jueves, 23 de mayo de 2013

Mi encuentro con Santo Tomás de Aquino


Hace algunos años conocí, como por accidente, a Santo Tomás de Aquino, mejor dicho, conocí sus escritos, porque Santo Tomás vivió hace siete siglos, en Europa. En ese tiempo yo era un joven como muchos, es decir, despreocupado por cosas que consideraba aburridas, como la lectura, la filosofía o el simple hecho de sentarse a pensar en algo trascendente (de hecho no conocía el significado de esa palabra).

En semejantes circunstancias, mi hermana me convenció de leer un libro que a ella le había gustado mucho, el libro era “El nombre de la rosa” de Umberto Eco, un escritor italiano. Al ver el entusiasmo con que ella hablaba de la trama del libro, me entró la curiosidad y comencé a leerlo en mis ratos libres. Confieso que después de las primeras páginas el libro me atrapó, atrajo totalmente mi atención. La trama policiaca era intrigante, y eso sumado a la época en que se desarrollaban los acontecimientos, la edad media, una época llena de misterios y cosas ocultas, eran la receta perfecta para despertar un gran interés, incluso en alguien que nunca había disfrutado de la lectura. Leí el libro hasta el final y luego lo volví a leer.

Ese libro despertó en mí el interés por conocer más sobre los monjes. Independientemente de la intención del autor del libro (el cual, según averigüé después, es un abierto crítico del catolicismo), lo que en mí causó fue curiosidad y admiración por la vida misteriosa de esos hombres extraños que prácticamente se sepultaban en esos lugares llamados monasterios y se dedicaban solo a rezar, leer y escribir.

Del libro de Eco, pasé a textos de historia de la edad media, y la figura de la Iglesia se me aparecía cada vez con mayor realce. Parecía haber sido la gran protagonista de aquellos años, lo cual no debía ser algo malo, dado que es una institución que ha dado al mundo tantas personas admirables como San Francisco de Asís, Santa teresa o el famoso Padre Pío del siglo pasado.

Ahora bien, resulta imposible pasearse por la edad media sin encontrarse tarde o temprano con la enorme figura de un célebre monje italiano, que en su juventud fue apodado por sus compañeros de clase como “el buey mudo”, a causa de su gran tamaño físico y su continua actitud silenciosa y meditabunda, pero sobre el cual, su maestro Alberto, al enterarse del apodo que le habían puesto, lanzó una profecía que se ha cumplido al pie de la letra: “ustedes lo llaman buey mudo, pues bien, yo os digo que los mugidos de este buey un día se escucharán por el mundo entero”.

Parte de esos mugidos llegaron, siete siglos después,  a los oídos de quien esto escribe, y fue aquel el comienzo de una aventura que está lejos aun de terminar.

Confieso que al principio me interesaba de Santo Tomás sobre todo su biografía, llegué a leer varias, hasta casi aprender de memoria los acontecimientos más importantes de su vida. Su filosofía y su teología eran para mí, obviamente, incomprensibles. Desgraciadamente la educación que se recibe hoy en el bachillerato no prepara para cosas de esa altura. Muy diferente era el bachillerato de hace algunos años. En cierta ocasión, visitando un sitio de libros viejos, encontré un manual de filosofía para bachillerato, más exactamente para estudiantes de entre 15 y 16 años. Lo compré y aún lo conservo en mi casa; su tabla de contenido es asombrosa, me pregunto de qué estaban hechos los jóvenes de aquellos años, porque si ese era el texto usado para su enseñanza, entonces esos adolescentes sabían más de filosofía que muchos que hoy día se gradúan de las facultades universitarias. Es que el nivel ha descendido muchísimo y casi que ni nos hemos dado cuenta, por lo lento del proceso.

El punto es que para adentrarme en su pensamiento tuve que esperar algunos años, pero lo importante ya había ocurrido, sabía de su existencia, conocía su vida, admiraba su obra y solo era cuestión de tiempo.

Por aquellos mismos años, el texto que me introdujo definitivamente en el gusto por la filosofía fue “Lecciones preliminares de filosofía”, de un maestro español, don Manuel García Morente. Todavía hoy tengo con él una deuda de gratitud inmensa, impagable, porque con sus superiores dotes pedagógicas, hizo en aquel libro una exposición de algunos problemas filosóficos, con la suficiente claridad y paciencia, como para que los pudieran entender los principiantes. Ya no recuerdo cuantas veces leí ese libro, cada vez su claridad expositiva me hacía penetrar con más y más seguridad en los problemas filosóficos, explicando algunos conceptos importantes; poniendo ante los ojos del lector las teorías más relevantes de algunos filósofos, etc. Un libro cuya lectura sigo recomendando a quienes desean una vista panorámica y gratificante de lo que es la filosofía.

