se encuentran en los evangelios y tratar de meditar en sus sufrimientos, padecidos todos por amor a los hombres.

Y por supuesto asistir a las celebraciones litúrgicas que conforman los ritos de esta semana santa. Los textos de las misas de estos días santos están llenos de pasajes que pueden servir para meditar en el profundo amor de Dios por la humanidad, llevado hasta el extremo de la muerte en cruz por salvar a todos (aunque no todos efectivamente se salven).

¡Que esta santa semana sea una oportunidad propicia para renovar con fuerza nuestros compromisos como bautizados y alcanzar así la gracia de combatir el buen combate en estos tiempos en que nos ha correspondido vivir!


Leonardo Rodríguez


sábado, 8 de abril de 2017

Un 'dios' a mi manera

Con mucha frecuencia nos toca oír entre amigos y conocidos la siguiente expresión: 

'Yo creo en Dios, pero a mi manera'.

O alguna de sus variantes, que aunque suenan distinto vienen a significar en el fondo lo mismo...

'Yo creo en Dios, pero no soy religioso'
'Yo creo en Dios, pero no en la iglesia'
'Yo creo en Dios, pero...´ etc.

En todas estas frases la idea de fondo es la misma, la persona que así se expresa está diciendo que SE HA FABRICADO PARA SÍ UN "dios" A SU MEDIDA, SEGÚN SU GUSTO. 

¿Qué significa entonces haberse creado un "dios" a su medida? Significa ni más ni menos que la persona es "dios" ella misma, la persona se ha convertido en "dios", YA QUE CUENTA CON EL SUFICIENTE PODER PARA MOLDEAR A DIOS.

Quien opina así se coloca por encima de Dios, en el lugar de Dios y le dice a Dios: ¡Tú eres lo que yo deseo que seas, lo que yo acepto que seas, lo que yo te permito ser y nada más!

Es la vieja tentación del paraíso que la serpiente astuta dirigió a la mujer: ¡seréis como dioses!

¡Es el gnosticismo! 

El gnosticismo es la falsa religión del hombre que se autoproclama 'dios', es la divinización del hombre, o más bien es el hombre tomando conciencia de su pretendida 'divinidad'. De ahí que sin ningún problema proclame: CREO EN DIOS A MI MANERA.

¡No, señores! Dios es Dios sin ustedes y sin mí, Dios es Dios desde la eternidad, en la eternidad y para la eternidad. Y pretender concebirlo A MI MANERA no cambia ni un ápice lo que Él es, ha sido y será por los siglos de los siglos, e incluso más allá del mismísimo tiempo.

La soberbia que se oculta detrás de esas declaraciones de muchos contemporáneos es infinita, y aunque su contradicción salta a la vista, su misma soberbia los enceguece para no verla. La ceguera del hombre es castigo a su soberbia, pues entre más quisieron ver menos les funcionó la vista.

Pidamos a Dios verlo como Él es realmente, no como nosotros quisiéramos que fuera.


Leonardo Rodríguez


miércoles, 5 de abril de 2017

¿Formación católica o activismo social?

Muchas veces se presenta lo que podríamos llamar un falso dilema: intelectualismo o activismo social. Veamos.

Los católicos tenemos inevitablemente el deber de conocer nuestra fe para poder ser conscientes de sus exigencias y vivirla debidamente. Este deber de conocerla implica en nuestra infancia el conocimiento básico de las principales verdades de la revelación divina como requisito para el inicio de nuestra vida sacramental. De ahí que los niños deban ir al catecismo para hacer su primera comunión y su confirmación.

Pero estas primeras nociones elementales de la fe se vuelven insuficientes hasta cierto punto a medida que vamos creciendo, no que dejen de ser ciertas por supuesto, sino que a medida que crecemos se va haciendo necesario que profundicemos en los contenidos de la fe, con el objetivo de vivir una fe adulta y sobre todo con el objetivo de hacer frente a los innumerables ataques que la fe recibe de parte de sus también innumerables enemigos, que siempre los ha habido, los hay y los habrá.

