domingo, 22 de enero de 2012

La Libertad


(LA REVOLUCIÓN - Monseñor De Segur)


XVII


Esta es otra máscara que debemos arrancar a la Revolución; esta es otra palabra grande y santa del idioma cristiano, del que abusa a cada paso el genio del mal.

La libertad es, para cada uno de nosotros, el poder hacer lo que debemos, esto es, lo que Dios quiere, o lo que es lo mismo, hacer el bien. La libertad absoluta y perfecta no es de este mundo, ésta solo la tenemos en el cielo. En la tierra siempre es imperfecta la libertad y la facultad de hacer el bien.

Soy libre cuando nada me impide cumplir mi deber, todo mi deber, y soy tanto más libre cuando todo lo que me rodea concurre a hacerme cumplir mi deber, a hacerme praticar el bien, a cumplir en todo la santa voluntad de Dios. No soy libre cuando alguien o algún obstáculo me impide andar por esta vía.


Nuestra libertad es siempre más perfecta o menos imperfecta, por estar siempre más o menos limitada con algún obstáculo procedente de la ignorancia o de la perversidad de los hombres.

En religión, la libertad consiste en poder conocer y practicar plenamente la verdad religiosa, es decir, la religión católica, apostólica romana. Para el Papa y los Obispos, la libertad es la facultad plena y entera de enseñar y gobernar a los fieles; y para éstos, la de poder obedecerlos sin impedimento alguno. La verdadera libertad religiosa no es más que esto. En el orden civil y político, la libertad es, para los que gobiernan, el poder de ejercer todos sus legítimos derechos; y para los gobernantes y gobernados, la facultad de cumplir sin obstáculo todos los verdaderos deberes de ciudadanos. Todas las verdaderas libertades, civiles y políticas, están comprendidas en esta definición, a lo menos en lo que tienen de esencial. Por último, en el orden de la familia consiste la libertad, para el padre y la madre, en la facultad de ejercer plenamente todos sus verdaderos derechos sobre los hijos y sus servidores; y para todos, la de cumplir los respectivos deberes. Todo es, pues, bueno y santo en la libertad, en la verdadera libertad cuanto más completa sea, tanto más orden habrá; la autoridad misma sólo está instituida para proteger la libertad.

Sentado esto, hay tres maneras de entenderse y desear la libertad, así para las sociedades como para los individuos. 1ª Libertad de hacer el bien con los menos entorpecimientos posibles; 2ª Libertad de hacer el bien y el mal con igual facilidad concedida al uno y al otro; 3ª Libertad de hacer el mal poniendo trabas al bien.

1ª La primera de estas formas constituye la verdadera y buena libertad, la menos imperfecta en este mundo, la libertad tal cual la quiere Dios y la Iglesia la pide, enseña y practica. Esta libertad, relativamente perfecta, no es una utopía, como no lo son la justicia y las demás virtudes morales propuestas por Dios y su Iglesia a los hombres y sociedades; estas virtudes son practicadas siempre con imperfección, pero siempre son practicables, y debemos tender a practicarlas perfectamente.

Así sucede con la libertad; cuantos más medios se nos dan para obrar el bien, más libres somos; y cuanto más libres somos, más nos acercamos al orden y a la verdad. Cuanta más facilidad nos dan los poderes de este mundo para obrar el bien, tanto más apartarán los obstáculos que impiden la libertad, y tanto más obrarán según los designios de Dios, que quiere el bien en todo, y en todo rechaza el mal. Y si se pregunta cómo podrán los poderes humanos conocer con certeza cuáles sean los obstáculos que deben alejar para proteger y desarrollar la libertad, es muy fácil la respuesta la Iglesia los dirigirá con toda seguridad en lo que toca al orden religioso y moral, como hemos dicho ya; y en las cuestiones puramente temporales y políticas, una vez puesto a salvo el interés superior de las almas, estos poderes tomarán todas las medidas que les dictaren la experiencia y la razón, para asegurar la libertad del bien y reprimir el mal.

