miércoles, 9 de octubre de 2013

Parte 4: Catecismo de la encíclica "immortale Dei" del Papa León XIII




FILÓSOFO.—Aquí me tenéis, como siempre, á vuestra disposición. Si mal no recuerdo, quisisteis que hablásemos sobre elecciones de diputados y Presidente de la República. Espinosa es la materia, pero esto no me arredra, si me quitáis un escrupulillo de conciencia; que yo, aunque filósofo, no dejo de tener los míos. El único objeto de nuestras conferencias es explicar la doctrina de la Encíclica Immortale Dei. Decid, pues, ¿qué relación hay entre dicha doctrina pontificia y las elecciones?

ECUATORIANO.—Estrechísima, querido amigo; porque si un pueblo puede escoger y tomar cualquiera forma política de gobierno, no debe nunca desentenderse de las condiciones naturales con que la Iglesia limita esta libertad, cuales son la legitimidad del título y la aptitud de la forma adoptada para obrar eficazmente el provecho común de todos. Ahora bien, ¿concebís que en un país católico y republicano puedan salvarse las condiciones dichas con una elección desatinada, apasionada y violenta de diputados, senadores y presidentes? Os suplico que fijéis la atención en todo el alcance de esta pregunta.

Si sólo la ignorancia, la pasión y la violencia presiden al ejercicio del derecho de sufragio, imposible es que las leyes y gobiernos que de tal sufragio resulten posean la aptitud necesaria para obrar eficazmente el provecho común de todos.

Por consiguiente un pueblo que acepta las doctrinas pontificias como norma práctica de su conducta pública y privada, debe por el mismo hecho instruirse bien en todo aquello que las mismas doctrinas suponen.

F.—Nada tengo que oponer á tan juicioso razonamiento. Hablemos, pues, de elecciones: y para proceder con algún orden, suplícoos me digáis: ¿qué enseñan los teólogos y moralistas acerca de la obligación de conciencia que tienen los ciudadanos de una república de dar su voto en las elecciones de diputados, senadores y presidentes?

E.—Para satisfacer con acierto á esta pregunta, cedo la palabra á un hábil teólogo español cuyas doctrinas fueron invocadas por los Prelados del Ecuador en la conocida Pastoral colectiva sobre el liberalismo. Por regla general, dice este teólogo, en un gobierno legítimo los ciudadanos están obligados, por caridad y justicia legal, al ejercicio del derecho de sufragio, siempre que sin daño propio pueden con su voto impedir la elección de una persona indigna, y no interviene causa alguna que legitime su abstención. Esta obligación es grave por su naturaleza, pues lo es la materia sobre que versa; porque nadie ignora cuantos males pueden y suelen seguirse de una mala elección. Esta es la sentencia común de los moralistas.

F.—Paréceme ella muy razonable: pero en su aplicación entreveo alguna dificultad.

E.—La hay en efecto. Los principios universales en su aplicación al orden concreto siempre tropiezan en dificultades que los modifican más o menos. Acaece esto aun en las fórmulas de física matemática. Para aplicar, pues, debidamente la regla antedicha debemos considerar dividido un pueblo en tres grupos de ciudadanos: Hombres de grande influencia; hombres de alguna influencia; hombres de escasa ó ninguna influencia. Corresponden al primero los hombres públicos, los de elevada posición social, los que han figurado mucho en la escena política, los jefes de partido y sus principales agentes, los que gozan de muy alta estimación y aprecio en la sociedad, los que son muy conocidos por su pericia y versación en los negocios públicos. Sin duda estas personas tienen grande influencia. Corresponden al segundo grupo todos los nobles, los propietarios, la gente ilustrada, las personas que ocupan en la sociedad, si no los primeros puestos, á lo menos los secundarios. Todas estas personas tienen alguna influencia. Corresponden al tercer grupo los artesanos, labradores del campo y la gente humilde y no ilustrada.

F.—Me agrada esta enumeración: sois muy ingenioso; pero no alcanzo adonde vais á parar con ella.

E.—Voy derecho á resolver la dificultad que acabáis de proponerme. Los hombres del primer grupo, por lo mismo que tienen grande influencia, por lo mismo que de ellos depende el éxito de las elecciones populares y la suerte de la patria, están más estrechamente obligados bajo pena de pecado mortal y de condenación eterna á impedir, no sólo con su voto, sino con los de todos los ciudadanos sobre quienes tienen dicha influencia, la elección de una persona indigna. Sólo cuando el éxito fuese imposible, ó amenazasen gravísimos perjuicios y vejámenes á quienes interviniesen en las elecciones, sería excusable la abstención. Dígase otro tanto de los hombres del segundo y tercer grupo; con la única diferencia de que para excusar de pecado su no intervención en el sufragio, bastan razones proporcionadas á su condición respectiva. Esta es la regla general de los moralistas.

