martes, 17 de enero de 2012

(2) LA REVOLUCIÓN - Monseñor De Segur.


IV

Quién es el verdadero padre de la Revolución y cuándo nació ésta.

Hay en la Revolución un misterio, misterio de iniquidad que los revolucionarios no pueden comprender, porque sólo la fe puede explicarlo, y a ellos les falta fe.

Para comprender la Revolución, es preciso remontarse hasta el padre de toda rebeldía, el primero que se atrevió a decir y tendrá la osadía, de repetir hasta la consumación de los siglos: Non serviam: “No obedeceré”.

Sí; el padre de la Revolución es Satanás. Es obra suya, comenzada en el cielo, y que viene perpetuándose entre los hombres de siglo en siglo. El pecado original, por el cual nuestro padre Adán se rebeló asimismo contra Dios, introdujo en el mundo, no precisamente la Revolución, pero sí el espíritu de orgullo y de rebeldía, que es su principio: y desde entonces el mal fue aumentando de día en día hasta la aparición del Cristianismo, que lo combatió y obligó a retroceder.

El Renacimiento pagano, más tarde Lutero y Calvino, y en fin, Voltaire y Rousseau, reanimaron el poder maldito de Satanás, su padre; y este poder, favorecido por los excesos del cesarismo, recibió en los principios de la Revolución francesa una especie de consagración, una constitución que no había tenido hasta entonces, y que hace decir con justicia que la Revolución nació en Francia en 1789. “La Revolución francesa, decía en 1793 el feroz Babeuf, no es más que la precursora de otra revolución mucho más grande, mucho más solemne, y que será la última”. Esta revolución suprema y universal que llena ya el mundo, es la Revolución. Por primera vez, después de seis mil años, ha tenido la osadía de tomar a la faz del cielo y de la tierra su verdadero y satánico nombre: la Revolución; esto es, la gran rebeldía.

Tiene por lema, como el demonio, el famoso Non serviam. Es satánica en su esencia, y aspirando a derribar todas las autoridades tiene por fin postrero la destrucción total del reinado de Jesucristo en la tierra. La Revolución, no hay que olvidarlo, la Revolución, es ante todo, un misterio de orden religioso, es el Anticristianismo, como lo hizo constar en su Encíclica de 8 de Diciembre de 1849 el soberano Pontífice Pío IX: “La Revolución es inspirada por el mismo Satanás. Su objeto no es otro que destruir completamente el Cristianismo y reconstruir sobre sus ruinas el orden social del paganismo”. Aviso solemne confirmado al pie de la letra por la Revolución misma. “Nuestro objeto final, dice la Instrucción secreta de la Venta suprema, es el mismo de Voltaire y de la Revolución francesa: el aniquilamiento completo del Catolicismo y hasta de la idea cristiana”.


V

¿Quién es el anti-revolucionario por excelencia?

Nuestro Señor Jesucristo en el cielo, y en la tierra el Papa, su Vicario.

La historia del mundo es la historia de la lucha gigantesca entre los dos jefes de ejército: de una parte, Jesucristo con su santa Iglesia; de la otra, Satanás con todos los hombres que pervierte y reúne bajo la maldita bandera de la rebelión. El combate ha sido terrible en todos los tiempos, y nosotros vivimos en una de sus épocas más peligrosas, que es la de la seducción de las inteligencias y organización de lo que ante Dios no es más que desorden y mentira.

El Papa y la Iglesia, ahora como siempre, se encuentran en la brecha defendiendo la verdad y la justicia, aborrecidos de muerte por los revolucionarios de toda clase, cuyas tramas y proyectos perversos descubren y desconciertan.

Estando para morir, exponía claramente un ilustre Prelado, no ha mucho tiempo de la Revolución contra el Soberano Pontífice. “ El Papa, escribía con mano trémula, tiene un enemigo: la Revolución; enemigo implacable cuyo furor no pueden mitigar los mayores sacrificios y con el cual no hay transacción posible. Al principio sólo pedía reformas; hoy ya no le bastan éstas. Desmembrad la soberanía temporal de la Santa Sede; mutilad la obra admirable que Dios y la Francia establecieron hace más de mil años; arrojad pedazo a pedazo, en manos de la Revolución, todo el patrimonio de San Pedro, y ni con esto habréis satisfecho ni desarmado a la Revolución. La ruina de la existencia temporal de la Santa Sede, más que un fin es un medio para llegar a una destrucción mayor. Lo que se quiere aniquilar es la existencia de la Santa Sede y de la Iglesia, y de tal manera, que ni aún quede de ella vestigio. ¿Qué importa, al fin y al cabo, que la débil denominación cuyo asiento está en Roma y en el Vaticano, quede circunscrita a límites más o menos estrechos? ¿Qué importan Roma y el Vaticano? Mientras que haya sobre la tierra o debajo de ella, en un palacio o en una mazmorra, un hombre ante quien se prosternen doscientos millones de hombres como en presencia del representante de Dios, la Revolución perseguirá a Dios en este hombre. Y si en esta guerra impía no os afiliáis con resolución en el partido de Dios contra la Revolución; si capituláis, los medios con los cuales intentéis contenerla o moderarla, no servirán sino para dar fuerza a sus ambiciones sacrílegas y para alentar más y más sus salvajes esperanzas. Fuerte por vuestra misma debilidad, contando con vosotros, como con sus cómplices, o mejor dicho, sus esclavos, os obligará a seguirla hasta el término de sus abominables empresas. Después de arrancaros concesiones que consternarán al mundo, todavía os exigirá otras que espantarán vuestra conciencia.