2ª Libertad de hacer el bien y el mal; igual protección concedida a los buenos y a los malos, a la verdad y al error, a la fe y a la herejía, tal es la segunda forma bajo la que puede concebirse la libertad. Así la conciben los liberales.

No hablo aquí de aquellos impíos que piden igual libertad para el bien y para el mal, con la esperanza de ver a éste triunfar de aquél; hablo de los liberales honrados y cristianos que aman a la Iglesia, que detestan el desorden y la Revolución, y que aceptan la lucha, porque creen de buena fe que el bien acabará siempre por triunfar.

Temiendo sin duda chocar demasiado con los indiferentes e impíos, hacen concesiones respecto a los principios, y rechazan como imprudente y perniciosa la noción pura y verdadera de la libertad, tal cual la profesó la Iglesia católica diez y ocho siglos ha, y tal como acabo de presentarla en breves palabras. Abandonan el terreno de la verdad inflexible, dejan la casa paterna, para correr tras el hijo pródigo, con la esperanza de volverlo a ella.

Estos liberales van muy engañados: la verdad entera, solamente la verdad, es capaz de librarnos del azote revolucionario. Veritas liberabit vos. La verdad os hará libres: dice el Evangelio. Me parece que los liberales dan muestras de poca fe y de poco valor cuando abandonan de este modo el partido de la santa libertad: de  poca fe, porque dudan prácticamente de la providencia de Jesucristo sobre su Iglesia, y porque aceptan como un hecho consumado la dominación inicua de los principios revolucionarios en el mundo; de poco valor, porque adoptan con harta frecuencia las ideas liberales, para no ser tachados por el mundo moderno de retrógrados y absurdos, de utopistas y de hombres de la Edad Media.

Estos mismos liberales ponen como principio lo que no es más que una necesidad de transición, y no ven que este pretendido principio de igualdad entre el bien y el mal es tan contrario a la fe como al sentido común. La experiencia de cada día nos hace ver que, a causa de la corrupción y decadencia de nuestra pobre naturaleza, más nos inclinamos al mal que al bien. ¿No es esto un hecho incontestable y aun de fe? Favorecer igualmente al uno que al otro, sería exponernos a una perdición casi segura. Poner la verdad y el bien en la misma línea que el error y el mal, y la justicia enfrente de nuestras pasiones desordenadas, sería entregar la verdad al error, el bien al mal, la justicia a las pasiones. Esto hacía decir a San Agustín “que la peor muerte para el alma es la libertad del error: “Que pejor mors animce quam libertas erroris? Lo que es verdad de cada uno de nosotros, lo es mucho más tratándose de las sociedades. Ninguna sociedad puede servir a dos señores, y el justo medio es imposible en cuestión de principios.

“Pero entonces, nos dice el liberalismo, sed lógicos con vosotros mismos, y no pidáis, como lo hacemos nosotros, que se so ponga bajo un mismo pie que a nuestros contrarios”. De ningún modo pedimos esta igualdad como un principio; lo que hacemos es un argumento  ad hominem a los poderes opresores, y nada más. Hacemos un llamamiento legítimo y razonable a su equidad natural, sin entrar en lo más mínimo en la cuestión de principios. “Otorgádnos por lo menos, les decimos, lo que otorgáis a los demás ciudadanos; esto es de derecho natural”. Hablando así, estamos acordes católicos y liberales. Pero esto no es una razón para no desear cosa mejor y tender a un estado normal. La libertad del liberalismo vale más que la opresión; pero no debe mirarse como un fin, y mucho menos como un principio.

