sábado, 12 de octubre de 2013

Parte 7: Catecismo de la encíclica "immortale Dei" del Papa León XIII




FILÓSOFO.—Asegurada estaría en gran parte la ventura de los pueblos, si tuviesen siempre á la cabeza hombres religiosos, probos y aptos para el gobierno: pero, si no me engaño, señalasteis en una de nuestras conferencias anteriores otra prenda: ¿cuál era?

ECUATORIANO.—Sin duda la religión, probidad y aptitud, bien comprendidas, abrazan todas las cualidades que se pueden apetecer en los hombres públicos: mas como no todos tenemos ideas claras y distintas de las cosas, juzgué necesario indicar en concreto otra cuarta condición que deben considerar los pueblos en tiempo de elecciones: esta es, el patriotismo, el amor desinteresado de la patria.

F.—Os sobra, amigo mío, razón para ello. Hoy en día el verdadero patriotismo es como el fénix, rara avis. Conozco el mundo, y la experiencia me enseña una cosa muy triste, á saber, que especialmente en los pueblos republicanos escasean más los patriotas entre los hombres y partidos que se disputan el poder, que en las clases sociales libres de la ambición y del interés. Cuando oigo tantas promesas como hacen los ambiciosos al pueblo, sin quererlo me vienen á la memoria las palabras de Virgilio contra el funesto caballo de Troya: Timeo Danaos, et dona ferentes: temo á los griegos en sus mismas dádivas. Cosa cruel es verse condenado un hombre al escepticismo en esta materia, y á haber de admitir, velis nolis, la distinción profunda entre patriotas y patrioteros; término, este segundo, que aunque no corre en el diccionario de la lengua, le hallamos sin embargo muy expresivo, y le entendemos perfectamente en el vocabulario de los pueblos anárquicos.

E.—Lo peor del caso es que en Europa esta miseria es el mayor descrédito de las repúblicas hispano americanas. Luis Veuillot, en su famoso editorial sobre García Moreno, decía hablando de los presidentes de la América del Sur: "Acontece de ordinario que los presidentes en su gobierno no hacen más que atesorar, remitir los fondos á Europa, é ir luego á disfrutar de ellos: por lo demás, son hombres sin crédito alguno ... . " ¿No es esto sobre toda vergüenza vergonzoso, y sobre toda indignidad indigno? Y si tanto dijo el publicista francés hablando de los jefes de partido; ¿qué no pudiéramos añadir nosotros, testigos inmediatos, oculares de tantas miserias de los subalternos, agentes, aduladores, en una palabra, de todos aquellos que en cada cambio de gobierno no aspiran más que al medro personal, aunque sea á costa dé los más vitales intereses de la nación?

F.—Ciertamente el vil egoísmo y rastrero interés de los caudillos y de las facciones es la verdadera causa del abatimiento y postración de muchos pueblos republicanos. Nunca serán ellos prósperos y grandes, si no se esfuerzan en levantar el espíritu patriótico, poniendo á la cabeza hombres de conciencia, desinteresados y generosos. "El Senado de la República Romana, dice Valerio Máximo, se distinguía por la fidelidad y sabiduría de sus decretos; el secreto de sus deliberaciones le hacía impenetrable. Los que eran admitidos en él, lo primero que hacían era despojarse del interés particular, por considerar sólo el bien público" Por esto, como observa Floro, los Embajadores de Pirro, habiendo sido despedidos de Roma con sus regalos, que la integridad romana no quiso admitir, les preguntó este Príncipe qué habían observado en esta famosa ciudad; y respondieron que "Roma les había parecido un templo, y el Senado una asamblea de Reyes." ¡Cuán otra sería la suerte de muchas de nuestras repúblicas, si sus legisladores fuesen como los senadores romanos!

Lo que digo de los legisladores debe con más razón entenderse de los Jefes del Estado: porque como sabiamente dice Platón, "el bien público es el fin de todo buen gobierno;' ' y como observa Jenofonte, no se han instituido los príncipes y jefes de los pueblos para pasar una vida dulce y voluptuosa, sino para procurar á los gobernados una vida feliz y honrosa. El mayor elogio que se puede hacer de un Rey ó Presidente es el que hizo Plinio del Emperador Trajano en estos términos: "Aborrecéis vuestra propia salud, si no está unida á la de la República: no podéis sufrir que se dirijan votos al cielo á favor vuestro, si no son útiles también á los mismos que los hacen." ¡Bello elogio! Felices los pueblos gobernados por hombres tan nobles y generosos! Hoy, amigo mío, muy pocos pueden merecer esta alabanza; muy pocos pueblos tienen esa felicidad. La tuvo el Ecuador mientras vivió García Moreno: ese héroe cristiano mereció al pie de la letra el panegírico de Plinio, concebido en favor de Trajano más bien por la adulación y la lisonja que por la verdad y el mérito.

