miércoles, 27 de junio de 2012

27 DE JUNIO





DIA CUARTO DE LA OCTAVA DE SAN JUAN BAUTISTA

CRISTO Y SAN JUAN.

La Octava del Precursor nos reservaba un suplemento luminoso. Imitemos a la Iglesia que, de nuevo, fija hoy su pensamiento en el Amigo del Esposo, porque sabe que así conocerá mejor al Esposo mismo: "Pues, como dice Bourdaloue, hay una unión tan estrecha entre Jesucristo y Juan Bautista que no se puede conocer a uno sin conocer al otro; y si la vida eterna consiste en conocer a Jesucristo, una parte de nuestra salvación consiste en conocer a San Juan'".

MISIÓN Y SANTIDAD DE SAN JUAN.

La sola misión del Precursor le ponía, como hemos visto, por encima de todos los apóstoles y profetas. Mas, ¿cuál era en su persona el heraldo cuya grandeza nos fue manifestada en el día de la fiesta, por la dignidad del mensaje que traía al mundo? Sus cualidades particulares, su propia santidad, ¿responderían a la gran misión que venía a cumplir? La suprema armonía que inspira los decretos eternos y preside su ejecución, no da lugar a duda. Cuando el Altísimo resolvió unir su Verbo a la naturaleza humana, se comprometió a revestir esta naturaleza creada de cualidades divinas que la permitiesen tratar con el nuevo Adán como de igual a igual y llamarle Hijo. Cuando a este Hijo de sus complacencias, a quien quería al mismo tiempo Hijo del Hombre, tuvo que darle una madre, el don de una pureza enteramente digna de su título augusto, quedó asegurado desde entonces a la Madre de Dios. Destinado desde todos los tiempos al más alto servicio del Hijo y de la Madre, encargado por el Padre de revelar al Verbo en el seno de Nuestra Señora, de dar testimonio del Hombre-Dios, de desposarle con la Esposa, ¿se podría dudar de que la santidad de Juan fuese, en los designios de Dios o por su propia culpa, menos incomparable que lo fue su misión? La Sabiduría eterna no se engaña a sí misma; y el elogio sin igual que Jesús hizo de su Precursor cuando éste moría nos muestra claramente que las gracias especiales reservadas para esta alma, fructificaron en toda su plenitud.

PLENITUD DE LA SANTIDAD.

¡Y qué gracias ésas cuyos comienzos nos muestra Juan, tres meses antes de su nacimiento, puesto ya en cumbres que apenas escalan en toda la vida los más santos personajes! Muy por encima de los sentidos y de la razón, de los que aún no había empezado a usar, toma su vuelo; con esa mirada intelectual que no alcanza sino la clara visión de los elegidos, conoce la presencia real de Dios, y, en un éxtasis de adoración y de amor, su primer acto le hace émulo de los Serafines. La plenitud, del Espíritu Santo fue, desde este momento, la herencia del hijo de Zacarías e Isabel: plenitud tan desbordante que, primero la madre y en seguida el padre, quedaron llenos con la superabundancia de su hijo'.

SAN JUAN, CANTOR DE NUESTRA SEÑORA.

Fue, pues, el primero que después de Nuestra Señora reconoció al Cordero de Dios y ofreció su amor al Esposo bajado de los collados eternos; el primero que, penetrando en el misterio de la divina y virginal maternidad, sin separar al hijo de la Madre, adoró a Jesús, ensalzando al mismo tiempo a María, sobre toda criatura. ¡Bendita eres entre todas las mujeres, y "bendito el fruto de tus entrañas! La tradición unánime dice que Isabel, al pronunciar estas palabras, no fue sino el órgano y portavoz de su hijo. Los comienzos de Juan, como testigo de la luz, tienen por objeto a María; para ella es, en su admiración y alabanza, la primera expresión de los sentimientos que le animan; Ángel también él, como le llamaban los profetas, repite y completa el saludo de Gabriel a la dulce Soberana de los cielos y de la tierra Era el arranque de su agradecimiento, plenamente iluminado sobre la intervención de María en la santificación de los elegidos, el grito de su alma, con el que se despertaba a sí mismo a la santidad, al oír las primeras palabras de la Virgen Madre.

MARÍA, EDUCADORA DE SAN JUAN.

Por él, en efecto, había atravesado apresuradamente las montañas después de la visita del ángel; pero Nuestra Señora reserva a Juan otros favores. Silenciosa hasta entonces, delante de este Serafín de quien está segura de ser comprendida, María entona su cántico divino, glorificando a Dios y dando a Juan la entera comprensión del misterio inefable. Así como ha santificado al Precursor de su Hijo, la Madre de Dios debe también ahora formarle e instruirle. El Magníficat es la primera lección del hijo de Isabel: lección incomparable de alabanza divina: lección que da a Juan la comprensión de las Escrituras, la sabiduría del plan divino en toda la sucesión de los tiempos. Durante tres meses, en el angélico secreto de comunicaciones más íntimas aún, continúa esta maravillosa educación.

MARÍA, MEDIADORA PARA SAN JUAN.

¡Oh! sí, podemos decir a nuestra vez, y mejor que los judíos: ¿qué pensáis que será este niño? la dispensadora de los tesoros celestiales guardaba para Juan la primera efusión de estos ríos de gracia, de los que ella había llegado a ser el depósito divino.

El río que sale de la ciudad santa  no se parará nunca, llevando sus incontables arroyos a toda alma hasta el fin de los tiempos; pero su choque impetuoso, en su primer empuje, se ha encontrado con Juan; sin dividirse aún, pasa y vuelve a pasar por esta alma durante tres meses, como si existiese para ella sola. ¿Quién medirá estos torrentes? ¿Quién dirá sus efectos? La Iglesia no lo hace; pero en la admiración que le causa el misterioso crecimiento de Juan a vista de los ángeles, olvidando la debilidad de este cuerpecito ante la madurez del alma que lo habita, exclama el día de la gloriosa Natividad del Precursor: ¡es grande el hombre que Isabel ha dado al mundo! Isabel, la esposa de Zacarías, le ha dado a luz un gran varón: a Juan Bautista, el Precursor del Señor.

(Tomado del "Año litúrgico" de Gueranger)

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