“Nada exageramos al hablar así. La Revolución, considerada, no en lo accidental, sino en lo que constituye su esencia, es una cosa con la que nada hay que pueda compararse en la serie de revoluciones por las cuales ha pasado la humanidad desde el origen de los tiempos, y que vemos desarrollarse en la historia del mundo.

“La Revolución es la insurrección más sacrílega que ha podido armar la tierra contra el cielo; es el esfuerzo más titánico que haya intentado el hombre, no sólo para separarse de Dios, sino para ponerse en lugar de Dios”.

La Revolución no ataca al Papa-Rey sino para acabar más seguramente con el Papa-Pontífice. Comprende, como nosotros, que el Papa-Rey es el Papa materialmente independiente e inviolable; y el Papa inviolable es el Papa libre para decir toda la verdad y fulminar su anatema contra los usurpadores y los déspotas, sea cual fuere su poder y jerarquía. La Revolución, que bajo la máscara de libertad e igualdad, no es, en suma, sino el despojo y el despotismo, no puede tolerar la soberanía pontificia, cuya existencia es para ella cuestión de vida o muerte.

El Papa, Vicario de Jesucristo es, pues, el enemigo nato de la Revolución. Los Obispos fieles y los sacerdotes formados según el corazón de Dios, comparten con él esta gloria y este peligro. Viven en medio de los hombres como personificación de la Iglesia y de la ley de Dios; y, por lo mismo, son el blanco del odio revolucionario. El despojo del dominio temporal sería el golpe postrero dado a la última raíz, que, por la propiedad, liga a la Iglesia al suelo de Europa. En 1820 decía a el señor de Bonald: “La religión pública está perdida en Europa sin no tiene propiedad; la Europa está perdida sin no tiene religión pública”.

“Es preciso descatolizar el mundo, escribe uno de los jefes de la Venta Suprema de la alta Italia; para ello basta conspirar contra Roma; la Revolución en la Iglesia es la Revolución permanente, y la destrucción segura de los tronos y dinastías. No se confunda con otros proyectos la conspiración contra la Sede romana”.

Los verdaderos católicos, fieles discípulos de Jesucristo, agrúpanse alrededor del Papa, de los Obispos y de los sacerdotes, para “combatir el buen combate y conservar la fe”. Cada uno se esfuerza en rechazar al enemigo y hacer triunfar la buena causa por medio de las obras buenas, por la oración, la palabra y la polémica, y en fin, por todos los medios legítimos de influencia, formando así el y, al mismo tiempo, imponente ejército de Jesucristo. El gigante revolucionario se promete aplastarlo, como en otro tiempo Goliat enfrente de David; pero Dios está con nosotros, y nos dice: “No temáis, pequeña grey, porque es voluntad de vuestro Padre daros la victoria”. Marchemos, pues, y tengamos valor.

Jóvenes, tenéis señalado vuestro puesto en nuestras filas. Apresuraos, corred y traed a vuestro divino Maestro el óbolo de vuestra fidelidad naciente. En tiempos como los presentes, todo cristiano debe ser soldado, y Jesús, al reunirnos bajo la sagrada bandera de su Iglesia, nos dice: Qui non est meccum, contra me est: “Quien no está conmigo, está contra Mí”. (Luc. XI. 23),


VI

¿Hay conciliación posible entre la Iglesia y la Revolución?

No; como no la hay entre el bien y el mal, la vida y la muerte, la luz y las tinieblas, el cielo y el infierno. Veámoslo:

“La Revolución, decía poco ha una logia italiana de carbonarios, en un documento secreto, sólo es posible con una condición: la desaparición del Papado; mientras que Roma exista, toas las conspiraciones del extranjero y las revoluciones de Francia no tendrán sino resultados muy secundarios. Aunque débiles como poder temporal, los Papas tienen todavía fuerza moral inmensa. Contra Roma, pues, deben dirigirse todos los esfuerzos de los amigos de la humanidad. Con tal de destruirla, todos los medios son buenos. Una vez derribado el Papa, caerán por sí mismos los demás monarcas”.