“La Iglesia, se dirá, ha reclamado esta igualdad en todas sus tribulaciones”. Cierto; pero ¿en qué sentido lo hizo? La Iglesia nunca reclamó la libertad bastarda del bien y del mal, aun en medio de las persecuciones. Los apologistas del Cristianismo, no me cansaré de repetirlo, sólo hacían argumentos ad hominem a sus adversarios; nunca aprobaron, como se aprueba un derecho, la libertad del error y del mal, que perdía las almas alrededor suyo. La Iglesia es la sociedad del bien, de la verdad; no quiere ni puede querer sino la verdadera libertad, la libertad del bien, el poder de enseñar y practicar la verdad. ¡Por amor de Dios, no confundamos lo posible con lo deseable, y no erijamos como principios unas necesidades tristes y pasajeras!

“Según eso, sólo hablaremos de autoridad cuando seamos los más fuertes, y de libertad cuando seamos débiles. ¿Es esto leal?” Esto sería muy poco noble, y por eso no lo hace la Iglesia. Débil o fuerte, oprimida o triunfante, con la misma voz dice a los hombres, buenos y malos: únicamente la verdad y el bien son dignos de vuestro amor; el mal os pierde. Cuanto más libertad diereis al mal, tanto más desdichados seréis. Dios sólo da la autoridad  a los hombres para que protejan el libre ejercicio de lo que es bueno y justo: todo príncipe, magistrado o padre de familia que no se sirven de su autoridad para proteger la justicia, la verdad y el bien, abusan de los dones de Dios y pierden su alma. Nunca dijo la Iglesia otra cosa. Su derecho y su deber consisten en reclamar siempre de los poderes del mundo la libertad del bien y protección para esta libertad.

La Iglesia se encuentra en frente de poderes enemigos, de poderes indiferentes, o bien de poderes amigos. A los primeros les dice: “¿Por qué me preguntáis? Tengo el derecho de vivir, de hablar, de cumplir mi divina misión, que es toda bienhechora; no tenéis razón persiguiéndome y no dejándome libre”. Dice a los segundos: “Quien no está conmigo está contra mí ¿Por qué permanecéis indiferentes a la causa de vuestro Dios? ¿Por qué tratáis a la mentira como a la verdad, al mal como al bien, a Satanás como a Jesucristo? No tenéis derecho para permanecer en semejante indiferencia” A los últimos les dice: “Estáis en la verdad y cumplís la voluntad de Dios. Ayudadme cuanto os sea posible a hacer que reine Jesucristo, y con Jesucristo, la verdad, la justicia, la paz y la dicha. Ayudadme a hacer desaparecer lo más completamente posible todo cuanto es contrario a la santísima voluntad de Dios y a la verdadera felicidad de los hombres”. Tal es el lenguaje de la Iglesia en medio del mundo. En el fondo no pide sino una sola y misma cosa: la libertad para el bien, la única verdadera libertad.

¿Habrá, pues, dos pesas y dos medidas: “libertad para nosotros y opresión para los demás?”. La  Iglesia, como su divino Maestro, sólo tiene un peso y una medida; no quiere ni favorece sino el derecho, la verdad y el bien: rechaza y detesta todo lo que es error, todo lo que es malo e injusto. ¿Qué cristiano se atreverá nunca a decir que Satanás tiene en este mundo los mismos derechos que Jesucristo? Sin embargo, tal es en el fondo la pretensión del liberalismo. La Iglesia, y todos nosotros en ella, reclamamos los derechos de la verdad, porque sólo ésta los tiene; negamos lo que se atreven a llamar los derechos del error, de la herejía y del mal, porque el error, la herejía y el mal no poseen derecho alguno. Ya sé que hay necesidades de hecho que algunas veces obligan a la autoridad a cerrar los ojos sobre males que no puede impedir; pero deber  es extirpar los abusos lo mejor y más pronto posible.

