sábado, 14 de enero de 2012

(5) LA VIDA ETERNA Y LA PROFUNDIDAD DEL ALMA


Capitulo  V

(padre Garrigou Lagrange)

Las raíces de los vicios y de las virtudes en la profundidad del alma

Para mejor comprender cuál sea la profundidad del alma humana, especialmente de la voluntad, es necesario someter a examen las raíces de los vicios y de las virtudes que en ella arraigan para nuestra perdición o para nuestra salvación.

La virtud perfecciona al hombre, lo dirige hacia un fin recto y hace de él no sólo un buen pintor, un buen escultor, un buen matemático, sino un hombre de bien. El vicio es un hábito malo, que impulsa a obrar en sentido contrario a la recta razón; deforma por completo al hombre en la conducta y la vida, porque toca la voluntad y la inclina hacia un fin malo. El vicio hace del hombre no sólo un mal pintor y escultor, sino un mal sujeto, quizá un criminal, un asesino, un hombre de voluntad perversa. La cosa empieza a veces en el adolescente, a la edad de 14 o 15 años. Todos los vicios tienen una raíz común: el amor desordenado de sí mismo, en oposición al amor del bien y del bien soberano, que es Dios. Semejante raíz tiende a hincarse cada vez más en nuestra voluntad, y de ella nace un árbol malo, cuyo tronco es el egoísmo; su rama central y principal, continuación del tronco, es el orgullo, hilas ramas laterales son la concupiscencia de la carne la de los ojos. Así habla el apóstol San Juan.
 
Este árbol malo ostenta numerosas ramas que nacen de las precedentes y que se llaman pecados capitales.
 
De la concupiscencia de la carne nacen la gula y la lujuria.
 
De la concupiscencia los ojos, o desmesurado deseo de los bienes exteriores, nace la avaricia, y con ella la perfidia, el fraude, la estafa, la dureza de corazón.
 
Del orgullo de la vida nacen: la vanagloria y la ambición, el disgusto de las cosas espirituales, el olvido de Dios, la envidia, la cólera, el resentimiento y las injurias.
 
Y los pecados capitales conducen a otros más graves, que van contra las virtudes teologales: la blasfemia, opuesta a la confesión de la fe; la desesperación, que se opone a la esperanza; el odio de Dios y del prójimo, opuesto a la caridad. Alguno de estos vicios, en los hombres más perversos, tienen raíces aún más profundas, que manifiestan a su manera y bien tristemente la profundidad del alma. Bien conocidas son las palabras de San Agustín en la ciudad de Dios: "dos amores han originado dos ciudades: el amor de nosotros mismos hasta el desprecio que Dios ha edificado Babilonia, esto es, la ciudad del mundo y de la inmoralidad; el amor de Dios, llevado hasta el desprecio de nosotros mismos, ha construido la ciudad de Dios".
 
Del mismo modo que el hombre no llega de un golpe a la santidad, no llega tampoco de una vez a una perversidad completa.
 
El amor desordenado de sí mismo, cuando se hace dominante, produce raíces siempre más profundas, especialmente en las almas que se hallan en el camino de la perdición. La voz misma adquiere entonces un sonido desgarrado y penetrante, cierran estas, voluntariamente, sus ojos a la luz divina, única que podría liberarlas, iluminarlas. A veces combaten la verdad aunque les sea evidentemente manifiesta: es una de las formas del pecado contra el Espíritu Santo: impugnar la verdad conocida. Así es como, según los Hechos de los Apóstoles, después de una curación milagrosa obtenida por San Pedro en nombre de Jesús, los fariseos, miembros del sanedrín, dijeron: "¿qué haremos a estos hombres?". "Que han hecho un gran milagro no lo podemos negar; eso es manifiesto a todos los habitantes de Jerusalén, y nosotros no podemos negarlo; pero para que el caso no trascienda más entre el pueblo, prohibámosles hablar de ello de ahora en adelante en nombre de quién sea". Y les prohibieron hablar en nombre de Jesús. Pedro y Juan respondieron: "juzgad vosotros si es justo ante Dios obedecer a los hombres antes que a Dios. Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído".
 
Las profundidades abismales del alma se manifiestan aquí tristemente por el amor desordenado de nosotros mismos, que llega a veces hasta el desprecio y el odio de Dios. Esta maldad es acompañada de un odio inveterado e incomprensible contra prójimo, incluso contra aquellos a los que deberíamos guardar el mayor reconocimiento. Ciertas perversidades espantosas, como la de Nerón y otros perseguidores la fe, no han cedido ni ante la constancia y la dulzura radiantes de los mártires.
 
