domingo, 22 de abril de 2018

Espiritualidad cristiana



No ofrece la menor dificultad precisar el sentido estricto de la expresión espiritualidad cristiana. Con ella se quiere significar el modo de vivir característico de un cristiano que trata de alcanzar su plena perfección sobrenatural. El programa fundamental de esa espiritualidad cristiana consiste en llegar a la plena configuración con Cristo en la medida y grado predestinados para cada uno—para alabanza de gloria de la Trinidad beatísima. Escuchemos a San Pablo exponiendo, bajo la inmediata inspiración divina, las líneas fundamentales de la vida cristiana.

“Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en Cristo nos bendijo con toda bendición espiritual en los cielos; por cuanto que en Él nos eligió antes de la constitución del mundo para que fuésemos santos e inmaculados ante Él en caridad, y nos predestinó a la adopción de hijos suyos por Jesucristo conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza del esplendor de su gracia, que nos otorgó gratuitamente en el amado” (Ef 1,3-6).

«Hasta que todos alcancemos la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, cual varones perfectos a la medida de la talla que corresponde a la plenitud de Cristo» (Ef 4,13).

No hay ni puede haber otra vida cristiana que la que tenga por objeto la plena configuración con Cristo en la medida y grado predestinado para cada uno en orden a la gloria de Dios, que es el fin último y la razón de ser de toda la creación. Caben, ciertamente, modos muy diversos de vivir esa vida cristiana según el estado y condición de cada uno (sacerdote, religioso, seglar). Pero todos, sin excepción alguna, han de tender a ese ideal supremo de su plena configuración en Cristo para alabanza de gloria de la Trinidad beatísima. Todos han de esforzarse en ser otros Cristos, o sea, en ser por gracia lo que Cristo es por naturaleza: hijos de Dios. Con razón escribe Dom Columba Marmion en su admirable libro Jesucristo, vida del alma:

“Comprendamos que no seremos santos sino en la medida en que la vida de Cristo se difunda en nosotros. Esta es la única santidad que Dios nos pide, no hay otra. Seremos santos en Jesucristo, o no lo seremos de ninguna manera. La creación no encuentra en sí misma ni un solo átomo de esta santidad; deriva enteramente de Dios por un acto soberanamente libre de su omnipotente voluntad, y por eso es sobrenatural. San Pablo destaca más de una vez la gratuidad del don divino de la adopción, la eternidad del amor inefable, que le resolvió a hacérnoslo participar, y el medio admirable de su realización por la gracia de Jesucristo”.

San Pablo—en efecto—no hallaba en el lenguaje humano palabras justas para expresar esta realidad inefable de la incorporación del cristiano a su divina Cabeza. La vida, la muerte, la resurrección del cristiano: todo ha de estar unido íntimamente a Cristo. Y ante la imposibilidad de expresar estas realidades con las palabras humanas en uso, creó esas expresiones enteramente nuevas, desconocidas hasta él, que no debían tampoco acabarle de llenar: «hemos muerto juntamente con Cristo» (2 Tim 2,11), y con Él hemos sido sepultados (Rom 6,4), y con Él hemos resucitado (Ef 2,6), y hemos sido vivificados y plantados en Él (Ef 2,5), para que vivamos con Él (2 Tim 2,11), a fin de reinar juntamente con Él eternamente (Ef 2,6).

Esta es, en sus líneas fundamentales, la espiritualidad cristiana, que ha de ser vivida—aunque en formas y grados muy diversos por todos los cristianos sin excepción.



(Tomado del libro La espiritualidad de los seglares, de Antonio Royo Marín)

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