No se quiere decir con ello que todos debamos convertirnos en doctores sobresalientes de la teología y la filosofía católicas, lo cual en realidad corresponde en primer lugar al clero (que lamentablemente hoy ha renunciado a esta labor para entregarse a un activismo social vacío de esencia sobrenatural. Cuando no para vivir lo que les queda de fe desde un irracionalismo sentimentalista de corte protestante que anula el aspecto intelectual tan propio del catolicismo auténtico), pero sí se quiere decir con ello que sobre todo bautizado, dependiendo de sus circunstancias, recae el deber de dar razón de su fe cuando sea necesario, cuando las circunstancias así lo exijan para salvaguarda de la dignidad de la fe y defensa de su saludable efecto sobre los hombres y las sociedades.

No obstante vemos con preocupación cómo se ha extendido en la actualidad una corriente anti-intelectualista dentro de la feligresía católica, pasando a primer plano una propuesta meramente 'pastoral-social' de activismo filantrópico. En este sentido vemos que los católicos de hoy entienden su fe más como compromiso con causas 'sociales', sospechosamente emparentadas con banderas de dudosa procedencia 'política'. Sin duda la intención que mueve a este modo de entender su fe no la podemos juzgar como mala, pues solo Dios conoce los corazones de cada quién, pero nos parece que el énfasis exclusivo en esta 'vivencia pastoral-social' de la fe pone en riesgo el reconocimiento de que el catolicismo también posee, ni más faltaba, un lado comprometido con la verdad de las cosas, con la verdad sobre Dios, sobre el hombre, sobre la sociedad, sobre el alma, sobre la eternidad, sobre el pecado, etc.

De tal manera que se entra así en una pendiente resbaladiza al final de la cual el católico moderno, desgajado de ese 'intelectualismo' que se abre y se abraza a la verdad de las cosas (labor propia del intelecto y de ahí la expresión de 'intelectualismo), acaba comprometido en la práctica con un relativismo doctrinal en el cual todo vale, todo es igual, toda religión es verdadera (porque en el fondo ninguna lo es), todo credo religioso es positivo, etc. Y es algo que vemos a diario y que podemos comprobar sosteniendo una conversación con cualquier 'católico' promedio de hoy, incluso si es miembro del clero. De hecho si es miembro del clero su convicción sobre esto último será aún más fuerte.

Y como suele suceder la solución correcta está en un cierto punto medio entre dos extremos: labor social, sí, pero sostenida por una férrea formación doctrinal que impida la caída en el relativismo doctrinal y religioso, ya que si bien es cierto que existen las catorce obras de misericordia, también es cierto que existen los teólogos, los filósofos, los apologistas y los misioneros, y que la iglesia siempre cuidó de lo uno y de lo otro, y fundaba universidades tantas como hospitales y asilos, porque lo uno no impide lo otro, sino que ambos elementos se suponen y se exigen mutuamente.

Una fe meramente intelectual sin obras de misericordia y de amor es una fe vacía y fría que no produce fruto. Al paso que una 'vivencia' meramente 'social y filantrópica' de la fe sin asidero sólido en la doctrina, desemboca en un relativismo ajeno a la verdad que es también a su manera la muerte del alma.

Lo bello del catolicismo es su capacidad de aunar estos dos elementos en una armoniosa sinfonía que canta, aunque limitadamente, la armonía de la propia naturaleza de Dios, en quien se identifican la sabiduría y la bondad.

La 'vivencia' del catolicismo pide entonces el trabajo conjunto de esos dos aspectos: misericordia y ciencia. Misericordia para hacer frente a las necesidades de nuestro prójimo en su cuerpo, y sano cultivo de la ciencia para hacer frente a las necesidades de nuestro prójimo en su alma. De hecho en el conjunto de las obras de misericordia mismo queda plasmada esta armonía, las ponemos aquí como testimonio de lo dicho:


Obras de misericordia corporales:

1) Visitar a los enfermos
2) Dar de comer al hambriento
3) Dar de beber al sediento
4) Dar posada al peregrino
5) Vestir al desnudo
6) Visitar a los presos
7) Enterrar a los difuntos

Obras de misericordia espirituales:

1) Enseñar al que no sabe
2) Dar buen consejo al que lo necesita
3) Corregir al que se equivoca
4) Perdonar al que nos ofende
5) Consolar al triste
6) Sufrir con paciencia los defectos del prójimo
7) Rezar a Dios por los vivos y por los difuntos.


