sábado, 16 de julio de 2022

La ciencia como oportunidad de contemplación. Un texto de santo Tomás.

Una de las características de la ciencia actual es que ha perdido su impronta contemplativa (cosa que viene sucediendo desde hace varios siglos con el racionalismo y positivismo triunfantes); es decir, ha dejado de ser un conocimiento orientado en último término por el deseo de alcanzar la fuente misma del ser y de la inteligibilidad de lo real, Dios. Cosa que no era así en la Edad Media, por ejemplo, puesto que el medieval tenía muy clara la idea de que todo conocimiento, además de revelar una parcela de la realidad a los ojos de la inteligencia humana, estaba llamado a servir de escalón para una contemplación más profunda del ser, una contemplación abierta a la fuente del ser, al ser por esencia, al ipsum esse subsistens. De esta forma entonces no había contradicción entre el estudio de algún sector de la realidad y su entroncamiento en una mirada metafísica más amplia.

Muy distintas son las cosas hoy en día, y desde hace un par de siglos. La ciencia, o lo que así es llamado, ha cortado todo lazo que la pudiera unir con lo trascendental para reducirse al estudio de la realidad material, en su desnuda y pura materialidad. Y no contenta con eso ha proclamado que de hecho no hay nada más allá de ello, en una evidente hipertrofia indebida de sus atributos epistemológicos.

Vale la pena entonces dar una mirada a un capítulo bastante olvidado de una obra bastante olvidada de un autor bastante olvidado. Me refiero al capítulo segundo, del libro segundo de la “Suma contra los gentiles”, de santo Tomás de Aquino. Allí el santo expone en breves párrafos lo que bien pudiera llamarse una carta magna de la investigación científica.

Pondremos los textos mismos del santo, acompañados de sencillos comentarios:

 

Capítulo II:

 

Quod consideratio creaturarum utilis est ad fidei instructionem.

Que la consideración o estudio de las creaturas (todo el universo) es útil para instruir en la fe.

 

Pone aquí santo Tomás cuatro razones por la cuales considera que el estudio de naturaleza es útil para la fe.

 

1.       Primo quidem, quia ex factorum meditatione divinam sapientiam utcumque possumus admirari et considerare. En primer lugar, porque de la meditación de sus obras podemos admirar y considerar la divina sabiduría.

En la belleza, orden, complejidad, etc., de una obra se puede reconocer, y, por ende, admirar la pericia de su autor. Así, a partir de la contemplación del universo, con todas sus creaturas, somos llevados naturalmente al reconocimiento de la inmensa sabiduría de su Hacedor. El medieval veía en la creación un destello de la sabiduría de Dios, en el orden y la belleza de lo creado contemplaba un testimonio permanente de la inteligencia de Dios. Hoy, por el contrario, el científico se enorgullece de sí mismo al hacer un nuevo descubrimiento o sentar las bases para la fabricación de un nuevo aparato. Es la distorsión más radical del conocimiento mismo, que en lugar de ser escalera para ascender a la causa prima, nos sumerge en un sentimiento de autosuficiencia que acaba por ser autodestructivo al impedirnos el contacto con Dios, única fuente de verdadera realización personal y felicidad.

 

2.       Secundo, haec consideratio in admirationem altissimae Dei virtutis ducit: et per consequens in cordibus hominum reverentiam Dei parit. En segundo lugar, esta consideración (del universo) nos conduce a la admiración de la altísima virtud (o poder) divina: y por consiguiente produce en el corazón de los hombres la reverencia (respeto profundo) hacia Dios.

Como natural resultado de lo anterior surge la admiración del poder de Dios y un profundo respeto hacia el Hacedor de todas las cosas. El medieval, a diferencia del pagano, ya no sentía temor hacia las fuerzas de la naturaleza, hacia el sol y la luna; sino que ahora, reconociendo al Creador, reverenciaba en Él la omnipotencia creadora, el poder infinito que se manifestaba con toda claridad en la creación misma, que contemplaba por medio de las ciencias. En el moderno científico, académico o estudioso, desaparece la reverencia a Dios precisamente porque ya la mirada sobre su objeto de estudio no es contemplativa. Busca conocer la naturaleza por el conocimiento mismo, cuando no por la utilidad técnica que pueda derivarse de dicho conocimiento. Utilidad técnica que es, a su vez, utilidad para el hombre. El hombre y su bienestar y comodidad puestas como justificación última del esfuerzo científico: se reverencia al hombre. La ciencia termina así produciendo en el corazón de los hombres no la reverencia al Dios poderoso que todo lo ha creado con sabiduría, sino el envanecimiento de sí mismo, al verse como dominador de las fuerzas de la naturaleza que pone a su servicio.

 

3.       Tertio, haec consideratio animas hominum in amorem divinae bonitatis accendit. En tercer lugar, esta consideración (de la sabiduría y poder de Dios manifestada en la creación) enciende las almas de los hombres en el amor de la divina bondad.

 

El medieval, luego de contemplar la sabiduría y el poder de Dios manifestada en la naturaleza, era conducido por la reverencia al amor de la bondad de Dios, puesto que todo había sido creado para el hombre. La creación toda era un regalo de Dios al hombre, regalo gratuito del cual Dios no obtenía nada, sino solo comunicaba al hombre un reflejo de su bondad y un medio para servirle y amarle, y mediante ello salvar su alma, como reza el adagio ignaciano.

 

En la modernidad estamos lejos de ello. ¿Reconocimiento de la sabiduría de Dios? ¿De su poder? ¿De su bondad? ¿Reverencia? ¿Amor? Para nada de esto queda lugar en una ciencia construida toda únicamente para glorificar al hombre mismo y su control sobre la naturaleza.

 

4.       Quarto, haec consideratio homines in quadam similitudine divinae perfectionis constituit. En cuarto lugar, esta consideración (o estudio del universo) produce en los hombres una cierta semejanza con la divina perfección.

 

Siendo la creación entera una participación de la sabiduría de Dios, puesto que todo efecto participa en algo de la naturaleza de su causa y la revela; y conociendo Dios en Sí mismo todas las creaturas presentes, pasadas y futuras, el hombre se asemejaba a Dios al contemplar la creación y reflejar esos destellos de divina sabiduría en su propia inteligencia, como comprendiendo al autor detrás de su obra, conociéndolo por medio de sus efectos.

 

En el mundo moderno el hombre ha buscado constituirlo todo a su sola imagen y semejanza, como decía Protágora: el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son y de las que no son en cuanto que no son. Es el reino de la inmanencia.

 

Así el hombre encierra la ciencia en sí misma, cortando el acceso a la fuente del ser y de la inteligibilidad, satisfecho con la obra de sus manos.

 

¡Qué diferente sería todo si se recuperara esa mirada contemplativa! Si los científicos dejaran de lado su soberbia inane y su ceguera.

 

Quiera santo Tomás concedernos que en nuestros estudios, los que sean, tengamos siempre esa actitud de contemplar más allá de la creatura la mano sabia, poderosa y amorosa del Creador que nos habla a través de ella.

 

Leonardo Rodríguez Velasco.

  

1 comentario:

Teoaudi dijo...

Hola, años siguiendo tu blog y ahora tu canal de youtube.

Me preguntaba si podías darme una lista de los canales de Youtube tomistas, me gusta leer pero también escuchar, gracias y sigue con tu labor, Dios te pague.

Saludos.