martes, 8 de octubre de 2013

Parte 3: Catecismo de la encíclica "immortale Dei" del Papa León XIII




ECUATORIANO.—No pude anoche conciliar el sueño pensando en cuál pudiera ser aquella cosa palpitante de actualidad de que queríais hablarme en nuestra conferencia anterior.

FILÓSOFO.—Y yo, amigo mío, no quise indicárosla desde luego, temiéndome que si os la declaraba, pasaríais la noche de claro en claro, como estáis pasando conmigo los días de turbio en turbio.

E.—Ah nó, de ninguna manera. No puede pasar días de turbio en turbio quien, cual yo, tiene la honra de tratar con un filósofo como vos.

F.—Gracias , gracias. Estáis hoy muy fino y muy galante; y vuestra bondad me inspira la franqueza necesaria para importunaros con mis preguntas sobre una materia muy intrincada y espinosa.

E.—Sabéis picarme la curiosidad. Decíamos ya.

F.—Pues bien, con vuestra venia. Hace algún tiempo que vuestro país ha fijado singularmente mi atención. Políticamente hablando vosotros sois República, y república, como dicen malas lenguas, de las de peor calaña, república democrática. Religiosamente hablando, sois, o a lo menos parecéis, el pueblo más adicto a la Cátedra de San Pedro y más sumiso a las enseñanzas pontificias. Sois por una parte República democrática, y por otra, "República del Sagrado Corazón de Jesús." Francamente, no comprendo esto, ni puedo atar estos cabos. El dogma fundamental del sistema republicano democrático es la Soberanía Popular, y el punto de partida de las teorías sociales y políticas de la Iglesia es la negación rotunda y categórica de esa misma Soberanía Popular. Por consiguiente una de tres: o vosotros habéis descubierto la cuadratura del círculo; o vuestro sistema de gobierno democrático es una farsa de República; o vuestras reiteradas protestas de adhesión y sometimiento a las doctrinas pontificias son muy poco sinceras y prácticas. Os presento mi dificultad en toda su crudeza ¿qué respondéis?

E.—No puede, en efecto, ser más cruda la dificultad, ni exponerse con más desenfado. Estoy por dirigiros la misma pregunta que hizo Cristo al Gobernador de la Judea: A temetipso hoc dicis, an alii dixerunt tibi de me? Porque también os diré que hace algún tiempo que gratuitos enemigos del Ecuador, y malos hijos de la patria emplean, poco más o menos, el mismo lenguaje cuando quieren hablar de nuestra política y de nuestro catolicismo. A nadie ofendemos los ecuatorianos; y sin embargo dicen de nosotros que en política somos farsa de república, y en religión ejemplo de hipocresía y fingimiento. Esta animadversión y ojeriza de nuestros adversarios, ¿no será un signo inequívoco de que el Ecuador, ya política, ya religiosamente hablando, está en lo justo y tiene de su parte la razón? Lo cierto es que todos los verdaderos católicos del mundo, comenzando por el Papa, aplauden al Ecuador en su política y en su fe, y no dudan afirmar de nosotros que somos el pueblo modelo de los pueblos más felices de la tierra.

Lo cierto es que hoy mismo grandes extravíos de la razón y furiosas pasiones políticas atizan en el resto del universo el fuego infernal de una conflagración espantosa, mientras el sol de la fe está padeciendo pavoroso eclipse en muchos antes risueños horizontes de la civilización católica. Entre tanto el Ecuador no es un Estado sin Dios, ni persigue a la Iglesia, ni se incauta de bienes de manos muertas, ni zapa los fundamentos naturales de la sociedad civil, ni quiere libertad de conciencia, ni libertad de pensamiento, ni libertad absoluta de la prensa, ni secularización de la enseñanza, ni matrimonio civil, ni liberalismos reprobados, ni radicalismos, ni sociedades secretas, ni tantas otras pestes que tan caro cuestan y costarán a los pueblos donde se propagan.

F.—Oh venid, noble amigo, venid a mis brazos, que quiero estrecharos a mi pecho. Así es como ha de defender un buen ciudadano la honra de su patria: y ojalá en todos los ecuatorianos se despertase este espíritu nacional para sostener con firmeza y con gloria su gobierno, sus leyes, sus instituciones, sus costumbres.
Sois los ecuatorianos excesivamente modestos, os complacéis en empequeñeceros; y sin embargo no tenéis hoy por hoy mucho que envidiar a los demás pueblos de la tierra. Ya entreveo que la dificultad que os he propuesto fúndase en una confusión lastimosa de conceptos.

E.— Tu dixisti. Sois un adversario muy leal, y vuestra lealtad me promete óptimos frutos de nuestra animada conversación. Hay, en efecto, en la dificultad por vos propuesta, una confusión lastimosa de conceptos. Y desde luego no es lo mismo la simple forma de gobierno que un sistema íntegro de gobierno. Yo entiendo por sistema de gobierno el complejo de ideas, de principios, de teorías, de sentimientos y pasiones que constituyen, diré así, el espíritu del gobierno de un pueblo cualquiera, ya sea imperio, ya monarquía, ya república. Y entiendo por simple forma de gobierno el modo particular de concretarse la autoridad social ya en una sola persona, ya en muchas que deben ejercerla. Como sabéis, si la autoridad se concreta en una sola persona, tenemos la monarquía; si en muchas, la poliarquía: si estas muchas personas son próceres y nobles, la forma será aristocrática; si por el contrario se toman del pueblo o de la plebe, la forma será democrática.