¿Cómo se cumplirán las tres obras de misericordia que subrayamos arriba si de antemano no nos hemos formado adecuadamente en la fe que decimos profesar? ¿Cómo enseñar al que no sabe si nosotros no nos hemos preocupado antes por saber? ¿Cómo dar consejo al que lo necesita si en esos momentos ni nosotros mismos tenemos claridad sobre las exigencias de la fe? ¿Cómo corregir al que se equivoca si, habiendo caído en el relativismo doctrinal, ni siquiera creemos que alguien pueda estar equivocado?

Entonces ¡a practicar las obras de misericordia, pero alimentados por el pan de la sana doctrina!

Mantengámonos en guardia contra el peligro que significa reducir la fe al activismo 'social' (en idioma católico hablamos de obras de misericordia por el amor de Dios), ya que es el camino perfecto para caer en el indiferentismo religioso.

Dejo aquí unas palabras del gran papa Gregorio XVI, en las cuales hace referencia precisamente a ese relativismo que hoy muchos católicos profesan, son palabras tomadas de su encíclica 'Mirari vos' del quince de agosto de 1832:

"Otra causa que ha producido muchos de los males que afligen a la iglesia es el indiferentismo, o sea, aquella perversa teoría extendida por doquier, merced a los engaños de los impíos, y que enseña que puede conseguirse la vida eterna en cualquier religión, con tal que haya rectitud y honradez en las costumbres. Fácilmente en materia tan clara como evidente, podéis extirpar de vuestra grey error tan execrable. Si dice el Apóstol que hay un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo, entiendan, por lo tanto, los que piensan que por todas partes se va al puerto de salvación, que, según la sentencia del Salvador, están ellos contra Cristo, pues no están con Cristo y que los que no recolectan con Cristo, esparcen miserablemente, por lo cual es indudable que perecerán eternamente los que no tengan fe católica y no la guardan íntegra y sin mancha". 


Leonardo Rodríguez V.

lunes, 3 de abril de 2017

¿Interesarse en la política?

La mayoría de nuestros países se rigen, más o menos, por un régimen democrático, es decir, por un modo de organización política donde supuestamente es el pueblo el que gobierna por medio de representantes que elige en votaciones abiertas a todos los ciudadanos mayores de edad. Según esto, a nivel teórico, se trata del "mejor gobierno posible" ya que el "poder" es realmente del pueblo, y los políticos son solo sus "representantes". Además se cuenta con una constitución en donde están consignados los principios rectores del ordenamiento político-jurídico de la sociedad, de manera que cobije a todos, garantice derechos a todos y limite al gobierno eliminando la posibilidad de toda dictadura. En realidad "el mejor gobierno imaginable"...

Los demócratas entonces reclaman para su sistema una superioridad moral que les parece innegable. Su sistema sería no solo el mejor sino el único digno del ser humano racional, el único que garantizaría igualdad de derechos y limitación a los gobernantes. El poder sería del "pueblo" y los políticos serían sus empleados, limitados en todo momento por una constitución que sería algo así como la espina dorsal de la nación, la garantía máxima del orden, la libertad y la igualdad.

Al lado de semejante sistema tan celestial y sublime, otros como la aristocracia (gobierno de unos pocos con cualidades notables para el cargo) y la monarquía (gobierno de uno solo, un rey, hecho tal por herencia o por aclamación de su pueblo), serían en todas las circunstancias profundamente inmorales, irracionales y perversos.

Hasta ahí la teoría que canta el demócrata y con la cual seduce a todos.

Pero solo hasta ahí...

Porque para un católico la democracia presenta algunos vicios que la hacen difícil de "digerir". Por de pronto y para no alargarnos demasiado digamos que la democracia presenta un vicio estructural y otro funcional. Veamos.