“Es preciso, dice por su parte Edgar Quinet, que caiga el Catolicismo. ¡No hay tregua para el Injusto! No queremos únicamente refutar el papismo, sino extirpalo; y no sólo extirparlo, sino hundirlo en el fango”. “En nuestros consejos está decidido, dice la Venta suprema, no más cristianos”. Ya había dicho antes Voltaire:  “¡Aplastemos al INFAME!” y Lutero “¡Lavemos nuestras manos en su sangre!”

La Iglesia proclama los derechos de Dios como principio tutelar de la moralidad; la Revolución no habla sino de los derechos del hombre, y constituye una sociedad sin Dios. La Iglesia toma como base la fe y los deberes cristianos: la Revolución prescinde del Cristianismo; no cree en Jesucristo, se separa de la Iglesia y se forja no sé que deberes filantrópicos, cuyo cumplimiento sin sanción divina, se espera del orgullo del hombre de bien y del miedo a la policía. La Iglesia enseña y sostiene los principios del orden, de autoridad, de justicia; la Revolución los combate, y con el desorden y la arbitrariedad constituye lo que se atreve a llamar el derecho nuevo de las naciones; la civilización moderna.

El antagonismo es completo entre la obediencia y la rebeldía, entre la fe y la incredulidad, ninguna conciliación, transacción, ni alianza es posible. 1 Quede bien impreso en vuestra memoria: la Revolución odia todo lo que no ha creado, y destruye todo lo que odia. Si le entregáseis hoy el poder absoluto, a pesar de sus protestas, sería mañana lo que fue ayer y lo que será siempre: la guerra a muerte contra la religión, la sociedad y la 2familia. Y no diga que hablando así la calumniamos, ahí están sus palabras y sus obras para probarlo. Recordad lo que hizo en 1791 y 93 cuando fue dueña del poder.

En esta lucha uno de los dos partidos quedará vencido tarde o temprano, y éste será el de la Revolución. Puede ser que parezca triunfar por algún tiempo; podrá ganar victorias parciales, primero, porque la sociedad, de cuatro siglos acá, ha cometido en toda Europa enormes faltas que le atraen un justo castigo; y luego, porque el hombre es siempre libre, y la libertad, aún cuando se abuse de ella, constituye un gran poder. Pero tras el Viernes Santo viene siempre el Domingo de Pascua; y el mismo Dios, verdad infalible, ha dicho al Jefe visible de su Iglesia: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; y  los poderes del infierno no prevalecerán contra ella”.



VII

¿Cuáles son las armas de la Revolución?

La Revolución misma lo ha dicho y probado repetidas veces: “Para combatir a los príncipes y a los beatos, todos los medios son buenos: todo está permitido para anonadarlos: la violencia, la astucia, el fuego y el hierro, el veneno y el puñal: el fin santifica los medios”2 Con objeto de atraer a todo el mundo a su causa, se hace de todo para todos. A fin de pervertir a los cristianos y extirpar el espíritu católico, se sirve de la educación, que falsea; de la enseñanza, que emponzoña; de la historia, que falsifica; de la prensa, de que hace el uso que todos sabemos; de la ley, con cuyo manto se cubre; de la política, a la que inspira; y por fin, hasta su apariencia para seducir a las almas. Se sirve de las ciencias, y encuentra medio de rebelarlas contra el Dios de las ciencias; se sirve de las artes, y éstas bajo su letal influencia, producen la perversión de las costumbres públicas y la deificación de la sensualidad.

A Satanás, con tal que logre su objeto, poco le importan los medios. No es tan delicado, como se cree, ni tampoco lo son sus amigos.

Sin embargo puede decirse que el carácter principal de los ataques de la Revolución contra la Iglesia es el de la audacia para mentir. Por la mentira disminuye el respeto al Papado; vilipendia a los Obispos y sacerdotes; bate en brecha las instituciones católicas más venerandas, y prepara la ruina de las sociedades. Por la mentira cínica y perseverante fascina y seduce a las masas, siempre poco instruidas y menos acostumbradas a sospechar  de la buena fe de sus aduladores. De mil personas seducidas por la Revolución, novecientas noventa y nueve son víctimas de esta táctica odiosa y maldita. ¡Miserables seductores de los pueblos, que ponen al servicio de la mentira las energías que Dios les concediera para hacer el bien en la sociedad! Hijos de la Revolución, no temen llamar mal al bien, y bien al mal; sobre ellos cae aquel terrible anatema; Vae qui dictis malum bonum el bonum malum! Vae genti insurgente super genus deum! “¡ Ay de la raza que se levanta contra mis hijos!”

Pero ¿es posible que la Revolución sea tan perversa? ¿Es cierto que conspira de tal suerte contra Dios y contra los hombres? Escuchad sus propias confesiones; oíd sus proyectos dignos del infierno.

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