martes, 23 de diciembre de 2014

Cuál sea el camino más breve de la vida espiritual





Operamini cibum, qui non perit, sed qui permanet in vitam aeternam. 

Estas son palabras del Hijo de Dios, Cristo Jesús, encomendadas por la autoridad de su persona y por la grandeza de su amor, pues bajó del cielo y murió muerte de cruz por el bien de los hombres, y para enseñarnos una vida divina con su doctrina y obras. Obrad, dice, no el sustento y comida que perece, sino la que dura hasta la vida eterna. A lo cual también nos animó con su ejemplo cuando dijo (Jn., 4, 34) que su comida era hacer la voluntad de su Padre.

1. Ha de durar para siempre. — Porque entre todos los ejercicios espirituales —que son el sustento del alma, con que se alimenta la vida y fervor del espíritu—, el cumplir y conformarse con la voluntad de Dios ha de durar por toda la eternidad, y no hemos de cesar de esta dulce ocupación, en la cual están ahora los ángeles embebidos con gran contento y honra suya, y estarán siempre, como de ellos dice David (Ps. 102, 21), que están haciendo la voluntad del Señor.

No es lo mismo en otros ejercicios particulares de la vida espiritual, porque la humillación, la paciencia, la mortificación, la penitencia y otras devociones y medios para alcanzar la perfección no los habrá en la otra vida; y aún en esta no pueden continuarse, sino que a veces, o se han de interrumpir o mudarse. Porque no son todos estos ejercicios acomodados de una misma manera para todos, ni para uno mismo en todos estados. Porque lo que conviene a los principiantes no es tan a propósito para los aprovechados y perfectos. Solo el cumplimiento de la voluntad divina es no solo conveniente a todos, pero es necesario, y nunca se debe mudar. Tan sabroso y provechoso es este manjar a los que le empiezan a gustar, que nunca les enfada ni embaraza.

2. Grande atajo. — Tiene también esta excelencia, que a este ejercicio se reducen los demás, y quien con él solo cumpliere, cumplirá con todos; será humilde, penitente, mortificado, paciente y modesto. Todo cuanto dicen los autores espirituales, y cuantos medios dan y caminos enseñan de la perfección, aquí vienen a parar, y quien diese en este ejercicio de veras y con constancia, se hallaría presto muy adelantado, porque es un grande atajo y el camino más derecho, porque es dar luego en el punto. Y porque, como he dicho, es para todos estados, se puede decir, el camino real, porque por él pueden ir todos, sin tener que salir de él los principiantes, los aprovechados, los perfectos, los flacos, los fuertes, los enfermos, los sanos. Por lo cual será gran servicio de Dios poner en práctica este ejercicio y cobrar gran devoción con él.

Hay algunos que se aplican a varias virtudes y medios para conservarse en espíritu y conseguir la perfección, dándose unos a la humildad para esmerarse en ella, otros a la mortificación, otros a la penitencia, otros a la oración, poniendo todas sus fuerzas en aprovechar en estas virtudes particulares. Yo pienso que, aunque esto es de gran importancia, sería gran atajo, y se cumpliría con todo, si esta cuenta particular y aplicación se pusiese desde luego en procurar cumplir, y no hacer cosa, aun alzar los ojos, de que no se satisfaga uno del gusto de Dios, y hacer todo lo que alcanzare ser voluntad suya. De modo que no haya para un alma más razón, ni mayor causa, ni fuerza más violenta, ni necesidad más urgente, que decir: ¡Dios lo quiere!, ¡este es el gusto y beneplácito divino!, teniendo siempre delante de los ojos, para hacer o dejar de hacer cualquier cosa, si es su gusto o disgusto de Dios, y como gustará Dios que se haga o deje de hacer.

Este es el ejercicio más seguro y de menos embarazo; éste es el camino más breve y libre de engaños; este es el compendio de la vida espiritual; esta una regla universal de vida, que no tiene excepción; éste es un medio que es fin de los demás medios y ejercicios, y el medio más eficaz para cumplir mejor y con mayor merecimiento con todos.

3. Fuente de méritos. — Porque este estudio de atender solo a hacer y buscar la voluntad de Dios, fuera de ser la regla general de todas nuestras acciones, y la única razón de acertar en ellas, y de alcanzar una prudencia divina, es la fuente más caudalosa de merecimientos. Porque como se califique la bondad de las obras por la excelencia del fin por que se hacen, y no haya fin más puro y alto que la voluntad de Dios, que es el mismo Dios; viene por esta causa a relevarse todo lo que se hiciere con este fin, y a ponerse en un grado altísimo de merecimientos y hacerse obras de fina caridad. Y en la paciencia con que sufre uno por amor de Dios las cosas adversas, porque Dios quiere que se sufran, no hay menor merecimiento, pues es la fina caridad y suprema ley de amor, tener un mismo querer y no querer; y como todas las cosas hace y padece uno porque Dios así lo quiere, siempre está acaudalando grandes merecimientos.

4. Sus conveniencias. — Pero antes de proponer su uso, mostraré primero cuán debido es, cuan necesario, cuan forzoso, cuan honroso y delegable y provechoso, y de cuán grande gloria y gusto de Dios, para con esto persuadir a todos que se den a él. Todas estas razones de emplearnos en esta ocupación concurren juntas y nos obligan a ello; porque ni hay cosa más obligatoria para nosotros, ni más gloriosa, ni de mayor gusto, ni más honrosa, ni más interesada, ni de mayor necesidad, ni más forzosa, que el cumplimiento de la voluntad divina.


Tomado del libro: Vida divina. Del padre Eusebio Nieremberg.




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