A nivel de su estructura hay que recordar que la democracia moderna, es decir, esa que gana terreno a partir de la Revolución francesa, se alimenta de los postulados liberales de dicha revolución, y en cuanto tal se aleja de la doctrina católica sobre la política y el poder. En particular son problemáticos los siguientes postulados liberales: 

1) El origen del poder y de toda autoridad está en el pueblo. Es la teoría del pueblo soberano, del contrato social de Rousseau.

2) Su concepción sobre la libertad humana, una libertad concebida como autonomía absoluta, creadora de valores, del bien y del mal.

3) Separación moral-política. Es el maquiavelismo, el ejercicio de la política sería independiente de la moral, y en particular de la moral católica por supuesto.

4) Su principio de que toda ley toma su fuerza del acuerdo de las voluntades humanas. Es la teoría de la voluntad general, fuerza independiente creadora de leyes.

El primer postulado es inaceptable para un católico porque la autoridad viene de Dios, no del mero hombre, aunque se junten muchos. La única forma de que la autoridad cuente con la majestad necesaria para ser obedecida es derivarla de Dios como fuente primera. También es esta la única manera de recordarle al gobernante que si cae en la tiranía tiene sobre él un poder superior de quien ha recibido su autoridad y a quien ha de dar cuentas de su ejercicio.

El segundo postulado es inaceptable para un católico porque la libertad humana no es creadora de valores ni de lo bueno y lo malo. Es una facultad resultante de nuestra naturaleza intelectual, que nos permite dirigir nuestra conducta de forma tal que alcancemos responsablemente el fin de nuestra naturaleza. Pero dicho fin no lo elegimos, nos viene dado por el Hacedor de nuestra naturaleza, y aunque podemos apartarnos de él y equivocarnos de fin vital, ello solo sucederá en detrimento de nuestra propia felicidad. La libertad humana entendida como creadora del orden moral (lo bueno y lo malo), es quizá uno de los mayores desvaríos de la modernidad.

El tercer postulado es inaceptable para un católico porque la politica, como actividad humana, no está separada de la moral, ni mucho menos por encima de ella. La moral, en cuanto ciencia que rige los actos humanos en su ordenación al fin de la naturaleza del hombre, debe estar presente en toda actividad humana para garantizar que la conducta del hombre esté siempre acorde con su naturaleza y su fin propio. Del divorcio liberal entre moral y política nacen los despotismos del gobierno, así como también el libertinaje del pueblo, autorizado por leyes inmorales.

Y finalmente el cuarto postulado es inaceptable para un católico porque la ley humana, para tener fuerza de ley, debe estar en consonancia con la ley natural y en últimas con la Ley eterna presente en la mente del Creador. Si una ley humana ignora o anula un principio de ley natural no es ley y por tanto no debe ser obedecida, no tiene fuerza de ley, aunque un gobierno mediante la coacción y la amenaza de penas pueda hacerla obedecer a lo menos externamente.


Muchas otras cosas se podrían decir sobre la incompatibilidad entre la estructura teórica que subyace al sistema democrático, que lo hacen problemático (por decir lo menos), para un católico. Por ahora basta con lo dicho. 

¿Y qué decir de los vicios funcionales de la democracia?

A nivel funcional, operativo, que es el más evidente para todos, el vicio de la democracia es aún más desastroso. Su devoción por el "sagrado" voto parece ignorar el hecho de que los procesos electorales son muy, pero muy fácilmente manipulables en infinidad de formas:

1) Pueden las élites oligárquicas en el poder manipular los resultados para que "gane" el perdedor.

2) Pueden los candidatos comprar los votos. Como efectivamente pasa en todas partes.

3) Pueden ofrecer puestos a cargo de votos. Como efectivamente pasa también en todas partes.

4) Pueden engañar a los electores prometiendo lo que después se dedican a incumplir. Como efectivamente siempre pasa, o casi siempre, con un 'casi' gigante.

5) Pueden ponerse de acuerdo las élites de la oligarquía para ofrecer candidatos que en el fondo son lo mismo, de tal manera que en realidad el votante no escoge.