Estas son las tres formas simples y primitivas de gobierno, las cuales, en distintas combinaciones, pueden producir las formas mixtas, hasta ir a dar en el gobierno representativo. Ahora bien, la Iglesia católica no condena, ni condenará forma alguna de gobierno, entendida precisamente en este sentido. En las escuelas podrá disputarse en abstracto sobre cuál sea la mejor de estas formas; podrán señalarse los defectos y vicios de que cada cual comúnmente adolece; podrán darse reglas más o menos juiciosas para atemperar la forma de gobierno a la índole, al carácter, al espíritu de un pueblo...pero la Iglesia nada dice, nada define sobre el particular, y deja a los pueblos en plena libertad de escoger y tomar legítimamente la forma de gobierno que más cuadre a cada cual. "El derecho de soberanía, dice León XIII en su Encíclica Immortale Dei, en razón de sí propio, no está necesariamente vinculado a tal ó cual forma de gobierno: puédese escoger y tomar legítimamente una u otra forma política, con tal de que no le falte capacidad ele obrar eficazmente el provecho común de todos." Donde vemos claramente que la libertad de los pueblos con respecto a las formas de gobierno sólo está restringida por dos condiciones justísimas y muy razonables: primera, que dicha forma se escoja y tome legítimamente, esto es, no por pasión, por capricho, por espíritu de partido, ni con fraude, violencia o fuerza, sino respetando la justicia, el derecho y las circunstancias; segunda, que la forma adoptada sea apta y eficaz para promover el bien común.

F.—Pues si ésta es la doctrina católica, ¿cómo es que los republicanos acusan a la Iglesia de tendencias monárquicas, y los cesaristas le imputan cierto espíritu peligrosamente democrático?

E.—Creo, amigo mío, que no estoy obligado a daros razón de todas las sinrazones de los hombres: bástame consignar aquí las verdaderas enseñanzas de la Iglesia para rechazar victoriosamente las calumniosas imputaciones de sus gratuitos enemigos.

F— Bravo, Peleáis como espartano, y os confieso que me dejáis sin réplica. Mas en premio de la franqueza con que me declaro vencido en este punto, ¿no tendríais a bien explicarme por qué la Iglesia es indiferente con respecto a las formas políticas de gobierno?

E.—Lo haré con mucho gusto. Esta pregunta es de muy fácil contestación, y por otra parte de suma importancia práctica. La Iglesia, con las condiciones poco antes indicadas, reconoce indiferentemente cualquiera forma política, porque está convencida de que la bondad de un gobierno depende más de la aptitud, probidad y justicia de los gobernantes, que no del simple modo o forma con que se concreta la autoridad social ya en una, ya en muchas personas. No sería tan triste la condición de muchos pueblos, si llegasen a comprender perfectamente esta verdad que es como un templo.

En efecto, la forma política, considerada en si misma, no es sino un instrumento material de gobierno, del cual pueden servirse, y de hecho se sirven los hombres así para el bien, como para el mal de toda la comunidad. La violencia o astucia de los gobernantes, la corrupción o debilidad y ligereza de los pueblos pueden prostituir cualquiera forma puramente política, sea monárquica o poliárquica. Un príncipe, rey o dictador perverso, que no gobierna sino conforme a los caprichos de su voluntad, esclava de pasiones vergonzosas, degenerará en déspota y tirano; entendiendo estos términos en su sentido verdadero, no en la acepción en que los toman hoy los demagogos, para quienes toda autoridad es despótica y toda represión tiránica. Asimismo un gobierno de muchos, una oligarquía o democracia de lo fino, por más que precauciones exquisitas limiten y restrinjan su poder con leyes, convertiráse fácilmente en verdadera tiranía de una facción triunfante, si la silla presidencial y las curules están ocupadas por hombres corrompidos y sin conciencia. ¿Por qué esto? Porque no hay cosa más hacedera que eludir la autoridad de las leyes con sofismas, pervertir la opinión de los pueblos con falsas promesas y adulaciones viles, arrinconar á los buenos é impedirles toda intervención en la cosa pública, comprar los sufragios en los plebiscitos con dinero y engaños, y arrancar de las cámaras legislativas, á fuerza de fraudes y artimañas, leyes y decretos contrarios á la utilidad pública, á la Religión y buenas costumbres. Por el contrario, coloquemos en un trono á un San Fernando, á un San Luis; cedamos la silla presidencial á un García Moreno, (ya que no nos ocurre por ahora otro nombre más ilustre): y tendremos monarquías católicas, grandes y poderosas como España y Francia en sus mejores días, y repúblicas cristianas, buenas y felices, como el Ecuador en la época de su más pura gloria.
F—Así es, así es, amigo mío: veo que sois hombre de muy buen sentido práctico, y que la fe católica es la antorcha de la verdadera sabiduría. Ahora comprendo las profundas palabras del sabio Taparelli que sin duda habréis vos leído.

