domingo, 4 de octubre de 2015

(4) Los pilares de la falta de fe – Kant


kant

Autor: Peter Kreeft

Muy pocos filósofos en la historia han sido tan complicados y difíciles de leer como Immanuel Kant. Muy pocos, también, han tenido un impacto tan devastador en el pensamiento humano.

Se dice que el fiel sirviente de Kant, Lumppe, leyó todas las obras publicadas por su amo. Sin embargo, cuando Kant publicó su trabajo más importante, "Crítica de la razón pura", Lumppe comenzó a leerlo, pero no lo terminó porque, según dijo, de haberlo leído hasta el final hubiera quedado internado en un psiquiátrico. Desde entonces, muchos estudiantes hicieron eco de sus sentimientos.

Así pues, este profesor abstracto, que escribía en un estilo abstracto acerca de temas abstractos es, según mi parecer, la fuente primaria de la idea que hoy en día pone en peligro la fe (y así a las almas) más que cualquier otra: la idea de que la verdad es subjetiva.

Los simples habitantes de su ciudad natal, Konigsburg, en Alemania, donde vivió y escribió durante la última mitad del siglo XVIII, lo entendieron mejor que los pensadores profesionales, ya que lo apodaron Kant "El Destructor" y le ponían su nombre a los perros.

Era un hombre cordial, dulce y piadoso, tan puntual que sus vecinos ajustaban la hora de los relojes según su caminata diaria. La intención básica de su filosofía fue noble: restituir la dignidad humana en medio de un mundo escéptico que adoraba a la ciencia.

Su propósito se entiende a través de una simple anécdota. Kant asistió a la conferencia de un astrónomo materialista que hablaba sobre el lugar del hombre en el universo. El astrónomo concluyó su conferencia con la siguiente frase: "Entonces verán que, hablando en términos astronómicos, el hombre es completamente insignificante". Kant le contestó: "Profesor, olvidó lo más importante, el hombre es el astrónomo".

Kant impulsó, más que cualquier otro pensador, el giro típicamente moderno de lo objetivo a lo subjetivo. Esto puede parecer bueno hasta que caemos en la cuenta de que para él se trató de la redefinición de la verdad misma como subjetiva. Por cierto, las consecuencias de esta idea han sido catastróficas.

Si conversamos sobre nuestra fe con no creyentes, sabemos por experiencia que el obstáculo más común en estos días no radica en una dificultad a nivel de comprensión intelectual, como por ejemplo el problema del mal o el dogma de la Trinidad, sino en suponer que la religión no puede en ningún caso tratarse de hechos o de una verdad objetiva. Todo intento de convencer a otra persona de que nuestra fe es verdadera -objetivamente verdadera, verdadera para todos- se traduce en una arrogancia inconcebible.

Según esta mentalidad la religión debe ocuparse de la práctica, no de la teoría; de valores, no hechos; de algo subjetivo y privado, no de algo objetivo y público. El dogma es un "extra" y un "extra" perjudicial porque fomenta el dogmatismo. La religión, en resumen, equivale a ética. Teniendo en cuenta que la ética cristiana es muy similar a la ética de la mayoría de las religiones, no importa si eres cristiano o no; lo único que importa es si eres una "buena persona". (Las personas que creen esto también suelen creer que casi todas las personas, excepto Adolfo Hitler y Charles Manson, son "buenas personas").

Kant es sumamente responsable de esta forma de pensar. Ayudó a enterrar la síntesis medieval entre fe y razón. Describió su filosofía como un "limitar las pretensiones de la razón para dar lugar a la fe": como si fe y razón fueran enemigos y no aliados. En Kant, se concreta el divorcio entre fe y razón de Lutero.

Kant pensaba que la religión nunca podría ser una cuestión de razón, evidencia o argumento, como así tampoco una cuestión de conocimiento, sino más bien de sentimiento, intención y actitud. Este supuesto ejerció una profunda influencia en la mente de la mayoría de los educadores religiosos (por ejemplo, los escritores del catecismo y los departamentos de teología) de nuestros días, quienes han quitado su atención de los fundamentos básicos de la fe y de los hechos objetivos narrados en las Sagradas Escrituras y resumidos en el Credo de los Apóstoles. Divorciaron la fe de la razón y la casaron con la psicología popular, porque han aceptado la filosofía de Kant.

"Dos cosas me llenan de asombro", confesó Kant, "el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí". Lo que maravilla al hombre es lo que llena su corazón y dirige su pensamiento. Es necesario destacar que Kant se maravilla sólo de dos cosas: que no son Dios, ni Cristo, ni la Creación, ni la Encarnación, ni la Resurrección o el Juicio, sino "el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro del mí". "El cielo estrellado sobre mí" es el universo físico como lo conoce la ciencia moderna. Kant relega todo lo demás a la subjetividad. La ley moral no se encuentra "fuera" sino "dentro", no es objetiva sino subjetiva, no se trata de una ley natural de aciertos y errores objetivos que proviene de Dios sino de una ley hecha por el hombre que decidimos acatar. (Pero si la acatamos porque lo decidimos, ¿estamos realmente obligados?). La moral es una cuestión de intención subjetiva únicamente que no tiene un contenido que la fundamente, salvo la regla de oro (el "imperativo categórico" de Kant).

Kant señala que si la ley proviene de Dios más que del hombre, entonces el hombre no sería libre en el sentido de ser autónomo. Esto es verdad... luego Kant continúa sosteniendo que el hombre debe ser autónomo, entonces la ley moral no proviene de Dios sino del hombre. La Iglesia argumenta desde la misma premisa que la ley moral en realidad proviene de Dios y que entonces el hombre no es autónomo. El hombre es libre de elegir si obedece o desobedece la ley moral, pero no es libre de crear la ley misma.