Y decenas de vicios "funcionales" más que hacen completamente inviable a la democracia en la práctica. Y si por los azares de la vida algún "buen" candidato gana alguna vez, su gobierno debe en todo ceñirse a los postulados estructurales de matriz revolucionaria liberal que subyacen a la democracia moderna. De tal forma que gane el 'malo' o el 'bueno' el resultado es siempre el mismo: consolidación de la estructura liberal permanente bajo todos los proyectos políticos post Revolución francesa.

Y ni hablar de las "democracias" socialistas. Allí los vicios se multiplican, se profundizan, se agravan, hacen metástasis. 


Entonces...

¿Interesarse en política? ¡Complicado! Porque para un católico no hay más política que la política de Cristo Rey, el reinado de Cristo sobre las sociedades. Y en una época donde los postulados revolucionarios lo dominan todo, dicha política, aunque verdaderamente sublime y eficaz en sí misma, resulta en la practica del todo impensable ("quoad nos"). Como la buena semilla que cae al camino y es pisoteada por todos los caminantes y es comida por las aves, sin dar fruto. O como las perlas que se arrojan a los cerdos.

Dicen algunos que hay que participar para salvar algunas cosas que se pueden aún salvar, o para evitar males mayores. Puede ser. Pero incluso con esa buena intención es innegable que se estaría colaborando con el mantenimiento de un régimen lleno de postulados anticatólicos. Y ya uno no sabría si los bienes aún rescatables equilibrarían los males que se causen por la ayuda implícita a un régimen de suyo enemigo de la fe. Unos dicen que sí, otros que no. El amable lector sacará sus propias conclusiones.


Leonardo Rodríguez.


viernes, 31 de marzo de 2017

lunes, 27 de marzo de 2017

Cansancio del alma

Dice santo Tomás en su Suma Teológica, cuestión 168 de la "Secunda secundae", artículo 2, que el alma se cansa, 'fatigatur', se fatiga dice el santo más exactamente. En seguida dice que esto sucede porque el alma tiene fuerzas limitadas y por tanto cuando ejerce sus funciones más elevadas tiende al agotamiento y necesita el descanso, de la misma manera en que el cuerpo necesita descansar después de un esfuerzo significativo, y por la misma razón: tener fuerzas limitadas.

De manera que el trabajo intelectual y volitivo diario agota al alma, y tanto más cuanto mayor sea la intensidad de dicho trabajo (estudio, decisiones difíciles, preocupaciones que nos mantienen "pensativos", etc.). Y todo ello reclama luego que se le de al alma descanso.

Pero ¿no será que el alma también se cansa a causa de las mentiras, los errores, las ideologías y los vicios? Veamos.

El alma en cuanto forma del cuerpo tiene fuerzas limitadas, tiene un acto de ser finito. Por lo cual, siendo que 'agitur sequitur esse' (el obrar sigue al ser), hay que decir que su obrar o su capacidad para obrar es tan limitado como su "esse" mismo, como su ser. Y se agota sobre todo con el ejercicio de sus dos potencias superiores, en el caso de los seres humanos, la inteligencia y la voluntad. La inteligencia es una facultad de conocimiento que tiende a la posesión intencional del ser de las realidades sensibles, ascendiendo luego por analogía y negación al conocimiento de lo espiritual. Dicho de otra manera y sabiendo que el ser de una cosa es fundamento de su verdad, la inteligencia humana está hecha para alcanzar la verdad de las cosas. Por su parte, la voluntad humana es facultad tendencial, con ella tendemos hacia fines que captamos como bienes para nosotros (sea con juicio recto o errado, ya que la experiencia cotidiana nos dice que consideramos muchas veces un bien a algo que en realidad es un mal, como en las adicciones, por ejemplo), pero no de la misma manera en que tendemos hacia bienes sensibles y particulares, lo cual constituye la esfera emocional (o pasional), sino tendiendo hacia bienes captados por la actividad de la inteligencia, que en cuanto abstracta y universal, nos permite tender hacia bienes considerados como portadores de la razón universal y abstracta de bien, al menos parcialmente.

En resumen: la inteligencia tiende a la verdad y la voluntad hacia el bien, verdad y bien son sus alimentos respectivos.