Este grado increíble de malicia pone más de manifiesto aún la grandeza de Dios y de los santos. El señor permite esta maldad y persecución para hacer resplandecer mejor la santidad de los mártires. En España, en 1936, durante la persecución comunista, preguntaban los fieles a los sacerdotes: "¿cómo es que Dios permite tantas atrocidades?" Los buenos sacerdotes respondían: "sin persecuciones no hay mártires, y esos constituyen una gloria para la Iglesia". Los fieles comprendían y se iban resignados.
 
La profundidad del alma humana destaca aún más por las grandes virtudes que en ella hunden sus raíces, y podrían aumentar indefinidamente si el tiempo de la prueba, y por tanto del mérito, no fuese limitado, como preludio de la vida eterna.
 
Hay que distinguir las virtudes adquiridas por la repetición de los actos naturales virtuosos, y las virtudes infusas, o sobrenaturales, recibidas en el bautismo, y que aumentan en nosotros por los sacramentos, la Sagrada Comunión especialmente, y por nuestros méritos.
 
Ya las virtudes adquiridas muestran la profundidad del alma. La templanza, en particular la castidad y la fortaleza, o el valor, hacen descender a nuestra sensibilidad la luz y la recta razón para resistir a las tentaciones, a veces muy violentos, de la impureza y de la avilantez. Del mismo modo, la virtud adquirida de la justicia revela la grandeza del alma humana, sobre todo cuando, por el bien común de la sociedad, hace establecer y observar leyes justas que pueden exigir grandes sacrificios, incluso el de la vida. Recordemos a Sócrates, injustamente acusado, y que rehusó huir de sus prisiones para no desobedecer las leyes de su país.
 
Pero son, sobre todo, las virtudes infusas, teologales y morales, las que manifiestan la grandeza del alma, cuyas energías subliman. Proceden de la gracia santificante, que es recibida en la esencia íntima el alma como un injerto divino; ésta nos comunica una participación de la vida íntima de Dios, de la vitalidad de Dios. La gracia santificante  es, de hecho, el germen de la vida eterna, y cuando esté plenamente esbozada, nos permitirá ver a Dios como Él se ve a sí mismo y amarlo como Él se ama. Tiene, pues, lugar en nosotros una germinación de vida eterna. Si la germinación del grano produce el 30, el 60 y hasta el ciento por uno, ¿qué será, en el orden sobrenatural, la germinación eterna?
 
Del injerto divino, que es la gracia santificante, derivan en nuestra inteligencia la fe infusa, y en nuestra voluntad la esperanza infusa y la caridad infusa; de ella derivan también las virtudes infusas de la prudencia cristiana, así como de la justicia, la religión, la fortaleza, la castidad, la humildad, la paciencia, la dulzura; y los siete dones del Espíritu Santo.
 
Las virtudes infusas, que derivan de la gracia significante, confieren a nuestras facultades el poder de obrar sobrenaturalmente para merecer la vida eterna; y los siete dones del espíritu Santo, que las acompañan, nos vuelven dóciles a las inspiraciones del maestro interior. Él mismo, entonces, saca de nuestras facultades, incluso de las sensibles, acordes no solamente racionales, sino sobrenaturales, que se revelan, sobre todo, en la vida de los santos. 

Es todo un organismo enteramente nuevo de que somos dotados.
 
La fe infusa, que se apoya en la revelación divina, ensancha considerablemente las fronteras de nuestra inteligencia, porque nos permite conocer a Dios no ya sólo como autor de la naturaleza, sino como autor de la gracia y en su vida íntima. Nos hace adherir infaliblemente y sobrenaturalmente a las verdades que superan las fuerzas naturales de toda inteligencia creada, incluso angélica, a los misterios de la Santísima Trinidad, de la elevación del género humano al orden sobrenatural, a los de la caída, de la encarnación redentora y de los medios de salvación. Y el don de la inteligencia hace esta fe cada vez más penetrante.
 
La esperanza infusa nos hace tender hacia Dios, hacia la vida de la eternidad, y aun cuando no nos dé la certidumbre de la salvación, que exigiría una revelación especial, nos da una certeza de tendencia hacia el bien supremo. Por ella tendremos seguramente hacia el fin último, como la golondrina hacia la región a donde regresa. Y esta certeza aumenta con la inspiración del Espíritu Santo, que aun en medio de las mayores dificultades consuela al justo y le hace presentir que se acerca al cielo. El don del temor filial nos preserva de la presunción; el de la ciencia nos muestra la vanidad de las cosas terrenas, y el de la piedad aumenta nuestra confianza en Dios, nuestro padre. De aquí se desprenden la altura y la profundidad del alma humana; pero aún mejor nos la hace conocer la caridad.
 
La caridad es una verdadera amistad sobrenatural que nos abraza a Dios. Ya en el antiguo testamento, Abraham es llamado el amigo de Dios. En el nuevo testamento dice Jesús: "vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya servidores míos, ya que el servidor no sabe lo que hace su amo; pero yo os llamo amigos míos, porque todo lo que he entendido de mi padre os lo he hecho conocer". Éstas palabras fueron dichas primeramente a los apóstoles y luego nosotros. Y las cosas van mucho más lejos si somos fieles.
 
