sábado, 30 de noviembre de 2013

La palabra y el concepto



Todos tenemos la experiencia de que somos capaces de hablar y de pensar, y de que, cuando pensamos en nuestro interior, hablamos con nosotros mismos; es decir, necesitamos hacer uso de palabras.

¿Hablar es lo mismo que pensar? ¿Hablan los animales y, por lo mismo, piensan? Algunos lo han creído así. Realmente no es fácil comprender la diferencia entre el lenguaje humano y el de las bestias.

Al hablar pronunciamos palabras. Parece, pues, conveniente preguntarnos por la naturaleza de las palabras: ¿qué es una palabra?

En el siglo XII, el profesor Roscelino estimó que la palabra era aire golpeado por la lengua. Su discípulo Abelardo comprendió que tal definición se limitaba a la voz, mero sonido; pero una palabra humana era algo más que mera voz. Si se quiere, es una voz, pero lo realmente importante reside en su significación. Es una voz que significa algo; es decir, es un signo.

En el lenguaje actual, acusaríamos a Roscelino de reduccionismo. Su definición es correcta, si se mira únicamente un aspecto secundario, más bien material; pero no lo es, porque deja fuera lo que realmente nos interesa.

Juan de Santo Tomás, uno de los grandes escolásticos renacentistas, profesor en Alcalá de Henares, España, nos advierte que un signo es aquello que representa algo distinto de sí mismo a la potencia del que conoce. Para que haya un signo, pues, se necesita de tres cosas: algo que va a ser representado mediante el signo; el signo mismo que lo representa, y una potencia, la inteligencia por ejemplo, que comprenda al signo en su calidad de tal.

Pongamos un ejemplo. El humo es signo de un incendio. Tenemos un incendio que va a ser representado por un signo; luego el signo, el humo que lo representa, y una inteligencia, la nuestra, que comprende la calidad de signo que tiene el humo.

Hay muchos tipos de signos, por supuesto.

•      Hay signos naturales, como el humo que significa (señala) al fuego y el enrojecimiento del rostro que señala nuestra vergüenza.

•      Hay signos artificiales o arbitrarios que el hombre inventa convencionalmente, como las luces roja y verde para dirigir el tránsito automotriz.

El signo natural es el que significa en virtud de su misma naturaleza, por una relación real entre el signo y lo significado que la inteligencia humana se limita a comprender. El arbitrario o artificial lo hace, en cambio, en virtud de una libre determinación humana y su relación con lo significado es una mera relación convencional; de razón, diría un filósofo, mas no real. Cuando un signo artificial no depende de una persona o de un grupo de personas determinadas sino del tiempo, se dice que es un signo consuetudinario.

¿Qué tipo de signo es la palabra?

Es un signo artificial. No es natural, porque no hay una relación real entre la voz y lo señalado por ella; si lo hubiera, no podría haber diferentes idiomas ni el fenómeno lingüístico de la equivocidad. Toda palabra sería unívoca. Más adelante explicaremos estos términos.

Es un signo artificial consuetudinario, porque no basta que una persona o grupo de personas decidan que tal palabra significará tal cosa. Nadie sabe quién inventa las palabras. Es la costumbre la que las impone. Muchos poetas, entre otros nuestra Gabriela Mistral, han inventado términos nuevos para expresar sus ideas y sentimientos, pero solo algunos de ellos han pasado al lenguaje ordinario y el resto se ha perdido por su no aceptación de la comunidad parlante.

Cabe preguntarse ahora de qué es signo la palabra. ¿De las cosas? A primera vista parece evidente que con ellas queremos referirnos a las cosas que nos rodean; mas esta referencia, cuando la hay, no es directa. Parece más acertada la consideración que han hecho los filósofos desde antiguo según la cual la palabra es signo del concepto y el concepto es signo de la cosa.

Esta distinción sutil permite explicar por qué las bestias, a pesar de poseer la capacidad de emitir voces, no son capaces de hablar. El loro, por ejemplo, es capaz de repetir frases completas, sin embargo, no es capaz de advertir su significación. El animal posee tan sólo un rudimento de lenguaje, porque posee un rudimento de conocimiento. Por eso es capaz de advertir que ciertos elementos son signos; así el perro sigue el rastro de su presa por el olfato -el olor es signo de la presa- pero como no es capaz de comprender el signo en su calidad de tal, no es capaz de construir el concepto de signo, por lo que tampoco lo es de expresarse con palabras. Tan solo emite voces -gruñidos, ladridos, aullidos- que expresan el pequeño número de sentimientos y apetitos que lo embargan.

Resulta de lo dicho que el concepto y la palabra son dos realidades muy distintas, pero muy estrechamente relacionadas. Como dijimos, la palabra es signo del concepto, el cual lo es de la cosa.

Este aserto lo podemos comprobar con el fenómeno lingüístico de la palabra equívoca. Es una voz que es signo de diversos conceptos. Por eso, si el interlocutor equivoca la significación de la palabra, no entiende de qué le están hablando. San Agustín, obispo de Hipona, nos trae el siguiente ejemplo. Un hombre nos asegura que hay animales que superan al hombre en virtud. Al punto no lo podemos sufrir, porque la virtud es la fuerza moral gracias a la cual el hombre se determina, con facilidad y gozo, a hacer el bien. Pero ocurre que nuestro interlocutor se estaba refiriendo a la fuerza física, que en latín clásico se denomina virtud (virtus), mas nosotros la entendimos al modo cristiano que la limita a la fuerza moral.

