martes, 7 de agosto de 2012

(2) EL MATRIMONIO




Hijo de la naturaleza humana, el matrimonio tiene su origen en los designios del Supremo Hacedor; y en ciertas épocas de nuestra existencia surge en nosotros su ley eterna, con la espontaneidad de un sentimiento ingénito de nuestro ser, y con la fuerza irresistible de una pasión ardiente, insaciable, cuyos furiosos arrebatos sólo cesarán con la tranquila posesión del objeto amado. Esta pasión constituye en su desarrollo sucesivo una de las leyes más admirables del universo. En ella se encierran los arcanos de nuestros destinos; aspiración vehemente del corazón hacia la felicidad suprema, suspiro del alma hacia lo infinito, causa no pocas veces crueles amarguras, terribles desencantos.

Cuando empiezan los días primeros de la juventud, brota en el pecho del adolescente un sentimiento vago, indefinible, inquieto; se embriaga en dulces ensueños su corazón, pensamientos desconocidos divagan por su mente, y al mismo tiempo se forma en torno suyo un vacío inmenso, que en vano intentan llenar los afectos de familia y la presencia consoladora de la amistad. En la primavera de la vida se ve asaltado por triste amargura y profunda melancolía; y exaltada la fantasía, hirviendo el corazón, extiende su vista por el mundo, busca, perdido de ilusión en ilusión, de ensueño en ensueño, ese algo misterioso que ha de devolver la alegría a su alma, llenando el hondo abismo que se ha abierto a sus pies; busca la mitad de su vida que le falta, busca el ser ideal a quien ha de consagrar todos sus afectos, a quien ha de amar en la eternidad. Pero nada de lo que ha visto satisface sus ensueños de felicidad; y replegándose su corazón sobre sí mismo, se consume amoroso en una pasión que aún no ha encontrado objeto, y su mente en delirio fantasea seres misteriosos y sombras seductoras, que se condensan y se disipan, pero que siempre se desvanecen fugaces cuando intenta estrecharlas en sus brazos. Un día, al fin, se cruzan sus miradas con las de otro ser, que, como él, vivía entre soñadas ilusiones y corría ardiente en pos de vanas sombras, dirigiendo también sus ojos inquietos allá hacia los horizontes misteriosos del porvenir de la vida; mudos se contemplaron un instante, y en el acto se separaron; pero lo que entonces se dijeron sus ojos, lo comprende el pensamiento, mas no lo expresa el lenguaje ; sus almas se abrazaron en un misterio de amor y se unieron en la eternidad.

Desde aquel momento se apoderó de los dos seres la duda, la incertidumbre y la ansiedad; se complació su mente en forjarse temores, sospechas, envidias; se hicieron mártires de sus celos, comprendieron que entre ellos existía cierto misterioso atractivo, pero largo tiempo dudaron si sería delirio de su imaginación o ilusión de los sentidos. Volvieron a encontrarse, volvieron a verse, sus miradas se expresaron de nuevo el fuego de sus sentimientos, y entonces se llenó su corazón, y ya no reinó en su mente más que una sola idea; y embriagados de esperanza olvidaron su familia, sus amigos, los lazos todos terrenos, y vivieron en un mundo ideal, felices con una sonrisa, dichosos con una mirada, extasiados con una promesa, comunicándose constantemente sus aspiraciones ideales, y contemplando sin cesar su felicidad futura al través del prisma de su felicidad presente.

Se realizaron, al fin, sus ilusiones; cesaron entonces los violentos arrebatos, y reinó en su corazón el tierno y sosegado amor conyugal, que goza tranquilo el bien tan ardientemente deseado, y une para siempre dos almas que juntas sufrieron unas mismas tormentas y juntas disfrutarán de los mismos placeres. Con este carácter se presenta en nosotros la pasión más vehemente y profunda que agita el corazón humano, el sentimiento indefinible que une nuestro destino a los destinos de la mujer, y que generalmente llamamos amor, figurándose que es el amor por excelencia, porque es el que con más fuerza arde en nuestro pecho.

Cuando penetra en nosotros el amor, se apodera de todo nuestro ser, conmueve el espíritu, ilusiona los sentidos y enardece todas nuestras facultades, la imaginación y la razón, el corazón y el entendimiento; nos exalta, nos eleva y nos descubre mejor que otro sentimiento cualquiera los misterios de nuestra existencia y de nuestro providencial porvenir, revelándonos que no consiste la felicidad de nuestra vida en el gozo de un día, sino en los afectos del alma, en las aspiraciones del verdadero cariño. Variable por su esencia, se presenta siempre bajo un nuevo aspecto; cambia a cada instante de forma, inocente y candoroso en los corazones sencillos, vehemente y apasionado en las almas ardientes, celoso y contemplativo, cuando se une a una exagerada sensibilidad; inexplicable sentimiento de pura amistad, cuando sólo vive de admiración, inspira siempre para con el ser amado un culto verdadero de veneración y respeto. Nace unas veces con una mirada, otras es el producto de larga intimidad; crece con el deber, aumenta con los obstáculos, se desvanece o se engríe con la larga ausencia, y se disipa o se embellece con la inmensidad de la distancia.

La belleza, la virtud, el heroísmo, los hechizos del corazón, los encantos del alma, los rasgos nobles y heroicos son sus mayores incentivos; pero también lo son y con frecuencia los mismos defectos y hasta el mismo vicio. Entonces su efecto más desastroso en nosotros es el de faldear nuestro juicio en todo lo que se refiere la persona querida, oscurece el sentimiento moral, nos presenta lo malo y lo feo con el aspecto y el colorido de lo bello y de lo bueno, nos presenta también el vicio como una cualidad, casi como una virtud, y sus funestas inspiraciones nos arrastran a pesar nuestro a perpetrar actos reprobados por la conciencia, contrarios a la honradez y al decoro, que ofenden y envilecen nuestra dignidad, y que nosotros mismos seriamos los primeros en censurar si tuviéramos serenidad para juzgarlos con frialdad completa. Así como el amor puro e ideal, el amor que dirige su culto a un objeto digno de aprecio sincero y de verdadera veneración embellece y fortifica el alma, así también un amor ignominioso y depravado ahoga en nuestro pecho todo ideal, destruye el germen de toda virtud.

(Tomado de "El matrimonio: su Ley Natural, su historia, su importancia social" de Joaquín Sánchez de Toca Calvo )

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