Pues bien, del libro de don Manuel volví a Tomás de Aquino, ¿cómo?; resulta que leyendo un día la biografía de don Manuel me enteré de que en algún momento de su vida se había hecho sacerdote, luego de ser profesor de filosofía durante toda su vida, decidió ingresar al seminario y hacerse sacerdote, y me enteré también de que una de las primeras cosas que había hecho en su nueva vida había sido escribir un libro sobre… Santo Tomás de Aquino, pues su filosofía lo había cautivado.

Tenemos entonces que un célebre profesor de filosofía, reconocido internacionalmente por sus dotes expositivas, por su conocimiento profundo de la filosofía alemana, por sus traducciones de obras maestras de la filosofía a la lengua española, etc. Había sido cautivado por la filosofía de un humildísimo monje que había vivido 7 siglos antes que él, en una época que muchos, por ignorancia, calificaban de oscura.

De manera que, a ejemplo de don Manuel, yo también decidí volver a Tomás de Aquino.

Hay muchos manuales de filosofía escolástica (que así se llama comúnmente la filosofía de aquella época), algunos son de fácil lectura, otros son un verdadero tormento; por regla general lo mejor es leer a Santo Tomás directamente, es muy claro una vez que se le ha “agarrado el ritmo”; Sin embargo, los manuales son muy útiles a la hora de tratar de entender algunas cosas que no son explícitamente dichas por Tomás, sino que él las supone ya sabidas, como los rudimentos en lógica aristotélica. Santo Tomás escribía para estudiantes que ya habían cursado esos grados elementales, en los cuales se preparaban en lógica, por ello en su discurso Tomás daba por sabidas todas esas cosas. Como a nosotros hoy no se nos prepara en nada de eso, nos toca recurrir a los manuales para aprender, entre otras cosas, las 8 reglas del silogismo…

A medida que avanzaba en el conocimiento del sistema tomista (que es como se le conoce hoy), me iba aficionando a él de tal manera, que las demás “opciones” fueron gradualmente palideciendo ante la figura superior del monje italiano, cuyos mugidos acallaban con facilidad las soberbias posturas del idealismo, las limitadas posturas del empirismo, las groseras posturas del materialismo, las lastimeras posturas del existencialismo y las grotescas posturas del marxismo. Todo guardaba silencio ante la voz potente del autor de la Summa Teológica.

Al día de hoy, mis convicciones al respecto no han hecho otra cosa que afirmarse. A medida que he ido tomado contacto con otras corrientes de pensamiento, todas ellas me han ido pareciendo, sucesivamente, débiles empeños, en comparación con la sólida apuesta tomista.

Paso por alto una parte de mi “biografía”, en la cual tuve la oportunidad de aprender latín, cosa que me ha abierto las puertas al conocimiento de los principales comentadores tomistas, así como a la lectura de Tomás en su idioma original. Estoy seguro de que sin eso, mi acercamiento a Tomás hubiera permanecido irremediablemente incompleto, pues casi toda la literatura tomista se encuentra aún sin traducir, lo que dificulta el acceso a las fuentes y limita al interesado a lo que puedan decir de Tomás los manuales corrientes, los cuales la mayoría de las veces presentan del tomismo una visión distorsionada que no contribuye en nada a su aprecio por parte del lector contemporáneo. Siempre ando repitiendo: a Tomás se le conoce leyendo a Tomás, y Tomás escribió en latín, y lo mejor que se ha escrito sobre su sistema, ha sido escrito en latín.

Nunca agradeceré lo suficiente a Eco (que de seguro no fue su intención orientarme hacia el tomismo), o al maestro García Morente, el don que me hicieron con sus escritos. Hoy lo puedo decir sin temor a equivocarme, sin esos dos libros hoy mi vida sería totalmente otra, ¿por qué? Porque no hubiera conocido a Santo Tomás, y ese santo universal me señaló un rumbo claro y fascinante, rumbo que me esfuerzo por seguir, con todo y mis limitaciones, hasta el día de hoy. Hasta el punto de adoptar como lema: VAE MIHI SI NON THOMISTIZAVERO… Ay de mí si no difundo el tomismo.

Sancte Thoma, ora pro nobis.


LEONARDO RODRÍGUEZ



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