lunes, 28 de noviembre de 2016

Sobre unas palabras de santa Catalina de Siena

Compartimos aquí un párrafo de santa Catalina de Siena en el cual señala una profunda relación entre el conocimiento de nosotros mismos y el conocimiento de Dios. He aquí el texto:

«En la celda de conocimiento de sí, donde comprende su miseria, por haber visto con el entendimiento sus defectos y que no tiene existencia por sí mismo. Lo ha visto de verdad, cuando el hombre conoce y reconoce la bondad de Dios en sí. Si se conociese únicamente a sí mismo, no poseería un conocimiento fundado en la verdad y no sacaría el fruto que se debe de ese conocimiento de sí. Más bien perdería que ganaría, pues de él sacaría sólo hastío de sí mismo y turbación, por lo cual el alma se secaría y, siguiendo el hastío en él, llegaría a la desesperación. Si quisiese, por el contrario, conocer a Dios sin conocerse a sí mismo, obtendría el maloliente fruto de una gran presunción. Esta es alimentada por la soberbia, y una alimenta a la otra. Es necesario, por tanto, que la luz vea y conozca de veras, y que el conocimiento de sí se perfeccione con el de Dios, y el de Dios con el conocimiento de sí mismo»

Las siguientes palabras pertenecen al profesor Eudaldo Forment, con las cuales comenta el pasaje de santa Catalina:

La verdad del conocimiento de sí, por tanto, debe estar conexionada con el conocimiento de Dios. Sí falta este último, se cae en el desaliento e incluso en la desesperación. En cambio, el mero saber de Dios, por la dificultad que implica, puede llevar a la soberbia”.


La idea central la resume muy bien el profesor Forment, ambos tipos de conocimiento deben ir de la mano, porque conocer muchas cosas acerca de Dios, sin conocimiento propio, puede llevar a la soberbia. Y mucho conocimiento propio, sin conocimiento de Dios, puede llevar a la agonía de la desesperación. Digamos unas palabras acerca de esto.

Es célebre la frase aquella que nos han heredado los griegos: “conócete a ti mismo”, que en griego clásico es “γνῶθι σεαυτόν”. Con dicha frase tan famosa los griegos le decían a cada hombre que su tarea principal consistía en dedicarse al autoconocimiento, consagrar sus esfuerzos a penetrar en su santuario interior y escudriñar su subjetividad de tal manera que no quedara ningún rincón sin ser debidamente inspeccionado. Como fruto de tal tarea de autoconocimiento el hombre se haría más señor de sí mismo, dueño de su ser y de su actuar, y alcanzaría por ello mismo un señorío que le otorgaría una nobleza superior, viviría racionalmente, conscientemente.

Tal actividad reflexiva conllevaba ciertos peligros, obviamente. En primer lugar cabría la posibilidad de que el hombre se formara de sí mismo una idea equivocada, es decir, que en ese proceso de autoconocimiento errara el camino y terminara convirtiendo en realidades sus caprichos, como el feo que se mira al espejo y se ve hermoso. De tal equivocación podrían derivarse múltiples consecuencias: si la idea que de sí mismo se formara se apartaba de lo real por verse peor de lo que en realidad es, se corría entonces el peligro de caer en el pesimismo existencial, una especie de agonía continua y pesadumbre por la condición humana. Se multiplicarían entonces los lamentos sobre la humanidad y su miserable condición, se vería negro el panorama. Pero si la idea que de sí mismo se formara se apartaba de lo real por verse mejor de lo que en realidad es, se corría entonces el peligro de caer en un vano optimismo existencial, una borrachera de grandeza que llevara a los hombres a percibirse a sí mismos poco menos que como dioses, dignos de toda alabanza y gloria. Ambas posturas se encuentran perfectamente representadas en la historia del pensamiento, pesimismos existenciales y vanos optimismos cuasi deificantes.

Lo que le faltaba a la fórmula griega era el conocimiento de Dios. Ya san Agustín en una de sus célebres frases (san Agustín fue el genio de las frases profundas e inteligentes), había señalado que solo le interesaba conocerse y conocer a Dios, exclamaba con sencillez: ¡noverim me, noverim Te!, como diciéndole a Dios ¡que me conozca y que te conozca! A nada más aspiraba.

