viernes, 2 de diciembre de 2016

El nominalismo voluntarista medieval (Rafael Corazón González)

El nominalismo tiene su origen en el siglo XIV y, concretamente, en el pensamiento de Guillermo de Ockham. Para defender la fe frente al racionalismo que pretendía explicar la realidad con la sola razón, acudió a la Revelación —al Credo—, y lo primero que nos dice el Credo es lo siguiente: «Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso». De aquí concluyó que el atributo principal de Dios es la omnipotencia, el poder absoluto, que se manifiesta mediante la voluntad: Dios hace todo lo que quiere sin necesidad de motivos o razones, porque si obrara movido por razones, no sería completamente libre ya que, de algún modo, estas le determinarían.

Al ser creada de la nada, la criatura depende enteramente de Dios, es decir, es enteramente contingente: en cuanto a su ser porque solo existe mientras Dios la mantiene en la existencia, pues ella, por sí misma, volvería inmediatamente a la nada. Pero también en cuanto a su naturaleza, porque no hay en ella nada que le haga ser lo que es y, por tanto, podría cambiar en cualquier momento si Dios así lo dispusiera.

Partiendo, pues, de que la voluntad de Dios es anterior a la inteligencia divina, o sea, que hace lo que quiere sin necesidad de atenerse a unas razones que lo justifiquen, concluyó que el mundo es como es porque Dios así lo ha querido, y que sus leyes son completamente contingentes. Brevemente: sacó la conclusión de que la realidad carece de logos, de racionalidad y sentido.

En este mismo momento la filosofía acababa de ser desechada como ciencia: no era —como mucho— más que un conjunto de hipótesis forjadas por la razón para aclararse a sí misma, para tratar de explicarse la realidad— pero carente de valor.

Entre las principales consecuencias que se siguen del voluntarismo ockhamista es importante hacer notar las siguientes:

1. Las leyes morales son, para Ockham, arbitrarias: lo bueno no es bueno en sí, sino porque Dios lo ha mandado, y lo malo no es intrínsecamente malo, sino que lo es porque Dios lo ha prohibido. De este modo la vida humana queda sin sentido, porque Dios, como se acaba de decir, no le ha dado ninguno. Por la fe sabemos qué ha mandado y qué ha prohibido Dios, pero la sola razón es incapaz de encontrar en la naturaleza humana un criterio sobre lo que ha de hacer y lo que ha de evitar.

2. El conocimiento de lo real es solo el intuitivo, es decir, el directo e inmediato, que solo nos informa de datos, de hechos singulares y contingentes en presente; el conocimiento abstracto, a partir del cual construimos razonamientos y demostraciones —y que por tanto es indirecto, mediato y sobre realidades que pueden no estar presentes—, en cambio, requiere ideas. ¿Qué son estas ideas? En realidad no son ideas porque no representan nada: si lo conocido intuitivamente es siempre singular, concreto y actual, es imposible que una idea universal represente una esencia o naturaleza común a varios individuos, sencillamente porque dichas esencias no existen. Formar ideas es, por eso, fabricar nombres comunes, predicables de varios singulares cuando los agrupamos, según un criterio subjetivo, bajo un rasgo o nota que nos parece que es común a todos ellos. Las ideas, en definitiva, son meros nombres, de ahí el calificativo de «nominalismo» que se dio a esta doctrina. Un ejemplo actual quizás ayude a comprender lo que quiere decirse: los nombres son como «códigos de barras», no significan nada, pero permiten identificar a un individuo perteneciente a un género o un grupo.

3. Los razonamientos y las demostraciones, en cuanto que solo son posibles mediante el conocimiento abstracto, llegan a conclusiones probables, pero nunca ciertas. En concreto, Ockham afirma que es más probable que Dios exista que su contrario, pero la razón no puede demostrar la existencia de Dios. Lo mismo ocurre con la espiritualidad y la inmortalidad del alma, etc. La razón es que de Dios y del alma no tenemos un conocimiento intuitivo, que es el único que nos informa sobre la existencia o no de lo conocido.

La obra de Ockham fue demoledora: acabó de golpe con la capacidad de la razón —del hombre— de trascenderse; si solo podemos conocer lo presente, no podemos ir más allá de lo que nos presentan los sentidos. Si la mente luego cree avanzar pensando sobre esos datos, en realidad no da ni un solo paso adelante porque se ha limitado a «pensar», a fingir explicaciones posibles. La razón es, pues, la capacidad subjetiva de darnos a nosotros mismos una justificación más o menos coherente de lo que hemos visto: con ella fabricamos mundos posibles, no realidades. Por eso, en definitiva, la razón queda reducida a un instrumento al servicio de la voluntad: cuando queremos justificar una conducta, la razón nos aportará los argumentos para ello.