Si bien Kant se consideraba cristiano, negaba explícitamente que pudiéramos saber que realmente existe (1) Dios, (2) el libre albedrío y (3) la inmoralidad. Decía que debemos vivir como si estas tres ideas fueran ciertas porque si creemos en ellas tomaremos la moral en serio y si no, no lo haríamos. Esta justificación de creer por razones puramente prácticas es un terrible error. Kant no cree en Dios porque sea cierto sino que porque le es útil. ¿Entonces por qué no creer en Santa Claus? Si yo fuera Dios, favorecería más a un ateo honesto que a un creyente deshonesto y Kant, para mí, es un creyente deshonesto porque existe una sola razón honesta para creer en algo: porque es verdadero.

Quienes quisieron vender la fe cristiana con un sentido kantiano, como un "sistema de valor" más que como una verdad, han fracasado por generaciones de generaciones. Con tantos "sistemas de valor" competitivos en el mercado, ¿por qué deberíamos preferir la variación católica a otras más simples con menos bagaje teológico u otras más sencillas que tienen menos exigencias morales inconvenientes?

Puede decirse que Kant se rindió, en realidad, retirándose del campo de batalla de los hechos. Creyó en el gran mito del siglo XVIII, la "Ilustración" (¡qué nombre irónico!): que la ciencia newtoniana estaba aquí para quedarse y que el cristianismo debía encontrar, para sobrevivir, un nuevo lugar en el paisaje mental diseñado por la ciencia. El único lugar que quedaba era la subjetividad.

Ello significó ignorar o interpretar como mito las afirmaciones sobrenaturales y milagrosas del cristianismo tradicional. La estrategia de Kant fue esencialmente la misma que la de Rudolf Bultmann, el padre de la "desmitologización" y el hombre que podría ser el primer responsable de que más estudiantes universitarios católicos perdieran su fe. Muchos profesores de teología son seguidores de sus teorías de crítica que reducen a meros "mitos" e "interpretaciones piadosas" las narraciones de los testigos que presenciaron los milagros escritos en la Biblia.

Bultmann dijo lo siguiente acerca del supuesto conflicto entre fe y ciencia: "La visión del mundo científico está aquí para quedarse y reafirmará su derecho contra toda teología, por imponente que sea, que entre en conflicto con ella". Resulta irónico que la misma "visión científica del mundo" de la física newtoniana que Kant y Bultmann aceptaron como absoluta e inalterable, ¡ha sido hoy en día casi universalmente rechazada por los mismos científicos!

La pregunta básica de Kant fue: ¿cómo podemos conocer la verdad? En las primeras etapas de su vida, aceptó la respuesta del racionalismo, que afirma que conocemos la verdad por el intelecto, más que por los sentidos, y que el intelecto posee sus propias "ideas innatas". Luego, leyó al empirista David Hume, quien, según dijo Kant, "me despertó del sueño dogmático". Como otros empiristas, Hume creía que sólo podemos conocer la verdad a través de los sentidos y que no tenemos "ideas innatas". Sin embargo, las premisas de Hume lo llevaron a la conclusión del escepticismo, es decir, la negación de que alguna vez podamos conocer la verdad con certeza. Kant consideraba que tanto el "dogmatismo" del racionalismo como el escepticismo del empirismo eran inaceptables y buscó una tercera vía.

Existía una tercera teoría desde los tiempos de Aristóteles, que era la filosofía del sentido común del realismo. Según el realismo, podemos conocer la verdad tanto a través del intelecto como de los sentidos, sólo si éstos trabajan adecuadamente y en tándem, como las dos cuchillas de una tijera. En vez de volver al realismo tradicional, Kant inventó una nueva teoría completa del conocimiento, denominada en general idealismo. La llamó su "revolución copernicana en la filosofía" y también se la designa con un término más sencillo: subjetivismo. El subjetivismo consiste en redefinir la verdad misma como subjetiva, no objetiva.

Todos los filósofos anteriores asumieron que la verdad era objetiva. Es simplemente lo que, desde nuestro sentido común, queremos decir con la "verdad": conocer lo que realmente es, ajustando la mente a la realidad objetiva. Algunos filósofos (los racionalistas) pensaban que podíamos alcanzar este objetivo sólo a través de la razón. Los primeros empiristas (como Locke) pensaban que podían conseguirlo a través de la sensación. Hume, el empirista escéptico que apareció más tarde, pensaba que nunca podríamos alcanzarlo con certeza. Kant negaba el supuesto común a las tres filosofías en competencia, es decir, que deberíamos alcanzarlo, y que la verdad significa conformidad con la realidad objetiva. "La revolución copernicana" de Kant redefine a la verdad misma como la realidad ajustándose a las ideas. "Hasta ahora se ha asumido que todo nuestro conocimiento debe ajustarse a los objetos... puede avanzarse mucho más si asumimos la hipótesis contraria de que los objetos del conocimiento deben ajustarse a nuestro pensamiento".


Kant sostenía que todo nuestro conocimiento es subjetivo. Ahora bien, ¿ese conocimiento es subjetivo? Si lo fuera, entonces el conocimiento de ese hecho también es subjetivo, etcétera, y quedaríamos reducidos a un salón de espejos infinitos. La filosofía de Kant es una filosofía perfecta para el infierno. Puede que los condenados piensen que en realidad no están en el infierno, que todo está en su mente. Y tal vez así sea; quizás eso es el infierno.

(Tomado de http://www.catholiceducation.org/es/religion-y-filosofia/otros-temas/los-pilares-de-la-falta-de-fe-kant.html)

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