La grandeza de Dios viene a revelar la verdadera naturaleza de los seres humanos: no somos tan grandes e importantes como nuestras fantasías pudieran sugerirnos, puesto que todo lo que somos, desde la existencia misma, nos viene dado por Dios, es un regalo de sus manos, por Él lo tenemos y a Él cuentas rendiremos de la administración de dichos dones. Pero tampoco somos tan poquita cosa, como han especulado los pesimistas de todas las épocas, somos criatura de Dios, hechura de sus manos, y por revelación nos sabemos llamados, mediante el mérito y la gracia, a participar un día de su misma vida en la eternidad, viéndolo cara a cara y conociéndolo como Él se conoce.

De manera que el conocimiento de Dios equilibra la visión que podamos tener de nosotros mismos, es complemento necesario para no caer ni en la soberbia ni en la desesperación.

Y también podría decirse que lo mismo vale para todo conocimiento, no solo para el de nosotros mismos. Ya que ha sido desde siempre una enseñanza común en la tradición católica aquella que afirma que la mucha ciencia, sin conocimiento de Dios, puede envanecer y volver soberbio y altivo al corazón del hombre. Llámense ciencias de laboratorio, ciencias sociales, ciencias ‘duras’, teología, filosofía, etc., en todas ellas el hombre que a ellas se dedica, apartado del recto conocimiento de Dios, puede caer en la soberbia y creerse más de lo que en realidad es. Y equivocarse en la apreciación de uno mismo es el inicio de muchos males.

Lo vemos a diario en los ‘académicos’, ‘intelectuales’, ‘científicos’, ‘especialistas’, ‘doctores’, ‘catedráticos’, etc. Muchos de ellos enceguecidos por la imagen que se han formado de sí mismos, ignorantes de todo conocimiento de Dios, van por la vida hinchados de soberbia y se diría que esperan la veneración del género humano debida a su innegable ‘grandeza’. Están inflados de aire, y como el rey de la fábula, caminan desnudos.

El antídoto contra esa dañosa actitud está en el humilde reconocimiento de nuestra radical dependencia de Dios, de Él todo lo hemos recibido, comenzando por la existencia misma. De gran utilidad es en este punto la meditación de la doctrina de la creación de todas las cosas por Dios, la cual en santo Tomás de Aquino se encuentra entretejida con sus consideraciones acerca del acto de ser, el ‘actus essendi’, participación gratuita dada por Dios, el único Ser Subsistente, el ‘Ipsum esse subsistens’, único que a nada ni a nadie debe su existencia, y a quien todo lo demás debe la propia, incluidos nosotros los hombres.

Para terminar transcribimos aquí un bello párrafo del libro de la ‘Imitación de Cristo’, que debiera estar en la mesita de noche de todo hombre deseoso de mantener los pies sobre la tierra:

“Quid prodest tibi alta de Trinitate disputare, si careas humilitate, unde displiceas Trinitati? Vere alta verba non faciunt sanctum et iustum, sed virtuosa vita efficit Deo carum. Opto magis sentiré compunctionem, quam scire eius definitionem. Si scires totam Bibliam et omnium philosophorum dicta, quid totum prodest sine caritate et gratia? Vanitas vanitatum et omnia vanitas, praeter amare Deum et illi soli servire. Ista est summa sapientia, per contemptum mundi tendere ad regna coelestia”.

¿Qué te aprovecha disputar altas cosas de la Trinidad, si careces de humildad y así desagradas a la misma Trinidad? Por cierto las palabras cultas no hacen santo ni justo, es la virtuosa vida la que hace al hombre amable a Dios. Más deseo sentir la contrición, que saber definirla. Si supieses la Biblia de memoria, y los dichos de todos los filósofos, ¿de qué te serviría todo sin caridad y gracia de Dios? Vanidad de vanidades y todo vanidad, sino amar y servir a solo Dios. Esta es la suma sabiduría, mediante el desprecio del mundo ir a los reinos celestiales.


Leonardo Rodríguez V.

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