¿Qué pasa entonces si continuamente el alma es alimentada con mentiras y errores, y la voluntad con bienes aparentes, que son males reales? Pues pasa que poco a poco se van debilitando sus fuerzas para alcanzar su verdadero objeto (verdad y bien), se van acostumbrando a ese objeto ficticio que es su alimento cotidiano y finalmente pierden el gusto por aquello hacia lo cual deberían tender por su propia naturaleza: el error y el mal se les hacen "connaturales". Los medievales llamaban a esto adormecimiento de la conciencia o ceguera de la mente.

Entonces el alma se fatiga. Porque es como si un atleta se alimentara con comida chatarra que no le aportara los nutrientes adecuados para el ejercicio de su actividad específica, tarde o temprano su organismo tendería al colapso de sus funciones y dejaría de ejercerlas correctamente. Peor aún, el atleta dejaría de ser atleta. Igual con el alma.

Si solo la alimentamos con mentiras y males la iremos envenenando poco a poco, su sed de verdad y de bien se verá saciada con engaño, con un mal alimento, y sus fuerzas, que son limitadas, se agotarán tarde o temprano, y almas cansadas producen individuos débiles, familias rotas y sociedades decadentes. Es decir, justo lo que vemos a nuestro alrededor hoy.

La causa profunda de la decadencia actual en todos los niveles es el cansancio profundo de las almas, alimentadas desde hace ya mucho tiempo por comida chatarra: vicios e ideologías.

La renovación social no vendrá de las leyes ni de los gobiernos, no se trata de que gane este en vez de aquél candidato las elecciones, no. Se trata de que se emprenda una renovación moral de las familias, cuna de los individuos, y con individuos sanos moralmente se construirán instituciones sanas. No hay más camino que ese.


Leonardo Rodríguez


lunes, 13 de marzo de 2017

La importancia de tener un plan de lectura

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Siempre ha sido imperativo el deber de leer y formarnos para estar en guardia contra los errores de todo tipo que se propagan en la sociedad. Errores de tipo moral sobre todo, pero también errores de tipo metafísico, epistemológico, teológico, etc., que aunque requieren de un poco más de dedicación al estudio para poder detectarlos y combatirlos, es importante no dejarlos de lado porque son la base o la raíz de donde luego surgen los errores de tipo moral, que son los más evidentes a simple vista.

Antiguamente la sociedad creyente contaba con la palabra de los sacerdotes, que al recibir una formación filosófica y teológica sólida en los seminarios, salían a sus ministerios bien pertrechados a dar el combate por las buenas ideas, enseñando al pueblo y manteniéndolo alerta.

También se contaba con intelectuales católicos, seglares talentosos muy conocedores de la sana doctrina que escribían, dirigían periódicos y participaban en todas las polémicas que contra la verdad se levantaban aquí y allá en este valle de lágrimas.

Pero de esto hace ya mucho tiempo...

Las cosas han cambiado bastante y para mal. Los sacerdotes son pésimamente formados en los seminarios, en su inmensa mayoría ya no aprenden nada sólido, y así deformados salen a ejercer su ministerio. Como no tienen nada de doctrina para ofrecer se dedican al activismo, realizan eventos para recoger fondos para el techo de la iglesia o para ampliar la casa parroquial. Y respecto de las almas se dedican a hacer eco de las consignas sentimentaloides que estén más de moda o simplemente a hablar de los derechos humanos.

Y los seglares que antes eran formados y talentosos son ya una especie casi extinta, quedan pocos ejemplares. La mayoría están adormecidos por las comodidades de la vida y no ven siquiera la necesidad de formarse, de aprender, de leer, de conocer. Tienen cosas más "importantes" en qué pensar.

Entonces, ¿qué hacer? Formarse, interesarse, aprender por cuenta propia, porque del clero progresista no nos vendrá nada de valor y seglares que estén cumpliendo esa tarea hay pocos, y los pocos que hay están acallados por la bulla de los mediocres.