Es una cosa muy particular la indignación que muestra, un gran número de cristianos cuando se trata de la opresión del mal. En el interior de sus familias, y con respecto a sus hijos y sirvientes, oprimen y reprimen el mal tanto como pueden, usando aun de la fuerza cuando no basta la persuasión. ¡Y encuentran malo que la Iglesia o el Estado obren del mismo modo! Salvando así las costumbres, la fe, el honor y el bienestar de sus familias, cumplen un deber sagrado, el primero de sus deberes; y cuando la Iglesia y el Estado, cumpliendo este mismo deber, levantan el brazo para  castigar a los corruptores públicos de la fe, de las costumbres y de la sociedad entera, entonces la Iglesia y el Estado son tiranos, crueles, intolerantes y fanáticos a sus ojos. Me parece que quien tiene dos pesos y dos medidas es más bien el liberalismo que nosotros.

Este confunde el moderantismo, es decir, la tolerancia doctrinal, con la moderación, que es la tolerancia personal, la caridad; en lo cual se aparta gravemente de la regla católica. En el fondo, el liberalismo no es más que una transacción con la Revolución; he aquí por qué ésta le muestra tanta simpatía. La libertad del bien y del mal es un atractivo con el cual la serpiente revolucionaria seduce a muchos excesivamente confiados, como hizo cuando presentó a Eva, con un sinnúmero de promesas fascinadoras, no solamente el fruto del árbol de la ciencia del mal, sino también el de la ciencia del bien y del mal.

“¡Pero entonces, se dice, entregamos la libertad en manos de los poderes de este mundo, y harto sabemos el uso que hacen de ella!” La Iglesia no se abandona ni se entrega de modo alguno a los poderes de la tierra. Cuando los soberanos temporales escuchan su voz y son cristianos, ella les pide que le faciliten la salvación de todos, protegiendo la libertad de su ministerio, desarmando a los enemigos de la fe, y conteniendo por el temor a aquellos hombres perversos para quienes no basta la persuasión. ¿Es esto acaso ponerse ala mereced del poder?

Cuando un príncipe no es católico, la Iglesia no le pide ayuda alguna, y se contenta con el argumento ad hominem que ya he citado. Esto es poco más o menos lo que hacemos nosotros, según las circunstancias, en  nuestras sociedades modernas, que ya no descansan sobre la base católica. Pedir más sería una gran imprudencia, y además, simplemente perder el tiempo.

“¿No creéis, pues, en el poder de la verdad cuando le buscáis apoyos humanos?” Creemos, y muy de veras, en el poder de la verdad; y creemos también mucho y muy prácticamente en el pecado original. Todo lo que es bueno necesita protección en este mundo, porque el mundo está pervertido y hay en él muchos malos.

La sociedad, así religiosa como política, solamente fue establecida por Dios para organizar la defensa de los buenos contra los malos.

El Estado protege el comercio, las artes, las ciencias, la propiedad; y siendo cristiano ¿no había de proteger el don más precioso del cielo, la verdad, esta libertad, este derecho de nuestras almas? Observad que proteger no es dominar, y si con sobrada frecuencia los príncipes entendieron así la protección, se equivocaron grandemente, y Dios los castigó por ello; pero este abuso no destruye el principio, y la Iglesia tiene y tendrá siempre razón de decir a las sociedades humanas; “Vosotras debéis ayudarme”.

“Se dio el poder a los príncipes no tan sólo para el gobierno de la sociedad temporal, sino sobre todo para la protección de la Iglesia”.1 Así habla Gregorio XVI; y Pío IX, más explícito aún, declara que “no se dio solamente a los príncipes la autoridad suprema para que gobiernen el mundo, sino principalmente para que defiendan a la Iglesia”.2 El mismo Pío IX toma textualmente esta sentencia del Papa San León el Grande. Esta es la enseñanza formal de la Santa Sede, en la que deberían reflexionar un poco más los liberales que son verdaderamente católicos.