F.—Muy justa me parece esta regla general de los moralistas: pero ¿quiénes son las personas indignas cuya elección debe evitarse é impedirse á todo trance? Hoc opus, hic labor est. En mi sentir apenas hay problema social de más difícil y delicada solución que éste, en que se debe determinar la dignidad ó indignidad de las personas que se proponen á la elección del pueblo.

E.—Ciertamente el negocio es tan arduo y complicado, que yo desistiría de tratarlo, si un deber imperioso de conciencia no me obligase á responderos en nombre de la razón y de los eternos principios de justicia. Calor de las pasiones, intereses de partido, errores talvez involuntarios, olvido de lo pasado, falta de previsión ... . y qué sé yo cuántas otras causas extravían el juicio del entendimiento y predisponen la voluntad de todo el pueblo contra los más seguros dictámenes de la moral y de la conciencia; y, cosa por cierto muy triste, si todos conocen especulativamente muchos principios y dictámenes razonables, si todos alientan en el pecho aspiraciones nobles á labrar la ventura de la patria; acaece en la práctica que cada una de las facciones opuestas piensa que ella está en lo justo y debe triunfar á todo trance.

F.—¿ Y cómo os parece que podrían evitarse estas inconsecuencias?

E.—No hallo otro remedio que enseñar al pueblo é inculcar de mil modos las normas directivas de su conducta en las elecciones; hasta obtener de él que ni sea sorprendido por el engaño, ni extraviado por el interés y las pasiones de una política turbulenta. Y para hablar en concreto, nadie me negará que en un pueblo unánimemente católico y sensato, cuatro deben ser las condiciones ó prendas de que ha de estar adornada una persona verdaderamente digna de la confianza general para ocupar una curul en las cámaras ó para regir los destinos del país: religión; moralidad; aptitud; verdadero desinterés y patriotismo.

F.—Muy bien merece vuestra respuesta que nos detengamos en su declaración. Decidme, pues, ¿por qué han de ser hombres de fe el legislador y el Presidente de una República ?

E.—Porque la religión es la base y fundamento de las sociedades humanas, como  han reconocido los mismos filósofos del paganismo de acuerdo con el instinto universal de todas las naciones. Y como la Religión Católica es la única verdadera, sigúese que ella es también la única verdadera base y fundamento de las mismas sociedades. Por tanto un hombre sin fe especulativa ni práctica, un hombre hostil a la Iglesia, á su jerarquía, á sus instituciones, prelados y ministros; un hombre que hace alarde de profesar doctrinas reprobadas por la Santa Sede, como la libertad de pensamiento, de conciencia, de la prensa; un hombre afiliado en sociedades secretas, indiferente en materia de religión, que no da culto alguno á Dios y traspasa habitualmente los mandamientos del Señor y de la Iglesia, un hombre que escandaliza á sus semejantes con palabras y acciones que combaten abiertamente el dogma y moral evangélicos, es sin duda indigno de la confianza de sus conciudadanos, quienes en ningún caso debieran consentir en ser por él representados en las cámaras, mucho menos gobernados.

F.—Tenéis mucha razón. Un gobierno, un pueblo debe mirar á los impíos como á sus mayores enemigos. He leído los sabios de la antigüedad, y he llegado á persuadirme de que cuando la Iglesia inculca á los pueblos y á los gobiernos la necesidad de la religión, no aboga tanto en favor de sus propios intereses, como en pro de la conservación, prosperidad e incremento de los mismos pueblos. Pagano era Platón, y sin embargo en su libro "De legibus" decía: "El desconocimiento del verdadero Dios es la peste más peligrosa de todas las repúblicas....

Quitar la religión es destruir en sus fundamentos toda sociedad humana El temor de Dios es el apoyo de la equidad, de donde dependen las buenas leyes: así pensaban de la Religión los hombres grandes de la antigüedad, los cuales la consideraban como base y fundamento del cuerpo político." Pagano era Cicerón, y sin embargo en una de sus oraciones contra Verres decía: "La Religión todo lo pone en movimiento. Es como alma del cuerpo político; es un freno que contiene al pueblo, y modera la autoridad del Soberano." Y el mismo orador y filósofo atribuía los felices sucesos de las armas romanas más á su piedad que á su valor. "Nosotros, decía, hemos vencido y sujetado las naciones más bien por la piedad y religión, que por el valor y la política." Paganos eran Valerio Máximo y Floro, y sin embargo ellos nos enseñan que una de las máximas de los romanos era que la Religión debía de ser preferida á todas las cosas, y que aun en las mayores urgencias debía tener la preferencia sobre lo más estimado.... Y Plinio el joven en su brillante panegírico de Trajano afirma que los hombres nada emprenden con sabiduría y prudencia sin las luces y auxilios de un Dios inmortal, que por eso la oración debe preceder á todas nuestras acciones.