Pero para formarse hay que tener un plan. No conviene leer en desorden, de todo, sin ton ni son. Por el contrario conviene trazarse un plan y cumplirlo. Teniendo siempre en mente ese adagio latino que dice que hay que leer "Non multa, sed multum", es decir, no muchas cosas sino leer mucho aquello que estemos leyendo, leer con cuidado, con atención, tomando apuntes, reflexionando a cada paso sobre lo leído, escribiendo lo que la lectura nos va sugiriendo, etc. Si solo leemos un libro de formación al año, pero lo leemos pausadamente, habremos hecho mucho más que si leemos cincuenta pero a las carreras y con el único afán de devorar cantidad.

¿Cómo sería un buen plan de lectura? Ante todo hay que definir qué queremos aprender y cuánto tiempo le vamos a dedicar. Ya después veremos si se requería más o menos tiempo del que asignemos al inicio. Por ejemplo, puedo decidir que le voy a dedicar los siguientes dos meses a leer sobre lógica. Y cumplirlo. Aunque a los dos días no quiera seguir porque me haya aburrido el tema. Es cuestión de disciplina, que es la madre de todos los logros. Y también cumplir en cuanto al tema, de manera que a los dos días no esté más bien leyendo sobre las pruebas de la existencia de Dios. Entonces lo primero es definir tema y tiempo.

Lo segundo es definir método. Debo combinar la lectura reflexiva con la toma de notas. Leer reflexivamente consiste en leer con pausa, saboreando cada idea y cerrando el libro cada que algo nos llamó la atención. De manera que la lectura sea un verdadero proceso de alimentación intelectual, de asimilación. Si hay palabras que no entendí las anoto y busco su significado. Si hay ideas que me sorprendieron las anoto y las repaso luego dando un paseo. Importa también mucho escribir, es un ejercicio que pocos hacen pero que conviene mucho. Cada que acabes un capítulo o un apartado del texto que estés siguiendo pon por escrito lo que más se te ha quedado, escríbelo con tus palabras y también escribe ahí mismo tus reflexiones respecto de esas ideas. Leer, meditar y escribir.

Finalmente trata de comunicarte con personas que estén interesadas en el tema que tienes entre manos. Intercambia ideas, comparte reflexiones con ellos y busquen formular preguntas sobre ese asunto para después buscar respuestas en la lectura que hayas escogido.

Si logras elegir tema y tiempo, y también sigues con juicio un buen método, seguramente tendrás al cabo de un tiempo buenos resultados. Un año es un periodo de tiempo amplio que permite organizar varios temas de estudio, dos o tres por lo menos. Es impresionante la formación en sana doctrina que se puede adquirir teniendo un plan y siguiéndolo religiosamente. Piénsese por ejemplo en todo lo que se podría lograr en solo un par de años. 

Pero hay que empezar ya, los que sostienen las malas doctrinas (como la ideología de género por poner un solo ejemplo) no están descansando, todo lo contrario, están muy activos, leyendo, organizándose, escribiendo y peleando.

¿Y nosotros?


Leonardo Rodríguez



viernes, 10 de marzo de 2017

Discurso dominante



Se ha establecido un discurso dominante que, 'curiosamente', coincide con los postulados del progresismo marxista, y más específicamente del progresismo neomarxista, ese que huele a Gramsci por donde se le husmee. Los liberales atacan al engendro neomarxista desde sus propios postulados 'libertarios', acusando al neomarxismo de inocular la estrangulación de los, para ellos, sacrosantos derechos del individuo, y traer tras de sí la tiranía del Estado, cuando para el buen liberal lo mejor sería que ni existiera el Estado o se limitara a ser como el abuelo que mira desde lejos jugar a sus nietos, libremente, sin inmiscuirse demasiado en las travesuras de los pequeños, ya que ellos se las arreglan solos.

Pululan hoy en ese subuniverso que han venido a ser las redes sociales, los proponentes de un liberalismo a rajatabla, considerado única salida y salvación posible frente al tsunami de neomarxismo o marxismo cultural que se nos vino encima, pasito a pasito, casi sin darnos cuenta, adormecidos como estábamos (y estamos) por las 'comodidades' (para el cuerpo, espinas para el alma) que esta sociedad moderna ofrece a raudales. El liberal divide entonces las cosas en blanco y negro, el neomarxismo es todo lo malo, el liberalismo es todo lo bueno. El católico atento sonríe.

