domingo, 4 de diciembre de 2016

A propósito de la ideología de género


La llamada ideología de género está hoy en el centro de la atención de muchos, de la de unos porque la proponen (consciente o inconscientemente) como mecanismo (¡uno más!) de destrucción de lo poco que queda de orden natural en las sociedades; y de la de otros porque, sabedores de su intrínseca perversidad, la denuncian y le hacen frente con todos los medios a su disposición.

En este blog, obviamente, pertenecemos al segundo grupo. Denunciamos la intrínseca perversidad de la ideología de género, y no vemos en ella otra cosa que un nuevo y más radical ataque contra el orden natural. Un ataque que desciende ya hasta la raíz misma del concepto de criatura, y mediante la asunción explícita o solo larvada de la ‘divinización’ del hombre, busca subvertir ahora sí completamente las cosas, de tal manera que al final del proceso surja ‘liberado’ hasta de su misma naturaleza humana, un nuevo hombre consciente de su ‘divinidad’ autoasignada. Panorama seductor para la desordenada sensibilidad de los hijos de Adán.

Porque la ideología de género en último término lo que propone es la divinización del hombre, otorgando al ejercicio de su ‘libertad’ un poder demiúrgico sobre su propio ser, un poder de auto-creación, gracias al cual el hombre determinaría dicha ‘naturaleza’ a su pleno arbitrio, sin tener para ello en cuenta ningún pretendido dato natural que no estuviera en sí mismo sometido a la férrea y ‘omnipotente’ voluntad del nuevo ‘dios’.

En verdad es difícil encontrar o tan siquiera imaginar una rebelión más radical de la criatura hacia su Creador, de la criatura contra su mismo carácter de tal. A lo largo de la historia, el hombre, movido unas veces por su ignorancia y las más por su soberbia y sus pasiones, ha negado aspectos parciales del orden natural, y de ello han brotado filosofías desquiciadas cuya memoria consignan los manuales de historia del pensamiento humano. Y en el orden sobrenatural, las herejías han sido asimismo negaciones parciales del dato revelado, oposiciones a esta o aquella doctrina, rechazos de este o aquél punto teórico (con repercusiones prácticas y morales, como no puede ser de otra forma). Pero lo que nunca se había visto, lo que difícilmente encontrará siquiera precedentes en la historia de las negaciones humanas, naturales y sobrenaturales, es esta oposición radical, esta completa negación del dato natural: la criatura que se hace ‘creador’. Es la negación total.

De ahí la intrínseca maldad de la ideología de género, que es el aspecto más visible de este movimiento radical de auto-divinización humana. Maldad intrínseca por cuanto brota de su misma esencia, maldad incorregible también en cuanto nada de lo que ella conlleva y propone es asumible en una recta visión del hombre y su realidad: la ideología de género es esencialmente perversa e irremediablemente dañina.

Por supuesto que sus defensores no la propondrán al público en los términos en que nosotros la hemos descrito aquí, no, son más astutos que eso, al contrario ellos buscarán engalanarla con hermosos ropajes para hacerla apetecible. Buscarán decorarla, así como se decora el árbol de navidad por estas épocas, para hacerla parecer hermosa a la vista de sus futuras víctimas.

Y ¿Cómo exactamente harán para lograr embellecer algo que es esencialmente perverso? Sencillo, mediante el hábil recurso a las palabras clave: libertad, igualdad, justicia, progreso, modernidad, etc. Estas son palabras de suyo hermosas, pero cuyo significado, si no se precisa con rigor intelectual, puede usarse para inocular en los incautos oyentes un veneno mental capaz de diluir las bases mismas de la vida en sociedad. Y entonces veremos al ‘ideólogo de género’ salpicar su discurso con estudiadas dosis de palabras ‘clave’, para así hermosear su teoría y hacerla apetecible a sus ‘compradores’. Y dado el prestigio socio-emocional que hoy arrastran esas palabras (basta insertar en un discurso cada tres renglones la palabra libertad, para de inmediato aparecer ante la audiencia como un hombre ‘valioso’), la estrategia del ‘ideólogo’ surtirá efecto y la ideología de género será admitida en la esfera social, rodeada del prestigio alcanzado mediante un discurso calculadamente doble e irremediablemente falaz.

La invitación no podría ser otra que una a la oposición frontal, radical y sin complejos contra la ideología de género. La defensa del orden natural (y por ende del sobrenatural) es hoy, dada la gravedad del momento, un imperativo que debiera sacudir la conciencia de todo hombre de sanas ideas. Lo que está en juego es nada más y nada menos que el entero edificio de la civilización, atacado desde sus bases metafísicas y antropológicas, que terminará sucumbiendo ante el empuje coordinado y seductor de los ‘ideólogos del género’, que cuales nuevos flautistas de Hamelin, tocan su embriagadora melodía confiados en que la dulzura de sus notas hará que corran tras de ellos los hombres, y tras de los hombres las naciones, y tras de las naciones la civilización. Habrán entonces logrado el mayor de sus anhelos: la construcción de un nuevo orden de cosas, mediante el ejercicio de su pretendida ‘divinidad’.


¡Dios nos conceda dar la batalla!



Leonardo Rodríguez


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