E.—No me habléis, amigo, de García Moreno; porque su sólo nombre conmueve mi corazón hasta derramar abrasadoras lágrimas. Aun no sabe el Ecuador lo que perdió, lo va entendiendo más y más cada día.... pero le falta mucho, mucho, mucho por entender. Si el Ecuador, tirando por otro camino, consuma su prevaricación, y se despeña en el precipicio de una política opuesta á los principios de su Regenerador; conocerá lo que perdió en el héroe, cuando se agite moribundo en el abismo de su completa ruina. Si el Ecuador, aleccionado con dolorosas experiencias, vuelve al derrotero que le señaló en vida el dedo de su inmortal caudillo, le ensalzará gozoso cuando, merced al impulso que le dio, domine triunfante las cimas luminosas de la prosperidad y de la gloria.

Pero volvamos, si os parece, á nuestra Encíclica "Immortale Dei" y confirmemos todo lo que llevamos dicho en las precedentes lecciones con la autoridad de la palabra pontificia.

F.—Que me place, y tanto más, cuanto éste fue el objeto principal de nuestras conferencias. Os ruego, pues, que en cuanto sea posible contestéis á mis preguntas sirviéndoos de los mismos términos del sabio Pontífice. Decid ¿cuál es la consecuencia práctica que deduce León XIII del dogma del origen divino de la autoridad social y política?

E.—Deduce nada menos que todos los deberes de los gobernantes y de los gobernados: lo cual es sobre manera provechoso y necesario; por cuanto no faltan, aun entre católicos, quienes, contentos con hacer profesiones de fe especulativa, se cuidan poco de estudiar el enlace de los dogmas con la vida práctica. Acaece esto más ordinariamente en materias sociales y políticas. Pues bien, León XIII, después de explicar el origen divino de la autoridad social, nos dice: "Cualquiera que sea la forma de gobierno, los jefes ó príncipes del Estado deben poner la mira totalmente en Dios, supremo Gobernador del universo; y proponérsele como ejemplar y ley en el administrar la república.... "

F.—¡Precioso documento! El solo ennoblece y eleva la autoridad á una altura inaccesible. Admitida la existencia de Dios y el dogma de la Providencia no queda á la razón otro dechado y norma de gobierno que el mismo Dios y su Providencia. Las teorías liberales no hacen de los gobernantes, sino otros tantos pajes de frac y banda, esclavos de la tiranía de la opinión voluble de muchedumbres inconscientes, esclavos de los caprichos de turbas ebrias, esclavos de una prensa malcontentadiza y sediciosa: la enseñanza católica levanta á los reyes y presidentes hasta el trono mismo de la divinidad para decirles, señalándoles á Dios: He aquí vuestro modelo, he aquí vuestra ley, he aquí vuestra única razón de Estado: Dios, Dios y Dios! No comprendo por qué reyes y pueblos prefieren á la teoría católica los delirios del liberalismo.

E.—Menos lo comprenderéis, amigo mío, si pesáis el razonamiento con que muestra el Pontífice su proposición. "Porque así como en el mundo visible, dice, Dios ha creado causas segundas que dan á su manera claro conocimiento de la naturaleza y acción divinas, y concurren á realizar el fin para el cual es movida y se actúa esta gran máquina del orbe; así también ha querido Dio s que en la sociedad civil hubiese una autoridad principal, cuyos gerentes reflejasen en cierta manera, la imagen de la potestad y providencia divinas sobre el linaje humano."

F.—De modo que los hombres han de gobernar á los hombres como gobierna Dios ¡Oh doctrina profunda y sublimísima! Ya entreveo que ella sola abraza, en su sencillez divina, toda la extensión de las obligaciones que pesan sobre la conciencia de los gobernantes sinceramente católicos.