E.----Hola ¿Leéis á Taparelli, á ese furioso ultramontano y jesuita aborrecible?

F—¿Y por qué no? Soy filósofo, y debo, por lo menos, respetar y amar a los sabios. Solo entendimientos demasiado débiles y corazones depravados son capaces de alzarse contra esos genios, que, como Taparelli conducen de frente el movimiento intelectual de su siglo en las más encumbradas regiones de la ciencias político-religiosas. Taparelli es una lumbrera: sus enemigos son búhos que no pueden soportar la luz, sumidos en la lobreguez profunda de lastimosa ignorancia. Y una de las cosas que a vosotros los ecuatorianos os hace más acreedores a la estimación y respeto de todos los sabios y de todos los buenos, es el común respeto y estimación en que tenéis la persona y doctrinas de tan insigne filósofo.  

E —Esto es cierto: en el Ecuador se estima en muy alto grado á Taparelli. Muchísimos de nuestros legisladores y hombres públicos, distinguidos profesores de nuestras universidades y colegios y, lo que es más consolador, todos los jóvenes de verdadero talento y perspicacísimo ingenio han arrostrado el estudio serio y sostenido de las luminosas doctrinas del jesuita celebérrimo: muchísimos se han familiarizado con su lógica inflexible y profunda metafísica; y esto sólo es un bien positivo, ya que el mundo anda tan perdido por falta de lógica y de metafísica. Con el tiempo nuestros jóvenes serán adalides generosos y defensores intrépidos de la verdad. Guiados por la experiencia y sabiduría de los años, ellos, ellos están llamados á conservar el fuego sacro del amor desinteresado de la patria, á mirar por los verdaderos intereses de un pueblo religiosísimo y dócil, especialmente en aquellas circunstancias en que, conforme a su forma de gobierno, debe intervenir en la cosa pública.

F.—¿ Y qué circunstancias son aquellas?

E.—Cuando el pueblo se halla en época de elecciones y próximo á ellas. Aunque la Iglesia no reprueba ninguna forma legítima de gobierno, no podemos negar, sin embargo, que toda forma, como cualquiera institución humana, tiene sus inconvenientes y peligros. Si el gobierno monárquico está expuesto á la arbitrariedad y despotismo, el gobierno popular lo está á la anarquía y violencia de bandos y facciones irreconciliables y rencorosas. Estas facciones y bandos estallan particularmente en la época de elecciones: de aquí es que las elecciones son el mayor peligro de las repúblicas.

F.—Estoy muy de acuerdo con vos. Plinio el joven, en su famoso panegírico de Trajano dijo: el que debe mandar á todos debe ser escogido por todos, la elección escoge siempre al más digno. Esto es para mí una ilusión; es no conocer bien el pueblo pensar que la razón preside siempre en sus elecciones. ¡Pobre pueblo! qué de veces las promesas le corrompen, las amenazas le aterran, la pasión de los jefes le arrastra, la apariencia del mérito le deslumbra más que el mismo mérito. Por esto sin duda Heródoto, refiriéndose á una sentencia de Darío, decía: "En el gobierno popular sucede con frecuencia que los malos dominan, y los ignorantes deciden, de donde resulta necesariamente una grande confusión en los negocios." Habla en el mismo sentido Jenofonte en su libro de la República de Atenas. Fundado en esto he creído siempre que, así como en las monarquías hereditarias no han faltado ayos excelentes, filósofos profundos, teólogos consumados, célebres publicistas, los cuales han consagrado volúmenes en folio á la educación y formación del príncipe heredero; como Bossuet, que escribió, ad usum Delphini, su Política de Dios; Saavedra Fajardo, que representó en cien empresas la idea de un Príncipe Político Cristiano, así también, y con mayor razón, en los gobiernos populares debían establecerse grandes academias, compuestas de la flor y nata de la sabiduría y virtud de todo el país, las cuales tomasen á su cargo la esmerada educación del Pueblo, de este pobre Príncipe Heredero, periódicamente heredero del solio, del bastón y de la banda presidencial, para que, a lo menos en el único acto de elegir sus jefes y representantes no yerre, ni se de la muerte. Mas, por desgracia, si en días de elecciones hay muchas hojas volantes que hablan al pueblo para extraviarle, y adulan al pueblo para seducirle y corromperle; no sé quién se haya tomado el trabajo de escribir en nombre de la prudencia, de la razón y de la patria, alguna obrita ad usum Delphini, para uso de nuestro Delfín, para uso del pueblo, antes de las elecciones, en las elecciones y después de las elecciones.


E.—¡Magnífico, verdaderamente magnífico! Dignas son vuestras palabras de una meditación seria y profunda. No sé cuánto daría yo porque los pueblos especialmente hispano-americanos, las tuviesen presentes en todas ocasiones. En cuanto a mí ellas me sugieren la idea de convidaros a una conferencia o más sobre elecciones. No dudo que aceptaréis la invitación: mas como ya es un poco tarde, dejémoslo para otro día. Adiós, mi buen amigo.


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