martes, 2 de agosto de 2016

Sobre el odio a sí mismo



En la publicación anterior traíamos un texto muy interesante de santo Tomás de Aquino, un artículo de su 'Suma' en el que se pregunta nada menos y nada más que si es posible que uno se odie a sí mismo.

Vamos a resaltar aquí algunas de las ideas que expone en dicho texto el doctor angélico y que nos parecen muy dignas de ser tenidas en cuenta.

En primer lugar el santo contesta que hablando estrictamente es imposible que uno se odie a sí mismo, y para probarlo hace uso de un principio que está muy presente en su filosofía, y es el siguiente:

Naturaliter enim unumquodque appetit  bonum, nec potest aliquis aliquid sibi appetere nisi sub ratione boni, nam malum est praeter voluntatem

Naturalmente todo ser apetece el bien, y no puede alguno desear algo para sí mismo a no ser bajo la razón de bien, pues el mal está más allá de la voluntad

Lo que aquí nos está diciendo el santo es que cuando un ser apetece o busca algo para sí mismo, siempre lo busca en cuanto ese algo es un bien, ya que el objeto de la voluntad es el bien, lo bueno, y por tanto la voluntad no se mueve sino detrás de la búsqueda de un bien.

Y como la definición clásica del amor afirma que consiste en buscar el bien para el amado, se concluye que necesariamente nos amamos puesto que siempre lo que buscamos para nosotros lo buscamos 'bajo la razón de bien', es decir, en cuanto es algo bueno para nosotros. Por eso concluye el santo diciendo que: "...necesse est quod aliquis amet seipsum; et impossibile est quod aliquis odiat seipsum, per se loquendo": Es necesario, por tanto, que cada ser se ame a sí mismo; e imposible que un ser se odie, absolutamente hablando.

¿Por qué hemos enfatizado la expresión final del anterior párrafo? porque allí está el meollo del asunto. La doctrina que el santo acaba de exponer es verdadera 'absolutamente hablando', es decir, es verdadera en principio, pero a pesar de ello admite unos matices que el santo explica inmediatamente después.

En efecto, en el párrafo siguiente el santo introduce la parte que más nos ha parecido interesante de su artículo. Dice allí que si bien es cierto que en principio es imposible que alguien se odie a sí mismo, se puede dar el caso de que alguno, de manera indirecta, 'per accidens' dice el santo, esto es, accidentalmente, se odie a sí mismo. Y esto puede ocurrir de dos maneras.

En primer lugar recordemos que amar es buscar el bien para quien se ama, que en este caso somos nosotros mismos; pues bien, dice el santo que puede darse odio hacia sí mismo cuando buscamos para nosotros un bien aparente o solo relativo, no un bien real y absoluto. 

Como amar es buscar el bien para el amado, se da un cierto odio cuando dicho bien que buscamos no es un bien real sino solo un bien aparente. Puede ocurrir efectivamente que por un error de juicio creamos que algo es un bien, cuando en realidad es un mal. O puede ser que tomemos un bien solo relativo, y lo escojamos por encima de bienes más elevados e importante. Como el adúltero escoge su relación indebida fuera del matrimonio, a causa del placer corporal que puede experimentar en aquél momento. En dicho ejemplo vemos cómo un bien relativo, que es el bien sensible del placer corporal, es antepuesto a un bien de un orden superior, como lo es la fidelidad a los votos matrimoniales.

En casos como el anterior se evidencia lo que el santo quiere decir, nuestros caprichos, nuestras malas costumbres y vicios, pueden hacer que nuestro juicio sea errado y nos decidamos por bienes solo aparentes o relativos, dejando de lado los verdaderos bienes que deberíamos apetecer. Por esto el santo dice que en cierta forma en estas ocasiones se escoge lo que aparentemente es un bien, cuando en realidad es un mal, de manera que indirectamente nos odiamos a nosotros mismos, pues el odio, siendo lo contrario del amor, consiste precisamente en buscar el mal para quien odiamos.

Para comprender el segundo modo de odiarse a sí mismo hay que tener claro el principio del que parte Tomás, que es el siguiente: "Unumquodque enim maxime est id quod est principalius in ipso": cada ser es ante todo lo que hay en él de más importante.

Este es un principio que el santo repite bastante en sus escritos, y quiere decir más o menos lo siguiente: cada cosa pertenece a un género, pero dentro de ese género dicha cosa se distingue por algo que la constituye en una especie distinta. De la manera como el hombre, que pertenece al género animal, se distingue del resto de los animales por tener razón, por la racionalidad, y por eso se dice que el hombre es un animal racional. Y como todo lo tiene en común con los animales, menos la racionalidad que lo distingue, se dice que la racionalidad es lo más importante del hombre, puesto que es lo que lo constituye en una especie aparte, lo que lo específica.

Y entonces dice santo Tomás que se puede dar el odio hacia nosotros mismos cuando nos amamos según aquello que no es lo principal en nosotros, es decir, cuando nos amamos según aquella parte de nuestro ser que tenemos en común con los demás animales, olvidando amarnos según aquello que es lo principal en nosotros.

¿Y qué es lo principal en nosotros? santo Tomás responde con firmeza:

Manifestum est ergo quod homo maxime est mens hominis.

Es evidente que el hombre es principalmente su alma (también se puede traducir literalmente como 'mente', o razón o inteligencia)

De manera que en el hombre lo principal es su alma, la vida superior de la inteligencia y la voluntad, la vida espiritual de sus potencias superiores, etc. Y aquellos que principalmente se aman a sí mismos, no según esta parte principal de su ser, sino según aquella parte que se posee en común con los animales, es decir la esfera sensible o incluso meramente vegetativa, en realidad se odian a sí mismos, puesto que no amarse ordenadamente es también una forma de odiarse.

Santo Tomás concluye así:

Unde amant se secundum id quod aestimant se esse, sed odiunt id quod vere sunt...

Se aman según aquello que creen ser, pero odian aquello que verdaderamente son...

Estas palabras con las que el santo termina su respuesta son dignas de ser grabadas en oro. Verdaderamente sucede demasiado a menudo que en de buscar nuestro bien, es decir amarnos, según aquello que realmente somos, es decir la vida del alma, preferimos andar detrás de 'bienes' de segunda y tercera categoría, y a ellos consagramos nuestros afanes y desvelos.

La sabiduría de santo Tomás sigue iluminando nuestro camino y sigue hoy tan fresca como en aquél siglo XIII, cuando su luz iluminó el mundo.


Leonardo Rodríguez


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