¿Qué más, amigo mío? Horacio, el epicúreo Horacio, poseído del mismo espíritu, atribuía todas las infelicidades que afligían en su tiempo el imperio romano, al desprecio que se hacía de la Religión. Escuchad dos estrofas de una de sus odas:

Romanos, las maldades
De padres expiaréis endurecidos,
Mientras de las deidades
No reparéis los templos derruidos,
Y de Júpiter sumo
Los simulacros que ennegrece el humo.
Si dueños sois del mundo,
Es porque á Jove veneráis por dueño,
El principio fecundo
El de todo es y el fin: su justo ceño
Sobre la triste Hesperia
Qué no envió de llanto y de miseria!....

Tal es el lenguaje de filósofos, oradores y poetas gentiles; así se expresa la razón humana cuando no está obscurecida por el humo denso de las pasiones. Pero hoy se piensa, y se habla, y se escribe, y se hace de otro modo; y pueblos y gobiernos, en medio y á pesar de los resplandores de la divina revelación, rebeldes á la luz, pretenden vanamente sacudir el yugo que les impuso Dios, y corren ciegos á perderse en la profunda sima que ha abierto á sus pies la apostasía y el ateísmo. Observad, amigo mío, la condición tristísima de tantos pueblos, en otro tiempo grandes y poderosos, porque fueron católicos. Temerosa maldición pesa sobre su política hostil á la Iglesia: perdido han los pueblos el secreto de la paz, el prestigio de la autoridad, el respeto de las leyes, el criterio de la conciencia, el estímulo de la virtud y el freno de las pasiones. ¡Dichosos la nación y el gobierno que se conservan fieles á Dios, porque descenderán sobre ellos las bendiciones que otros pueblos y gobiernos con impía y negra ingratitud rechazan!

E.—Os estrecho la diestra, amigo mió, porque corroboráis con tanta erudición y elocuencia las salvadoras doctrinas de la Iglesia.

F.—No hago sino lo que debo: porque la razón y la verdadera filosofía no pueden, sin desmentirse y suicidarse, combatir las luces superiores de la fe y de la revelación divina. Mas, volviendo á nuestro asunto, ¿cuál es, después de la religión, la segunda prenda de que deben estar adornados los legisladores y gobernantes de una república?

E.—La moralidad. Evidentemente en la vida social y política el decoro público, la dignidad de una legislatura y del gobierno, la majestad de las leyes, la severidad de la justicia, el vigor de la autoridad, el voto unánime y la aspiración común de un pueblo religioso y culto, no consienten ni pueden consentir en verse representados por hombres notoriamente viciosos y corrompidos. La mayor calamidad y desdicha de una nación es tener sobre sí triunfante el vicio, y postrados á sus pies la virtud y verdadero mérito: y la prevaricación más lamentable de un pueblo es ser él mismo autor y causa de tal calamidad y desdicha.

F.—Tan cierto es lo que decís, que me he llegado á persuadir, ha mucho tiempo, que ese malestar de muchas repúblicas, ese estado normal y permanente de guerra civil que las va debilitando y extenuando hasta matarlas y aniquilarlas, no es, bajo el gobierno oculto de la divina Providencia, sino la acción y reacción violenta de los vicios de los gobernados contra los vicios de los gobernantes. Dios castiga el pecado con el pecado.