¿Qué ha quedado del saber humano, de la capacidad de conocer la verdad y el bien? Muy poco; solo se salva, parcialmente, la ciencia experimental, puesto que se basa en «datos», en «hechos»; luego se elaborarán hipótesis para explicar esos hechos, pero esas hipótesis han de contrastarse de nuevo con los datos. La filosofía, en cambio, no deja de ser una construcción puramente mental para darnos razones y motivos (subjetivos) a la hora de actuar, de vivir con sentido. En vez de buscar el sentido, ahora hay que fabricarlo, dárselo a la realidad y a la vida, porque ambas carecen de él.

Filosofar, por tanto, no es conocer la lógica de la realidad sino hacerse una a la carta. Ciertamente habrá filosofías más razonables que otras, pero todas serán meras conjeturas. En realidad Ockham no ha dejado en pie la fe, como era su intención. La fe ha dejado de ser la Revelación del Logos divino, del Verbo de Dios, y ha pasado a ser la expresión de una voluntad arbitraria que ni es sabia ni buena sino que es como es, sin más. El poder divino es pura espontaneidad que no sabe lo que hace porque no quiere saberlo. Y si Dios no lo sabe, ¿puede llegar a saberlo el hombre?

Este «fideísmo», llevado a sus últimas consecuencias, fue aplicado a la teología por Lutero. La salvación o condenación del hombre dependen solo de la predestinación divina, las buenas obras no sirven para nada porque no pueden influir en la voluntad de Dios, de ahí que llegara a decir: maledicta sit caritas. La razón es, a partir de ahora, «la prostituta de Satanás», y la libertad deja de serlo y es sustituida por el servo arbitrio. ¿Quién es entonces el hombre? Una marioneta en las manos de Dios; un ser que, haga lo que haga, tiene predeterminado su destino. Solo queda la fe, una fe ciega, irracional —la fe fiducial—, que no ilumina nuestra vida sino que la envuelve en tinieblas. Sin saber cómo ni por qué, Dios salvará a unos y condenará a otros. El Reino de Dios es el reino de la arbitrariedad.

El «naturalismo» propio del paganismo va a ser sustituido, después de la Reforma protestante, por otro concepto que será clave en la historia del pensamiento occidental: la «secularización». Muchos ideales cristianos seguirán vigentes durante algún tiempo, pero ahora habrá que buscar para ellos un fundamento inmanente, no trascendente. Virtudes de siempre, en las que habían insistido tanto los grandes filósofos griegos como los medievales, como la templanza, la veracidad, la prudencia, la justicia, la fortaleza, la amistad, la paciencia, la piedad, e incluso la religión, deberán encontrar una nueva razón de ser; hay que vivirlas, pero por otros motivos. Antes era porque el hombre estaba llamado a la trascendencia, ahora será porque son útiles para la vida social, o porque nos hacen la vida más agradable, o nos permiten tener tranquilidad, etc. La secularización es el proceso por el que los valores cristianos pierden su fundamento sin dejar por eso de ser valores (al menos en principio, pues poco a poco se irán desvirtuando y acabarán desapareciendo).

Ya no serán, por supuesto, valores absolutos, porque el fin al que sirven es temporal, terreno, finito; ahora, más que bienes, se convertirán en medios; tendrán valor instrumental y por tanto relativo. Se los definirá de otro modo, según el fin que cada uno se haya propuesto, pues no estarán ya determinados por la «recta razón» de la que hablara Aristóteles, sino por una razón instrumental cuyo cometido es hacer posible que cada uno se sienta satisfecho.

Se trata de una vuelta al paganismo, pero de un paganismo especial, porque el pagano volvía a la naturaleza para vivir en «armonía» con ella; el hombre secularizado lo hace para dominarla. El mundo no es visto como el ámbito del hombre, sino como un montón de materias primas que hay que trabajar si se quiere vivir mejor. Antes la naturaleza marcaba la norma, ahora es el hombre quien determinará cómo debe ser la naturaleza.

Otro problema importante va a ser la valoración que el hombre hará de sí mismo. La dignidad humana habrá que basarla en el hombre mismo, en su superioridad respecto de la naturaleza, en su racionalidad o en su libertad. En algo que, si bien es recibido con el propio ser, es autónomo en cuanto a su funcionamiento y a su finalidad.


(Tomado de "¿Por qué pensar si no es obligatorio?)

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