El Estado cristiano es el hijo adicto, el defensor y servidor de su Madre, la santa Iglesia, y de su Padre espiritual, el Soberano Pontífice. Protege a la Iglesia sirviéndola, y según la enseñanza de la Santa Sede, formulada en la bula dogmática Unam sanctam, el príncipe católico está obligado a no combatir por la Iglesia sino ad nutum et patientiam sacerdotis, con el asentimiento del Pontífice y en la medida que éste juzgue conveniente. Nada, pues, hay que temer para la Iglesia en la protección que reclama de los príncipes verdaderamente católicos. Esta protección no es en el fondo sino una adhesión eficaz y dócil.

“Pero, ¿se nos concederá por lo menos que hay liberales y liberales?” Sí, cierto; pero ¿hay acaso liberalismo y liberalismo? Todo está en esto, porque es cuestión de principios, y no de personas. ¿Quién no rinde homenaje al carácter y rectas intenciones de los liberales católicos? Lo que me parece evidente es que éstos defienden la buena causa de un modo que la comprometen, con una prudencia muy falsa, sin espíritu de fe, con argumentos que flaquean por su base; y esto es así, porque el liberalismo no es capaz de resistir un examen. En el fondo sus partidarios no están bien persuadidos de lo que quieren; creen tener una doctrina, y sólo tienen sentimientos; creen defender principios, porque presentan algunos de ellos, mas estos principios separados del principal son ramas separadas del tronco, faltas de savia y de vida.

El principio liberal, si se le tomase en serio y como una tesis doctrinal, conduciría a una herejía formalmente condenada por la Santa Sede en tiempo de Felipe el Hermoso; herejía madre del dogma revolucionario, y que, por primera vez en Francia, se atrevió a negar la subordinación del poder temporal al espiritual, del Estado a la Iglesia. La Santa Sede condenó este error, y definió como de fe que toda criatura humana debe estar sometida al Romano Pontífice, y esto por necesidad de salvación. Toda criatura, esto es, todo magistrado, todo rey, todo Gobierno.

La libertad del bien y del mal: he aquí en dos palabras el resumen de la tesis liberal. Adóptese y aplíquese con intenciones cristianas o perversas, siempre queda lo que es: un grave error, y un error práctico muy peligroso, porque es seductor y utilísimo a la Revolución, porque le prepara el camino. Por esto el Papa Pío IX, sin hacer distinción alguna, condenó, no las intenciones de los liberales, pero sí el liberalismo; y por eso su antecesor, Gregorio XVI, ya había condenado, con una energía verdaderamente apostólica, el mismo falso principio de libertad en sus dos principales aplicaciones: libertad de conciencia1y libertad de imprenta.2

Perdone el lector si me he extendido tanto sobre el liberalismo, es una cuestión palpitante, sobre la que conviene estar bien impuesto. Sin embargo, no se olvide que a pesar de estas divergencias, que son en realidad más bien cuestiones de conducta que cuestiones de doctrina propiamente dichas, todos los cristianos de honradez, todos los católicos ilustrados están unánimes contra la Revolución; y sus disensiones no son más que malas inteligencias, cuestión de palabras y de fórmulas.3

Vuelvo a tomar el curso de mi asunto, y habiendo expuesto la libertad tal cual la entiende la Iglesia, y la libertad tal cual la entiende el liberalismo, voy a tratar de la libertad tal cual la entiende la Revolución.

3ª La libertad revolucionaria es la libertad de hacer el mal entorpeciendo el bien, oprimiendo a la Iglesia y a sus pastores, pisoteando los derechos legítimos del poder; violando los derechos de la familia. Entre gentes honradas es ocioso detenerse en discutir sobre este punto. Hacer el mal en perjuicio del bien, ya no es libertad, es licencia; ya no es uso, sino el abuso sacrílego del más magnífico don de Dios. Sólo un malvado puede entender y querer de este modo la libertad.

Se ha pretendido que esta era la libertad del año 1793; yo por mi parte afirmo que también era esta la libertad de 1789, al menos en lo concerniente a la Iglesia y a la fe. Bastante lo han probado los hechos, y sin verter sangre puede oprimirse el bien. ¿No son acaso las leyes revolucionarias más peligrosas aún que el cadalso?