La caridad nos hace aún amar al prójimo sobre naturalmente, en cuanto es amado por Dios nuestro padre común, y en cuanto que el prójimo es hijo de Dios o destinado a serlo.
 
Esta caridad infusa debe realizar cada vez más en el fondo de la voluntad y expulsar el amor desordenado de nosotros mismos. Ensancha nuestro corazón para comunicarle algo de la grandeza y bondad divinas y para hacernos amar a todos los hombres sin excepción. Es más: si un justo viviese sobre la tierra un tiempo indefinido, hasta millares de años, para merecer, la caridad no cesaría de aumentar en lo profundo de su voluntad.
 
Santo Tomás ha expresado admirablemente esta verdad diciendo: "la caridad infusa puede aumentar siempre en sí misma, por ser una participación del amor increado y sin límites; puede también aumentar por parte de Dios su autor, qué puede hacerla aumentar en nosotros; por fin, puede aumentar siempre por parte de nuestra alma que la recibe, puesto que cuanto más aumenta la caridad, más capaz se hace nuestra alma de recibir su aumento. La caridad, en su progresión, dilata nuestro corazón, que se ve, en cierto modo, invadido por el amor de Dios. El que más ahonda en su alma, más la puede llenar. Y, en ocasiones, puede experimentarse esto en la oración".
 
Esta página de Santo Tomás es una de las que mejor muestran la desmesurada profundidad de nuestra voluntad, en la que la caridad infusa debe enraizarse más y más, excluyendo cada vez mejor el amor desordenado de nosotros mismos, impulsándonos a amarnos santamente a nosotros mismos y al prójimo para glorificar a Dios en el tiempo y la eternidad. La caridad, al aumentar, nos hace amar cada vez más las almas de la tierra, del purgatorio y del cielo, nos hace partícipes de la inmensidad del corazón de Dios.
 
Por fin, la caridad debe durar eternamente, y esa es la longitud correspondiente a su altura y a su profundidad. Como dice San Pablo: "la caridad nunca cesa"; cuando la fe ceda el puesto a la visión y la esperanza a la posesión de Dios, la caridad, como la gracia significante, durará eternamente. Por eso, en el justo, la vida de la gracia y de la caridad es ya vida eterna empezada. Jesús dice repetidas veces: "el que cree en mí tiene la vida". O lo que es lo mismo: "el que cree en mí con una fe viva unida a la caridad, no solamente tendrá la vida eterna sino que ya la posee en germen".
 
Las virtudes cardinales infusas de prudencia, justicia, fortaleza y templanza son superiores a las virtudes adquiridas del mismo nombre. No son sólo las virtudes del perfecto hombre honesto, sino del hijo de Dios. Entre la prudencia adquirida y la prudencia infusa hay bastante mayor distancia entre dos notas musicales del mismo nombre, pero distinta octava. La prudencia infusa es de distinto orden que el de la prudencia adquirida, hasta el punto de que ésta podría aumentar indefinidamente, sin llegar por ello al grado máximo de la otra. La misma relación existe entre las virtudes morales y las correspondientes virtudes infusas. Si la prudencia adquirida es de plata, la infusa es de oro, y el don de Consejo, superior aún, de diamante.
 
La virtud adquirida facilita el ejercicio de la virtud infusa del mismo nombre y el tonto que la acompaña, como en el pianista la agilidad de los dedos facilita el ejercicio del arte que está en el entendimiento práctico, y el de la inspiración musical.
 
Algunas virtudes cristianas tienen una especial profundidad o elevación por su afinidad con las teologales. La humildad, semejante a los fundamentos que se deben excavar para construir un edificio, nos recuerda esta sentencia del Salvador: "sin mí nada podéis hacer", en el orden de la gracia y de la salvación. Eso mismo nos repiten las palabras de San Pablo: "¿qué tienes que no haya recibido?" "No somos capaces de extraer de nosotros mismos el menor pensamiento provechoso para la salvación". Para ello se necesita una gracia, como para todo acto espiritual.
 
La humildad cristiana nos recuerda aún estas palabras de San Agustín: "no hay culpa cometida por un hombre que no seamos capaces de cometer nosotros mismos", por nuestra fragilidad, si nos encontrásemos en las mismas circunstancias y rodeados de los mismos malos ejemplos desde nuestra infancia. Por eso San Francisco de Asís, lo mismo que otros santos, viendo a un asesino conducido al último suplicio, se dijo a sí mismo: "si este hombre hubiese recibido las mismas gracias que yo, tal vez hubiese sido menos infiel que yo, y si el señor hubiese permitido en mi vida las mismas culpas que mancillaron la suya, hoy me encontraría yo en su lugar". Es necesario dar gracias a Dios por todo el bien que nos ha hecho hacer y por todo el mal que nos ha hecho evitar y que, de otro modo, habríamos cometido. Estas son las profundidades de la vida cristiana.
 
