sábado, 29 de diciembre de 2018

Sobre el bello y olvidado arte de la argumentación


Hoy no sabemos cómo argumentar y hay que decirlo así, con sencillez pero con valentía. No sabemos argumentar, nadie nos ha enseñado cómo exponer o defender argumentadamente una idea, una tesis, una opinión, una postura, etc. En el bachillerato el tema prácticamente ni siquiera se menciona. Y los intentos de algunos docentes por reforzar “lectura crítica” en sus estudiantes no llenan ese vacío a cabalidad. En la Universidad debería hacerse un poco más, pero no. Muchos universitarios salen de los claustros de su ‘alma mater’ con la capacidad argumentativa tan intacta como cuando ingresaron.

¿Cuáles son los resultados de tal estado de cosas? Varios y todos relacionados con la erosión de la capacidad de diálogo y sano debate. A nivel familiar vemos que se ha instalado en muchos hogares una incapacidad crónica para hablar los problemas. Se recurre preferentemente a la discusión irracional en donde el grito, la amenaza e incluso la agresión física están omnipresentes y hacen imposible arribar serenamente a acuerdos que promuevan la paz y la concordia familiar.

De un ámbito familiar así golpeado se pasa, por parte de los hijos, a un ambiente escolar igualmente debilitado. Y es que en efecto los colegios actualmente son sede de conflictos que llegan muchas veces inclusive hasta hechos tan lamentables como el ocurrido hace poco en una población de Santander en donde un estudiante causó la muerte de uno de sus compañeros y dejó herido de gravedad a otro. La intolerancia que se evidencia en sucesos tan lamentables es resultado de una incapacidad radical para solucionar diferencias por medio del diálogo racional y razonado. Ante la ausencia de diálogo constructivo se procede a utilizar las distintas formas de violencia como sucedáneo espurio.

Por parte de los padres o de los adultos en general, de un ámbito familiar trastornado por la ausencia de habilidades sociales básicas de diálogo y argumentación razonada, se pasa a ambientes laborales y sociales igualmente golpeados por dicha falencia. Y de eso nos informan diariamente los noticieros nacionales e internacionales. La decadencia de la vida social y política es cada día mayor porque no existen ya habilidades para oír la argumentación ajena, tratar de entenderla, proceder a refutarla razonadamente si fuere el caso, exponer el propio punto de vista con argumentos, ser claro para hacerse entender, etc. Y desde muchos puntos de vista dicha decadencia parece imparable. La violencia irracional gana terreno cuando desaparece la habilidad para hablar.

De ahí que sea de la mayor importancia revivir ese antiguo arte de la argumentación, de la exposición argumentada de las ideas o tesis que acogemos como informadoras de nuestra cosmovisión y de nuestro estilo de vida. Y decimos antiguo porque verdaderamente los antiguos, nuestros mayores, fueron unos maestros en la argumentación y nos dejaron en sus escritos enseñanzas valiosísimas sobre cómo adquirir y perfeccionar poco a poco esa habilidad. De manera particular urge recuperar las enseñanzas de los medievales acerca de este asunto. Ellos, incluso en ocasiones hasta el exceso, perfeccionaron esa herramienta y supieron usarla con una maestría que aún hoy nos asombra.

Nos es particularmente cercano y caro el gran Tomás de Aquino, como es de sobra sabido por los visitantes de este blog. Es muy interesante ver cómo Tomás en sus escritos siempre antes de exponer argumentadamente sus tesis, hacía una recopilación de las tesis contrarias junto con sus respectivos argumentos. Procedía luego a hacer la defensa de sus tesis y después regresaba al inicio y respondía una por una las opiniones contrarias. Y no se crea que las opiniones contrarias las exponía en forma débil para luego refutarlas con facilidad, no, todo lo contrario, Tomás presentaba con tal fuerza y honestidad las tesis contrarias a las suyas que sus mismos contradictores quedaban asombrados de que muchas veces Tomás daba mejores argumentos que ellos mismos para defender dichas ideas. Armado de semejante honestidad intelectual procedía Tomás en todos sus escritos y por eso su obra es una escuela fascinante de pensamiento.

Esa aparentemente sencilla costumbre de Tomás suponía un enorme esfuerzo por comprender hasta en sus más mínimos detalles el pensamiento del oponente; un enorme esfuerzo por penetrar cabalmente en el pensamiento del otro hasta poder asimilar la estructura de su razonamiento, el fundamento de su postura y el armazón de su visión de las cosas. Solo después de haber comprendido bien la posición contraria procedía Tomás a refutarla con toda claridad y contundencia.

¡Qué lejos estamos hoy de todo eso! Las redes sociales, los acaloramientos electorales, las polarizaciones políticas, los radicalismos irracionales de todo cuño, tienen al borde de la extinción el bello arte de la argumentación, porque se ha entronizado el apasionamiento ciego como guía del diálogo público. Nadie quiere escuchar y todos quieren ser escuchados. Nadie quiere entender. Nadie oye. Nadie se esfuerza por analizar la postura del otro. Nadie ofrece otra cosa que no sean ataques y agresiones personales, afirmaciones gratuitas o etiquetas facilistas. Muchas “discusiones” (que debieran ser escenario de argumentación razonada) se zanjan con un simple “nazi”, “comunista”, “fanático”, “fascista”, “retrógrado” y en Colombia con los tristemente célebres “paraco” o “guerrillero”. Con una etiqueta, que se pretende sea peyorativa, se evita el esfuerzo juicioso por comprender la postura del otro y tratar de usar la razón argumentativa para ver, como hacían los medievales, de dicha postura qué se debe rechazar, qué se debe aceptar y qué se debe distinguir para discernir  mejor. Siempre insultar y descalificar será más fácil que argumentar y analizar.