Tales son, según creo, las verdaderas nociones de la libertad. Se aplican tanto al orden religioso como al político y al íntimo de la familia. Cada cual puede, con estos principios, juzgar fácilmente lo que hay de bueno y de malo en esto que nuestras instituciones modernas dan en llamar libertad religiosa, libertad de cultos, libertad de imprenta y, en general, libertades políticas.

La libertad religiosa bien entendida consiste en poder practicar, con las menores trabas posibles, la Religión, la verdadera Religión; impone al soberano temporal la obligación de proteger en lo posible, el ejercicio pleno y entero de la religión católica, que es la única verdadera religión, y ayudar de este modo a la Iglesia en su misión salvadora. “El príncipe, dice San Pablo, no lleva en vano la espada; pues es ministro de Dios para el bien”: Non enim sine causa gladium portat; Dei enim minister est in bonum, vindex in iram ei qui malun agit (Rom. XIII). ¿Qué mayor bien para un pueblo, como para un particular, que el de poder conocer y servir a Dios con toda libertad,  y cumplir con el primero y más grande de todos los deberes?

He dicho antes en lo posible, porque sucede que el soberano, como el padre de familia, se ve obligado a tolerar muchas cosas que no puede impedir, aunque sean dañosas para los intereses espirituales de su pueblo. Su deber no es el atropellarlo todo por medidas imprudentes, sino el preparar, por todos los medios legítimos, un mejor porvenir. Está obligado en conciencia a extirpar el mal que pueda, y sin dilaciones. Vindex in iram ei qui malun agit.

“¿Qué se hace, pues, con los judíos y protestantes?” Una de dos: o ellos ya han introducido el error en un país católico, o aún no sen han establecido y quieren entrar en él. En el primer caso, el deber de un soberano católico es tolerarlos, y asegurarles, como a los católicos, todos los derechos civiles, pero impedir al mismo tiempo que propaguen sus errores deletéreos. Si pude debe procurar que se conviertan, facilitándoles el ministerio de la Iglesia. Este es en definitiva, el papel de un buen padre para con sus hijos.

No los obliga a hacerse cristianos, pero procura moverlos a ello por todos los medios de persuasión; y luego les obliga por la persuasión, y si no basta por la fuerza, a guardar para sí los errores y a no infestar a los pueblos fieles confiados a su vigilancia. ¿Qué cosa hay más sencilla?

Pero en el segundo caso, el deber del príncipe es del todo diferente, aunque sea en el fondo el cumplimiento del mismo deber. Si quiere permanecer fiel a su alta misión en este caso, debe impedir a todo trance que la herejía empañe la fe de sus súbditos, y tratar a los propagandistas como a injustos agresores. La herejía no tiene entonces derecho alguno.

“Y en los países protestantes, ¿qué deberá hacer el soberano?” Mal puede un soberano protestante aplicar un principio verdadero protegiendo una religión falsa. No estará la culpa en el principio; y la desgracia del soberano y del pueblo será únicamente la de ser protestantes. Sucede a menudo que se aplican principios verdaderos en falso; el demonio tuerce en provecho suyo las instituciones más excelentes. Jesucristo, por otra parte, tiene el derecho de echar a Satanás, porque Satanás es un rebelde, un injusto, un usurpador y un sacrílego. Satanás, al contrario, ningún derecho tiene contra Jesucristo, porque Jesucristo es legítimo Señor, bueno, justo y santo. Lo mismo sucede con respecto a la Iglesia y a la herejía.

Lo que acabamos de decir en este capítulo se aplica igualmente a la libertad de imprenta, a la de enseñanza y educación, y a todas las libertades políticas. Nunca podrá ser un hombre bastante liberal, si comprende bien la libertad, y nunca se comprenderá ésta sino en la escuela de la Iglesia. Solamente la Iglesia es la madre de la libertad en la tierra, al mismo tiempo que es la protectora y salvaguardia de la autoridad.

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