lunes, 29 de agosto de 2016

¿Los deleites carnales son el fin del hombre?

En días pasados hemos subido al blog en publicaciones sucesivas una serie de escritos de Tomás de Aquino que se encuentran en su obra “Suma contra los gentiles” (una de sus dos grandes “Sumas”; la otra es la Suma teológica). En dichos escritos el santo examina uno por uno los distintos ‘bienes’ en que la inmensa mayoría de los hombres suele poner el fin último de sus vidas: placeres carnales, honores, buena reputación, riquezas, poder, bienes del cuerpo y bienes sensibles.

Haciendo gala de una envidiable penetración psicológica el santo de Aquino va exponiendo con profundidad y sencillez las razones por las cuales NINGUNO de los anteriores ‘bienes’ puede ser considerado el bien último del ser humano, es decir, el bien supremo de su existencia hacia el cual debe ordenar sus afanes.

De esta manera elabora el santo una especie de acusación contra el modo moderno de vivir, según el cual, precisamente, los hombres y mujeres de nuestro tiempo se han dedicado a buscar solo uno o unos de los susodichos ‘bienes’, con menosprecio de los verdaderos bienes, que en la visión del santo de Aquino no son otros que los bienes del alma, y más precisamente el gozo de la posesión de Dios, suprema verdad y supremo bien.

Vamos a decir ahora algunas palabras sobre cada uno de los ‘bienes’ que el santo de Aquino analiza, comenzando por lo que él denomina deleites carnales.

El título del capítulo 27 del tercer libro de la Suma contra los gentiles es claro:

Felicitas humana non consistit in delectationibus carnalibus

La ‘felicitas’ humana es el fin último del hombre, en esto santo Tomás sigue las enseñanzas de Aristóteles quien decía que aquél bien supremo al cual el hombre aspira, según el cual ordena su vida y sus actos, es la felicidad, la ‘eudaimonia’, ‘εὐδαιμονία’; dicha felicidad o estado de plenitud, se convierte así en el norte de la vida del hombre, de tal manera que siempre, al indagar por las razones de su actuar, tarde o temprano se encuentra el hombre con esta respuesta: ¡para ser feliz!¡para alcanzar la felicidad!

¿Por qué estudias? Para trabajar; ¿por qué trabajas? Para lograr una posición social e ingresos económicos; ¿y eso para qué? Para llegar a estar tranquilo, sin preocupaciones, para atender a mis necesidades y las de mis seres queridos; ¿y para qué? Para que estemos felices, para que seamos felices.

Siempre tarde o temprano se tiene que llegar a esa respuesta, sin importar por cual actividad inicie la actividad interrogativa, siempre como fundamento último de todo su obrar se encontrará el logro de la felicidad como razón final que da razón, justifica, explica y fundamenta todo lo que los hombres hacemos. Es el objetivo final.

Pero una cosa es la felicidad considerada en abstracto, es decir, una cosa es afirmar que la felicidad es aquello que fundamenta toda mi conducta y da razón de todos mis actos. Y otra bien distinta es especificar concretamente en qué consiste dicha felicidad.

Y ahí es donde se diferencian los mortales. Pues aunque todos están de acuerdo en que la felicidad es lo que todos desean, no todos están de acuerdo en aquello en lo que dicha felicidad consiste, pues mientras que unos ponen dicha felicidad en la amistad con Dios, otros la ponen en el poder, en los honores o en los placeres. De manera que existe diversidad en el objeto que constituye la felicidad. Y haciendo un análisis de las diversas posibilidades es que Tomás de Aquino elabora su listado, iniciando por los deleites carnales.

El texto de Tomás es una cascada de motivos para rechazar la opinión de quienes ponen en los placeres carnales el fin supremo de su vida. Veamos algunos:

En primer recurre el santo a un principio que toma de Aristóteles y es el siguiente: a toda operación natural le corresponde un placer en su ejecución. Dicho placer es resultado de la operación, es un aliciente. Y por ello, entre más necesaria sea una operación, mayor es el placer que la acompaña, para que el ser humano no abandone dichas operaciones. Pues bien, las operaciones más necesarias para el individuo son las que contribuyen al sostenimiento mismo de su existencia, el comer y el beber  (podríamos añadir el dormir y el descanso), y por eso a dichas operaciones va añadido un placer que funciona como aliciente, en resumen: comer es placentero, y si no que lo digan quienes han tenido el privilegio de probar los espaguetis con pollo que prepara mi madre.

Lo mismo pasa con las operaciones necesarias para la supervivencia de la especie, es decir las relativas a la reproducción. También estas son necesarias para evitar la extinción de la especie, razón por la cual la sabia naturaleza, o más bien su sapientísimo hacedor, ha unido un placer a la ejecución de dichas operaciones.

Pero como resulta de lo dicho, dichos placeres son PARA las operaciones que acompañan; y dichas operaciones son PARA la supervivencia del individuo (en el caso de la comida y la bebida) y PARA la supervivencia de la especie (en el caso de las relaciones sexuales).Y esto, en términos filosóficos significa que NO pueden dichos placeres ser fin último del ser humano, pues el fin último no es PARA otra cosa, sino que como su nombre lo indica es ÚLTIMO, después de él no queda nada por desear ya que él es suficiente por sí solo para satisfacer completamente los deseos del individuo.

Por medio de este sencillo razonamiento el Aquinate demuestra que los deleites carnales NO pueden ser puestos como fin último de la vida humana. Pues no son fines, sino a lo sumo medios para algo más allá de ellos mismos. Y en cuanto medios, son por ello mismo inferiores a aquello PARA lo cual son o existen.

Más adelante pone Tomás otro argumento: los deleites carnales NO son el fin último de la vida, puesto que son algo que tenemos en común con los animales.

La razón de esto es que si el fin último y supremo de los seres humanos fuera el mismo que el de los demás animales, ello significaría que no existiría ninguna diferencia esencial entre el hombre y los animales, de tal manera que el hombre sería solo un animal más, sin ninguna característica diferencial que lo constituyera como un ser distinto a nivel de la esencia.

Esto evidentemente contradice el hecho de que el hombre posee inteligencia y voluntad, que son facultades espirituales cuya realidad permite comprender que la naturaleza humana es la de un ser compuesto de alma y cuerpo, y alma no sujeta a descomposición, como la de los animales brutos, sino alma capaz de suyo de existir más allá de la descomposición del cuerpo.

Pero si la naturaleza del hombre es sustancialmente diversa de la de los animales brutos, al punto de trascender por su espiritualidad el mundo de la materia, del espacio y del tiempo, es evidente que el fin último de su existencia, aquello hacia lo cual debe orientar sus acciones en último análisis, debe ser algo proporcionado a dicha naturaleza, ES DECIR ALGO TAMBIÉN ESPIRITUAL.

Otros argumentos pone en este texto Tomás. Nosotros nos detendremos aquí. Invitamos al lector interesado a revisar ese precioso escrito de Tomás.


Leonardo Rodríguez



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