E.—-Muy de acuerdo esta lo que decís con nuestro gran Libro de las divinas revelaciones. Formidables son por todo extremo las amenazas que hace Dios á las ciudades y repúblicas prevaricadoras, representadas por la infortunada Jerusalén y por Judá. En el capítulo tercero de la profecía de Isaías, leemos las palabras siguientes que deberían grabarse con caracteres indelebles en la mente y corazón de los pueblos católicos y explicarse con mucha puntualidad y celo en las asambleas de los fieles. "Hé aquí, dice el Profeta, que el Soberano Señor de los ejércitos privará á Jerusalén y á Judá, (es decir á las ciudades y pueblos corrompidos), de todos los varones robustos y fuertes, de todo sustento de pan y de todo sustento de agua; del hombre esforzado y guerrero, del juez y del profeta, y del anciano; del capitán de cincuenta hombres, y del varón de aspecto venerable, y del consejero y del artífice sabio, y del hombre prudente en el lenguaje místico. Y les dará por príncipes muchachos, (no por la edad, sino por falta de juicio, como los escribas y príncipes de los sacerdotes en los últimos tiempos de la república hebrea), y serán dominados por hombres afeminados. Y el pueblo se arrojará con violencia hombre contra hombre, y cada uno contra su prójimo. Se alzará el joven contra el anciano, y el plebeyo contra el noble. Sucederá que uno asirá por el brazo á su hermano, criado en la familia de su padre, diciéndole: Oyes , tú estás bien vestido, sé nuestro príncipe, ampáranos en nuestra ruina. Él entonces le responderá: Yo no soy médico; y en mi casa no hay qué comer ni con qué vestir: no queráis hacerme príncipe del pueblo. Pues se va arruinando Jerusalén y se pierde Judá: por cuanto su lengua y sus designios son contra el Señor, hasta irritar los ojos de su majestad. El semblante descarado que presentan da testimonio contra ellos: pues como los de Pentápolis, hacen alarde de sus pecados, ni los encubren: ¡Ay de su alma de ellos! porque se les dará el castigo merecido.

F.—Esto es asombroso, esto es divino, esto tiene todo el carácter de una inspiración verdadera, Non mihi si linguae centum sint, oraque centum; si yo tuviese cien lenguas y cien bocas, no bastarían ellas para ponderar debidamente toda la significación y alcance de las palabras que acabo de escuchar. ¿Qué haríamos, amigo mío, para que los hombres se dignasen fijar en ellas su atención? Si no me equivoco, esto escribió Isaías 30 años antes de la fundación del imperio romano, 800 años antes de Jesucristo, y muy cerca de 27 siglos antes de nosotros; y no obstante, hoy, las palabras del profeta ofrecen á la consideración del filósofo el cuadro más fiel y exacto de la situación de la sociedad contemporánea. Falta de hombres, miseria pública, comunismo, socialismo, guerra civil y discordia profunda, horrorosa de los hombres entre sí... . Tales son las dolencias peligrosas que en la vida práctica aquejan á los pueblos modernos, encubiertas más ó menos con el nombre especioso de civilización y progreso.

Dinastías moribundas, monarquías decrépitas, repúblicas enteramente niñas, incapaces de constituirse definitivamente, pueblos ingobernables, bandos y facciones, inquietas y turbulentas... todos, todos claman en el día del peligro con el paralítico del Evangelio junto á la piscina: hominem non habeo:  "¡No tenemos hombres! "—Y lo peor del caso es que esta falta de hombres pretenden llenarla todas las ambiciones, porque en faltando un hombre, todos quisieran mandar y ninguno obedecer. De un lado auméntanse sin medida las necesidades ficticias, y de otro disminúyense á porfía los medios de satisfacerlas; crecen las codicias, y mueren la actividad y el trabajo en el seno de la disolución y de la inercia; y la tierra, justamente avara, esconde en sus entrañas el ídolo del siglo: ¡el oro! De aquí la pobreza y miseria públicas que en tantos pueblos lánzanse desesperadas á todos los horrores del comunismo, socialismo y nihilismo, enemigos formidables de la sociedad, que agitan sin cesar la tea infernal de la discordia, y arrastran el carro sangriento de una guerra sin tregua sobre las ruinas y escombros de pueblos entregados al frenesí de pasiones nunca satisfechas. Pregúntoos, amigo mío, ¿no es esto lo que quiso decirnos Isaías en las palabras que acabáis de citar, de su maravillosa profecía?

E—Ni más, ni menos: vuestra interpretación es fidelísima, y ella nos manifiesta que la supresión de la conciencia humana en la vida civil y política de los hombres es la ruina de los pueblos. El hombre es naturalmente religioso y moral: de donde resulta que la impiedad y corrupción le colocan necesariamente en condiciones opuestas á la naturaleza, y por lo mismo mal seguras y violentas. Y en prueba de ello ¿dónde campean más descaradas la impiedad y corrupción de los hombres? Allá en las regiones de la vida pública y política. ¿Y dónde están hombres y pueblos más expuestos á horrorosas incertidumbres y violencias? Allí mismo, allí en las regiones de la vida pública y política.


F.—No hay remedio: allí donde se conserva el elemento moral y religioso, allí alumbra risueño el astro de la esperanza: y donde se ha proscrito la conciencia, se extienden pavorosas las sombras de la muerte. Me parece, pues, necesario hablar en otra conferencia del elemento moral de la vida civil y política, para obtener el fin que nos hemos propuesto.

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