Porque tan lejano está del catolicismo y su propuesta socio-político-cultural el marxismo, como lo está el liberalismo, es que no es que el uno sea bueno y el otro malo, es que ambos son malos en tanto que nacen ambos de igual divinización de la libertad humana, en su versión individualista o colectivista, poco importa.

La iglesia condenó el marxismo, por supuesto. Pero también condenó el liberalismo, eso es clarísimo y bastaría con revisar algunos de los más representativos documentos que la iglesia fue emitiendo desde su suprema autoridad durante ese fatídico siglo XVIII, pésimamente llamado siglo de las luces, y durante todo el XIX, para tener ocasión de comprobarlo. Ahí están las encíclicas de Pío IX, de León XIII, etc. ¿Que está condenado el marxismo? Por supuesto, pero también el liberalismo está condenado.

Hablan hoy de que lo que la iglesia condenó fue un 'liberalismo moral' (relativismo), y que lo de ellos frente al marxismo cultural es un liberalismo económico y político. Es decir, su liberalismo sería solo libre mercado y capitalismo, por un lado, y primacía de los 'derechos' del individuo frente a toda indebida intromisión del Estado, como garantía contra toda tiranía o gobierno despótico, por otro. Bien, si solo fuera eso. Porque es claro que la iglesia postula el derecho a la propiedad privada, claro que sí, pero con ello no santifica los monopolios ni la explotación del hombre por el hombre, ni la búsqueda de la riqueza por la riqueza misma. Y claro que la iglesia rechaza la absolutización del Estado, ni más faltaba, pero con ello no santifica el individualismo enemigo de todo orden social y de todo ejercicio legítimo de la autoridad.

Lo que pasa es que se confunden las cosas a beneficio propio. Pareciera que todos quieren emparentar con el cristianismo, entonces los 'intelectuales' marxistas escriben libros proclamando a Cristo como el primer obrero revolucionario contra la tiranía de los poderosos, y construyen la 'teología' de la liberación para difundir su idea. Y también los liberales adelantan el mismo intento, buscan teorizar sobre la dignidad humana y la libertad del hombre, claramente defendidas por el cristianismo, para con malabarismos mentales emparentar dichas causas con sus propias versiones de lo que es la libertad y la dignidad. Como mezclar el agua y el aceite. Pero a nivel de discurso les funciona y a los ojos de muchos logran emparentar con el cristianismo, hasta el extremo de que para algunos el liberalismo fue verdaderamente fruto del catolicismo, fruto natural para más.

Algo tiene de importante el cristianismo cuando todos quieren emparentar con él. Pero son solo sueños, tanto la tiranía marxista como la pseudolibertad del liberalismo (que está a la base de todas sus versiones, sean estas económicas, políticas o morales) están condenadas con igual condena, y permanecen por igual lejos del dogma católico, que en estos temas conserva con gallardía un justo medio, como diría Aristóteles, justo medio entre dos extremos igualmente viciosos.

Lo que pasa es que la doctrina de la iglesia sobre estos asuntos es desconocida, y lo que se conoce de ella son las versiones que dan eclesiásticos extraviados a un lado o a otro, porque cuando no se trata de hombres de iglesia pletóricos de marxismo, se trata entonces de 'curas' liberales amigos de los "inmortales principios del 89". Y ni los unos ni los otros aciertan, se equivocan ambos. Pero es lo que llega al público en lugar de lo que debería llegar: la verdad.

Por ahora parece que el pulso entre estos dos errores simétricos, liberalismo y marxismo, lo está ganando el marxismo cultural. Lo vemos a diario y nos asusta el futuro que se anuncia entre negros nubarrones. No que el triunfo de los liberales nos asustara menos, sino que más bien nos angustia que de las dos opciones que actualmente se disputan el panorama, ambas serán catastróficas para la fe. Dios nos agarre confesados.


Leonardo Rodríguez