sábado, 13 de abril de 2013

Alexis de Tocqueville. Hombre y eternidad


"En los siglos de fe se ponía el objetivo y el fin de la vida, más allá de la vida misma. Los hombres de aquellos tiempos se acostumbraron, así, naturalmente, y por así decir casi sin querer, a tener, luego de una larga cadena de años, un objetivo fijo en dirección al cual ellos caminaban sin cesar, y aprendían mediante pequeños progresos, a reprimir mil deseos fugaces con tal de alcanzar con mayor seguridad ese objetivo central que se habían trazado.

Después, cuando esos hombres se ocupaban de las cosas de esta tierra, empleaban esos mismos hábitos aprendidos en su vida religiosa. Ellos se fijaban para sus acciones de esta vida, de preferencia, un objetivo último, en dirección hacia el cual dirigían todos sus esfuerzos. No se los veía intentar cada día nuevas empresas; sino que iban siempre tras de un objetivo futuro que no se cansaban de perseguir.

Esto explica por qué los pueblos religiosos consiguieron frecuentemente cosas tan duraderas. Lo que ocurría era que, teniendo la mirada fija en el otro mundo, habían en realidad encontrado el secreto para alcanzar el éxito en ésta. Las religiones fortalecen el hábito de comportarse con miras al futuro. En esto ellas no son menos útiles para la felicidad en esta vida que para la felicidad en la venidera. Es uno de sus mayores aspectos con relevancia política. Pero sucede que a medida que las luces de la fe se oscurecen, la vista de los hombres se empequeñece, y cada día los objetivos de las acciones humanas se ponen más cercanos.

Cuando los hombres se han acostumbrado a no ocuparse más de lo que ha de suceder después de esta vida, se les ve recaer fácilmente en una indiferencia completa y brutal acerca del futuro, cosa por demás conforme a ciertos instintos de la especie humana. Apenas pierden el hábito de poner sus principales esperanzas en el largo plazo, son llevados naturalmente a buscar sin tardanza hasta sus más pequeños deseos, y parece que a partir del momento en que desesperan de vivir una eternidad, se vuelven dispuestos a actuar como si no debieran existir más que un solo día.

En los siglos de incredulidad, es, pues, de temer que los hombres se entreguen sin cesar a los azares diarios de sus deseos, y que, renunciando enteramente a obtener aquello que sólo es posible obtener con largos esfuerzos, no sean capaces de fundar nada grande, pacífico y duradero."


   

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