miércoles, 3 de junio de 2015

¿Qué es razonar?


La inteligencia humana, valiéndose de la simple aprehensión y del juicio, percibe un sinnúmero de verdades, como que «el mundo existe», «los hombres son libres», «los cuerpos ocupan un lugar», o «dos y dos son cuatro». Sin embargo, el hombre no capta intuitivamente el número aun mayor de implicaciones que se encierran en esas verdades, sino que debe proceder paso a paso, para advertir sus consecuencias, y de estas deducir otras, hasta llegar a donde le permitan las luces naturales de su razón. Nos hallamos ante una nueva función de la inteligencia, que permite al hombre efectuar un tránsito de lo conocido a lo desconocido, y así progresar en sus conocimientos: el raciocinio, la tercera operación de la mente, que en lógica se suele denominar también argumentación o discurso lógico. Más exactamente, raciocinio indica el acto psicológico; razonamiento es la construcción lógica objetiva; argumentación, la introducción de razonamientos («argumentos») en la discusión.

El raciocinio es un movimiento de la mente por el que pasamos de varios juicios -comparándolos entre sí a la formulación de un nuevo juicio, que necesariamente sigue de los anteriores. A partir de las proposiciones «el hombre es libre» y «la libertad implica  responsabilidad»,  se  puede  concluir que  «el hombre es responsable». Esta nueva verdad es conocida en este caso por medio de una comparación entre las verdades anteriores, pues en ellas hay algo en común (el concepto «libertad») que permite relacionar los conceptos «hombre» y «responsable». En cambio, de dos enunciados que nada tienen que ver entre sí («el sol brilla» y «el mar es salado») nada puede concluirse.

El raciocinio, de todos modos, no necesita siempre basarse en verdades, pues su elemento formal es el concluir algo -indicado en el «por tanto»- a partir de otras proposiciones, sean éstas verdaderas, falsas o hipotéticas. Si las premisas son verdaderas, la conclusión también lo será; si son dudosas, la conclusión heredará ese carácter. Sin embargo, el vínculo de las premisas a la conclusión es necesario, y en este sentido la tercera operación de la mente es un procedimiento riguroso.

Los conocimientos adquiridos por el ejercicio de la inteligencia en su función directamente contemplativa de la realidad se llaman verdades inmediatas, conocidas por sí mismas (Santo Tomás las menciona con el nombre de per se notae). Los conocimientos que son producto del raciocinio, no evidentes sino obtenidos por medio de otras verdades anteriores, reciben el nombre de verdades mediatas (per aliud notae: conocidas por medio de otras).

Aunque en el lenguaje vulgar los términos entendimiento y razón se utilizan a veces como sinónimos, filosóficamente se distinguen entre sí con más precisión. Se denomina entendimiento (intellectus) a la facultad intelectual en general, o a la función contemplativa de la inteligencia, por la que captamos verdades evidentes; y razón (ratio) designa la función discursiva de la mente, cuando ésta realiza raciocinios.

Hemos presentado el raciocinio como fruto de la confrontación de varios enunciados, para alcanzar uno nuevo. Cabe también un movimiento inverso de la mente: conociendo una determinada verdad, podemos buscar las premisas desde las que se concluyen. Las premisas son el porqué de la conclusión: al preguntarnos el porqué de una verdad que conocemos, inquirimos por las premisas de las que se deduce, que «explican» esa verdad (por ejemplo, «X está alegre», ¿por qué? «Porque tiene buena conciencia, y la alegría procede de una buena conciencia»). 

El razonamiento en este caso no  proporciona  una  nueva  verdad,  sino  que  más  bien  la hace conocer de un modo nuevo:  en su razón, en su causa explicativa.

(Texto tomado del libro "Lógica", de J.J Sanguineti)


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