E.—Así es, en efecto: porque apoyado el Padre Santo en este principio, deduce: 1) Que ha de ser justo el mandato é imperio que ejercen los gobernantes, y no despótico, sino en cierta manera paternal, porque el poder justísimo que Dios tiene sobre los hombres está también unido con su bondad de Padre. 2) Que la autoridad asimismo ha de ejercerse en provecho de los ciudadanos, porque la razón de regir y mandar es precisamente la tutela de lo común y la utilidad del bien público. 3) Que si esto es así, si la autoridad está constituida para velar y obrar en favor de la totalidad; claramente se echa de ver que nunca, bajo ningún pretexto, se ha de concretar exclusivamente al servicio y comodidad de unos pocos ó de uno solo. A renglón seguido estrecha el sabio Pontífice á los gobernantes al cumplimiento de estos deberes sagrados, intimándoles una sanción formidable en estos graves términos. Sí los Jefes del Estado, dice, se rebajan á usar inicuamente de su pujanza, si oprimen á los súbditos, si pecan por orgullosos, si malvierten haberes y hacienda, y no miran por los intereses del pueblo, tengan bien entendido que han de dar estrecha cuenta á Dios ; y esta cuenta será tanto más rigurosa, cuanto más sagrado y augusto hubiese sido el cargo, ó más alta la dignidad que hayan poseído. Los poderosos serán tormentados poderosamente. (Sabiduría, VI, 7.)

F.—Grande es la ventura de los católicos que tenéis tan admirable Maestro de la verdad. Las palabras de León XIII que acabo de escucharos establecen en los gobiernos la justicia, la bondad, el amor del bien común, una sabia y prudente economía en el manejo de la hacienda pública; y proscriben la tiranía, el despotismo, el espíritu de parcialidad y bandería, el despilfarro y malversación dé las rentas y estas lecciones se apoyan en la única sanción capaz de contener á los hombres en el deber, la sanción religiosa. Pienso yo que aquí está todo el sesecreto de la paz de los Estados.

E.—Tenéis razón, porque si los gobernantes cumpliesen de su parte con sus obligaciones de conciencia, también los gobernados se verían obligados á la fiel observancia de las suyas. Escuchad al sabio Pontífice: "Con esto, dice, se logrará que la majestad del poder esté acompañada de la reverencia honrosa, que de buen grado le prestarán, como es deber suyo, los ciudadanos. Y, en efecto, una vez convencidos de que los gobernantes tienen su autoridad de Dios, reconocerán estar obligados en deber de justicia á obedecer á los Jefes del Estado, á honrarlos y obsequiarlos, á guardarles fe y lealtad, á la manera que un hijo piadoso se goza en honrar y obedecer á sus padres. Toda alma esté sometida d las potestades superiores. (Ad . Rom . XIII , 2.)

F.—Ahora comprendo que el dogma católico acerca del origen divino de la autoridad social es de suma importancia práctica; puesto que él funda los deberes de los súbditos para con los superiores, de los pueblos para con sus jefes. Ahora comprendo por qué la Revolución, enemiga encarnizada de las humanas sociedades, se empeña en rebajar la autoridad hasta el punto de no considerarla sino como una institución arbitraria de los hombres; y por qué la Iglesia, salvación única de los pueblos y prenda segura de la paz y de la dicha, sostiene á todo trance y defiende hasta el último aliento esta verdad fundamental, cuya negación desata necesariamente las pasiones de la multitud contra el gobernante. Ahora, en fin, comprendo cuan peligrosa es la inconsecuencia de tantos católicos de falso nombre, quienes, admitiendo en lo especulativo que la autoridad viene de Dios; atropellan y conculcan en la práctica los derechos de la verdad, despreciando á los superiores, censurando sin miramiento alguno todos los actos del gobierno que no se conforman con sus juicios, pasiones ó intereses; escribiendo y divulgando especies que no pueden menos de desprestigiar y desacreditar al gobierno; dando la mano á los ateos, francmasones, liberales y radicales, y alentándolos con su funesto ejemplo en la obra de destrucción que con tanto encarnizamiento persiguen. Si yo estoy penetrado de que la autoridad que un hombre inviste sobre mí viene de Dios; yo debo amar, respetar, honrar y obedecer á ese hombre, quien quiera que sea.... esto es muy lógico. ¿Y cuál es la doctrina del Pontífice acerca del pretendido derecho de insurrección? ¿Será lícito á los católicos alzarse contra el poder legítimo, conspirar contra él y hacerle la guerra á mano armada?