Si la palabra fuese signo de la cosa, sin pasar por el concepto, no se podrían producir tales equivocaciones. Pero como son signos de los conceptos, y uno no sabe de qué concepto lo es en la mente del que nos habla, hemos de suponer que lo usa en el sentido consuetudinario al que estamos habituados. Por ello es de la mayor importancia respetar el uso correcto del lenguaje. Quien no lo haga así, será incapaz de darse a entender y de comprender a los demás. Muchos locos sufren por esa causa. A nuestros hijos hemos de enseñarles a respetar el verdadero castellano; que muy simpático será el lenguaje "lolo", pero es incomprensible para los que no pertenecen al grupo que lo usa.

Juan de Santo Tomás distingue, además, entre signo formal y signo instrumental:

• El signo instrumental es una cosa que, además de tener su propia naturaleza, es capaz de conducirnos a otra por su relación con ella. No importa si esa relación es natural o artificial.

En el primer caso, lo conocemos como objeto; en el segundo, como signo. Pero estos diferentes conocimientos pueden separarse. Una cosa es saber qué es la fiebre y otra es saber de qué es signo esa fiebre. Casi todos los signos son instrumentales, entre ellos, las palabras. Hemos visto que, como dice Aristóteles, la palabra es un sonido emitido por una boca animal, y, además, es signo de un concepto. Quien escucha “school” y no sabe inglés, escucha la voz, pero mientras no sepa a qué concepto se refiere, no podrá entender lo que le han dicho.

• El signo formal es aquel que hace presente inmediatamente, en el signo mismo, a la cosa significada. Su naturaleza es la de ser signo y no tiene otra; por ello, cuando se lo conoce, lo que se conoce es la cosa significada y no el signo mismo. Expliquémoslo mediante un ejemplo.

Cuando recordamos lo que hicimos en las vacaciones, podemos imaginar el caballo en el que hicimos un paseo al cerro. La imagen del caballo de marras me presenta directamente ese caballo, y no, como el humo, se limita a señalar la presencia del fuego. No conozco la naturaleza de la imagen, sino que directamente me represento al caballo en el que di el paseo, como si lo tuviese dentro de mi cabeza. Porque toda imagen es un signo formal. Por cierto que una imagen no es un caballo; pero cuando imagino al caballo, tan solo lo veo a él, y nada sé de la imagen que me lo presenta.

No es lo mismo que una fotografía, aunque se parece. La fotografía me presenta al caballo, pero, al mismo tiempo, veo que tengo en la mano un objeto de una naturaleza muy diferente: una mera cartulina teñida, o algo así. En cambio, cuando recuerdo al caballo, la imagen me presenta a la bestia, pero ella misma, la imagen, no aparece por ninguna parte.

El concepto es un signo formal. Por ello no tengo conciencia directa de mis conceptos, sino de lo significado por ellos. Así, cuando el profesor de geometría me explicó qué eran los ángulos opuestos por el vértice, después de algún esfuerzo comprendí qué era aquello. Entonces forjé en mi interior el concepto ángulos opuestos por el vértice. En ningún momento podré decir: tengo el concepto ángulos opuestos por el vértice, ahora trataré de saber qué significa; por el contrario, sí puedo decir: tengo las palabras ángulos opuestos por el vértice, pero no comprendo qué significan. Como las palabras son signos instrumentales, podemos poseerlas sin conocer de qué son signo; como los conceptos son signos formales no se pueden poseer sin saber qué significan. Si no comprendo algo, eso quiere decir que carezco del concepto correspondiente. Otro tanto ocurre con las imágenes que construye mi imaginación. Si lees las palabras “Catedral de Reims” y nunca la has visto, no puede imaginarla; una vez vista, construyes el signo formal imaginativo de la catedral, la guardas en la memoria y podrás imaginarla cuando quieras.

Hemos visto que hay una rigurosa correlación entre palabra y concepto, pero que sus naturalezas son muy diferentes. Aquélla es signo consuetudinario e instrumental, éste es formal y personal; es decir, cada persona construye su signo formal en el momento que comprende algo, pero tan sólo en la medida que lo comprende. Por eso un concepto, o una imagen, puede ser muy superior a otro, según la capacidad de cada uno. Por ello, aunque todos digamos lo mismo, no todos comprendemos lo mismo.

Se nos presentan varios problemas en esta relación que son de difícil solución: ¿Es la palabra causa del concepto o el concepto es causa de la palabra? ¿Cuál es primero? ¿Puede concebirse un concepto sin la palabra correspondiente? ¿Se puede pensar sin palabras?

Como estamos en una iniciación a la filosofía, no nos parece adecuado penetrar en problemas tan complejos. Lo importante que debes conservar de esta lección es que no es lo mismo pensar que hablar, usar palabras que usar conceptos.


(Tomado de "Aprendiendo a pensar" de Juan Carlos Ossandón Valdés)

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