miércoles, 5 de abril de 2017

¿Formación católica o activismo social?

Muchas veces se presenta lo que podríamos llamar un falso dilema: intelectualismo o activismo social. Veamos.

Los católicos tenemos inevitablemente el deber de conocer nuestra fe para poder ser conscientes de sus exigencias y vivirla debidamente. Este deber de conocerla implica en nuestra infancia el conocimiento básico de las principales verdades de la revelación divina como requisito para el inicio de nuestra vida sacramental. De ahí que los niños deban ir al catecismo para hacer su primera comunión y su confirmación.

Pero estas primeras nociones elementales de la fe se vuelven insuficientes hasta cierto punto a medida que vamos creciendo, no que dejen de ser ciertas por supuesto, sino que a medida que crecemos se va haciendo necesario que profundicemos en los contenidos de la fe, con el objetivo de vivir una fe adulta y sobre todo con el objetivo de hacer frente a los innumerables ataques que la fe recibe de parte de sus también innumerables enemigos, que siempre los ha habido, los hay y los habrá.

No se quiere decir con ello que todos debamos convertirnos en doctores sobresalientes de la teología y la filosofía católicas, lo cual en realidad corresponde en primer lugar al clero (que lamentablemente hoy ha renunciado a esta labor para entregarse a un activismo social vacío de esencia sobrenatural. Cuando no para vivir lo que les queda de fe desde un irracionalismo sentimentalista de corte protestante que anula el aspecto intelectual tan propio del catolicismo auténtico), pero sí se quiere decir con ello que sobre todo bautizado, dependiendo de sus circunstancias, recae el deber de dar razón de su fe cuando sea necesario, cuando las circunstancias así lo exijan para salvaguarda de la dignidad de la fe y defensa de su saludable efecto sobre los hombres y las sociedades.

No obstante vemos con preocupación cómo se ha extendido en la actualidad una corriente anti-intelectualista dentro de la feligresía católica, pasando a primer plano una propuesta meramente 'pastoral-social' de activismo filantrópico. En este sentido vemos que los católicos de hoy entienden su fe más como compromiso con causas 'sociales', sospechosamente emparentadas con banderas de dudosa procedencia 'política'. Sin duda la intención que mueve a este modo de entender su fe no la podemos juzgar como mala, pues solo Dios conoce los corazones de cada quién, pero nos parece que el énfasis exclusivo en esta 'vivencia pastoral-social' de la fe pone en riesgo el reconocimiento de que el catolicismo también posee, ni más faltaba, un lado comprometido con la verdad de las cosas, con la verdad sobre Dios, sobre el hombre, sobre la sociedad, sobre el alma, sobre la eternidad, sobre el pecado, etc.

De tal manera que se entra así en una pendiente resbaladiza al final de la cual el católico moderno, desgajado de ese 'intelectualismo' que se abre y se abraza a la verdad de las cosas (labor propia del intelecto y de ahí la expresión de 'intelectualismo), acaba comprometido en la práctica con un relativismo doctrinal en el cual todo vale, todo es igual, toda religión es verdadera (porque en el fondo ninguna lo es), todo credo religioso es positivo, etc. Y es algo que vemos a diario y que podemos comprobar sosteniendo una conversación con cualquier 'católico' promedio de hoy, incluso si es miembro del clero. De hecho si es miembro del clero su convicción sobre esto último será aún más fuerte.

Y como suele suceder la solución correcta está en un cierto punto medio entre dos extremos: labor social, sí, pero sostenida por una férrea formación doctrinal que impida la caída en el relativismo doctrinal y religioso, ya que si bien es cierto que existen las catorce obras de misericordia, también es cierto que existen los teólogos, los filósofos, los apologistas y los misioneros, y que la iglesia siempre cuidó de lo uno y de lo otro, y fundaba universidades tantas como hospitales y asilos, porque lo uno no impide lo otro, sino que ambos elementos se suponen y se exigen mutuamente.

Una fe meramente intelectual sin obras de misericordia y de amor es una fe vacía y fría que no produce fruto. Al paso que una 'vivencia' meramente 'social y filantrópica' de la fe sin asidero sólido en la doctrina, desemboca en un relativismo ajeno a la verdad que es también a su manera la muerte del alma.

Lo bello del catolicismo es su capacidad de aunar estos dos elementos en una armoniosa sinfonía que canta, aunque limitadamente, la armonía de la propia naturaleza de Dios, en quien se identifican la sabiduría y la bondad.

La 'vivencia' del catolicismo pide entonces el trabajo conjunto de esos dos aspectos: misericordia y ciencia. Misericordia para hacer frente a las necesidades de nuestro prójimo en su cuerpo, y sano cultivo de la ciencia para hacer frente a las necesidades de nuestro prójimo en su alma. De hecho en el conjunto de las obras de misericordia mismo queda plasmada esta armonía, las ponemos aquí como testimonio de lo dicho:


Obras de misericordia corporales:

1) Visitar a los enfermos
2) Dar de comer al hambriento
3) Dar de beber al sediento
4) Dar posada al peregrino
5) Vestir al desnudo
6) Visitar a los presos
7) Enterrar a los difuntos

Obras de misericordia espirituales:

1) Enseñar al que no sabe
2) Dar buen consejo al que lo necesita
3) Corregir al que se equivoca
4) Perdonar al que nos ofende
5) Consolar al triste
6) Sufrir con paciencia los defectos del prójimo
7) Rezar a Dios por los vivos y por los difuntos.


¿Cómo se cumplirán las tres obras de misericordia que subrayamos arriba si de antemano no nos hemos formado adecuadamente en la fe que decimos profesar? ¿Cómo enseñar al que no sabe si nosotros no nos hemos preocupado antes por saber? ¿Cómo dar consejo al que lo necesita si en esos momentos ni nosotros mismos tenemos claridad sobre las exigencias de la fe? ¿Cómo corregir al que se equivoca si, habiendo caído en el relativismo doctrinal, ni siquiera creemos que alguien pueda estar equivocado?

Entonces ¡a practicar las obras de misericordia, pero alimentados por el pan de la sana doctrina!

Mantengámonos en guardia contra el peligro que significa reducir la fe al activismo 'social' (en idioma católico hablamos de obras de misericordia por el amor de Dios), ya que es el camino perfecto para caer en el indiferentismo religioso.

Dejo aquí unas palabras del gran papa Gregorio XVI, en las cuales hace referencia precisamente a ese relativismo que hoy muchos católicos profesan, son palabras tomadas de su encíclica 'Mirari vos' del quince de agosto de 1832:

"Otra causa que ha producido muchos de los males que afligen a la iglesia es el indiferentismo, o sea, aquella perversa teoría extendida por doquier, merced a los engaños de los impíos, y que enseña que puede conseguirse la vida eterna en cualquier religión, con tal que haya rectitud y honradez en las costumbres. Fácilmente en materia tan clara como evidente, podéis extirpar de vuestra grey error tan execrable. Si dice el Apóstol que hay un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo, entiendan, por lo tanto, los que piensan que por todas partes se va al puerto de salvación, que, según la sentencia del Salvador, están ellos contra Cristo, pues no están con Cristo y que los que no recolectan con Cristo, esparcen miserablemente, por lo cual es indudable que perecerán eternamente los que no tengan fe católica y no la guardan íntegra y sin mancha". 


Leonardo Rodríguez V.

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