E.—De ninguna manera. Si la autoridad de que está legítimamente investido el Jefe del Estado viene de Dios; no es menos ilícito, dice León XIII, el despreciar la potestad legítima, quien quiera que sea el poseedor de ella, que el resistir á la divina voluntad, puesto que los rebeldes á la voluntad de Dios caen voluntariamente y se despeñan en el abismo de la perdición. El que resiste á la potestad, resiste á la ordenación de Dios: y los que le resisten, ellos mismos atraen á sí la condenación. (Ad. Rom. XIII , 2. ) Por tanto, quebrantar la obediencia y acudir a la sedición, sublevando la fuerza armada de las muchedumbres, es crimen de lesa majestad, no solamente humana sino divina.

F.—En los pueblos anárquicos y sujetos á tantas revueltas y trastornos políticos, como á inundaciones y terremotos las regiones volcánicas, creo que ésta es la más importante de las enseñanzas de la Encíclica que estudiamos. Para mí la más urgente é imperiosa necesidad de las repúblicas, entregadas al furor de perpetua guerra civil, es la de levantar en ellas una como Cruzada de la Paz, en la cual todos los buenos trabajen sin descanso en proscribir el espíritu revolucionario de la época. Predicación evangélica, discusiones, proyectos y leyes de las cámaras, publicaciones de la prensa juiciosa y bien intencionada, obras, palabras, pensamientos, todo, todo deben sacrificar los ciudadanos en obsequio de la paz, reconociendo que la Revolución es la perdición y ruina de los pueblos.

Si la Revolución es el ataque, á mano armada, contra la autoridad constituida y contra el orden; por imperfecto que sea este orden y por defectuosa que sea esa autoridad, en todo caso es mucho peor el remedio que la enfermedad.

Si la revolución tiene fuerzas ciegas para destruir; no las tiene para edificar: así es que si sus caudillos pueden contar fácilmente con muchos elementos de destrucción, nunca pueden lisonjearse de contar con ellos para llevar á buen término las revueltas y trastornos por ellos provocados. Rara, rarísima es la revolución coronada por un éxito verdaderamente próspero y honroso para los pueblos.... Y digo más: si alguna revolución tuvo feliz éxito; al estudiarla desapasionadamente en sus antecedentes, concomitantes y consiguientes, se hallará que talvez no mereció ni aun el nombre de tal, sino el de un simple cambio, ó recobro, ó restablecimiento de la paz y ventura general, sabiamente dirigida por la divina Providencia. Mas, prescindiendo de estos casos singularísimos y excepcionales, que deben juzgarse por otro criterio particular, las revoluciones, repito, son la perdición y ruina de los pueblos: y esto por muchos capítulos.

E.—Decidme, amigo mío, ¿qué capítulos son esos? porque ciertamente la materia es importantísima.

F.—Para juzgar con acierto de la horrorosa gravedad y malicia de las revoluciones, siempre me han llamado la atención las consideraciones siguientes: 1) ¿Quiénes son los revolucionarios? 2) ¿Por qué hacen las revoluciones? 3) ¿Para qué las hacen? 4) ¿De qué medios se valen? 5) ¿Cuáles son las consecuencias y frutos de las mismas revoluciones en los pueblos?

E.—Me habéis propuesto cinco cuestiones que, en efecto, son capítulos, y capítulos extensos cuya sola enunciación arroja luz vivísima sobre la materia. Quisiera oíros discurrir sobre cada uno de ellos con esa discreción y madurez que os distinguen.

F.—Nada puedo negaros: sabéis empeñarme con vuestra delicadeza. Por otra parte en nuestras conferencias me he propuesto, como filósofo, investigar las relaciones que existen entre la fe y la razón: os pregunto en nombre de ésta y me respondéis en nombre de aquélla: pero vuestras respuestas son tan conformes con la razón, que las enseñanzas de la fe parece que van, sin sentirlo, desenvolviendo más y más mi inteligencia, y abriendo á mis ojos más dilatados y luminosos horizontes. De aquí mi empeño en corroborar la verdad católica con los datos, si bien mezquinos, de la lumbre natural. Os complaceré pues en este punto, como en todos los demás. Mas como hay tela suficiente para otra conferencia, retirémonos á reflexionar sobre las cuestiones propuestas, á fin de explicarlas más ventajosamente.


E.—Está muy bien: vamos á reflexionar.

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