La magnanimidad infusa perfecciona la adquirida y completa la humildad, conservándonos en el equilibrio espiritual. Ponen en tensión nuestro espíritu hacia las grandes metas que Dios nos ha asignado, y las grandes cosas que espera de cada uno de nosotros, aun en las más modestas condiciones sociales, la de un buen servidor, por ejemplo, fiel a su amo toda la vida. Nos hace evitar el orgullo lo mismo que la pusilanimidad, recordándonos que las grandes cosas no se hacen sin humildad y sin ayuda de Dios, que debe solicitarse cada día. "Si Dios no edifica la casa, en vano se fatigan los que trabajan para construirla".
 
La paciencia y la dulzura cristiana, que resplandecen en los auténticos mártires, hacen soportar los dolores de la vida presente con ánimo siempre igual, sin dar entrada a la turbación. La paciencia soporta un mal inevitable por no desviarse del camino recto, por continuar la ascensión hacia Dios. Los mártires son, en sumo grado, amos de sí y libres; en ellos aparece el acto principal de la virtud de la fortaleza, que no consiste tanto en acometer como en soportar las mayores penalidades sin caer en el abatimiento, y rogando por los propios verdugos.
 
La religión, ayudada por el don de piedad, nos lleva a rendir a Dios el culto que le es debido, con el afecto filial que el Espíritu Santo nos insinúa, y una confianza sin límites en la eficacia de la oración y en la bondad de Dios, hasta en el momento en que todo parece perdido.
 
La penitencia nos induce a reparar las ofensas hechas a Dios, en unión con el sacrificio de la Cruz perpetuado en el altar. En un alma celosa de la gloria de Dios y de la salvación del prójimo, surge el deseo de reparar por los pecadores. Como la niña muerta en olor de santidad, en Roma, el 3 de julio de 1937, Antoñita Meo, que tuvo que sufrir, a los seis años, la amputación de una pierna gangrenada;  cuando la madre le preguntó:
 
-si el señor te pide tu pierna enferma, ¿se la darías?
 
-sí, mamá; repuso, añadiendo tras un minuto de reflexión: hay tantos pecadores en el mundo; buena falta hace que alguno haga reparación por ellos.
 
Después de una segunda operación no menos penosa, su padre le preguntó:
 
-¿te duele mucho?
 
-Sí, Papá; respondió. Pero los dolores son como el paño: cuanto más fuerte, más vale.
 
Este espíritu de reparación que anima la vida de los grandes santos introduce las almas en las alturas de Dios. Las virtudes infusas aumentan juntos, en estos santos, hasta que llegan "al estado de hombres tercer, según la medida de la estatura perfecta de Cristo".
 
Además, los siete dones del Espíritu Santo, que nos hacen dóciles a sus inspiraciones, son, en nuestra alma, como si de velas en un barco; mejor aún: como siete antenas espirituales para recibir las inspiraciones de una armonía cuyo autor es Dios.
 
Si la gran perversidad manifiesta la profundidad del alma, las virtudes la revelan más aún, sobre todo las virtudes infusas. Entre ellas, la caridad de aumentar siempre hasta la muerte; sus raíces se entierran cada vez más profundamente en nuestra voluntad para ahuyentar todo egoísmo, todo amor desordenado de nosotros mismos. Esta calidad debería aumentar en nosotros cada día por medio de la santa comunión; más aún, toda comunión debería ser sustancialmente más fervorosa, y con un fervor de voluntad, si no de sensibilidad, que la precedente, y, por tanto, más fructífera, ya que cada una no sólo debe conservar, sino acrecentar en nosotros la caridad, y así disponernos a una mejor comunión para el día siguiente. Así sucede en la vida de los santos, porque ellos no oponen ningún obstáculo a semejante progreso. En ellos se realiza lo que sucede en la parábola del sembrador: "... otros granos de trigo cayeron en tierra buena y produjeron, uno, el ciento; otro, 60, y otro, 30. El que tenga oídos para oír que oiga". De donde se sigue que en el justo fiel a Dios, la edad más hermosa, desde el punto de vista espiritual, es la vejez, la edad en que el mérito llega a su pleno desarrollo, la edad que nos aproxima a la eterna juventud de los cielos.

La profundidad del alma se nos va, pues, manifestando cada vez más. Aún lov eremos mejor, al decir algunas palabras sobre las purificaciones del espíritu, que ya se dan entre los mejores en la vida presente; y luego, al hablar de la vida del alma después de la muerte.

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