Las redes sociales son un caso típico. Con la facilidad de expresión que permiten y la velocidad con que se difunde lo que allí se comparte, se han convertido en escenarios que entorpecen la serena discusión de ideas. Allí todo es extremadamente superficial, no hay espacio para la argumentación razonada. Allí gana el que invente con más rapidez el insulto más eficaz o elabore la ironía más hiriente. La razón brilla por su ausencia y es el reino de las afirmaciones gratuitas y los ataques personales.

Las afirmaciones gratuitas son una epidemia hoy. Todos afirman o niegan, sin preocuparse ni lo más mínimo por defender con razones y argumentos dichas afirmaciones o negaciones. Entre más contundente sea la afirmación o entre más radical sea la negación se sienten más satisfechos consigo mismos y consideran más “sólida” su postura. Es el radicalismo vacío puesto en el sitial de honor. El radical es el que afirma o niega sin presentar razones, solo por el gusto onanista de oír su propia voz retumbar.

Los antiguos decían que aquél que realiza una afirmación, sea que afirme o niegue algo, carga sobre sí el deber de probar dicha afirmación. Los latinos hablaban del “onus probandi” o carga de la prueba para referirse a ello. Era para ellos inimaginable ir por ahí diciendo cosas sin sustentarlas en pruebas, en razones, en argumentos. En otro adagio latino decían que “affirmanti incumbit probatio”, al que afirma algo le corresponde probarlo, no cabe afirmación gratuita.

(Dicho sea de paso resulta lamentable la desaparición del latín de la formación de las nuevas generaciones. El latín es un idioma austero y preciso que obliga a clarificar la idea que se quiere poner por escrito, antes de escribirla. No es un idioma cuya estructura se preste para elucubraciones equívocas o voluntariamente engañosas. Tristemente hoy el latín sobrevive en ambientes muy reducidos, como los juristas por ejemplo, que recurren en ocasiones a algunos adagios latinos en la redacción de sus escritos, pero nada más).

Comenzar por no afirmar nada sin argumentarlo sería un buen inicio para retomar esa sana costumbre de intercambiar tesis de forma racional. El beneficio se vería a largo plazo en la transformación de los patrones de interacción social. Quizá pudiéramos por ese camino recuperar un poco del terreno que ha ocupado la violencia verbal y física.  

Lo dramático del asunto es que la tarea se antoja autodidacta. Al no contar en las instituciones de “educación” formal con iniciativas encaminadas a la recuperación de habilidades argumentativas, se impone la necesidad de que cada uno trate por su cuenta de formarse lo mejor posible. Hay muchos textos que pueden servir para tal propósito. Pero más que textos lo importante es que se genere un auténtico interés, porque de nada serviría el mejor libro al respecto si no existen las ganas de llevar adelante lo que allí se pudiera aprender. Y el interés quizá podría nacer al analizar los beneficios que se obtendrían a nivel personal y social con el cultivo del noble arte de la argumentación razonada o del diálogo argumentativo.


(Para los interesados en iniciar ese camino les hago las siguientes precisiones:   

Al final de esta entrada pondré un link a un escrito corto del profesor Néstor Martínez, filósofo tomista uruguayo, quien ha compendiado allí de forma magistral las normas básicas para argumentar correctamente.

Si buscan otros textos sepan que encontrarán en términos generales tres tipos de libros sobre lógica: libros de lógica FORMAL, libros de lógica SIMBÓLICA y libros de lógica INFORMAL. Los libros de lógica formal e informal son los más útiles en la práctica. La lógica formal se ocupa en resumen de las tres operaciones básicas de la inteligencia que son la simple aprehensión de ideas, el juicio y la argumentación. Fue estudiada desde antiguo por Aristóteles y perfeccionada por los medievales. Recomiendo mucho iniciar por ella puesto que allí se establecen las bases de todo pensamiento sólido. Luego está la lógica informal que es una rama relativamente nueva de la lógica y que se ocupa del análisis de las formas más comunes de argumentación y debate que se usan en la vida diaria, los medios de comunicación, las campañas políticas, etc. Está llena de observaciones útiles para la comunicación cotidiana. Y finalmente la lógica simbólica, que es un área de estudio en el que se une la lógica junto con la notación matemática y el resultado es la representación por medio de signos lingüísticos de las proposiciones simples o compuestas que componen los discursos comunicativos. Es utilizada en ramas especializadas de la matemática y en realidad no es de ninguna utilidad en la vida diaria.

Insisto en que lo óptimo es comenzar por la lógica aristotélica, ya que ella analiza con gran rigor las tres operaciones básicas de la inteligencia humana. Que por ser básicas están a la raíz de todo el trabajo intelectual, desde una conversación cotidiana hasta la redacción de un trabajo académico riguroso. Conviene asimismo complementar esta lógica con el estudio de la informal, por su utilidad pragmática en los distintos ámbitos comunicativos existentes hoy en día).


LINK: 

http://itinerariummentis1.blogspot.com/2012/01/sobre-el-modo-correcto-de-argumentar.html



Leonardo Rodríguez Velasco.




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